Sección: Cuba SocialistaTítulo: CUBA FRENTE A LA "MAREA NEGRA" - Por Ricardo Alarcón Texto del artículo:
CUBA FRENTE A LA "MAREA NEGRA" - Por Ricardo Alarcón de Quesada, Presidente de la As amblea Nacional del Poder Popular.
(Palabras de Ricardo Alarcón de Quesada, Presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular, Cuarto Encuentro Mundial de Corresponsales de Guerra, 20 de octubre del 2004)
Junto a la guerra económica, al terrorismo, los ataques mercenarios, el sabotaje, la subversión y las amenazas de agresión militar directa, el imperio ha desatado la guerra informativa que se expresa en una colosal práctica del embuste, sistemática, constante en la que emplea todos los medios y a la que
destina gigantescos recursos financieros y materiales.
Por Ricardo Alarcón de Quesada
Comienzo agradeciendo su participación a todos. Saludo especialmente a los
familiares de José Couso, mártir del periodismo y de la libertad de información.
Cuba respalda plenamente la exigencia de que se le haga justicia. Su caso nos
recuerda que el imperio que miente y manipula la información también asesina
periodistas.
Algún día los nuevos bárbaros descubrirán que la verdad no se destruye a
cañonazos.
Nuestro homenaje a Couso y a todos los caídos en defensa de la libertad, la
justicia y la paz. Ellos nos alientan en la convicción de que otro mundo mejor
es posible y nos convocan a la lucha para conquistarlo.
Nada más natural que en Cuba se reúnan, ahora por cuarta vez, los corresponsales
de guerra. Aquí se libra un combate de más de 45 años en el que la información
ocupa un lugar central.
Noam Chomsky ha señalado que posiblemente sea Cuba el país contra el que más se
ha practicado el terrorismo. Pudiera afirmarse con igual certeza que Cuba ha
sido y es el país contra el cual más se ha mentido, engañado y desinformado.
Junto a la guerra económica, al terrorismo, los ataques mercenarios, el
sabotaje, la subversión y las amenazas de agresión militar directa, el imperio
ha desatado la guerra informativa que se expresa en una colosal práctica del
embuste, sistemática, constante en la que emplea todos los medios y a la que
destina gigantescos recursos financieros y materiales.
No hay exageración en lo que acabo de decir.
Consta con lujo de detalles en documentos oficiales del gobierno de EE.UU. que
habían permanecido en secreto durante muchos años hasta que fueron
desclasificados en el último decenio del siglo XX. En ellos puede leerse cómo
desde 1959 ese Gobierno lleva a cabo un plan, el llamado Programa Cuba, cuya
finalidad es destruir a la Revolución cubana usando los más diversos
instrumentos entre los cuales, los más notorios han sido el bloqueo económico y
la agresión militar. Elemento esencial de ese Programa, según el texto original,
es “fabricar una oposición dentro de Cuba que sería alimentada con asistencia
clandestina externa” y “crear una organización en el exilio” que sirviese para
ocultar las acciones del Gobierno norteamericano ya que, en palabras del
presidente Eisenhower “la mano de Estados Unidos no debe aparecer”.
Esa mano escondida, sin embargo, se ha caracterizado por su largueza. A mentir y
a engañar sobre Cuba sucesivas administraciones de EE.UU. han prodigado miles de
millones de dólares, muchos más que toda la ayuda oficial norteamericana para el
desarrollo de América Latina. Han publicado diarios, libros y revistas, han
organizado conferencias, concursos, seminarios, exposiciones y giras artísticas
y académicas, han sobornado escritores y periodistas, han realizado
transmisiones de radio y de televisión, han financiado películas de ficción,
historietas para niños y documentales, han inventado noticias, fabricado
historias truculentas y falsificado groseramente la realidad. Los detalles,
vuelvo a decirlo, incluyendo episodios francamente grotescos, están hoy
disponibles para quien se interese por la verdad en las propias fuentes
oficiales norteamericanas.
No hablo del pasado. Me refiero a una política que ha sido permanente, igual a
sí misma, se ha practicado siempre, sin pausa y tiene hoy plena vigencia. Ahí
está para probarlo el llamado “Plan de Asistencia a una Cuba Libre” que
establece con precisión la política oficial para poner fin a la Revolución y a
la Independencia convirtiendo a Cuba en una colonia, hecho público el 6 de mayo
de este año. En él se define que “la piedra angular de nuestra política para
acelerar y ponerle fin al régimen de Castro es fortalecer las políticas de apoyo
pro-activo a los grupos que respaldamos dentro de Cuba” y para ello decidieron
“destinar un total de 59 millones de dólares a la AID para aumentar el
presupuesto actual de 7 millones del Programa Cuba”. Nótese la persistencia de
una política que sigue buscando derrocar a la Revolución y continúa asignándole
un papel clave a dirigir una oposición fabricada por ellos mediante un plan que
conserva hasta el nombre con que lo bautizaron 45 años atrás.
El Programa Cuba continuaría después que hubiesen implantado aquí, mediante una
guerra que ni en sueños van a ganar, un régimen colonial, más aún, según reza el
Plan anunciado por Bush el 6 de mayo, a él se le suministrarían muchos más
recursos, “se incrementará sustancialmente” para convertir a esos grupos
mercenarios en los futuros partidos políticos de Cuba.
El Programa Cuba no es ni mucho menos la única fuente para promover su política
subversiva. De hecho es una fracción menor incomparablemente inferior a lo que
gasta la CIA con un presupuesto que obviamente es secreto. Esto ha sido
reconocido con toda claridad y públicamente por quienes desde la Agencia
Internacional para el Desarrollo dirigen el Programa Cuba.
Sería legítimo preguntarse, ¿por qué el gobierno de EE.UU. decidió hacer
públicos estos documentos antes guardados con especial celo y revelar esa
información que a pesar de sus muchas omisiones y las numerosas tachaduras y
borrones en los textos divulgados describe cuánto paga y cómo paga la AID a sus
agentes dentro y fuera de Cuba?
Debo recordar que ese limitado destape no se produjo hasta los años noventa de
la recién concluida centuria cuando al ocurrir la desaparición de la Unión
Soviética, Washington creía posible derrotar también a la Revolución cubana.
Para ello intensificaron y ampliaron el bloqueo con las leyes Torricelli y
Helms-Burton y otros engendros legislativos y administrativos. Esas leyes, sobre
todo la Helms-Burton, proclaman abiertamente la promoción de la subversión
interna, revelan lo que siempre había existido pero conforme a la directiva
presidencial de Eisenhower y sus sucesores se había mantenido en la oscuridad.
Tras aclarar en su Ley Helms y Burton que lo de la CIA es aparte y seguirá en
las tinieblas decidieron levantar el velo sobre el Programa Cuba probablemente
por estas razones: estaban convencidos del inminente fin del socialismo y debían
establecer por ley yanqui la futura organización de la sociedad cubana, querían
hacerlo con un texto ostensiblemente subversivo y provocador
que obligase además a los países europeos no solo a acatar dócilmente las
medidas que a ellos también perjudican, sino a incorporarlos a la conspiración
anticubana en lo que tendrían éxito notable como los acontecimientos posteriores
han demostrado.
Pero el mayor éxito lo han alcanzado con los grandes medios que se dicen
dedicados a informar. Su pretendida objetividad se vuelve patética ante el
cuidadoso empeño que ponen en silenciar la verdadera naturaleza de la agresión
contra Cuba respecto a la cual no pueden alegar ignorancia.
La información oficial del gobierno de EE.UU., la tienen al alcance de la mano.
A lo mejor les está prohibido recurrir a fuentes oficiales del Gobierno
norteamericano. ¿Quién sabe? ¿Tendrá razón Chomsky cuando, al definir a esos
medios con una sola palabra, el gran lingüista, la que usó fue “disciplinados”?
¿Será que todavía obedecen a la directiva del viejo Ike, aquella de “que no
aparezca la mano del gobierno de EE.UU.”?
Tengo muchos amigos norteamericanos. Algunos son de izquierda pero no pocos son
demócratas o republicanos. Muchos son periodistas por los que siento afecto y
simpatía. Por eso y porque jamás pondré en riesgo una fuente no les diré quién
me advirtió, aquí en La Habana, en los días de la invasión a Granada en 1983 que
todo aquel enjambre de corresponsales venidos del Norte traían la misma
indicación la cual era obtener de mí una frase que pudieran usar para construir
la misma historia que, todos, casual e independientemente, tenían encomendada.
Nada más les interesaba. Recuerdo cuando alguien me hizo la pregunta, fue en el
Hotel Riviera en el cuarto piso y al rehusar darle la respuesta deseada, todos,
sin faltar uno solo, apagaron luces y grabadoras, recogieron sus cámaras y se
fueron dejándome en paz. Concluyó así con una sola pregunta la conferencia de
prensa más breve de mi vida.
Tampoco les diré quién me aclaró en New York, en 1996, que tanto la suya como
las demás cadenas televisivas de EE.UU. no iban a cubrir absolutamente nada de
la discusión que tendría lugar en el Consejo de Seguridad de la ONU para
examinar el informe de la Organización de Aviación Civil Internacional sobre el
derribo de las avionetas contrarrevolucionarias en el espacio aéreo de Cuba en
febrero de aquel año. No habría competencia. Nadie diría una palabra. A todas se
les había orientado no hacerlo y él me aseguraba que todas acatarían esa
orientación. Y así fue. Resultado: para los norteamericanos la reunión del
Consejo de Seguridad no existió y siguen creyendo ellos, y repitiendo los
medios, la supuesta responsabilidad de Cuba. ¿Se ha preguntado alguien por qué,
años después, Madeleine Albright, entonces embajadora yanqui en la ONU reconoció
que ese había sido el momento más difícil de su carrera?
No puede culparse individualmente a los periodistas, pues muchas veces ellos son
apenas piezas de un engranaje de grandes corporaciones que constituyen los
instrumentos principales del imperialismo en su guerra ideológica. Tampoco se
puede esperar de todos, la disposición al sacrificio y el heroísmo de José
Couso, Tarek Ayud y Taras Protsyuh y otros centenares de colegas que han
entregado sus vidas en cumplimiento del deber. Pero sí tenemos derecho a
reclamarles que se incorporen a la lucha por la verdad o al menos que comprendan
que no son simplemente empleados de una empresa cualquiera, sino que su labor
acarrea una responsabilidad social por la que tienen que rendir cuentas. Como
afirma Ramonet: “la información está, como los alimentos, contaminada. Hoy la
información que consumimos, muchas veces nos está envenenando el espíritu,
emponzoñando el cerebro, tratando de manipularnos, de intoxicarnos… Hay que
limpiar esa información de la ‘marea negra’ de mentiras, descontaminarla. Los
ciudadanos deben hoy movilizarse para exigir que los medios pertenecientes a
esos grandes grupos tengan un respeto elemental de la verdad, porque la verdad
constituye en definitiva la legitimidad de la información”.
El respeto elemental de la verdad se relaciona con la información que
suministran esos medios y también con la información que premeditadamente
ocultan. Permítanme detenerme en un caso particularmente sensible para los
cubanos, el de nuestros cinco compatriotas encarcelados en EE.UU., en
condiciones especialmente crueles, desde hace más de seis años. Ellos han sido
casi totalmente ignorados por los medios o cuando, excepcionalmente, se han
visto obligados a mencionarlos lo han hecho cubriéndolos con la marea negra de
la mentira.
Si dejamos a un lado los medios locales de Miami, que desataron una feroz y
tergiversadora campaña para presionar al tribunal y a los jurados reduciendo el
juicio a una farsa grosera, el tema fue sepultado en el mayor silencio por todos
los demás. En más de seis años solo se publicó un artículo en el New York Times
y otro en el Atlantic Journal Constitution que trataron el asunto en forma muy
breve y parcial, aunque con objetividad. Lo único que sobre esto ha aparecido en
televisión fue un segmento de 7 minutos y 25 segundos parte de ese tiempo
empleado por una representante de la mafia terrorista anticubana. Se ha logrado
recientemente publicar explicaciones más completas, pero ha sido mediante
anuncios pagados. Alguna ventaja habría de tener el capitalismo. Si usted paga
el precio que le pongan puede conseguir que inserten, como si fuera una
publicidad comercial, algo sobre lo que los redactores no han escrito una
palabra en seis años.
Así ocurre en un país que dedica páginas enteras de sus diarios y revistas y
gran parte de sus servicios informativos en la televisión, día tras día, con sus
noches incluidas, a tratar informaciones relacionadas con detenciones, juicios y
procesos legales. ¿Recuerdan a O. J Simpson? ¿Quién, en EE.UU., no conoce las
peripecias judiciales de Kobi Bryan o Martha Stewart? Para colmo, las aventuras
de tales personajes, como consecuencia de la llamada globalización, saltan
fronteras e inundan como seriales de novelas rosa los hogares de las elites
globalizadas de este mundo.
Pero al proceso contra nuestros cinco compatriotas no se le ha dedicado un
análisis, un programa, un comentario.
Cuando alguna vez se han sentido obligados a decir algo, entonces falsifican los
datos y sobre todo ocultan cuidadosamente la cuestión fundamental.
Suelen repetir, como en su día hicieron los vociferantes radiales de Miami, que
los cinco eran “espías”. Eso es enteramente falso. ¿Por qué lo afirman si de eso
no fueron siquiera acusados por el Gobierno norteamericano? ¿Por qué no leen el
acta acusatoria de la fiscalía que es un documento público? El acta contiene los
24 cargos que en conjunto les fueron formulados y ninguno se refiere a la
realización de actividades de espionaje. Por si fuera poco, la propia Fiscalía
durante el juicio se encargó de subrayar que ningún secreto había sido sustraído
y que los acusados en nada habían dañado la seguridad nacional de EE.UU., algo
que además fue declarado públicamente por el Pentágono y reiterado, bajo
juramento, ante el Tribunal por almirantes, generales y otros altos oficiales
que comparecieron como testigos o como expertos.
Fueron acusados, no los cinco, sino tres de ellos, de “conspiración para cometer
espionaje” que no es lo mismo. Hay una gran diferencia en el sistema
norteamericano entre la realización de algo sustancial y la “conspiración” para
supuesta e hipotéticamente intentar hacerlo eventualmente en el futuro. Para lo
primero hay que presentar pruebas, para lo segundo basta contar con un jurado
que, amedrentado por el ambiente de odio irracional contra Cuba en que vive y
que es además atizado por una campaña de mentiras y calumnias en la radio, la
prensa y la televisión locales, acceda a cualquier petición fiscal. Eso fue
exactamente lo que ocurrió. Esa burda manipulación de dos términos con
implicaciones jurídicas y procesales diferentes y su despliegue malicioso en los
medios cumplió su propósito: no solo declararlos culpables de la falsa
“conspiración”, sino además imponerles por ello, con total desmesura, la máxima
sentencia posible, cadena perpetua, reservada por ley como el más duro
castigo a quienes incurran en la violación sustantiva, o sea, a los que en los
hechos concretos practiquen el espionaje. Los medios ya cumplieron su tarea como
instrumentos para impedir un juicio justo. ¿Para qué seguir mintiendo?
El silencio y la manipulación en este caso tienen consecuencias muy graves. La
explicación aparece con toda claridad en escritos firmados por la fiscalía, en
determinaciones de la jueza y en las actas del tribunal, que son documentos
accesibles, en inglés, para quienquiera leerlos.
Allí está la verdad que los “informadores” se empeñan por acallar. Todo el
proceso desde que los cinco fueron apresados el 12 de septiembre de 1998 hasta
el día de hoy expresa el apoyo del gobierno de EE.UU. a los grupos terroristas
que desde territorio norteamericano operan contra Cuba. Así consta en el acta
acusatoria y en numerosas intervenciones de la fiscalía ante el tribunal, así
consta en los memorandos de sentencia presentados por el Gobierno en los que
pedía, además del castigo máximo para cada uno, la imposición de una sanción
adicional que les impidiese actuar contra los terroristas, que los
“incapacitase” para emplear el término exacto usado por el Gobierno. Accediendo
a esta expresa petición gubernamental, el tribunal impuso como parte de la
sentencia lo siguiente: “Se le prohíbe al acusado asociarse con o visitar
lugares específicos donde se sabe que están o frecuentan individuos o grupos
tales como terroristas, miembros de organizaciones que abogan por la violencia y
figuras del crimen organizado”. Estas palabras pronunciadas solemnemente
aparecen en las actas correspondientes a las sesiones del tribunal de los días
14 y 27 de diciembre de 2001. Pero de esas palabras aún no se ha dado por
enterado nadie en los grandes medios de comunicación.
Tres meses después de los atroces ataques a las Torres Gemelas, el gobierno de
EE.UU. reconoce que hay terroristas organizados en su propio territorio, pero
eso no es noticia; reconoce que sabe quiénes son los terroristas y qué lugares
frecuentan, pero eso no es noticia; reconoce que lejos de arrestarlos los
protege y prohíbe a sus ciudadanos que intenten molestarlos, pero eso no es
noticia. Tampoco es noticia que actuará así el Gobierno del señor Bush que no se
cansaba de repetir, una y otra vez, sin sonrojarse: “quienes albergan a un
terrorista son tan culpables como el terrorista mismo”.
El caso de nuestros cinco compatriotas prueba más allá de toda duda que el
terrorismo es una de las armas que el imperio continuará utilizando contra
nuestro pueblo.
El Plan Bush hipócritamente llamado de “Asistencia a una Cuba libre” también
despeja cualquier incógnita. Su propósito es aniquilar a la Nación y esclavizar
a los cubanos. Pretenden hacerlo aplicando “las lecciones aprendidas en
Afganistán e Iraq”.
Nuestra respuesta a los fascistas de hoy es muy simple: no pasarán. Si nos
atacan aquí sufrirán su mayor y más vergonzosa derrota.
Esta Isla seguirá navegando sin arriar jamás sus banderas de libertad, justicia
y solidaridad. Seguirá navegando pese a la “marea negra” de mentiras y calumnias
y frente a cualquier agresión hasta la victoria siempre.
Fuente: LA JIRIBILLA -
http://www.lajiribilla.cu/2004/n181_10/181_11.html
(ENLACE 1)
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