Secciones: Ecologismo, Movilidad y Soberanía Alimentaria - SaludTítulo: AFEMA Revista de prensa 16/1/05 - Agricultura y consumo responsables - Resistencia Agroecológica a la Globalización de la agricultura- Enlace 1 Texto del artículo:
Índice de contenidos
1 "El Viejo Topo"
Noviembre de 2004, número 199, pág 44 a 51
Resistencia agroecológica a la globalización
2 "GAK del CAES"
Pilar Galindo. Agosto 2004
OMC y PAC. LA SEGURIDAD ALIMENTARIA EN MANOS DEL LIBRE COMERCIO
xxxxx
"El Viejo Topo"
Noviembre de 2004, número 199, pág 44 a 51
Resistencia agroecológica a la globalización
(El Viejo Topo publicó el texto de Pilar Galindo que aquí reproducimos. La
versión incluida en esta "AFEMA Revista de prensa" es de diciembre de 2004,
por lo que recoge ampliaciones y enriquecimientos respecto a la aparecida en
noviembre de 2004, la que hemos tomado como referencia)
RESISTENCIA AGROECOLÓGICA A LA GLOBALIZACIÓN DE LA AGRICULTURA Y LA
ALIMENTACION[1]
Globalización de la agricultura y la alimentación. La OMC, el ALCA y la PAC
La economía moderna no produce los bienes y servicios que necesita la
población, sino las mercancías que generan beneficios. Subordina a la lógica
mercantil las necesidades humanas básicas, incluida la alimentación y, para
ser atendidas por la economía, deben expresarse bajo la forma precio. A
partir de aquí, la lógica de la vida queda supeditada a la lógica del
mercado.
Antes de producir riqueza, el capitalismo necesita producir hambre y
desprotección social, para empujar a los individuos a acudir "libremente" al
mercado de trabajo.[2] A su vez, la producción de riqueza social en el
capitalismo, necesita convertir los trabajos en trabajo asalariado, única
mercancía capaz de producir plusvalor. Una vez que las personas han perdido
sus medios de producción y sus redes sociales de reciprocidad, se ven
impelidas a buscar un trabajo asalariado (empleo), que les proporcione
recursos monetarios para adquirir en el mercado las mercancías que
satisfarán sus necesidades.
La expansión de la lógica del beneficio en la alimentación exige reducir el
trabajo necesario en la agricultura. Para ello, incorpora los métodos de la
producción industrial a gran escala en la producción de alimentos, porque
con ello consigue aumentar la productividad del trabajo agrario mediante la
especialización productiva y la incorporación masiva de tecnología. Esta
dinámica coloca en el puesto de mando a la competitividad y el beneficio
económico, desconsiderando todos los límites ecológicos, territoriales,
humanos, sociales y culturales. La concentración creciente de la población
en las ciudades y la expansión del modo de vida urbano (aunque se viva en el
campo), están impulsadas por una lógica económica que fuerza a la población
a abandonar las zonas rurales, a contratarse como asalariada y a depender
del mercado para vender su fuerza de trabajo y comprar sus medios de
subsistencia. Aunque la finalidad natural de los alimentos sea satisfacer
una necesidad humana básica, también deben comportarse como una mercancía.
Sólo son producidos en la medida en que generan beneficios para el capital.
La globalización es la extensión y la consolidación del modo de producción
capitalista, que no es sólo un modo de producción económico sino también
social, es decir, político, cultural y psíquico.[3]
A partir de la II Guerra mundial se acelera la modernización capitalista de
la agricultura y la alimentación. Este proceso se despliega, tanto en Europa
como en EEUU, aunque en este último lo hace una década antes. Su extensión a
escala planetaria, se inicia en los años setenta, a partir de lo que se
conoce como la Revolución Verde[4]. Los rasgos de este modelo de producción,
distribución y consumo de alimentos son: 1) la colocación de la eficiencia
económica y la competitividad como la finalidad básica de la producción de
alimentos; 2) la importación a la agricultura del paradigma productivista de
la industria, el aumento constante de la escala de la producción y la
orientación hacia la exportación; 3) el cambio cultural de la figura del
campesino que produce alimentos sanos para las personas, al empresario
agrícola que triunfa enriqueciéndose; 4) el empleo intenso de tecnología:
maquinaria, irrigación, semillas híbridas, fertilización y lucha contra las
plagas y enfermedades mediante productos químicos, etc.; 5) la
desconsideración, por ineficientes, de las formas tradicionales de la
agricultura de cada territorio, junto con los conocimientos asociados de
manejo de suelos, agua, semillas, cultivos, etc.
Todos los problemas que pretendía resolver el modelo agroalimentario global
se han agravado. La desnutrición no se reduce, pero sí aumenta la
malnutrición y la contaminación del agua, la tierra y el aire[5]. Las
tecnologías aplicadas por la modernización agro-ganadera, especialmente la
ingeniería genética, producen una mayor dependencia económica y tecnológica
de los campesinos, principalmente en los países empobrecidos[6].
A pesar de sus consecuencias catastróficas, no se pone fin a este modelo
porque es el más eficiente para generar beneficios económicos. La Revolución
Verde es una de las principales causas del aumento de la deuda exterior de
los países empobrecidos. Para pagar los intereses de esa deuda, los
Gobiernos se ven obligados a producir industrialmente cultivos de
exportación demandados por los países ricos y, simultáneamente, a importar
alimentos básicos para su población o incluso recurrir a la ayuda
alimentaria que sirve a los países ricos, a su vez, para dar salida a sus
excedentes agrícolas[7].
La mercantilización alimentaria a nivel mundial ha demostrado su incapacidad
para proteger la seguridad alimentaria. Por el contrario, su despliegue
aumenta la inseguridad en todo el planeta. Sus consecuencias y
contradicciones son cada vez más evidentes: a) desnutrición, obesidad, y
enfermedades achacables a la alimentación, es decir, hambre y comida basura;
b) medicalización por falta de alimentos o por exceso; c) despoblamiento en
el campo y hacinamiento en las ciudades; d) desarraigo, emigración,
exclusión y nueva esclavitud en países del centro y de la periferia; e)
destrucción ecológica, pérdida de suelo fértil y de biodiversidad agrícola,
catástrofes “naturales” recurrentes, contaminación de aguas, suelos y
atmósfera; f) intoxicación y envenenamiento de especies, enfermedades y
trastornos hormonales derivados del uso de plaguicidas; g) riesgo de
epidemias humanas activadas por la transferencia genética de enfermedades
animales (gripe del pollo); h) riesgos de difícil evaluación futura por el
uso imparable de OMGs[8].
Es decir, se multiplican las consecuencias negativas sobre la salud de los
seres vivos y el ecosistema. Este modelo alimentario se desentiende, tanto
de las necesidades sociales y ecológicas, como de sus consecuencias actuales
y futuras. Crece en abierta oposición a los derechos de la población a una
alimentación suficiente, saludable y nutritiva, a una vida digna de los/as
campesinos/as en su propia tierra y a su cultura tradicional. Lo único
importante es que no se interrumpa el ciclo de producción y circulación de
las mercancías, que no cese la producción de plusvalor. Se subordinan o
quedan subsumidos a esta lógica, los tiempos de la naturaleza, el patrimonio
biogenético, los ciclos ecológicos, el principio de precaución, los derechos
humanos (derecho a la vida y a la salud), y en particular, la seguridad y
soberanía alimentarias.
La OMC, el ALCA y la PAC[9]
La “Ronda del Desarrollo” de la OMC que se inició en Doha (nov. 2001) tras
el fracaso de Seattle (Dic/1999), prometía reactivarse en la V Reunión
Interministerial de Cancún (10-14/sep./2003), profundizando la orientación
neoliberal que inició la Ronda de Uruguay, última Ronda del antecesor de la
OMC, el GATT (Acuerdo General de Aranceles y Comercio). En Cancún, tanto
EEUU como la UE esperaban un avance en la liberalización del comercio
mundial. El cálculo se basaba en presuponer que los países pobres tuvieran
un mayor interés en mejorar su acceso a los mercados internacionales
mediante un acuerdo multilateral de liberalización del comercio, en lugar de
acuerdos bilaterales o regionales promovidos por EEUU. Aunque, de hecho, los
acuerdos multilaterales legalizan e institucionalizan la dependencia de los
países pobres, obtenida en acuerdos bilaterales previos.
En la estrategia de los países ricos en Cancún no estaba prevista una
coalición entre los países medianos y pequeños. Pero el G-20, impulsado por
Brasil y Argentina e integrado por las economías más débiles se convirtió,
contra todo pronóstico, en el bloque opositor frente a Washington-Bruselas.
Esta coalición modificó la agenda, al supeditar la reducción de aranceles
sobre las mercancías no agrarias a la eliminación de los subsidios a la
exportación y las ayudas internas a la agricultura. El G-20 impidió
finalmente que la UE, pero también EEUU y Japón, introdujeran entre los
compromisos dos elementos letales para las economías más débiles: la
protección a las inversiones (libre acceso de las inversiones extranjeras) y
garantías a la libre competencia en los mercados (es decir, impedir la
protección de la actividad local frente a las multinacionales). Los países
pobres prefirieron renunciar a lo conseguido en agricultura, a exponer sus
economías, sin protección, al capital internacional.
Pero el fracaso de Cancún sólo ha supuesto un aplazamiento de la Ronda del
Desarrollo. Casi un año después, a comienzos de agosto de 2004 y en la sede
de la OMC en Ginebra, se llegó a un acuerdo para el desbloqueo de la
liberalización del comercio, dando así continuidad a la Ronda del Desarrollo
que pretende concluir satisfactoriamente en Hong Kong en julio de 2005.
Dicho acuerdo en materia agrícola consiste en: a) la reducción en un 20% de
los subsidios agrarios el primer año de su entrada en vigor, con mayor
incidencia en los productos más subvencionados; b) la rebaja de las tasas de
importación de mercancías agrarias, con mayor incidencia en los productos
más protegidos. EEUU, la UE y Japón hay acordado esta transacción porque, a
cambio, los países alienados en el G-20, asumen: c) la reducción de
aranceles de importación en productos industriales y d) la entrada en el
sector servicios de empresas y capitales extranjeros. Es decir, se ha
acordado lo que no se pudo hacer en Cancún, con el consentimiento de los
mismos que lideraron el bloqueo a dicho acuerdo. Sólo el G-90, los países
más pobres del mundo, se quejaban por haber quedado excluidos.[10]
La alianza del G-20 podría haber sido un medio para frenar el despliegue del
libre comercio. Pero su estrategia se ha limitado a la defensa de intereses
compartidos y no a la reclamación de políticas específicas que partan de la
realidad de cada país para proteger del hambre y las privaciones a su propia
población y mantener a sus propios campesinos, defendiendo su derecho a
ejercer la soberanía alimentaria. No impugna la doctrina política de la OMC,
apoyada también por prestigiosas ONGs para el desarrollo y por la izquierda
capitalista[11] que consideran a la liberalización del comercio como el
único camino para el desarrollo de los países pobres, la seguridad
alimentaria de su población y para alcanzar el nivel de consumo medio de los
países desarrollados.
Considerar que haciendo más justas las reglas del comercio internacional y
eliminando las subvenciones a la agricultura doméstica, se restablece el
equilibrio y a partir de ahí, es posible que los productos del Sur puedan
“competir” en los mercados del Norte, es quedarse en la superficie del
problema. Es situar el problema únicamente en la circulación, el comercio.
La dependencia de los países poco desarrollados no se debe tanto a las
subvenciones que reciben los agricultores de los países ricos como a un
modelo de agricultura y alimentación industrializada y productivista,
orientada a la exportación. Al pedir la eliminación de esas subvenciones,
los países pobres no ponen en cuestión su participación en el mismo modelo
alimentario que, si en los países ricos, es causante de la inseguridad
alimentaria por la comida basura, en su propio país es causante de los
monocultivos, el hambre, el subdesarrollo y la perpetua dependencia. Lo que
podrán conseguir los países pobres y, especialmente, los llamados
“emergentes” con este acuerdo es, tan sólo, que sus propios capitales puedan
competir en los mercados internacionales desde una posición más favorable, a
costa incluso, de la seguridad alimentaria de su propia población, de la
expulsión del agro de sus propios campesinos y del hambre y la muerte de sus
propios niñ@s, como ocurre en Argentina con el milagro de la soja
transgénica[12]. Se restablecería una mejor competencia de los capitales y
la guerra entre ellos no sería tan desfavorable para los países del Sur.
Pero la participación de los países más débiles en los mercados es a costa
de su producción tradicional, comercio local, recursos naturales y soberanía
alimentaria.
En la Cumbre de las Américas de 1994 los gobiernos de los países americanos
decidieron establecer un Área de Libre Comercio de las Américas. Durante la
década de los noventa se habían creado las condiciones a través de las
reformas del mercado, de un aumento significativo del comercio de bienes y
servicios y de las inversiones extranjeras en América Latina y Caribe,
facilitadas por acuerdos bilaterales de libre comercio. Estados Unidos y la
Unión Europea se veían favorecidos por la penetración de sus productos,
servicios y capitales a precios competitivos. Aunque las burguesías
nacionales estaban de acuerdo, la consecuencia inevitable fue la caída de
las industrias nacionales que desencadenaron recesiones económicas. Despidos
masivos por privatizaciones, encarecimiento de los servicios públicos
básicos (el agua potable en Bolivia) a precios prohibitivos para los pobres.
El impacto sobre la población campesina e indígena ha sido enorme, al
arruinarse sus ya escasos recursos de venta local ante la entrada de
productos agrícolas a precio inferior a sus escasísimos costes. Esto ha
generado enormes desplazamientos del campo a la ciudad y flujos migratorios
internacionales. Pero también ha desencadenado la resistencia a la
liberalización de los mercados. El movimiento zapatista se levantó al día
siguiente de iniciarse el proceso de negociación de un ALCA para el 2005.
Después le han sucedido múltiples levantamientos populares, destacando los
iniciados por campesinos e indígenas ante la subida de los precios del agua
y la privatización del gas en Bolivia, etc. Diez años después el ALCA no
tiene futuro. Hay una situación explosiva, casi de conflicto abierto, en
Bolivia, Ecuador, Paraguay, Venezuela y Colombia. Se ha producido un avance
conjunto de la izquierda y una parte de la burguesía nacional en Brasil.
Argentina continúa inmersa en una crisis financiera radical, fruto de una
liberalización salvaje de su economía que ha quebrado la gobernabilidad. En
toda América Latina y Centroamérica se articulan grandes bloques contra el
ALCA, pero sordamente continúan haciéndose acuerdos bilaterales de
liberalización del comercio.
En el ámbito de la Unión Europea, la PAC dice defender una agricultura
propia que mantenga las rentas de los agricultores, respetando el
medioambiente y la seguridad alimentaria, como quieren ciudadanos y
contribuyentes. Pero, en sus hechos, habla el lenguaje de la circulación de
las mercancías y no el lenguaje de la agricultura campesina, del territorio
o del desarrollo rural. Si nos fijamos en su estructura central, acordada en
el Tratado de Roma (1957), que en lo esencial no ha variado en las sucesivas
reformas, se articula mediante las Organizaciones Comunes de Mercado (OCMs)
donde, a través de la regulación de la producción de las mercancías
agrarias, se estructuran los sectores agrícolas y ganaderos, propiciando con
ello el fraccionamiento y la contraposición de intereses de los distintos
actores en la producción, distribución y consumo de alimentos. Esta
regulación se dirige a favorecer la posición de los productos agrarios
europeos tanto en el interior de la UE, como hacia el exterior: intervención
en los mercados, para garantizar un precio mínimo; derechos de aduana, para
proteger de la competencia a las mercancías propias en el mercado interior,
y restituciones a la exportación, para mejorar la competitividad de las
mercancías propias en el mercado exterior. La verdadera vocación de esta
política agraria es la exportación (única política supraestatal aceptada y
costeada con un presupuesto comunitario en el Tratado de Roma). El mercado
único de la CEE elimina las fronteras internas y obliga a una
homogeneización de las condiciones de producción-distribución-consumo. Es
decir, la explotación agropecuaria que no da la talla, desaparece.
La Unión Europea abordó una nueva reforma de la PAC, supuestamente
adaptándose a los dictados de la OMC bajo la batuta de EEUU. Pero el
escenario que caracteriza a esta tercera reforma de la PAC (aprobada en
junio de 2003) lo configuran, al menos, la ampliación de 15 a 25 países
miembros, el cumplimiento del Pacto de Estabilidad y Crecimiento (Cumbre de
Ámsterdam, 1997) para posibilitar la moneda única y las rondas de
negociaciones de la OMC. Además, la PAC persigue la misma lógica que preside
la OMC: modernizar la agricultura para aumentar la productividad antes que
cualquier otra razón (social, ecológica, territorial, de seguridad
alimentaria y de solidaridad). Igualmente pone en segundo plano las
“preocupaciones no comerciales”. La dinámica real consiste en: abaratar
costes mediante la precarización de las condiciones laborales y el
abatimiento de derechos sociales y ciudadanos; acelerar y subvertir los
ciclos naturales con el uso creciente de fertilizantes y plaguicidas
químicos, hormonas y antibióticos en los piensos y promoción de semillas y
alimentos transgénicos, en un contexto de contaminación y riesgos sobre la
salud humana cada vez mayores y más documentados científicamente. A pesar de
las apariencias, la PAC no constituye una política social, sostenible, que
defienda la seguridad alimentaria, que impulse un mundo rural vivo y que
proteja un modelo de agricultura vinculado al territorio y cohesionado al
interior de la UE. Más bien, la Unión Europea utiliza la PAC como
instrumento de la globalización[13] para la liberalización del comercio de
mercancías alimentarias. Sus reformas han secundado las políticas
internacionales como si fuera una condición “inevitable”, impulsando la
desaparición de las pequeñas explotaciones familiares y comunitarias de
dentro y fuera de la UE. Pese a su retórica, no es una política distinta de
la que, para la agricultura, promueve la OMC. No propicia la soberanía y
seguridad alimentarias de las sociedades europeas, sino la competitividad
del Bloque capitalista de la UE frente al de EEUU, aunque mantenga aún una
cierta distancia con EEUU que ha aplicado un modelo de modernización mucho
más agresivo.
En definitiva, este modelo económico y social antepone las “necesidades” de
la mercancía alimenticia en particular, y de las mercancías en general, a
las necesidades de las personas que trabajan elaborando alimentos y/o se
alimentan con ellos. La globalización económica supone una radicalización de
este modelo, colonizando bajo la forma de mercancía todo lo que aún
permanecía fuera, protegido bajo la forma de patrimonio común, o incluso,
carente de valor comercial. Liberando todas las formas autosuficientes de
vida, poniéndoles precio para que puedan ser intercambiadas, bajo las reglas
democráticas del mercado.
Agroecología y consumo responsable desde el campo, desde la ciudad y desde
el Movimiento Antiglobalización
¿Por qué Agroecología y Consumo Responsable?
La generalización de la comida basura tiene que ver con la proliferación de
trabajos basura y de una vida basura para mucha gente. Mientras crece el
despilfarro de recursos naturales y la contaminación, también crece la
pobreza y la falta de condiciones de vida digna para muchas personas.
Nuestras formas de consumir tienen mucho que ver con estos problemas.
Las personas no sólo producen, también son producidas. En lugar de cooperar
para una vida más segura para todos, compiten entre sí en el mercado de
trabajo y se desentienden de las consecuencias de un consumismo
irresponsable. Competir en el mercado para consumir vorazmente es un
indicador de inclusión y éxito social, aunque eso genere individuos rotos y
deshumanizados.
La crítica al modelo globalizado de producción, distribución y consumo de
alimentos no se puede reducir a la crítica de las multinacionales y las
empresas del Agrobusiness. No hay alternativa al hambre y la comida basura
sin oponerse al capitalismo global. Pero la crítica a un hecho, exige otro
hecho. Es preciso crear las condiciones para que el derecho a la soberanía
alimentaria sea una realidad para todos los pueblos del planeta. Se necesita
un mejor reparto de la tierra, de los alimentos y de la riqueza como
solución a la inseguridad alimentaria y sus correlatos de pobreza,
enfermedad, desnutrición y muerte evitable de seres humanos. Las causas de
estas calamidades están en el modelo global de producción, distribución y
consumo de alimentos cuya lógica es el beneficio económico y la
competitividad. Construir alternativas que den respuesta a todos estos
problemas supone interrumpir, aunque sea parcialmente, la lógica del
beneficio como motor de la sociabilidad y cuestionar la modernización
competitiva como modelo de progreso.
La industrialización y mercantilización de la agricultura y la alimentación
no es capaz de alimentar a toda la población. El nivel de consumo de las
sociedades desarrolladas, suponiendo que fuera deseable, no es generalizable
a toda la población. El consumismo desaforado de mil millones de incluidos
supone la desigualdad y la exclusión de la mayoría de la humanidad. Este
consumo irracional sólo puede generalizarse, a golpe de competitividad, si
se liquidan los salarios y derechos de l@s trabajador@s que producen las
mercancías. La contradicción trabajo/consumo se resuelve en una conducta
individualista o esquizoide: “trabajar como un animal pretendiendo vivir
como un señor”.
Es necesaria una crítica teórica al paradigma de la modernización
capitalista, a la producción y distribución globalizada de alimentos, pero
también interrumpirla en la práctica. Recuperar la autonomía de los pueblos
exige asumir la responsabilidad de la propia forma de alimentación y una
alianza entre ciudadan@s del campo y la ciudad. Conseguir la soberanía
alimentaria supone dialogar con las necesidades de los otros y en múltiples
direcciones: campo-ciudad; campesin@s-consumidor@s; autócton@s-inmigrantes;
Norte-Sur.
Promover formas alternativas de producir y consumir desde el campo y desde
la ciudad, construyendo en común una seguridad alimentaria en los márgenes
del mercado global y con otro modelo de relación con la naturaleza y entre
las personas.
Nuestro convencimiento proviene de nuestra práctica. Desde hace 8 años
venimos cultivando una relación equivalente entre el campo y la ciudad,
desde redes de consumo autogestionado y responsable que defienden su derecho
a una alimentación sana y suficiente para todas las personas y apoyan, como
condición para ello, a pequeñas explotaciones agroecológicas en peligro de
extinción, que se resisten a la emigración forzada por la agricultura
industrial, la PAC y la globalización.
¿Qué es “Agroecología y Consumo Responsables”?
La agroecología es una forma de producir alimentos contando con la
naturaleza y no contra ella; un conocimiento secular anclado en una
sabiduría campesina que la modernización capitalista ha desterrado del
ámbito de la producción porque no es competitivo en términos de mercado. El
consumo responsable es la contraparte necesaria que, construyendo redes de
consumidores en las ciudades en legítima defensa de su seguridad
alimentaria, se comprometen directamente con l@s productor@s agroecológic@s.
Este compromiso implica un diálogo sobre las necesidades que ambas partes
tienen, buscando la reciprocidad y la equivalencia, promoviendo el apoyo
mutuo para producir y consumir alimentos sanos, con un precio justo que
remunere de forma suficiente la actividad de los productores rurales en
lugar de ser resultado de las oscilaciones de los precios de los productos
en el mercado, inasequible a comienzos de temporada e insuficientes para los
productores cuando la oferta es abundante. El consumo responsable se
interroga sobre lo necesario y lo superfluo, promueve el consumo de
alimentos de temporada, la proximidad, la reutilización de envases. Es
decir, mira más allá de la calidad del producto y del precio.
Por un lado, la producción de alimentos sanos, a precios justos, respetuosa
con la naturaleza y primando la salud de las personas. Por otro, la
construcción de redes de consumidor@s en las ciudades que garantizan a los
productor@s agroecológic@s la compra de su producción, consiguiendo con ello
una alimentación sana, colectiva, participativa y al margen de las
multinacionales de la alimentación. Construcción de sociabilidad en estado
puro. Infraestructura de un mundo más humano e integrado en la naturaleza.
Desde el campo, desde la ciudad y desde el Movimiento Antiglobalización
Frente a la OMC y todos sus Acuerdos de Libre Comercio, y frente a la Europa
del Capital y la Constitución que la legitima, es necesario que se muestren
y crezcan experiencias prácticas de respuesta alternativa al interior de las
propias relaciones sociales, desde el campo y desde la ciudad, persiguiendo
conectar con otras redes agroecológicas pero también con otras áreas
temáticas del movimiento antiglobalización.
El conocimiento, la actitud y la responsabilidad ante la propia alimentación
es un acto político, de soberanía alimentaria. Educar-nos para alimentar-nos
con dignidad y de forma saludable, teniendo en cuenta las consecuencias de
nuestra elección, es una tarea necesaria.
Las múltiples experiencias que existen son pequeños diques contra las
prácticas globalizadoras y excluyentes. Para que la alimentación sana no sea
individualista e indiferente a los derechos de los campesinos ni contraria a
la naturaleza, es importante desarrollar espacios comunes de cooperación
entre proyectos de producción y consumo agroecológicos para superar nuestras
limitaciones y, si es posible, ayudarnos a resolver algunos de los problemas
vinculados a nuestra pequeña escala y al esfuerzo para que estos proyectos
de economía social sobrevivan y se desarrollen. Para poder comprender los
daños de la globalización, es necesario que la lucha por la agroecología y
el consumo responsable atraviese y se vea atravesada y fortalecida por otras
luchas: contra la precariedad, la exclusión y la subordinación de las
mujeres, por el derecho a la salud, a la educación, contra el racismo y la
defensa de los derechos humanos, las garantías jurídicas y los derechos
civiles.
Al poner en relación nuestra práctica con otras prácticas, estamos luchando
contra la OMC, la PAC y la Europa del Capital allí donde se manifiestan sus
daños, en la vida cotidiana, facilitando así la comprensión de lo que nos
pasa y promoviendo el apoyo entre los que sufren los perjudicados y no el
aislamiento y la competencia entre ellos.
La apuesta por un Área de Agroecología y Consumo Responsable.
Los Grupos Autogestionados de Consumo (GAKs) hemos impulsado, desde 1997, un
proyecto recíproco y solidario de intercambio directo y soberanía
alimentaria entre familias consumidoras urbanas y producto@s campesin@s, al
margen de las reglas del mercado global. La necesidad de articular un Área
de Agroecología y Consumo responsable desde dentro del Movimiento
Antiglobalización, es el resultado de todo un proceso.
En julio de 2001, los GAKs llevábamos 5 años volcados casi exclusivamente en
la articulación de vínculos campo-ciudad, entre grupos de consumo y familias
campesinas. Aunque los grupos estaban integrados por personas pertenecientes
a los movimientos sociales y una parte importante éramos elementos activos
del Movimiento Antiglobalización, fue con la preparación de la Campaña
contra la Presidencia Española de la Unión Europea en el primer semestre de
2002, cuando intentamos articular un área temática que aportase los
contenidos de soberanía alimentaria desde nuestra práctica.
Hubo varias asambleas preparatorias. Diversos colectivos que impulsaban la
agroecología desde la producción y/o el consumo, de otras partes del Estado
(Extremadura, Cataluña y Andalucía, básicamente) participaron en el Área de
Agroecología y Consumo responsable. Compartíamos la necesidad de fortalecer
un espacio autónomo de agroecología que sirviera tanto para sensibilizar y
atravesar otras áreas del movimiento antiglobalización con los problemas de
la agricultura y la alimentación global, como para buscar alternativas de
viabilidad a nuestros proyectos, abriéndolos a las personas conscientes de
los daños de la globalización desde otras perspectivas (educativa,
sanitaria, sindical, feminista, etc). Esperábamos con ello fortalecer los
grupos con nuevos miembros conscientes de la importancia política de la
alimentación. La aspiración más ambiciosa era involucrar a asociaciones de
consumidores ecológicos que en la práctica llevaban muchos años impulsando
proyectos reales y llegar a asociaciones de productores ecológicos y no
ecológicos. El objetivo era que se sumasen a nosotros en la lucha contra la
globalización alimentaria, o al menos, que estuvieran dispuestos a apoyar
actividades con objetivos compartidos, en la defensa de la alimentación
sana, la agricultura familiar y el mundo rural.
Durante los meses que duró la campaña (enero a junio de 2002), se
desplegaron múltiples actividades que mostraban la verdadera naturaleza del
modelo de construcción europea, con la moneda única recién inaugurada. El
acuerdo fue participar de forma descentralizada, pero bajo una referencia
común: “Contra la Europa del Capital y la Guerra. Globalicemos las
resistencias. Otro mundo es posible”. Las aportaciones del Área de
Agroecología y Consumo Responsable al Movimiento Antiglobalización en ese
periodo fueron: 1) contenidos de agroecología y consumo responsable en las
asambleas estatales preparatorias de Orcasitas (sep-01), Zaragoza (nov-02) y
Marinaleda (feb-02); 2) un espacio propio de debate y acción de colectivos
de agroecología, incorporándose en la Contracumbre de Sevilla en Junio-02
iniciativas de comercio justo; 3) participación en debates sobre soberanía
alimentaria con redes y organizaciones como Plataforma Rural, Vía Campesina,
(Murcia, abril-02; Sevilla, mayo-02; 4) organización del Taller de Soberanía
Alimentaria (Foro Social Trasatlántico de Madrid en junio de 2002) en un
intento de acercar la realidad agroecológica de Europa y Latino América, con
la participación de organizaciones indígenas y campesinas; 5) espacios de
debate y cooperación entre: movimientos sociales Antiglobalización, redes y
organizaciones activas en la defensa de la soberanía alimentaria, movimiento
campesino mundial, movimiento rural y experiencias de producción y consumo
agroecológico organizado; 6) Participación en la huelga general del
20-Jun-2002 con contenidos propios denunciando la inseguridad alimentaria;
7) Participación en curso itinerante del Área de “Educación, exclusión,
menores” del Movimiento Antiglobalización, exponiendo experiencias propias
de producción y consumo agroecológico; 8) Impulso y contenidos de soberanía
alimentaria en la conmemoración del día de las luchas campesinas (17 de
abril); 9) Colaboración en coordinación y contenidos de una publicación
monográfica sobre salud (Rescoldos núm.6) en la que participaron todas las
experiencias agroecológicas de producción y consumo de Madrid.
Paralelamente y fomentada por este proceso de confluencia y cooperación,
nació en diciembre de 2001, en Madrid, la Coordinadora de Grupos de Consumo
Agroecológico. Participamos en ello distintos proyectos agroecológicos[14]
que compartíamos preocupaciones y necesidades en lo cotidiano como
colectivos de consumidores. Éramos diferentes pero teníamos los mismos
problemas: ser pocas personas y menos las más implicadas; preocupación por
sensibilizar a más personas y mantener la actividad de nuestros grupos; el
transporte a la ciudad y su distribución interna; poner palabras cotidianas
al concepto agroecológico; la contradicción práctica entre ampliar la
variedad de alimentos y respetar la cercanía, etc. Este espacio nuevo,
multiforme y de cooperación, se sumó a las iniciativas del Área de
Agroecología y Consumo Responsable durante la Campaña del 2002, participando
activamente algunos de los grupos en contenidos y debates, especialmente en
la Contracumbre de Sevilla. Hoy la Coordinadora ha crecido en miembros y en
volumen de actividad, siendo un referente de cooperación desde la
diversidad, para otros colectivos en el Estado.
En Cataluña, se creó la Xarxa de Consum, en la que colectivos y
organizaciones de consumidores, productores, de comercio justo, colaboran
desde entonces en campañas de sensibilización. Se incorporó a esta red la
Asamblea Pagesa, escisión del sindicato de agricultores Unió de Pagesos,
miembro a su vez, del sindicato estatal COAG que aglutina a las
organizaciones de pequeños y medianos agricultores y ganaderos familiares en
el Estado Español.
Las diferencias que motivaron su escisión son indicativas de la situación
del sindicalismo agrario europeo, salvo excepciones muy singulares (CPE).
Derivan del escaso nivel de respuesta que tienen, en Europa, las burocracias
sindicales de las organizaciones de agricultores y ganaderos frente a la
globalización y a las políticas agrarias comunitarias, dejando a sus bases
inermes para enfrentar las consecuencias de tales políticas. Modernizarse
para competir es una ilusión irracional para las explotaciones familiares
agrarias. La consecuencia es el endeudamiento y la dependencia de las
subvenciones para poder pagar los créditos, en un contexto de reducción
progresiva de las ayudas y de los precios, justificados ambos por la lógica
de la globalización, mientras crece la desconfianza ciudadana por los
mecanismos de seguridad, insuficientes ante cada nuevo escándalo
alimentario. Sin embargo, modernizarse, adaptarse y competir es lo que
aconsejan las organizaciones agrarias a sus afiliados. Hay un déficit en
estas organizaciones, si no de voluntad, sí al menos de herramientas
teóricas adecuadas para analizar primero y combatir después, las
consecuencias de la globalización en sus resultados, de crítica teórica y
práctica al modelo de modernización agraria que está expulsando familias
agricultoras de las zonas rurales, a la vez que se degrada la seguridad de
los alimentos producidos y pone en peligro la salud de las personas y el
medio ambiente. La modernización lleva ineludiblemente, a la desaparición de
más y más agricultores. Criticar las consecuencias de la PAC y de la OMC,
por separado, sin vincular su conexión, y luego seguir abrazando un modelo
modernizador y competitivo que salve individual y “milagrosamente” a cada
explotación, es aceptar la condena a una sigilosa desaparición de la vida
rural, en todas sus dimensiones, como un destino inapelable.
En Cataluña se ha abierto en principio, una fisura en esta contradicción que
ha permitido, aparentemente, un nuevo dinamismo en las alianzas con
organizaciones de los movimientos sociales, lo que no ha sucedido en otras
partes del Estado. Por el contrario, las organizaciones agrarias
mayoritarias y ante la reunión informal de Ministros de Agricultura de la UE
de mayo de 2002 en Murcia, después de múltiples presiones por los
contenidos, decidieron no involucrarse con los movimientos sociales en el
Foro de Agricultura. En este espacio nos dimos cita las distintas
sensibilidades en apoyo del mundo rural y a la alimentación, incluida la
agroecología y el consumo responsable. Las organizaciones agrarias no sólo
se mantuvieron al margen, sino que hicieron una manifestación de
agricultores en Cartagena, mientras el Foro Social en Murcia acompañaba y
daba acogida a una marcha de inmigrantes y trabajadores agrícolas reclamando
derechos elementales de ciudadanía.
A lo largo de la Campaña, el Área de Agroecología no consiguió su objetivo
de estimular un área que tuviera continuidad. Tuvimos poco tiempo,
insuficiente experiencia y diversas dificultades superiores a nuestra
voluntad. Además de la escasa sensibilidad de muchos sectores agrarios y
sociales a los problemas ecológicos y sociales de la alimentación, no
conseguimos calar suficientemente en los sectores teóricamente afines de
consumidores y agricultores agroecológicos para algo más duradero que una
campaña puntual. El enorme esfuerzo para mantener los colectivos desanimaba
a muchos en cooperar en tareas que fueran más allá de mantener su propia
organización. También descubrimos dolorosamente, que algunos colectivos que
tenían entre sus fines explícitos el anticapitalismo, la cooperación y el
apoyo mutuo, no estaban dispuestos a cooperar para la construcción de un
espacio en el que su sigla no se viera fortalecida sino que fuera una más
entre otras, perdiendo una representación exclusiva y abusiva de la
quintaesencia de la agroecología y la autonomía.
Una vez pasada la Campaña contra la Presidencia Española de la Unión
Europea, en la que la iniciativa procedía de la cooperación de multitud de
colectivos, estimulados por el trabajo en común en las áreas temáticas
aportando contenidos y experiencias de resistencia, el centro de gravedad
del Movimiento Antiglobalización cambió. El protagonismo lo tienen ahora
organizaciones del entorno socialdemócrata, debilitándose con ello, tanto la
visualización de montones de luchas que pasan desapercibidas o se han
desconectado de los espacios comunes, como la oportunidad de articular una
cooperación regular entre las áreas, única forma en la que creemos que puede
darse la continuidad y experiencia suficiente para comprender que la fuerza
de la resistencia social antiglobalización reside en la cooperación desde
abajo.
Cuándo acaban las Campañas, la actividad social sigue
Los colectivos que impulsamos el Área de Agroecología y Consumo Responsable
en Madrid seguimos desarrollando nuestros proyectos de cooperación
campo-ciudad. Pero también continuamos empujando en concienciación,
sensibilización y construcción de redes de apoyo entre campo y ciudad y
apoyando la cooperación entre las diversas áreas temáticas, aunque sea más
puntualmente y los resultados no sean tan visibles. De hecho la
simultaneidad de ambos planos de intervención social ha atraído a nuevas
personas a querer participar en un consumo responsable.
Desde octubre de 2002 hemos realizado diversas actividades para seguir
impulsando un Área de Agroecología y Consumo Responsable[15]. Destacamos: 1)
“La OMC, la PAC y el Movimiento antiglobalización”, documento del Área en
la Campaña contra la reunión de la OMC en Cancún (sep. 2003),
responsabilizando de la inseguridad alimentaria no sólo a la OMC, también a
la PAC y su modelo modernizador; 2) Taller “una escuela que no se lo come
todo” en cooperación con el Área de Educación, Exclusión, Menores (5 marzo
2004); 3) Taller de Agroecología y Consumo Responsable en el IV Foro de la
Plataformal Rural, organización estatal que impulsa la soberanía alimentaria
(19-21 marzo 2004); 4) participación campesino-urbana en el Área de
Ecología política de las IX Jornadas de Economía Crítica (marzo 2004); 5)
Recogida de firmas entre colectivos de Agroecología contra el Real Decreto
del Gobierno español de coexistencia de cultivos transgénicos (marzo 2004);
6) Participación en el Encuentro Internacional Semillas Norte-Sur.
Patrimonio de la Humanidad (Siero, Asturias, abril de 2004); 7)
Participación en el Encuentro internacional ”la Humanidad frente al
Imperialismo”, en la mesa de Agricultura con la Plataforma Rural y Evo
Morales (Oviedo, Asturias, abril de 2004); 8) Impulso de la Marcha a la base
americana de Torrejón (Madrid), junto con otras áreas temáticas del
Movimiento Antiglobalización (abril 2004); 9) Participación en las
movilización contra el FMI y el BM que se reunieron en Madrid el 14-Jun-2004
para festejar su 60º Aniversario. 10) Participación con contenidos propios
(de Política Agraria Común, y Agroecología y Consumo Responsable), en la
Consulta Social Europea (13-jun-04), junto con otras Áreas del Movimiento
contra la Globalización, la Europa del Capital y la Guerra[16]. 11) Talleres
y charlas de agroecología y consumo responsable para impulsar la creación de
grupos de consumo en relación directa con campesinos agroecológicos o apoyar
la actividad de grupos ya creados, en Madrid, Oviedo, Salamanca y Plasencia;
12) Elaboración, desde marzo de 2004 de un boletín mensual “Agricultura y
Consumo responsables”, coeditado por colectivos rurales y urbanos que
expresan su experiencia y actividad cotidiana; 13) Impulso desde septiembre
de 2004, de una sección de Agroecología y Consumo Responsable en un programa
de radio de mujeres “Nosotras en el mundo” en Radio Vallecas, una radio
local; 14) Apoyo a EducArteSano, pan (eco) lógico, proyecto para la
producción de pan agroecológico e integral para su consumo en redes
sociales, la sensibilización a favor de una alimentación agroecológica y
responsable partiendo del pan y el autoempleo.
Los objetivos que nos empujaron a constituir el área con la vocación de
transcrecer los límites actuales, siguen vigentes: Impulsar la agroecología
y el consumo responsable como alternativa frente a la globalización de la
agricultura y la alimentación. Desde la articulación de vínculos entre
colectivos de productor@s y de consumidor@s como forma de superar la
marginalidad. Impulsando experiencias y relaciones de cooperación y apoyo
mutuo entre los diversos colectivos. Desenmascarar los daños de la
globalización, contribuir a la cultura política del consumo y establecer
vínculos con otros movimientos sociales. Solo desde muchas experiencias
locales agroecológicas que se enfrentan en la práctica, a los daños de la
globalización económica, puede haber fuerza para detener la lógica económica
global de la agricultura y la alimentación. Por el contrario, y mientras se
profundice la interiorización de la lógica de la competitividad en cada
individuo, otro mundo es imposible.
P. Galindo, GAK CAES, diciembre 2004[17]
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[1] Este artículo es el resultado de unos materiales elaborados inicialmente
para una ponencia compartida con Eduardo Sevilla Guzmán, Joan
Martinez-Alier: “Resistencia Agroecológica a la Globalización de la
agricultura y la alimentación en Latinoamérica y en España” y que
presentamos en el Symposium de Nuevos Movimientos Sociales del XI Congreso
Mundial de Sociología Rural, 25-30 de julio de 2004. Trondheim. Noruega.
[2] Karl Polanyi (1989) La Gran Transformación. Barcelona,. Ed. La Piqueta
[3] A. Morán. (2003) “Globalización, moneda única, consecuencias”. En A.
Morán, P. Galindo y otros. El movimiento antiglobalización en su laberinto.
Entre la nube de mosquitos y la izquierda parlamentaria Madrid,. Ed. La
Catarata-CAES
[4] Se denomina así, al fenómeno propiciado por la FAO, de extensión de la
agricultura moderna (industrial y mercantil) a los países empobrecidos bajo
el argumento de que era la única forma de resolver el problema de las
necesidades alimenticias de una población creciente.
[5] En el ultimo informe de FAO “El estado de la inseguridad alimentaria en
el mundo 2004”, se ha vuelto a repuntar la cifra de personas hambrientas, en
el periodo 2000 y 2002, a 852 millones de personas, el 54% en India y
Africa. Además, se reconoce que los países en desarrollo empiezan a incluir
entre sus problemas de inseguridad alimentaria los derivados de la obesidad
por sobrenutrición de mala calidad, es decir, comida basura, abundancia de
grasas y escasez de frutas, verduras y cereales. La obesidad hasta ahora se
circunscribía a los países ricos. Como el hambre, también lleva asociadas
enfermedades mortales o crónicas (enfermedades cardiovasculares, diabetes,
etc) que se extienden en la población más pobre de las ciudades.
[6] Collins J., Moore Lappé F., y Rosset P. (1998) World Hunger: Twelves
Myths. 2ª ed. Updated. New York Ed. Institute for Food and Development
Policy
[7] Véase el uso de la ayuda alimentaria como arma de guerra en Luis
Portillo (1987) ¿Alimentos para la paz? La “ayuda” de Estados Unidos.
Madrid. Ed. IEPALA
[8] OGMs: Organismos Modificados Genéticamente.
[9] Un análisis más detallado puede encontrarse en P. Galindo “OMC, PAC y
Movimiento Antiglobalización”. En Viejo Topo. Oct. 2003
[10] La liberalización del comercio ha aumentado de 25 a 49 el número de los
países más pobres, denominados Países Menos Adelantados, (el 10 % de la
población mundial). A partir de 1970 y sobre todo, de 1990, aumenta la
participación de los países en desarrollo en el comercio internacional bajo
la presión del Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y la
OMC. Entre tanto, son desplazados los países más pobres que participan con
el 0.3 % del comercio mundial, la mitad de su cuota de hace 20 años. Para
más detalle. Galindo, P. (2003): “OMC y PAC. La seguridad alimentaria en
manos del libre comercio” en www.nodo50.org/caes
[11] El reciente impulso en el Foro Mundial contra el Hambre y la Pobreza de
una Cruzada mundial contra el Hambre, orquestada, entre otros, por el
Gobierno socialdemócrata Español muestra que las medidas para su “solución”
descansan en el desarrollo del comercio mundial, al que se resta una pequeña
cuota (incluso del comercio de armas) para “devolver” en ayuda alimentaria
lo que ha sido robado por la “libre competencia” del mercado. “Además de lo
grotesco que resulta pagar la ayuda alimentaria de los desplazados por una
guerra, con el impuesto sobre el comercio de armas que les sacaron de sus
tierras y les dejaron sin recursos para alimentarse, tales medidas no
enfrentan el origen del problema, que obligaría a impugnar la lógica de un
sistema social que basa el crecimiento de la riqueza, en la guerra, el
hambre, la explotación y la miseria de la mayoría.” Editorial de Agricultura
y Consumo responsables, boletín de GAK CAES-Colectivo Agroecológico Cefares,
dic 04 en www.nodo50.org/caes
[12] W. Pengue “Producción agro-exportadora e (in)seguridad alimentaria. El
caso de la soja en Argentina” en www.biodiversidadla.org
[13] Para más detalle sobre la PAC y sus consecuencias: P. Galindo (2003)
“Globalización de la agricultura y la alimentación,”. En A. Morán, P.
Galindo y otros. El movimiento antiglobalización en su laberinto. Entre la
nube de mosquitos y la izquierda parlamentaria Madrid,. Ed. La Catarata-CAES
[14] La Coordinadora de Grupos de Consumo Agroecológico de Madrid integra a
los siguientes grupos: Asalto de Mata, Ecosol, El Cantueso, La Dragona, el
GAK de Hortaleza y del CAES, Redes, Red Autogestionada de consumo (RAC) y
Subiendo al Sur. En diciembre de 2001 fundamos esta Coordinadora para
cooperar en la compra y distribución conjunta de alimentos ecológicos
producidos por pequeños productores y cooperativas del Estado Español.
[15] Puede encontrarse información de las actividades del Área de
Agroecología y del Movimiento Antiglobalización en la página
www.nodo50.org/caes/soberania_alimentaria
[16] El informe sobre contenidos, metodología y resultados de esta consulta
ha sido publicado en la Revista de Diálogo Social, Rescoldos Núm 10, 2º
semestre 2004
[17] El GAK del CAES cuenta actualmente con 25 familias. Es una de las
experiencias pioneras de consumo agroecológico autogestionado, los GAKs en
Madrid. Forma parte de la Coordinadora de Grupos de Consumo Agroecológico de
Madrid que integra, además del GAK del CAES, a los siguientes grupos: Asalto
de Mata, Ecosol, El Cantueso, La Dragona, el GAK de Hortaleza, Redes, Red
Autogestionada de consumo (RAC) y Subiendo al Sur. En diciembre de 2001
fundamos esta Coordinadora para cooperar en la compra y distribución
conjunta de alimentos ecológicos producidos por pequeños productores y
cooperativas del Estado Español. Junto a otros colectivos, el GAK del CAES
impulsa el Área de Agroecología y consumo Responsable del Movimiento contra
la Globalización, la Europa del Capital y la Guerra.
xxxxx
OMC y PAC. LA SEGURIDAD ALIMENTARIA EN MANOS DEL LIBRE COMERCIO[1]
P. Galindo. Agosto 2004
GAK del CAES[2]
Este artículo explora las dificultades para abordar una verdadera seguridad
alimentaria sin afrontar, a su vez, las consecuencias en salud, ecológicas,
sociales y económicas del modelo de alimentación actual. Comienza
demostrando la falacia teórica y empírica de promover el desarrollo de los
pueblos a través de la liberalización del comercio. Por el contrario, su
despliegue ha causado mayor inseguridad alimentaria, pobreza y pérdida de
autonomía de los Gobiernos y de las personas, para resolver dichos
problemas. En segundo lugar, profundiza en las condiciones que impiden la
seguridad alimentaria, mostrando que el despliegue de la lógica del
beneficio en la alimentación ha promovido la agricultura industrial y la
mercantilización de la alimentación como su desarrollo natural, cuyas
consecuencias abundan nuevamente en la inseguridad alimentaria. Acaba
mostrando cómo la agroecología y el consumo responsables pueden ser por un
lado, una forma de promover una seguridad alimentaria autónoma en lo local,
recuperando las relaciones entre el campo y la ciudad y por otro, un
instrumento para la interrupción, teórica y práctica, del modelo globalizado
de producción, distribución y consumo de alimentos, base para avanzar en la
seguridad y salud alimentarias para todos los pueblos del planeta.
Palabras clave: globalización de la agricultura y la alimentación,
liberalización del comercio, soberanía alimentaria, agroecología campesina y
consumo responsable.
¿Comercio para el Desarrollo o Desarrollo para el comercio?
La OMC considera la liberalización del comercio como el camino para el
desarrollo de los países pobres, la seguridad alimentaria de sus poblaciones
y para alcanzar el nivel de consumo medio de los países desarrollados. Sin
embargo, la participación de los países más débiles en los mercados
mundiales es a costa de su producción tradicional, comercio local, recursos
naturales y soberanía alimentaria.
En el año 2002, el comercio internacional supuso 7.900 millones de dólares.
El 80% mercancías y el resto, servicios. Desde 1950, el valor económico de
las exportaciones de mercancías se ha multiplicado por más de 12 (creciendo
un 6 % medio anual, frente al 3’7% de aumento de la producción). Esta
diferencia se acentúa en los años ochenta, especialmente en los países en
desarrollo[3]. A su vez, el comercio mundial de productos agrícolas es hoy 6
veces superior al de 1950. La mayor parte se realiza entre países
desarrollados, el 20% al interior de la UE y es controlado por
multinacionales con sede en estos países.
La liberalización del comercio ha aumentado de 25 a 49 el número de los
países más pobres, denominados Países Menos Adelantados, (el 10 % de la
población mundial). A partir de 1970 y sobre todo, de 1990, aumenta la
participación de los países en desarrollo en el comercio internacional bajo
la presión del Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y la
OMC. Entre tanto, son desplazados los países más pobres que participan con
el 0.3 % del comercio mundial, la mitad de su cuota de hace 20 años. Hoy el
20% de la población mundial, que vive en los países más desarrollados,
consume 6 veces más energía, alimentos y bienes y servicios que en los años
50, y enferma por exceso de comida. Simultáneamente, el hambre y la
mortalidad por enfermedades evitables azotan al otro 20% de la población
mundial, que malvive en países empobrecidos por este desarrollo desigual
(Galindo, 2002b).
La falacia del libre comercio (Lang y Hines, 1996) se muestra muy bien al
interior del mercado único de la Unión Europea: competencia “libre” en
condiciones de productividad desigual, ampliación al este y al sur para
colonizar nuevos mercados y derechos restringidos a los nuevos socios. A
España el ingreso en la UE le costó eliminar un millón de agricultores entre
1986 y 2002 (el 50% del total) y la sangría aún no ha terminado (Galindo,
2001 y 2003c).
La liberalización del comercio no proporciona ventajas de seguridad
alimentaria, ni desarrollo rural a los países pobres, sino que abona la
inseguridad alimentaria y el despoblamiento del campo, causa última de los
movimientos migratorios hacia los países ricos. Así lo acreditan diversos
estudios que han valorado el impacto en 39 países de África, Asia y Europa
del Este, del Acuerdo sobre Agricultura (1994) de la OMC y los Planes de
Ajuste Estructural del FMI que le preceden desde los años 80: no garantizan
la seguridad alimentaria a los consumidores, ni hacen más ricos a los
pobres, sino que empobrecen y hacen más vulnerables a los pueblos (Madeley,
2001). El propio FMI[4] afirma que “la eliminación de las ayudas nacionales
y de todos los derechos de aduana sobre la agricultura en general,
favorecería a los grandes productores de los países desarrollados y a unos
cuantos productores de algunos países en desarrollo más avanzados
(fundamentalmente EEUU, Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Brasil y
Argentina) a expensas de una mayor inseguridad alimentaria, especialmente en
las zonas rurales, de muchos países en desarrollo y desarrollados”.
Los precios de las materias primas agrarias han caído más del 50% desde
1960. Hoy no se vende fuera lo que se produce en exceso, para comprar en el
exterior lo que no se produce dentro, aunque éste fue el origen del comercio
internacional. Hoy, un mismo tipo de productos atraviesan las fronteras en
ambas direcciones (Lucas, 2001). En los últimos 40 años, el comercio
internacional de alimentos ha pasado del 7% al 10% de los alimentos
producidos en todo el mundo. Se ha triplicado su volumen. Aunque los
productos importados tengan un precio más bajo que los autóctonos, con el
aumento del coste de transporte y de la distancia recorrida, se incrementa
el consumo de combustibles, envases, embalajes y refrigeración. También hay
una pérdida de frescura y calidad nutritiva de los alimentos, enmascarada
con aditivos cada vez más artificiales y menos seguros. Los controles de
calidad y trazabilidad en un intercambio de largas distancias se complican,
encarecen, y convierten en un gesto formal. Esta lógica obliga a la bajada
continua de los precios pagados a los agricultores, con un aparente
beneficio económico para los consumidores, mientras se concentra y
verticaliza el sector agroalimentario aumentando la distancia entre
productor y consumidor. La auténtica beneficiaria es la distribución a gran
escala, a costa de extorsionar tanto a los consumidores como a los pequeños
productores.
¿Que hay detrás del libre comercio?: la sociedad de mercado
La liberalización del comercio es sólo la superficie del fenómeno causante
del hambre, la pobreza y la desigualdad crecientes. La economía moderna no
produce los bienes y servicios que necesita la población, sino las
mercancías que generan beneficios. Subordina a la lógica mercantil las
necesidades humanas básicas, incluida la alimentación. La lógica de la vida
queda supeditada a la lógica del mercado.
La expansión de la lógica del beneficio en la alimentación exige reducir el
trabajo necesario en la agricultura. Para ello, incorpora en la producción
de alimentos, los métodos de la producción industrial a gran escala porque
con ello consigue aumentar la productividad del trabajo agrario mediante la
especialización productiva y la incorporación masiva de tecnología (Galindo,
1997 y 1998). Esta dinámica coloca en el puesto de mando a la competitividad
y el beneficio económico, desconsiderando todos los límites ecológicos,
territoriales, humanos, sociales y culturales. La concentración creciente de
la población en las ciudades y la expansión del modo de vida urbano (aunque
se viva en el campo), están impulsadas por una lógica económica que fuerza a
la población a abandonar las zonas rurales, a contratarse como asalariada y
a depender del mercado para vender su fuerza de trabajo y comprar sus medios
de subsistencia. Aunque la finalidad natural de los alimentos sea satisfacer
una necesidad humana básica, también deben comportarse como una mercancía.
Sólo son producidos en la medida en que generan beneficios para el capital
(Pino y Galindo 2004).
A partir de la II Guerra mundial se acelera este modelo de modernización de
la agricultura y la alimentación en Europa y EEUU. Su extensión a escala
planetaria, se inicia en los años setenta mediante la llamada Revolución
Verde[5]. Los rasgos de este modelo de producción, distribución y consumo de
alimentos son: 1) la colocación de la eficiencia económica y la
competitividad como la finalidad básica de la producción de alimentos; 2) la
importación a la agricultura del paradigma productivista de la industria, el
aumento constante de la escala de la producción, y la orientación hacia la
exportación; 3) el cambio cultural de la figura del campesino que produce
alimentos sanos para las personas, al empresario agrícola que triunfa
enriqueciéndose; 4) el empleo intenso de tecnología: maquinaria, irrigación,
semillas híbridas, fertilización y lucha contra las plagas y enfermedades
mediante productos químicos, etc.; 5) la desconsideración, por ineficientes,
de las formas tradicionales de la agricultura de cada territorio, junto con
los conocimientos asociados de manejo de suelos, agua, semillas, cultivos,
etc. El mercado global es sólo el desarrollo natural de esta lógica (Morán,
2003 y Galindo 2003a).
A pesar de sus consecuencias catastróficas, no se pone fin a este modelo
porque es el más eficiente para generar beneficios. La Revolución Verde es
una de las principales causas del aumento de la deuda exterior de los países
empobrecidos (Galindo, 2001). Para pagar los intereses de esa deuda, los
Gobiernos de dichos países se ven obligados a producir industrialmente
cultivos de exportación demandados por los países ricos y, simultáneamente,
a importar alimentos básicos para su población o incluso recurrir a la ayuda
alimentaria que sirve a los países ricos, a su vez, para dar salida a sus
excedentes agrícolas[6].
Ante los problemas de seguridad alimentaria que origina el mercado, tanto la
OMC como la UE, proponen el mercado global. Es decir, más mercado. La Unión
Europea y los EEUU protagonizan múltiples confrontaciones y luchas de
intereses en el seno de la OMC. Pero comparten la misma lógica social:
depositar en el mercado, cuyo paradigma es la persecución del interés
privado por encima de todo, la resolución de todos los problemas sociales.
El comportamiento de las políticas de producción de alimentos, protección a
la salud y defensa del medioambiente en EEUU y Europa son diferentes sólo
porque el contexto cultural y político es diferente y la lógica mercantil
debe adaptarse al medio para garantizar su avance. Ambos se basan en la
mejora de competitividad que obliga a un continuo crecimiento de la
producción y distribución a gran escala. Se abaratan los precios, únicamente
porque dichos precios no integran los costes sociales y ecológicos que causa
la globalización de la agricultura y la alimentación. Cuando las
multinacionales europeas, incluidas las españolas, operan en los países
empobrecidos o dependientes, podemos observar la misma brutalidad e
inhumanidad que practican las multinacionales norteamericanas.
Frente al bloque de intereses de EEUU y la UE, el G-20 se organiza para
defender los intereses de los países pequeños, pobres y excluidos. Pero
considerar que, haciendo más justas las reglas del comercio internacional y
eliminando las subvenciones a la agricultura doméstica, se restablece el
equilibrio y entonces, los productos del Sur pueden “competir” en los
mercados del norte, es quedarse en la superficie. Se restablecería una mejor
competencia de los capitales y la guerra entre ellos no sería tan
desfavorable para los países del Sur. Pero, en ningún caso, permitiría a la
agricultura campesina seguir cumpliendo su función de garantizar la
soberanía alimentaria y lo que es más importante, su propia supervivencia.
Aunque se opone a la liberalización del comercio, la alianza del G-20
persigue defender intereses comunes y no reclama el derecho a ejercer
políticas específicas que, en cada país, protejan del saqueo, el hambre y
las privaciones a su propia población, mantengan a sus propios campesinos y
defiendan su plena soberanía alimentaria (Galindo, 2002c y 2003b).
Agroecología y consumo responsables frente a la globalización alimentaria
La generalización de la comida basura tiene que ver con la proliferación de
trabajos basura y de una vida basura para mucha gente. Mientras crece el
despilfarro de recursos naturales y la contaminación, también crece la
pobreza y la falta de condiciones de vida digna para muchas personas.
Nuestras formas de consumir tienen mucho que ver con estos problemas. Las
personas no sólo producen, también son producidas. En lugar de cooperar para
una vida más segura para todos, compiten entre sí en el mercado de trabajo y
se desentienden de las consecuencias de un consumismo irresponsable.
Competir en el mercado para consumir vorazmente es un indicador de inclusión
y éxito social, aunque eso genere individuos rotos y deshumanizados.
No hay alternativa al hambre y la comida basura sin oponerse al capitalismo
global (Galindo, 2002a). La crítica al modelo globalizado de producción,
distribución y consumo de alimentos no se puede reducir a la crítica de las
multinacionales y las empresas del Agrobusiness. Hay que crear las
condiciones para que el derecho a la soberanía alimentaria sea una realidad
para todos los pueblos del planeta.
No basta una crítica teórica de la producción y distribución globalizada de
alimentos, es necesario interrumpirla en la práctica (Galindo, 2003a y
2004). Recuperar la autonomía de los pueblos exige asumir la responsabilidad
de la propia forma de alimentación y la alianza entre ciudadan@s del campo y
la ciudad. Conseguir la soberanía alimentaria desde el dialogo con las
necesidades de los otros en múltiples direcciones: campo-ciudad;
campesin@s-consumidor@s; autócton@s-inmigrantes; Norte-Sur.
La agroecología es una forma de producir alimentos contando con la
naturaleza y no contra ella; un conocimiento secular anclado en una
sabiduría campesina que la modernización capitalista ha desterrado del
ámbito de la producción porque no es competitivo en términos de mercado
(Guzmán Casado, González Molina y Sevilla Guzmán, 2000). El consumo
responsable es la contraparte necesaria que construye redes de consumidores
en las ciudades que, en legítima defensa de su seguridad alimentaria, se
comprometen directamente con l@s productor@s agroecológic@s. Este compromiso
implica un diálogo sobre las necesidades que ambas partes tienen, buscando
la reciprocidad y la equivalencia, promoviendo el apoyo mutuo para producir
y consumir alimentos sanos, con un precio justo que remunere de forma
suficiente la actividad de los productores rurales en lugar de ser resultado
de las oscilaciones de los precios de los productos en el mercado,
inasequible a comienzos de temporada e insuficientes para los productores
cuando la oferta es abundante. El consumo responsable se interroga sobre lo
necesario y lo superfluo, promueve el consumo de alimentos de temporada, la
proximidad, la reutilización de envases. Es decir, mira más allá de la
calidad del producto y del precio.
Las múltiples experiencias que existen son pequeños diques contra las
prácticas globalizadoras y excluyentes (GAK, 2002). Para que la alimentación
sana no sea individualista e indiferente a los derechos de los campesinos,
ni contraria a la naturaleza, es importante desarrollar espacios comunes de
cooperación entre proyectos de producción y consumo agroecológicos. Para
poder comprender en su complejidad los daños de la globalización, es
necesario que la lucha por la agroecología y el consumo responsable
atraviese y se vea atravesada y fortalecida por otras luchas: contra la
precariedad, la exclusión y la subordinación de las mujeres, por el derecho
a la salud, la educación, contra el racismo y la defensa de los derechos
humanos. Al poner en relación nuestra práctica con otras prácticas, estamos
luchando contra la OMC, la PAC y la Europa del Capital allí donde se
manifiestan sus daños, Artículo de www.profesionalespcm.org insertado por: El administrador web - Fecha: 15/01/2005 - Modificar
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