Secciones: Cuba Socialista - Estados Unidos de AméricaTítulo: EEUU y Cuba: un gran éxito y un pequeño fracaso. Santiago Alba Rico Texto del artículo:
Por: Santiago Alba Rico
InSurGente
Diciembre 1 de 2005…
(Intervención en las Jornadas sobre “Cuba: soberanía y democracia para otro mundo posible”, Sevilla 25 de noviembre del 2005)
Aceptar hablar en favor de Cuba es resignarse malhumorado a una desigualdad de base. Que Cuba tenga no sólo que defenderse sino también que justificarse ininterrumpidamente en voz alta la presupone ya como un cuerpo extraño, un artificio inscrito en el seno de la naturaleza, una anomalía extravagante o criminal, y por eso mismo, frente a ella, el modelo que la combate, con todos sus procedimientos violentos e ilegales, aparece siempre ya naturalizado,
legitimado, justificado por su propio poder para pedir cuentas a Cuba.
Yo no voy a defender a Cuba esta tarde. No voy a llamar la atención sobre
aquellos aspectos en que se revela manifiestamente superior: su capacidad para
afrontar catástrofes con pocos medios demostrando que el mejor dispositivo de
protección civil es la preocupación por el hombre; su extraordinario sistema
sanitario elogiado por la OMS que la convierte en la máxima exportadora mundial
de alivios médicos; su enseñanza pública sin igual, modelo para otros países de
América Latina; o sus éxitos insólitos en investigación y deporte. Reconocidos
por organismos internacionales, repetidos una y otra vez por los amigos de Cuba,
no logran en todo caso penetrar la piel de nuestros ciudadanos y sirven tan
escasamente para validar la revolución como las cárceles secretas o los
bombardeos con fósforo blanco de los EEUU para invalidar la presunta democracia
de ese país. La verdad de Cuba suena siempre retórica o propagandística; la
verdad de los EEUU es siempre accidental, marginal,
insignificante, irrelevante.
Voy a hablar mal de Cuba. Voy a hablar mal de Cuba en primer lugar porque
hablar bien no sirve de nada. Voy a hablar mal de Cuba además porque los amigos
de la revolución no debemos ocultar aquellas sombras que dentro de la isla se
discuten y se denuncian abiertamente. Pero voy a hablar mal de Cuba, también y
sobre todo, porque quizás a través de aquello que va mal podamos aprehender la
lógica que no sabemos columbrar en aquellas cosas que van bien. En lugar, pues,
de atender a aquellos aspectos en que el modelo cubano es manifiestamente
superior, me centraré en algunos problemas que comparte con el modelo
capitalista para, de esa manera, tratar de averiguar si los mismos problemas
obedecen a las mismas causas o revelan pautas y estructuras diferentes.
Por razones de tiempo, me limitaré a tres problemas que Cuba comparte con EEUU
o España –o cualquier otro representante, central o periférico, del capitalismo
mundial.
Tomemos, por ejemplo, un problema actual e inquietante de la sociedad cubana:
eso que llamaremos la “desprofesionalización del trabajo”. Cada vez ocurre con
más frecuencia, en efecto, que profesionales altísimamente cualificados,
profesores, investigadores, médicos, realicen trabajos muy por debajo de su
formación, con la consiguiente frustración personal y despilfarro colectivo. En
medio de la dificultades cotidianas de la isla y en el cuadro de las
contradicciones que la maldición bíblica del turismo ha introducido en ella,
especialistas y universitarios renuncian a la disciplina que libremente han
elegido para ganar más en un trabajo rutinario, pesado y sin cualificación. Por
primera vez desde 1959, por ejemplo, el gobierno cubano tiene que enfrentarse a
un déficit de maestros, ahora insuficientes para atender las exigentes
necesidades del sistema educativo revolucionario, que incluye dos profesores por
aula. Si los taxistas y camareros cubanos son los más cultos del mundo se
debe no sólo a que los taxistas y camareros cubanos (por no hablar de los
campesinos) estudian y leen mucho en sus horas libres sino también a que, según
un cliché desgraciadamente fundamentado, los ingenieros e historiadores se hacen
a menudo maleteros de hotel. La desdolarización de la economía, el aumento del
salario mínimo y el remonte esperanzador de la economía cubana ayudarán sin duda
a evitar en el futuro esta sangría de recursos, pero hoy por hoy las cosas están
así.
Como sabemos, este problema es también común en España. Es, aún más, un
problema endémico en nuestro país, donde un porcentaje creciente de jóvenes
acaba haciendo un trabajo distinto de aquél para el que se había preparado.
Todos conocemos personalmente decenas de jóvenes, algunos de ellos primeros de
su promoción en la Universidad, que están trabajando como operadores de
Telefónica o camareros del Burger King. Todos conocemos personalmente decenas de
jóvenes, pues, que no pueden hacer el trabajo para el que se han preparado y
hacia el que les inclina su vocación y están obligados a aceptar, si es que no
quieren morirse de hambre, un trabajo rutinario, pesado, alienante y sin
cualificación en el que además se invierten muchísimas horas y se gana muy poco.
Bajo dos problemas iguales, en Cuba y en España, podemos adivinar ya, sin
embargo, dos lógicas diferentes. Según narraba en el libro Cuba 2005 (Editorial
Hiru), a mi regreso de un viaje a La Habana me encontré con un amigo español,
biólogo de formación, que se dedica intermitentemente a la investigación y que
se dolía, al hablar de oídas de la situación en Cuba, de que allí un maletero de
hotel ganase más que un científico. Este hombre participaba en esos días en una
protesta de 400 investigadores españoles que denunciaban la política de
investigación en nuestro país y en general en la UE, donde los contratos
precarios y discontinuos, un sistema de becas caprichosas y con límites de
renovación y la dependencia del sector privado determinan que muchos de nuestros
científicos jóvenes, al cabo de unos años, acaben expulsados de los circuitos de
la investigación y tengan que hacerse operadores de Telefónica o camareros del
Burger King. Mi amigo, que compadecía a los cubanos, no se daba
cuenta de hasta qué punto su situación era peor que la de sus colegas isleños.
En Cuba los científicos no piden trabajo: pueden hacer el trabajo que han
escogido, en beneficio de su espíritu y de la humanidad, y sólo si no aguantan
más, si quieren mejorar su propia situación personal, si les da la gana por
razones particulares –elogiables o no- abandonan su campo para ejercer un empleo
más embrutecedor pero mejor remunerado. Un cubano es libre –incluso según
nuestro limitado y capcioso concepto de libertad- para escoger su trabajo con
arreglo a su formación y sus ambiciones espirituales; o para escoger un salario
más alto, a cambio de renunciar a satisfacer sus inquietudes intelectuales y su
afanes humanistas. El caso de un científico español es exactamente el contrario:
no se le deja servir a su alma, a su país y a la humanidad realizando el trabajo
para el que se ha preparado y encima se le obliga a aceptar un salario muy bajo
en un empleo embrutecedor. En Cuba el problema es
básicamente de recursos económicos; sería sin duda bueno que sus científicos,
como el resto de sus ciudadanos, alcanzasen un nivel mayor de bienestar
material, pero en Cuba no se obliga a nadie a trabajar de maletero si se ha
formado para neurobiólogo y se conforma con ganar muy poco (a cambio de un
respeto, reconocimiento y prestigio que entre nosotros va siempre asociado al
dinero y, por lo tanto, más a un futbolista que a un premio Nobel y más a un
maletero, a condición de que fuera rico, que a un neurobiólogo). En España, al
revés, el problema es el secuestro de recursos económicos inmensos por parte de
un sistema de acumulación indiferente –porque no diferencia entre una vacuna y
una bomba- que selecciona los programas de investigación y obliga a los
científicos excedentes a trabajar de maleteros de hotel. Se podría decir que en
Cuba las cosas ocurren como si –aunque no sea cierto- a los maleteros de hotel
se les indemnizara económicamente por renunciar a un trabajo
enriquecedor y prestigioso y realizar a cambio uno penoso e insatisfactorio;
las cosas no son así, pero incluso este fallo extraño propone para el futuro, a
mi juicio, un buen modelo de compensaciones. Se podría decir que España, al
revés, impide a sus ciudadanos hacer el trabajo para el que se han formado y les
castiga además bajándoles el sueldo.
Más terrible que esto, es comprobar cómo esta diferencia de modelo va
acompañada de una diferencia mental correspondiente. No deja de ser curioso que
mi amigo el biólogo español, que protestaba porque no podía dedicarse a la
biología, en lugar de envidiar a su colega cubano porque él sí podía investigar,
lo compadeciera porque ganaba menos que un maletero, como si uno debiese hacerse
biólogo para ganar más. A esto se reduce, bajo la batidora del capitalismo, el
modelo de ciencia universal y desinteresada invocado en nuestra tradición
ilustrada: los jóvenes españoles que acaban siendo maleteros de hotel han
intentado llegar a ser biólogos por la misma razón que algunos biólogos cubanos
han acabado por elegir ser maleteros: para tener más dinero. En nuestro país,
condenados al paro y con este horizonte mental, no es de extrañar que muchos de
ellos, para evitar Telefónica o el Burger King, acepten sobornos de las
petrolíferas para manipular informes sobre cambio climático o de las
farmacéuticas para ocultar la inutilidad o incluso el peligro de algunos
medicamentos.
Fijémonos ahora en un segundo problema: la vivienda. En la actualidad Cuba se
enfrente a una grave crisis de vivienda. Es verdad que, al contrario que en
España, nadie duerme en la calle, pero ocurre con mucha frecuencia que los
jóvenes no pueden abandonar la casa de sus padres y que hasta tres generaciones
tienen que compartir un espacio que, por eso mismo, se vuelve cada vez más
angosto y asfixiante, con el consiguiente deterioro de la convivencia y del
bienestar psicológico. La causa de este problema es tan terrible como sencilla:
faltan casas y faltan recursos para construirlas. En este contexto, la solución
que se ha inventado, la de la redistribución de los espacios a la medida de los
cambios demográficos y familiares, genera inevitablemente conflictos personales
y dificultades administrativas.
Pero este problema, ¿no nos resulta familiar en España? Cada vez los jóvenes
españoles se emancipan más tarde del hogar materno; cada vez es más frecuente
encontrar en una misma vivienda tres generaciones –abuelos, padres, hijos-
compartiendo el mismo espacio, en un ambiente además de pugna y desasosiego
recíproco; cada vez es más frecuente que el espacio habitable sea más angosto y
asfixiante. Pero en este caso, a síntomas parecidos, la causa del problema es
más difícil de comprender. En Cuba faltan casas y no tienen recursos para
construir más; pero hete aquí que en España sobran casas y no se para de
construir. Los jóvenes españoles no pueden acceder a una vivienda precisamente
porque sobran casas. El parque de viviendas en España ha aumentado un 21% desde
1991 mientras que la población sólo ha crecido un 5%. Nuestro país tiene el
mayor porcentaje de viviendas desocupadas de la UE: el número de casas vacías en
el conjunto del Estado asciende al 14% y sólo en la Comunidad de
Madrid hay 300.000 casas totalmente vacías y otras 300.000 sin ocupar por ser
segunda residencia. El problema de España, tan incomprensible para el sentido
común, es que hay demasiadas viviendas. Lo que sólo puede explicarse si
introducimos –contra la propia Constitución española- una peculiar instancia
económica que convierte las casas, no en un valor de uso inalienable, provisto
de cuatro paredes y algunas ventanas, sino en una colección de cromos privados
que tienen que cambiarse unas cuantas personas y que hay que acumular lo más
deprisa posible en unas pocas manos; una instancia económica que convierte las
casas, tan sólidas en apariencia, en títulos, acciones y billetes de papel.
Pasemos ahora a un tercer problema particularmente delicado: la corrupción.
Como el propio Fidel Castro acaba de denunciar en un extraordinario discurso,
una cierta corrupción ha acabado por penetrar el tejido de la revolución. Por un
lado, existe eso que muy rigurosamente podríamos denominar “corrupción de baja
intensidad” y que tiene que ver con eso que los propios cubanos nombran con el
verbo “resolver”; es decir, con la necesidad de redondear el presupuesto
familiar al margen de los circuitos laborales establecidos. Todos conocemos
algún ejemplo de esta práctica muy extendida: el empleado público que utiliza el
automóvil estatal, fuera de su horario, como taxi; el cigarrero que sustrae o
desvía unos tabacos de la fábrica de puros; el jubilado que alquila una
habitación a un extranjero. Y hay también, desgraciadamente, una corrupción de
intensidad media; ésa precisamente que ha denunciado Fidel Castro y que, una vez
más, está relacionada con la maldición bíblica del turismo y
con las contradicciones económicas que ha introducido en la isla, sobre todo
tras la descentralización parcial de la economía como medida de supervivencia
durante el llamado “período especial” en la década de los 90. Si definimos el
término corrupción como “la utilización de los poderes y los recursos públicos
al servicio de los intereses privados”, creo que podemos calificar de corrupción
tanto la primera como la segunda y hay que admitir, por mucho que nos duela, que
también en Cuba hay corrupción.
Pero si aceptamos esta definición de corrupción (“poner los poderes y los
recursos públicos al servicio de los intereses privados”) entonces hay que decir
que no ocurre que haya también corrupción en el capitalismo; ocurre que
corrupción y capitalismo son lo mismo y que la corrupción es el comportamiento
normal, rutinario, ininterrumpido, de los gobiernos capitalistas. El capitalismo
es corrupción y una corrupción de tan altísima intensidad que sus efectos se
miden no en monedas sino en muertos; y no en cientos ni en miles ni en
centenares de miles sino en millones de muertos. Con excepción de Cuba y
Venezuela, todos los gobiernos del mundo han aceptado someter su independencia
política y su dignidad moral al dictado de los intereses privados y han
refrendado este sometimiento mediante la firma de acuerdos internacionales (TLC,
ALCA, GATT) o la obediencia a organismos internacionales (OMC, FMI, BM) que
someten todos los poderes y recursos públicos (agua, energía, semillas,
minerales, petróleo) a las veleidades de los intereses privados. El registro de
la corrupción del capitalismo es sencillamente –por ejemplo- la sección de
economía de El País, donde se reflejan las claudicaciones de los gobiernos y los
beneficios de las multinacionales, las cuales se jactan en el resto de las
páginas del periódico de sus bajezas: eso que (terrible corrupción también
lingüística) llamamos “publicidad”. El capitalismo es un sistema corrupto de
producción y de consumo y esta corrupción, por tanto, se extiende como mancha de
aceite a todos los niveles, desde las reuniones de Davos hasta las reuniones de
vecinos. Nunca esta corrupción ha sido más evidente y nunca se ha puesto menos
cuidado en respetar, al menos formalmente, la independencia de la instancia
política: basta pensar en la intimidad orgánica entre la familia Bush y la
industria del petróleo o entre el vicepresidente Cheney y Halliburton o entre
Donald Rumsfeld y Gilead Sciences Inc.; basta pensar en el hecho
de que el empresario más rico de Europa, Silvio Berlusconi, es al mismo tiempo
el dueño de Italia. La imagen más vívida, más espectacular, más tangible, de
esta corrupción estructural del capitalismo la ofrece, por lo demás, la ciudad
de Madrid, réplica de Bagdad, en la que la especulación inmobiliaria y la
industria del automóvil, mano a mano, destruyen y reconstruyen permanentemente
sus calles y sus casas –horadan su suelo, derriban paredes, revientan plazas-
conspirando contra el bienestar de sus habitantes.
La corrupción en Cuba es grave, pero constituye en cualquier caso una
excepción individual a la regla. El peligro estriba en que la suma de
excepciones, la generalización de la excepción, que nunca invalidará la regla,
puede hacer inviable su aplicación. Por eso Fidel castro hace muy bien en
tomársela completamente en serio. La corrupción en Cuba, en cualquier caso, sólo
daña a la revolución y sólo destruye sus indudables logros. La corrupción del
capitalismo es, en cambio, literalmente mortal. Basta espigar las páginas de los
periódicos para contabilizar sus víctimas; lo normal es que –se me ocurren a la
carrera algunos ejemplos- Arnold Schwarzeneger, gobernador de California, cobre
6,7 millones de dólares de las revistas de culturismo y boicotee por eso una ley
que pretendía regular el sector de las dietas, responsable de la muerte de miles
de personas todos los años; lo normal es que la farmacéutica Merck sólo retire
el antinflamatorio Viexx, a sabiendas de sus efectos, después
de que produzca 27.000 muertos; lo normal es que Nestlé envenene durante meses
a sus clientes o que la casa Bayer denuncie al gobierno de Sudáfrica porque
quiere curar a los cientos de miles de enfermos de SIDA de su país; lo normal es
que si la multinacional SMAK despide a 22.000 trabajadores inmediatamente se
disparen al alza sus acciones; lo normal, en suma, es que mueran 3 millones de
congoleños en cinco años para que diez empresas occidentales, denunciadas por la
ONU, puedan seguir vendiendo ordenadores personales y teléfonos celulares. En
este sentido, podemos sin duda calificar con cierta severidad de corrupción de
baja intensidad todo aquello que en Cuba se nombra con el verbo “resolver”; pero
mucho más literalmente podemos definir así todo lo que entre nosotros nombramos
con el verbo “comprar”. De algún modo todos los consumidores occidentales nos
dedicamos permanentemente a la corrupción de baja intensidad cada vez que vamos
al supermercado.
Pero la corrupción no es sólo el funcionamiento normal de una economía de
destrucción generalizada que pone una y otra vez –y no tiene más remedio- los
poderes y recursos públicos al servicio de los intereses privados; es además una
mentalidad, una estética, un modelo psicológico y cultural. En España, como en
el resto del occidente capitalista, se adora, se reverencia, se emula, se
envidia, se aplaude la corrupción. Todos los años se publica la lista de los
hombres más corruptos del planeta, con Bill Gates a la cabeza, y hasta los
parados españoles estaban contentos este año porque entre ellos había por
primera vez diez compatriotas. No sólo incurrimos en la corrupción de baja
intensidad del consumo irresponsable sino que admiramos más que nada en el mundo
la corrupción de alta intensidad.
La corrupción en Cuba, digo, es grave, pero es humana y revela la humanidad de
un modelo que puede ser influido, para bien y para mal, por las decisiones
individuales; que por esto mismo es frágil pero que por esto mismo es realmente
un modelo político. La sociedad cubana es tan humana, para bien y para mal, que
su supervivencia depende de los hombres que la componen y de lo que ellos hagan
con sus instituciones y con sus leyes; y si la solidaridad y la resistencia
pueden salvarla, la corrupción y la indiferencia pueden destruirla. Cuba es
hasta tal punto humana, hasta tal punto está dominada por las decisiones
políticas, que la corrupción individual puede dañarla. Por el contrario, el
capitalismo es tan esencialmente corrupto, impersonal e inhumano que ninguna
bondad individual puede corregirlo. La amplia zona capitalista del mundo se
divide en dos partes; en una de ellas, la que corresponde al llamado Tercer
Mundo, todas las soluciones individuales –el pequeño robo, el pequeño
tráfico de drogas, la pequeña prostitución- constituyen delitos; en la otra, la
que identificamos con el Primer Mundo, se puede destruir el mundo a gran escala
sin violar jamás los mandamientos. En España podemos, en efecto, cumplir los
mandamientos, pero el mero cumplimiento de los mandamientos no servirá jamás
para sanear el capitalismo ni para salvar a los muertos que matará mañana. Es
verdad que el capitalismo necesita –con perdón- un puñado de hijos de puta y es
verdad que los que lo combatimos necesitamos una buena armadura moral, pero ni
el capitalismo consiste en la suma de sus hijos de puta ni se lo puede derrotar
extendiendo sólo la bondad. Esta es otra de las maravillosas vulnerabilidades de
Cuba que la diferencian de su rival: pues mientras la generalización de la
corrupción en la isla puede destruir la revolución, la generalización de la
bondad en EEUU no puede destruir el capitalismo. La revolución es una cuestión
de hombres; el Mercado es una cuestión de hambres; y el
hambre impone su ley a todos sus vasallos por igual.
Acabo. Creo que a partir de estos ejemplos podemos ya vislumbrar hasta qué
punto, allí donde la sociedad cubana y la sociedad capitalista comparten los
mismos problemas, las diferencias se revelan inmediatamente no sólo en términos
de costes humanos, degradación moral y destrucción de recursos, sino –y de ahí
todas las otras diferencias- en términos de modelo.
La diferencia entre el modelo cubano y el modelo capitalista es la que existe
entre un pequeño fracaso y un gran éxito. La revolución cubana quiere solucionar
los problemas de vivienda de sus ciudadanos y no puede por falta de recursos; la
revolución cubana quiere aprovechar al máximo, en beneficio de todos, el caudal
formativo de sus ciudadanos y no puede por falta de recursos; la revolución
cubana, consciente de lo que se juega, quiere acabar con la corrupción y no
puede por una combinación de decisión humana y falta de recursos. Por su parte
el capitalismo quiere que los jóvenes no tengan vivienda y que al mismo tiempo
se construyan más y más casas y lo consigue; quiere que sus jóvenes
universitarios trabajen en Telefónica o en el Burger King por una miseria y lo
consigue; quiere que Enron deje sin luz la India y los EEUU y lo consigue;
quiere que no se cure la malaria, que se derritan los polos, que se extingan
1.200 especies de aves y lo consigue; quiere que los africanos se
mueran de hambre y lo consigue; quiere que los iraquíes giman, que los
bolivianos no beban, que las senegalesas se prostituyan y lo consigue. El
capitalismo, sí, al contrario que la revolución cubana, ha triunfado y triunfa
totalmente.
Pero entre el pequeño fracaso corregible de la revolución cubana y el gran éxito
incorregible del capitalismo, la política, la moral, la poesía –todo eso que
Martí resumía en la palabra “decoro”- no dudan en señalarnos de qué lado debe
estar nuestra elección.Artículo de www.profesionalespcm.org insertado por: El administrador web - Fecha: 02/12/2005 - Modificar
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