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Sección: Documentos, opinión, debate

Título: El laberinto de la izquierda, por Higinio Polo- Enlace 1

Texto del artículo:



23-09-2008

El laberinto de la izquierda


Higinio Polo
El Viejo Topo
rebelion.org



Los desastrosos resultados electorales de Izquierda Unida en marzo de 2008 pusieron
de manifiesto el final de un proyecto que, dos décadas atrás, intentó regenerar el
mapa político en España llevando la voz a los trabajadores y de las fuerzas sociales
más vivas a las instituciones. Llegó a contar con un apreciable arraigo en los años
noventa, y, bajo la dirección de Julio Anguita, intentó convertirse en un
instrumento eficaz para los trabajadores. Sin embargo, en este nuevo siglo,
Izquierda Unida ha ido perdiendo identidad, ha difuminado su ideología, ha perdido a
la mayoría de las organizaciones que la integraban originariamente, y ha
transformado su carácter fundacional de movimiento para adoptar un perfil
pragmático, de partido político convencional, con un marcado carácter posibilista,
más preocupado por luchas de banderías para conquistar puestos políticos remunerados
que por una acción impulsora del progreso social; limitando al mismo tiempo, en ese
recorrido, la democracia interna, perdiendo contacto con las luchas sociales, para
acabar convertida en una caricatura de la función para la que fue creada, y muy
lejos de conseguir aplicar aquella ambiciosa "otra forma de hacer política". Hoy,
Izquierda Unida tiene una precaria entidad organizativa, feudataria de los procesos
electorales pese a que no cuenta ya apenas con presencia institucional relevante, y,
por si fuera poco, proyecta entre los ciudadanos la imagen de una organización
sumida en una crisis terminal. Por añadidura, su situación económica refleja su
escaso vigor y un horizonte sin apenas perspectivas. No es para celebrarlo, pero
aquel plan de una Izquierda Unida que se empezó a articular hace más de dos décadas,
ha muerto. No creo posible una refundación, pese al esfuerzo con que muchas de las
voces la postulan, casi siempre honestas y respetables. La izquierda comunista se
halla encerrada en un laberinto del que no sabe salir.
Izquierda Unida nació en medio de una crisis del comunismo español tras una
desastrosa gestión de Santiago Carrillo que culminó en la catástrofe electoral de
1982, y, pese a la grandilocuencia con que se adornaron algunos pronunciamientos, su
creación fue una respuesta que ya tenía en su interior el anuncio de nuevas crisis,
que se agravarían con la absurda apuesta por una doble organización, entre el PCE e
Izquierda Unida, que acabaría por agotar las energías de la militancia y generó
inevitables enfrentamientos políticos. Además, una lectura poco rigurosa de los
cambios del nuevo capitalismo, restó eficacia, sobre todo en los últimos años, a una
acción política que se iba tornando casi exclusivamente institucional, con el
abandono de muchas organizaciones fabriles y de barriada.

Porque para combatir el nuevo capitalismo no sirve esta Izquierda Unida, aunque
tampoco los partidos comunistas europeos que no sepan leer las nuevas relaciones
sociales y no se inspiren en las nuevas necesidades de los trabajadores, inmersos en
un mundo que ya no es el de veinte años atrás, por no hablar del que conocieron
nuestros mayores en la posguerra mundial. El capitalismo como sistema, como
formación social, tuvo en Europa un periodo excepcional (digamos, "civilizado"),
durante los cuarenta años posteriores a la Segunda Guerra Mundial: fue una etapa
definida por la victoria antifascista en la guerra, por la aprobación de
constituciones progresistas en países como Francia (De Gaulle, un hombre
conservador, ¡impulsaba nacionalizaciones en la economía!) o Italia, y por el
ascenso de la Unión Soviética, que, pese a su destruida economía, consiguió un gran
prestigio entre la población mundial por su sacrificio frente al nazismo, prestigio
que acompañó a casi todos los partidos comunistas. El ascenso de la izquierda y la
creación de un bloque socialista europeo, limitaron el capitalismo depredador, que,
sin embargo, volvió a mostrar su falta de escrúpulos a finales de los años ochenta
y, de forma más contundente, tras la desaparición de la URSS, destruyendo muchas de
las conquistas obreras, introduciendo la precariedad en el trabajo y disolviendo la
vieja solidaridad de clase entre buena parte de los trabajadores.

Tras la confusión de la primera posguerra, el contraataque de la derecha llegó con
el duro discurso anticomunista de Truman y siguió con el aprovechamiento de los
sucesos de Budapest, en 1956, y con la sistemática utilización de los crímenes del
stalinismo, tras las revelaciones del XX Congreso del PCUS, por parte de los nuevos
aparatos de propaganda y comunicación que se harían omnipresentes en los países
capitalistas desarrollados a partir de los años setenta. La desaparición de la URSS
fue una ocasión de oro para el liberalismo burgués, que se dispuso a destruir y
dispersar las energías sociales y las organizaciones comunistas y de la izquierda
anticapitalista, y cuyas consecuencias han afectado también a la socialdemocracia y
a la vieja extrema izquierda. Las distintas expresiones políticas del liberalismo
burgués no han renunciado a culminar ese objetivo, y la presión continúa: con
ilegalizaciones de partidos comunistas en algunos países de la Unión Europea, con el
acoso político (como en la República checa, por ejemplo) y el impulso de campañas de
desprestigio, que, en España, han llevado a criminalizar al PCE, pese a su
incontestable defensa de la libertad bajo la dictadura franquista. Ese eficaz
contraataque de la derecha ha conseguido frutos evidentes, entre otros, el retroceso
del sindicalismo obrero, que, atemorizado por las señales de crisis y el retroceso
de la izquierda, ha aceptado limitar sus demandas. En España, esa transformación del
sindicalismo, sobre todo de Comisiones Obreras, ha contribuido a la pérdida de
influencia social del movimiento obrero, configurando un sindicalismo de servicios
que ha afectado también a la base social de Izquierda Unida y del PCE.

Junto a ello, limitándonos a España, en los últimos quince años la presión de los
medios de comunicación ha afectado a la militancia comunista, a la que han
bombardeado con operaciones sucesivas, desde la necesidad de una supuesta casa común
de la izquierda, que implicaba la liquidación del PCE y el agrupamiento en un PSOE
casi liberal, hasta la insistencia en el fracaso del comunismo y del socialismo,
pasando por el estímulo de un confuso ecosocialismo y por espejismos como el de las
atrabiliarias, y hoy olvidadas, izquierdas periféricas, por citar algunas campañas
de desprestigio y de fomento de la división (que han sido constantes a lo largo de
los últimos años: recuérdese las propuestas de Sartorius, Carrillo, Almeida, López
Garrido, Ribó y tantos otros, todas ellas jaleadas y presentadas en su día como
meritorios esfuerzos de renovación, que no hace falta recordar en que han
concluido). Además, a lo largo de los treinta años transcurridos desde el final de
la dictadura y del inicio del cambio político, el PSOE ha mantenido una deshonesta y
agresiva política con relación al PCE y a Izquierda Unida, estimulando vías para
conseguir la desaparición de una fuerza política a su izquierda en lugar de apostar
por formas de colaboración para desarrollar propuestas conjuntas progresistas. El
PSOE ha contado para ello con grandes recursos, y con poderosos apoyos entre los
medios de comunicación que crean opinión en el país, y ha conseguido dañar
significativamente al PCE y a Izquierda Unida, atrayendo a quienes se mostraban más
preocupados por puestos remunerados de representación política.

Hoy, como si hiciera un bucle en el tiempo, el capitalismo de nuestros días tiene
rasgos radicalmente modernos pero, al mismo tiempo, entronca con la más miserable
explotación del pasado, con el nacimiento de las grandes empresas y dinastías
burguesas en el siglo XIX y su rastro de miseria y desolación, porque la
colonización, el esclavismo, las guerras de conquista no son sólo un fenómeno
histórico, sino una realidad a inicios del siglo XXI. Puede decirse que el
capitalismo siempre ha sido así, aunque Europa haya vivido cuatro décadas de
excepción, y que ahora vuelve a serlo, en un mundo definido por la aparición de
nuevas potencias emergentes, como China y la India, y por la manifestación de una
crisis capitalista que acompaña al relativo, pero persistente, declive del poder
global de los Estados Unidos. La crisis revela además la putrefacción del
capitalismo: a los mil millones de hambrientos que existen en el planeta van a
añadirse más de cien millones a consecuencia de la especulación alimentaria, de la
que la FAO alerta al mundo afirmando que el precio de los alimentos seguirá siendo
muy elevado durante los próximos diez años. En el corazón del sistema capitalista,
los Estados Unidos, la desigualdad social aumenta, y obreros y empleados afrontan la
reducción de sus salarios, hasta el punto de que algunos investigadores relacionan
las actuales dificultades estableciendo paralelismos con la crisis de la gran
depresión. Ese fenómeno, y la voracidad empresarial que comporta, se manifiestan
también en Europa.

En ese marco, buena parte de la vieja socialdemocracia, alarmada por los síntomas de
la crisis e impotente para resistirse a las demandas del empresariado, ha aceptado
(y va a continuar haciéndolo) las limitaciones y recortes en los derechos obreros y
sociales: Blair y Brown no son una excepción en la socialdemocracia europea, sino la
norma, la manifestación de la crisis terminal de los viejos partidos de la II
Internacional tal y como los hemos conocido en la segunda mitad del siglo XX. Su
cooptación por el liberalismo es uno de los rasgos de nuestros días, y no es casual
que relevantes dirigentes socialistas franceses propugnen el cambio de nombre del
Partido Socialista Francés. No es, tampoco, una buena noticia, pero limitarse a
denunciar la deriva y las contradicciones de los partidos socialistas no sería una
respuesta adecuada, porque hay que trabajar con su base social que, en muchos casos,
está descontenta con decisiones concretas de gobiernos socialdemócratas que lesionan
los derechos populares.

La otra gran familia de la izquierda se debate también en la crisis. Durante los
últimos quince años, ante el frío de la derrota, una parte de las filas comunistas
ha interiorizado que el futuro de los partidos comunistas, del propio comunismo como
concepto y como perspectiva, está en entredicho a la vista de la corrupción y
degeneración a que esa propuesta se ha visto sometida a lo largo del siglo XX. Desde
luego, es una cuestión abierta a la discusión, aunque es una evidencia que los
sistemas capitalistas establecidos en los antiguos países socialistas europeos no
han mejorado la vida de la población, sino que la han hecho más difícil, más
injusta, y que la desaparición de la URSS no ha abierto nuevos horizontes para la
izquierda mundial sino que ha supuesto una catástrofe para centenares de millones de
trabajadores.

Sin embargo, para los desencantados del comunismo histórico el punto de partida de
la reconstrucción de la izquierda se sitúa no sólo en su propia evolución hacia
otras posiciones políticas sino en la exigencia de liquidación de los partidos
comunistas, que reclaman insistentemente de quienes continúan en sus filas,
pretensión que, es obvio, dificulta en extremo la colaboración entre ambos sectores
y no ayuda a superar la crisis de la izquierda. Esos desencantados, por otra parte,
no reparan en que, de aceptarse la supuesta contaminación del comunismo por los
crímenes cometidos en su nombre, deberíamos convenir en que también el socialismo
como concepto está manchado, a la vista de la sanguinaria apropiación que hico el
nacionalsocialismo. Y, pese a todo, desde las filas de la izquierda, nadie lo
considera así en nuestros días, por no hablar de que, además, no puede aceptarse la
deshonesta y tramposa equiparación entre el comunismo y el fascismo que hacen los
medios liberales y que ha contaminado el imaginario de la izquierda. Por el
contrario, quienes han aceptado esa opinión sobre el fin irremediable del comunismo,
fomentada por los medios de comunicación y por los aparatos ideológicos de la
burguesía, deberían reflexionar alrededor de un hecho significativo: los campeones
de la tesis del fin del comunismo tras el colapso y desaparición de la URSS no
tienen reparo en defender el capitalismo, histórico y actual, a todas luces un
sistema mucho más sanguinario que el socialismo y el comunismo del siglo XX, y lo
hacen por un sencillo procedimiento: el de ignorar y ocultar el sufrimiento real
causado por el capitalismo, que es, sin discusión, las más terrible maquinaria
depredadora que ha conocido el mundo.

Esa es la situación que debe enfrentar la izquierda comunista, y su resolución no es
sencilla. Muchos de los que han apostado por una mudanza, por un aggiornamento (que
no es nuevo: en Italia, poco después de la muerte de Togliatti en 1964, Giorgio
Amendola, el dirigente comunista más moderado, ya propuso convertir al PCI en un
partido socialista), lo han hecho en la estela de la derrota, considerando que ante
la ofensiva conservadora y el retroceso de la izquierda en los últimos quince años
no hay política más inteligente que camuflar el anticapitalismo, distanciándose del
socialismo y del comunismo. De manera que la colaboración no es sencilla: quienes
han dejado de ser comunistas pero se mantienen en posiciones de izquierda
anticapitalista deberían comprender que los partidos comunistas van a seguir
existiendo, aunque sea con menor arraigo que en el pasado reciente, y quienes
continúan siendo comunistas deberían hacer un esfuerzo de comprensión para mantener
la colaboración con quienes han dejado de serlo, entre otras razones porque las
fuerzas de la izquierda no están para despilfarrar energías, y porque el recurso a
la condena, al lanzamiento de anatemas, no lleva a ninguna parte, excepto al
reforzamiento de la derecha.

Pese a todo, el mayor riesgo que hoy tiene la izquierda comunista española (también,
una parte de la europea) es el tránsito hacia una izquierda que modere tanto su
ambición de cambio social progresista que acabe convertida en un apéndice del
sistema capitalista. La evolución de quienes disolvieron el PCI en Italia es muy
reveladora: el Partito Democratico de Veltroni es cualquier cosa menos un partido de
izquierda. En España, tras los años de dirección de Julio Anguita, el discurso que
pretendía "otra forma de hacer política" naufragó en las trampas de la política
institucional, de la burocratización, y en el fragor de la lucha de banderías a la
conquista de puestos de trabajo políticos. Por otra parte, hay que ser conscientes
de que esa moderación del discurso, esa renuncia a los objetivos históricos que es
uno de los riesgos del momento, aunque no se formule de esa forma, adopta siempre el
vocabulario de la "renovación", del "realismo", de la "modernidad". En Italia,
siempre sensibles a la retórica, el tránsito y la mudanza han adoptado ridículas y
banales denominaciones "ecologistas": Olivo, "arco iris", incluso Margarita, como si
muchos prófugos del comunismo estuvieran empeñados en hallar una nueva música para
camaleones.

A veces, esa opción que se ha adornado de un lenguaje renovador ha hecho de la
necesidad, virtud, llegando a creer en el valor terapéutico del abandono paulatino
de la propia identidad política, de la ideología del cambio socialista. De esa
forma, apostando por una izquierda ambigua, incapaz de renovarse para adaptar su
política a las nuevas realidades manteniendo su carácter revolucionario, ha mudado
su condición en aras de un pragmatismo que tiene un solo horizonte: las
instituciones. Esa opinión que postula la búsqueda de lo nuevo, tildando de
antiguallas las posiciones de quienes defienden el socialismo y creen que los
partidos comunistas continúan siendo instrumentos útiles, corre el riesgo de
disparar en la dirección equivocada. Todas las propuestas políticas que, con
variantes, han adoptado ese camino, han retrocedido a extremos de los que
probablemente no eran conscientes en el momento de su lanzamiento, hasta el punto de
que ellos mismos no pueden reconocerse hoy: ahí está el ejemplo de los artífices de
la svolta della Bolognina adulando al Vaticano, a la Confindustria y a Washington;
de los verdes alemanes, o de los nuevos ecosocialistas españoles; también,
parcialmente, de Izquierda Unida, y de la confusa trayectoria del Partido Comunista
Francés en los últimos años. Porque todos los territorios de los que la izquierda
comunista se ha retirado han sido ocupados por la derecha. Para colmo, ni siquiera
la mudanza ideológica ha traído el éxito electoral, sino la profundización de la
derrota, la desorientación política. Por eso, convertir Izquierda Unida en un nuevo
partido político convencional, que tome distancia de su origen, por mucho que se
adorne con la recurrente y vacía "nueva forma de hacer política", sería profundizar
en la crisis y en el error.

Trabajar por una izquierda incierta, desvaída, confusa, no es la mejor de las
soluciones; pensar exclusivamente en las próximas elecciones, tampoco: resta un
trabajo de años para recomponer las redes de la solidaridad obrera, para impulsar
redes asociativas y reconstruir el imaginario de la izquierda. No hay más remedio
que trabajar sin obsesionarse por los resultados electorales inmediatos, tendiendo
puentes, impulsando campañas concretas con el conjunto de la izquierda social,
desterrando el sectarismo, siendo conscientes de que la izquierda revolucionaria
debe contar con que buena parte de sus potenciales votantes no cree en las
instituciones y no participa en las elecciones, al tiempo que los inmigrantes no
tienen derecho al voto.

A veces, las palabras son talismanes: como en Italia, donde se habla de refundar el
"partido de la refundación comunista". En España, el lenguaje de quienes quieren
salir del laberinto se retuerce: se piden Estados generales de la izquierda,
procesos constituyentes, una "Constituyente", una refundación o varias
refundaciones, etc, siempre en el centro del laberinto. Gaspar Llamazares y personas
de su confianza han lanzado la idea de "un proceso constituyente para una Izquierda
Unida abierta", de lo que se desprende que otros optan por una izquierda cerrada,
obsoleta. No es buen camino, desde luego: insistir en los inconvenientes de las
luchas internas y en su influencia entre los electores es razonable; no lo es tanto,
que quien mantiene esa posición pretenda olvidar que ha sido el artífice de la
mayoría de enfrentamientos, desde Asturias a Valencia. Tampoco lo es que quien ha
gobernado la subordinación de Izquierda Unida al PSOE enarbole ahora ese error para
explicar las enormes dificultades actuales del proyecto. Pero insistir en los
agravios tampoco lleva a ninguna parte.

Limitarse, además, a reclamar "derechos sociales, el medio ambiente, o los derechos
de igualdad" profundiza en el desconcierto, en la deriva de una izquierda que
utiliza un lenguaje y define unos objetivos que pueden ser asumidos por cualquier
organización democrática, porque ¿quién va a negarse, en sus declaraciones, a
ampliar derechos sociales, a preocuparse por el medio ambiente, a postular una mayor
igualdad? Hay que hacer propuestas concretas: impuestos sobre los beneficios
empresariales, por ejemplo, insistir en reformas profundas, impulsar la exigencia de
una democracia social. La derechización social no se combate con renuncias, y aunque
las dificultades son enormes, hay que apostar decididamente por la libertad en un
momento en que la propia democracia está en crisis, asediada por las imposiciones de
la nueva derecha europea. Es revelador que el propio Llamazares hable de
"reconstruir el proyecto" de Izquierda Unida, porque, al decirlo, pone en evidencia
que amenaza ruina, y parece lícito preguntarse si quienes han gestionado esa deriva
hacia la catástrofe pueden ahora reconstruir los restos. Pese a todo, hay que contar
con todas las voluntades de izquierda, y la explícita formulación que hace
Llamazares de que necesitamos una izquierda que supere el capitalismo y trabaje para
construir el socialismo, indica que su lugar no está en la socialdemocracia ni en un
pequeño partido más o menos radical, sino al lado de las expresiones de la izquierda
radical, revolucionaria, sabiendo que, hoy por hoy, electoralmente, más allá de
Izquierda Unida no hay nada.

Repetir los viejos comportamientos de las organizaciones de extrema izquierda del
pasado, que se limitaban a repartir acusaciones de traición, no lleva tampoco a
ninguna parte, ni construye ninguna alternativa, porque profundiza la desconfianza,
la división. Sin embargo, hay que volver a reflexionar sobre la "transición
democrática": las pragmáticas decisiones de Santiago Carrillo (entre ellas, el
acatamiento de la monarquía), impuestas a la dirección del PCE hace treinta años, se
revelaron un error mayúsculo, que no deben seguir pagando los comunistas, porque,
además, los gestores de aquella política no están hoy en el PCE, que, por otra
parte, es uno de los promotores de la exigencia de una nueva Constitución,
superadora de la de 1978, que articule una III República. Ese camino debe ser una de
las guías de acción para los próximos años. Pese al retroceso de la izquierda, no
hay que moderar el discurso, sino recuperar las ideas fuertes, los proyectos
ambiciosos, volver a recorrer las calles de los suburbios, desarrollar la acción
política en las fábricas, organizar la vida, preparar la resistencia, y eso no va a
hacerse en las oficinas parlamentarias, sino preparando un programa, volviendo a
organizar grupos sociales activos, articulando objetivos que lleguen al corazón de
los trabajadores, que se atrevan a apostar por una vida nueva y no apenas por una
vida gris llena de renuncias y de televisiones de cloaca. La modernización de la
izquierda no debe significar una renuncia, sino un acercamiento a los sentimientos
populares, la exigencia de una nueva democracia, el impulso de una ley electoral
democrática y proporcional. Lo más sensato para el conjunto de la izquierda es
impulsar la camaradería, la convivencia, que debería ser alrededor de objetivos, de
programas políticos, más que en la construcción de un único referente organizativo
en una sociedad cambiante.

¿Cuáles son las demandas sociales que deberían guiar la acción de la izquierda? El
trabajo como derecho universal, el combate contra la precariedad y la exclusión, el
derecho a la vivienda, la sanidad y la educación públicas, la resistencia ante las
iniciativas de nuevas privatizaciones, los derechos de la juventud, la exigencia de
igualdad efectiva entre hombres y mujeres, la anulación de los privilegios de la
Iglesia católica, la lucha contra la corrupción y el egoísmo empresarial, la
limitación del poder de las empresas, la búsqueda de la hermandad con los
inmigrantes y la denuncia de su vergonzosa explotación por los empresarios sin
escrúpulos; la demanda de una nueva democracia que sólo puede ser republicana, el
impulso de una política exterior que fomente la paz, la retirada de Afganistán y el
Líbano, el desmantelamiento de las bases norteamericanas, la disolución de la OTAN.
Sin olvidar cuestiones inmediatas como la llamada Agenda de Lisboa, la nueva
flexiguridad, las migraciones globales, el desarrollo de los países pobres, la
conservación de la naturaleza para evitar el cambio climático, y la necesidad de una
política exterior de defensa de la paz y estímulo del desarme, junto al diseño de
formas de colaboración de la izquierda en la búsqueda de un nuevo equilibrio
internacional; y, más allá, el socialismo. Es ambicioso, desde luego, pero ¿por qué
íbamos a renunciar a nuestras más dignas ambiciones? Para trabajar en todos esos
apartados hay en la izquierda sabiduría social suficiente para avanzar, renovando al
mismo tiempo las organizaciones, aprendiendo de la gente sencilla, de los militantes
honestos, articulando una izquierda que debe conjugar el examen de los nuevos
fenómenos dejando de lado la ridícula lucha de banderías por puestos de trabajo
políticos. Repetiré aquí lo que he dicho en otro lugar: la representación en las
instituciones debe ser por una legislatura; y la designación, por sorteo; teniendo
bien presente lo que decían en los medios obreros vascos a principios del siglo XX:
en las instituciones hay que poner a los militantes más honrados, y vigilarlos como
si fueran ladrones.

¿Sirve para todo ello Izquierda Unida? Creo que no, porque su trayectoria se ha
agotado, aunque la inercia de la organización hace probable que se celebre la IX
asamblea en noviembre y que todo continúe igual, arrastrándose en la agonía,
escenificando ante el país el espectáculo de una organización que no sirve para los
objetivos que fue creada y se convierte en un espantajo de sí misma. De manera que
hoy la izquierda española no cuenta con organizaciones significativas: por eso es
tan importante el reforzamiento del PCE. Si, como todo parece indicar, continúa
existiendo una Izquierda Unida residual, podría convertirse en uno de los
integrantes (al igual que el PCE, que sigue siendo imprescindible) de una nueva
coalición de izquierda que debe construirse casi empezando desde abajo, descartando
las dobles o triples estructuras organizativas que no hacen más que agotar la
energía de la militancia, porque, tal vez, la casa que necesita la izquierda
española no es una nueva organización, sino un programa conjunto, asumido por la
mayoría de las fuerzas de izquierda, que permita a cada una de ellas mantener su
identidad, sus organizaciones, porque en este país van a continuar existiendo los
socialistas, los comunistas, los anarquistas y otras expresiones de la izquierda, y
no parece que sea un buen inicio para colaborar exigir a los demás que se disuelvan.
Guardando todas las distancias históricas evidentes, debería ser un punto de
encuentro similar a lo que fue el Frente Popular de 1936, que no significó
limitaciones ni renuncias para ninguna fuerza de la izquierda. Ese programa, que
debería congregar a la mayoría de la izquierda, tal vez con pasos intermedios,
podría suponer el inicio de la recuperación de la izquierda, sin descartar la
presentación de candidaturas del PCE en las próximas elecciones, porque no está
escrito que deba renunciarse a que el país tenga un proyecto político comunista que
estimule los cambios sociales.

Una última precisión. En esa convicción, la renovación comunista es imprescindible,
porque la conversión del socialismo y el comunismo en un decorado de cartón-piedra
sería la otra cara de la moneda del abandono, de la renuncia, de la rendición.
Porque la izquierda, perdida en el laberinto, podrá equivocarse muchas veces, pero
debe conseguir no equivocarse nunca de bando, que siguen siendo los trabajadores,
los excluidos, los inmigrantes, los pobres, porque la apuesta sigue siendo la
revolución social, el socialismo.



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