Sección: Memoria HistóricaTítulo: Memoria del doctor Negrín. Por Higinio Polo- Enlace 1 Texto del artículo:
01-09-2008
Memoria del doctor Negrín
Higinio Polo
El Viejo Topo
La celebración del cincuentenario de la muerte de Juan Negrín y la exposición
conmemorativa que está recorriendo España empieza, con muchas cautelas, a honrar el
recuerdo del presidente del Consejo de Ministros de la República durante la guerra
civil. Han tenido que pasar setenta años del inicio de la rebelión fascista y tres
décadas de la muerte del dictador para realizarla. Pese a ello, Negrín, aunque fue
uno de los estadistas más relevantes del siglo XX, continúa siendo uno de los
grandes desconocidos de la historia de España, sin presencia en la nomenclatura
urbana de las ciudades españolas, sin instituciones que lleven su nombre, en acusado
contraste con la persistencia de nombres ligados al régimen fascista en muchas
calles del país. En cambio, en Francia acaban de inaugurar una placa en la avenida
Henri Martin, en el edificio donde vivió exiliado Negrín hasta su muerte. Pese a
todo, esa exposición es un inicio, que debe seguir, porque todavía desconocemos
muchas cosas, entre otras, el contenido de muchos de los papeles del presidente,
guardados en carpetas en el Archivo Negrín de París.
Las recientes biografías escritas por Ricardo Miralles y Enrique Moradiellos han
puesto de actualidad su trayectoria, al menos entre los ciudadanos preocupados por
la historia. Moradiellos ha calificado a Negrín como el hombre más difamado del
siglo XX en España, y no le falta razón: desde la derecha fascista, hasta el
anarquismo, pasando por los partidos republicanos y nacionalistas, e incluso por una
parte considerable del que fue su partido, el PSOE (que llegó a expulsarlo de sus
filas en una decisión vergonzosa), se ha tejido una leyenda negra con la que fue
acusado de todos los crímenes imaginables, entre otros, el de "entregarse" al PCE y
a la Unión Soviética. Nunca fue cierto, aunque si lo fue que Negrín apenas encontró
otro apoyo que el que le ofrecieron los comunistas y un sector del PSOE que
defendieron la política de resistencia ante el fascismo. La identidad entre el PCE y
el presidente del gobierno republicano no radicaba en la ideología, pese a las
acusaciones de criptocomunismo que Negrín tuvo que soportar, sino en el objetivo
común de resistir al fascismo, y en la definición de una república que pretendía
mantener, en circunstancias muy difíciles, lo mejor de un proyecto social de
progreso. Para ello, había que resistir, y ganar la guerra, y tanto Negrín como los
comunistas fueron los verdaderos protagonistas de esa resistencia. Pero la
difamación de su figura fue cruel: desde su hipotética subordinación al PCE, pasando
por una supuesta admiración hacia la figura de Mussolini y terminando con todo tipo
de acusaciones por la supuesta dilapidación de los recursos de la República, e
incluso por su inclinación por la cultura alemana, como si eso le hiciese sospechoso
de oscuras vinculaciones con el nazismo, Negrín soportó la infamia y la calumnia
durante los años de posguerra hasta su muerte en 1956. Porque si la guerra civil fue
una dura prueba para Negrín, la posguerra no le ahorraría amargura.
Nacido en Canarias, pudo estud iar en Alemania, donde consiguió titularse como
doctor en Medicina con apenas veinte años, un hecho de todo punto excepcional,
especializándose en fisiología de la mano de Ewald Hering. Pocos años después, ya
casado con María Fidelman Brodski (una rusa de familia judía), y establecido de
nuevo en España, se ocupó de la organización de un laboratorio de su especialidad en
la Universidad Central de Madrid, la actual Complutense. Negrín admiraba la cultura
alemana, su pasión por la ciencia, el rigor de sus investigadores. Militante
socialista desde 1929, fue diputado en las Cortes constituyentes de 1931, siendo
reelegido en 1933 y en las elecciones del Frente Popular, en 1936. Unos años antes
había conocido a la que sería su compañera, Feli López, con la que compartió su
vida, aunque no se separó legalmente de María Fidelman hasta el inicio de la guerra
civil.
Su incorporación a la actividad política cambió su vida. En 1933, la dirección
socialista se dividió, con ocasión de la salida de Azaña y del propio PSOE del
gobierno republicano, en un momento en que el sector de Largo Caballero, que
controlaba la UGT, apostaba por impulsar la revolución obrera. Pero aquella era la
hora del viejo demagogo Lerroux, que supuso el inicio del bienio negro . La forma de
responder a Lerroux y a la derecha dividió a los socialistas: Negrín era un
socialista moderado y se mantuvo junto a Indalecio Prieto, que defendía la
continuidad de una política concertada con los partidos republicanos. Las
diferencias entre las distintas corrientes socialistas no eran menores, hasta el
punto de que las fuertes tensiones auguraban una inmediata ruptura del PSOE, que, en
los vertiginosos meses anteriores a la sublevación militar fascista de 1936, era
consideraba como inevitable por relevantes dirigentes socialistas.
Tras la rebelión de los generales fascistas, superados por los acontecimientos
Casares Quiroga y Giral, llegó el momento del socialista Largo Caballero (el
dirigente obrero que llegó a ser conocido como el Lenin español ), que fue nombrado
presidente del Consejo de ministros el 4 de septiembre de 1936, y que, dos meses
después, daría entrada a la CNT en el gobierno. Con el país dividiéndose en dos, era
la hora de las novedades históricas: nunca en la historia de España un obrero había
dirigido un gobierno, ni nadie hubiera imaginado ministros anarquistas, y, además,
España era el primer país de Europa (con la obvia excepción soviética) que tenía
ministros comunistas, aunque sólo fuese en Instrucción Pública y en Agricultura. En
ese gobierno, Negrín asumió la cartera de Hacienda, donde tomó la decisión, de
acuerdo con Largo Caballero, de enviar a la Unión Soviética las reservas de oro del
Banco de España -cuatrocientas sesenta toneladas, equivalentes a unos quinientos
veinte millones de dólares de 1936, y que hoy supondrían, aproximadamente, unos
cinco mil millones de euros-; esa resolución permitió a la República sufragar el
esfuerzo de guerra, porque puso a salvo los recursos del gobierno, en un momento en
que era opinión casi unánime que Madrid estaba a punto de sucumbir ante las tropas
fascistas.
Tras los hechos de mayo de 1937 en Barcelona, los socialistas de Prieto, los
republicanos de Azaña y los comunistas forzaron la salida de Largo Caballero, que
había dado muestras de no estar a la altura de las circunstancias, y Negrín, cuyo
nombre sugirió Prieto, fue elegido para la presidencia del Consejo de Ministros. La
leyenda posterior, difundida por el propio Prieto y por muchos adversarios de Negrín
y del PCE, de que su elección fue una imposición de los comunistas y de la URSS no
resiste el menor análisis. El nuevo presidente del Consejo tenía ante sí una difícil
tarea: construir un ejército capaz de enfrentarse a las tropas fascistas,
reorganizar el casi desmantelado Estado republicano, cohesionar el Frente Popular y
la retaguardia, y articular un programa de acción que agrupase a las dispersas y
enemistadas fuerzas que sostenían a la República. A partir de ese momento, Negrín se
convirtió en el alma de la resistencia, y, en ese empeño, coincidió con los
comunistas, cuya disciplina y fortaleza, a veces su exhibición de fuerza, no podían
sino indisponer al resto de organizaciones republicanas. Negrín nunca "se entregó"
al PCE como se ha afirmado reiteradamente, incluso en nuestros días, aunque los
odios cainitas de la posguerra hicieron circular muchas leyendas y falsedades. Lo
cierto es que, en 1937, el presidente de la república, que después se opondría con
tanta insistencia a Negrín, estaba satisfecho de su elección y de la energía del
nuevo presidente del Consejo: Azaña ya no tendría la impresión de "hablar con un
muerto", como le ocurría con Largo Caballero.
Con Negrín, Prieto asumió la cartera de Defensa hasta la crisis de abril de 1938,
que supuso su salida del gobierno y la ruptura definitiva con Negrín, aunque
guardase las formas. El PCE (cuyo dinamismo como organización hizo crecer sus filas
y aumentar su papel político, pero también las suspicacias y la desconfianza) salió
fortalecido de la crisis de mayo de 1937, en detrimento de los anarquistas, de los
partidos republicanos e incluso del PSOE, que vio cómo su estatuto de principal
partido de izquierda se debilitaba y cómo, progresivamente, el tradicional
enfrentamiento entre el ala derecha de Besteiro, los centristas de Prieto y el ala
izquierda de Largo Caballero cedía ante una coalición interna socialista que
aglutinó a esas tres corrientes contra los negrinistas , rasgo no por soterrado (la
dirección socialista aprobaba formalmente la política de Negrín) menos evidente ya
en 1938. En la gestión de la grave crisis de 1938, Negrín se opuso a los dirigentes
socialistas que propugnaban marginar al PCE argumentando que, además del firme papel
que desempeñaban en la guerra, la URSS era el único suministrador de armas a la
República y, por si no era suficiente, en la escena internacional eran los partidos
comunistas los más eficaces defensores de la República y los más activos impulsores
de la solidaridad mundial. Ese fue el principal objetivo de Negrín: agrupar
alrededor de su política de resistencia a todos los partidos y organizaciones que
sostenían a la República, aunque el derrotismo y el cansancio habían hecho mella en
muchas organizaciones; a veces, por las penalidades de la guerra pero también por la
disminución de su protagonismo, como en el caso de la CNT, algunos de cuyos
principales dirigentes afirmaban (ya en junio de 1937) que la guerra estaba perdida,
sin reparar en el efecto demoledor que sus palabras tenían sobre la retaguardia,
coincidiendo en ello con el propio presidente de la República, a quien tanto habían
criticado. En otros casos, porque la propia dinámica de la guerra marginaba a los
menos decididos. Pero fue con Negrín cuando la República pudo organizarse, pudo
crear un ejército capaz de hacer frente a la militarada fascista, tener iniciativas
valiosas en política exterior y ante la Sociedad de Naciones, en ocasiones con la
intervención directa del presidente del Consejo. También hubo serias diferencias
políticas con Companys y con el nacionalismo catalán, aunque las disputas con la
Generalitat fueron una consecuencia no deseada del propósito de Negrín de
centralizar el esfuerzo de guerra, de reorganizar un aparato de Estado que con Largo
Caballero había sido casi inexistente.
La capacidad de maniobra del gobierno republicano se vio limitada por la insistencia
de Azaña en buscar un final negociado a la guerra, convencido de que la República
estaba derrotada, con una hipotética mediación de las grandes potencias, y cuya
formulación se parecía demasiado a una capitulación; también se vio afectada por la
conferencia de Munich y por sus efectos en España sobre la retaguardia y, además,
por los equívocos apoyos de la mayoría de organizaciones republicanas a la política
de resistencia de Negrín; por los reveses militares, que Rojo y Negrín intentaban
reconducir buscando que París accediese a mantener abierta la frontera pirenaica
para que llegasen los pertrechos soviéticos, algo nada sencillo en 1938, y
combatiendo el derrotismo en la retaguardia y en el propio ejército republicano, que
acusaba las deserciones y el cansancio. Por si fuera poco, Azaña, Besteiro y otros
dirigentes cualificados saboteaban con iniciativas propias la política exterior de
Negrín. Prieto callaba, pero su opinión de que la guerra estaba perdida era
ampliamente conocida, y lo mismo hacían notorios dirigentes anarquistas, con
demoledoras consecuencias en la moral de los soldados. De hecho, en 1938 se había
creado una tácita coalición para intentar deshacerse de Negrín y de la política de
resistencia, coalición que por confusa y falta de nervio político que fuera no era
menos real.
La insistencia de Azaña argumentando la inutilidad de continuar una guerra que "ya
estaba perdida", sus encontronazos con Negrín, sus iniciativas exteriores,
requirieron una enorme energía del presidente del Consejo para combatirlas, y
afectaron gravemente a la población civil: de hecho, además de la criminal
indiferencia de Londres y, en menor medida, de París, y del sustancial apoyo de
Hitler y Mussolini al bando fascista, en la retaguardia se encontraba uno de los
puntos débiles de la República, lejanos ya los días de entusiasmo del verano de
1936. Analizado en perspectiva, puede admitirse que en 1938 era difícil que la
República ganase la guerra, pero no es menos cierto que Negrín no podía impulsar una
política de capitulación, que hubiese tenido unas consecuencias devastadoras y que
tampoco hubiera ahorrado sufrimiento y represión a quienes estaban defendiendo la
República. Por otra parte, aunque el desenlace de la guerra civil española y la
Segunda Guerra Mundial fuese diferente, ese argumento recurrente sobre la "guerra
perdida" podía utilizarse también para la Europa que había visto cómo Hitler ocupaba
París, llegaba hasta las puertas de Moscú, y casi se adueñaba del continente: de
hecho, muchos creyeron en 1942 que la guerra mundial estaba perdida, pero ello no
llevó a los movimientos partisanos a dejar de luchar contra los nazis, ni a De
Gaulle a capitular, ni a la Unión Soviética, que ya había sufrido millones de
muertos, a rendirse ante la Wehrmacht . ¿No era "lógico" pensar en 1942, habiendo
padecido ya la coalición antifascista cuatro años de guerra y de derrotas, que
Hitler había ganado la partida?
Barcelona había pasado a ser la capital de la República y las diferencias entre el
gobierno central y la Generalitat, la centralización que comportaba el esfuerzo de
guerra y el mando único, alimentaron la desazón entre los nacionalistas,
especialmente en ERC. El derrotismo se expresó de múltiples formas, algunas de la
mano de figuras relevantes: las declaraciones desde Perpignan del anterior
presidente del Parlament, Joan Casanovas, prominente figura de ERC, hechas después
de la entrega a Hitler de Checoslovaquia por Chamberlain y Daladier en la
conferencia de Munich, iban en la misma dirección que otras iniciativas semejantes
de rendición, aunque fueran maquilladas políticamente. Casanovas, especulando con la
idea de una paz separada de Cataluña, recabando para ello el apoyo de Francia y Gran
Bretaña y defendiendo una supuesta "neutralidad" de Cataluña en la guerra civil
-idea que era un delirio político y un disparate estratégico-, tras aceptar la
victoria de Franco en el resto de España, llegaba incluso a exigir la celebración de
un consulta (derecho de autodeterminación, lo calificó) a la población catalana para
aprobar ese plan. En ese tipo de planteamientos derrotistas y capituladores de 1938
radica el posterior argumento nacionalista, que sería utilizado con profusión
después de la derrota, de que Cataluña había perdido la guerra; así, en bloque, sin
querer reparar, después de la victoria franquista, en la evidencia de que la
burguesía catalana era muy consciente de haber ganado la guerra civil contra sus
propios trabajadores y de que, además, el ejército español había asegurado, de
nuevo, su dominación social. Lo había hecho muchas veces, y la derecha catalana lo
sabía: en 1909 y en 1917, con el golpe de Primo en 1923 y, de nuevo, con la victoria
fascista en 1939.
Negrín tenía que dirigir la guerra , aprisionado entre el remiso apoyo que le
brindaban su propio partido, el PSOE, la CNT y los nacionalistas vascos y catalanes,
y la realidad de las críticas soterradas y del derrotismo que emponzoñaba a la
República. La persistente oposición al gobierno que mantenían relevantes figuras del
anarcosindicalismo, pese al apoyo formal al gobierno de Negrín de la dirección de la
CNT, se fundamentaba en la adversa marcha de la guerra, pero, sobre todo, en la
amargura que producía la pérdida de influencia del anarquismo entre los trabajadores
y en el propio ejército. La negativa de la CNT a formar parte del gobierno Negrín
fue un grave error de los dirigentes anarcosindicalistas (tampoco aparecía la UGT,
aunque la presencia del PSOE le restaba trascendencia al hecho) que contribuyó a su
marginación relativa y que también dificultó el objetivo que Negrín perseguía:
resistir, ganar la guerra, haciendo un difícil equilibrio en una coyuntura
internacional tan compleja. El único apoyo firme hacia la política de resistencia
era el que le ofrecía el PCE, un apoyo sin fisuras, puesto que los comunistas veían
en Negrín un dirigente capaz, honesto, convencido de que resistir era el único
camino. Así, si las crisis abiertas, o larvadas, para sustituir a Negrín no
triunfaron, fue debido a la incapacidad de sus oponentes para ofrecer un programa
plausible y un dirigente alternativo al presidente del Consejo, porque sus críticos
ni tenían un candidato ni contaban con el apoyo del ejército republicano, aunque
también en éste habían aparecido signos derrotistas, sobre todo en algunos militares
profesionales y en las tropas influidas por anarquistas y por los socialistas
contrarios a Negrín. La capitulación, independientemente de cómo se adornase, no era
una alternativa, al margen de que el desenlace final fue, también, la derrota sin
paliativos. En esa difícil tesitura, el general Rojo fue un firme apoyo para Negrín,
hasta que la caída de Cataluña llevó al jefe del Estado Mayor a creer que todo
estaba perdido. El desánimo de Rojo y la situación en el frente hizo que Negrín
intentase, ya en febrero de 1939, una paz inmediata, por intermediación de Francia y
Gran Bretaña, siempre que se garantizase que Franco no tomaría represalias contra
los vencidos. Fue un gesto desesperado. La guerra mundial asomaba en el horizonte,
pero si había algo de lo que no disponía la República era, además de armas, de
tiempo.
Los dos últimos meses de la guerra fueron los del triunfo de la traición en el
propio campo republicano. Después de la retirada de Cataluña, Negrín, tras haber
pasado a Francia el 8 de febrero de 1939, volvió a España aquel mismo día, con la
intención de proseguir la resistencia en la zona centro-sur. El 5 de marzo, el
coronel Casado (que ya estaba en contacto con Franco desde semanas atrás) apoyado
por una parte del PSOE, por la CNT, Izquierda Republicana y Unión Republicana,
encabezó desde Madrid un golpe de Estado contra el legítimo gobierno republicano:
una rebelión en toda regla. Sin el menor escrúpulo, Casado justificó su acción con
el argumento de que Negrín y el PCE habían organizado un "golpe de Estado" para
entregar todos los mandos del ejército a los comunistas, mostrando como "prueba"
unos nombramientos que habían aparecido en el Diario Oficial dos días antes. En
realidad, Casado y sus cómplices llevaban semanas preparando el escenario del golpe
contra Negrín porque su acción iba dirigida contra él, el símbolo de la resistencia.
Desde el inicio de 1939 se había establecido contacto con Franco, y desde principios
de febrero Casado había decidido sublevarse: faltaba el pretexto, para el que
sirvieron los rumores de cambios en el ejército, incluso supuestas conversaciones
sorprendidas a dirigentes comunistas, que eran un bulo más lanzado por los
capituladores. La junta de Casado (con Wenceslao Carrillo, los anarquistas Eduardo
del Val y González Marín , el socialista Besteiro y el dirigente de la UGT Antonio
Pérez, Miaja), que tenía el apoyo del anarquista Cipriano Mera que mandaba el IV
Cuerpo de Ejército, y del general Matallana, inició así una pequeña guerra civil
dentro de la guerra. La CNT celebró una nutrida reunión en Madrid para "defender la
democracia" y luchar contra el "golpe de Estado" que supuestamente iba a dar Negrín.
Era la puesta en escena del golpe real, el de Casado. De hecho, ya el 13 de febrero
el Comité de Defensa de la CNT había avanzado a Cipriano Mera que se estaba
organizando una Junta con el coronel Casado, y los principales mandos militares
anarquistas recibieron instrucciones de que cuando escuchasen por la emisora Unión
Radio que se había constituido una Junta para "hacer fracasar el plan de Negrín",
detuviesen a todos los mandos militares comunistas y negrinistas, y se hiciesen con
el control de todas las unidades. Casado dio la orden de atacar a las tropas
republicanas de la zona centro que estaban dirigidas por comunistas que se opusieron
al golpe: así, en una semana de enfrentamientos armados, centenares de combatientes
comunistas fueron asesinados en Madrid, y mandos del PCE como el coronel Barceló y
el comisario Conesa fueron fusilados por Casado. Otros dirigentes comunistas fueron
entregados a Franco por la Junta de Casado. Otra vez, en una siniestra paradoja,
ahora en el campo republicano, quienes se rebelaban contra el gobierno legítimo
acusaban de traidores a Negrín y a quienes defendían la política de resistencia.
Tras la proclama golpista de la Junta, llamada Consejo Nacional de Defensa, el
anarquista Cipriano Mera llegó a decir por los micrófonos de Unión Radio:
"¡Trabajadores y combatientes! ¡Antifascistas dispuestos a morir por el honor de
nuestra causa! De cara a todos los traidores y todos los enemigos. ¡Viva España
invicta, independiente y libre! Todos en pie de guerra por la vida y el honor del
pueblo que nos dio la misión de defenderle. ¡Viva su Consejo Nacional de Defensa!"
Era una paradoja más: quienes iban a rendirse, hablaban de morir por la causa;
quienes levantaban la última traición, acusaban de traidores a Negrín y a su
gobierno; quienes se deshonraban, hablaban del honor del pueblo. El golpe de Casado
fue el final. Negrín decidió, el día 6 de marzo, marchar a Francia. Ahora sí, la
guerra estaba perdida.
El exilio estuvo dominado por la amargura de la derrota y por la división de los
republicanos. Prieto no perdió ocasión de atacar a Negrín y de hacerle responsable
de la derrota, y alcanzó también a la relación entre los comunistas y Negrín, que se
distanciaron; primero, por la condena del presidente del Consejo del acuerdo von
Ribbentrop-Molotov, y, siete años después, por la entrada del PCE en el gobierno
republicano en el exilio presidido por José Giral. Negrín dimitió como presidente
del Consejo de Ministros en esa sesión de Cortes celebrada en el exilio, en agosto
de 1945, en México, cuando parecía que de nuevo llegaba la esperanza para España con
la victoria de la coalición antifascista en la Segunda Guerra Mundial. En ese
momento, Negrín supuso que Martínez Barrio, que cumplía la función de presidente de
la República, le volvería a encargar formar gobierno, pero Prieto y sus seguidores
se negaron, dando paso a José Giral, que formó el nuevo gobierno republicano en el
exilio. Fue la última derrota de Negrín. Además, aunque no lo sabían los reunidos,
ni Francia ni Gran Bretaña, y mucho menos Estados Unidos, tenían intención de
precipitar la caída del régimen franquista. Era un espejismo más, porque Negrín
bebería el cáliz de la derrota hasta el final de sus días.
* * *
Negrín tenía un gran prestigio como fisiólogo: En la exposición del cincuentenario
de su muerte, estaba su carnet de la "Agrupación o Sociedad Socialista de Madrid",
con el número 640, emitido el 1 de junio de 1929. Había otros documentos suyos,
entre ellos el que le identificaba como presidente del Consejo de Ministros de la
República. Algunos objetos, casi siempre procedentes del Archivo Juan Negrín , de
París, llamaban la atención: su sombrero, unas plumas estilográficas utilizadas por
él; y su reloj de oro. Y una minúscula maqueta de avión, de apenas ocho centímetros,
plateada, hecha por los aviadores españoles confinados en el campo de Gurs, que
regalaron a Negrín. También, algunas fotografías: la de Companys y el cónsul
soviético en Barcelona, Antonov-Ovsienko, en el balcón del Palau de la Generalitat,
celebrando con el puño en alto el XIX aniversario de la revolución bolchevique. Y la
imagen de Azaña y Negrín, despidiendo en Barcelona a los voluntarios de las Brigadas
Internacionales; o la que muestra a los pasajeros del Sinaia , que atracaba en
México en junio de 1939 con los primeros republicanos españoles exiliados, que
llegaban con un cartelón en cubierta proclamando: "Negrín tenía razón".
Algunos documentos de la exposición son relevantes: la orden de disolución del POUM,
del 16 de junio de 1937, ya con Negrín en la presidencia del Consejo; el libro de
claves para las comunicaciones secretas entre la embajada de París y el Ministerio
de Estado (como llamaban entonces al de Asuntos Exteriores); la carta de Stalin,
Molotov y Voroschilov a Largo Caballero, del 4 de febrero de 1937, donde los
dirigentes soviéticos le aseguran que la URSS seguirá ayudando a la República. Está
escrita en francés, en una simple cuartilla.
Después, podía verse el ejemplar de El Socialista , del 23 de abril de 1946, con la
noticia de la expulsión de Negrín del PSOE, junto a otros trece diputados
socialistas a Cortes, como Álvarez del Vayo, González Peña, Ramón Lamoneda. La
expulsión se había fraguado a finales de 1945, cuando Prieto y Rodolfo Llopis
consiguieron configurar una comisión ejecutiva del PSOE que decidió expulsar a
Negrín. Y años después, imágenes de Negrín con Tito, en Belgrado, en octubre de
1956, posando con veteranos de las Brigadas Internacionales, en el XX aniversario de
su llegada a España: todos de pie posando para el fotógrafo, junto al mariscal.
Negrín sonríe, apenas un mes antes de morir. También, el telegrama de condolencias
por la muerte de Negrín, enviado por Lázaro Cárdenas, el expresidente de México.
* * *
La amargura de la derrota dio alas a las acusaciones más descabelladas contra
Negrín; una de ellas -difundida por miembros de su propio partido, por anarquistas
y, en general, por los enemigos de la política de resistencia que él había
defendido- daba pábulo a la infamia de que el presidente del Consejo había
dilapidado, casi robado, el oro del Banco de España, en connivencia con los
comunistas. Nada más lejos de la realidad, porque hoy sabemos con toda precisión que
la gestión de Negrín fue ejemplar. En la derrota, Indalecio Prieto, que había sido
su mentor político, Largo Caballero, y una larga lista de dirigentes del PSOE,
acusaron a Negrín de todos los desastres. Una de las acusaciones recurrentes contra
él fue que su política de resistencia (cuando, supuestamente, la guerra ya estaba
perdida desde la llegada de Franco al Mediterráneo) exigió mayores sacrificios al
pueblo español y prolongó la matanza. Tampoco era verdad, porque si bien es cierto
que la situación militar era muy comprometida para la República desde la primavera
de 1938, también lo era que algunos sectores que habían sostenido el esfuerzo de
guerra republicano fueron dándose por vencidos con distintas excusas y expedientes:
cualificados dirigentes anarquistas hablaban ya, por ejemplo, en la primavera de
1937 de que la guerra estaba perdida, contrayendo una grave responsabilidad. Esa
misma excusa sirvió, en marzo de 1939, para justificar el golpe de Estado del
coronel Casado.
La s decisiones controvertidas de Negrín -desde la disolución del POUM hasta su
propuesta, después de la guerra mundial, de que España fuese incluida en el Plan
Marshall, pasando por la entrega a Franco (tras la muerte del expresidente del
Consejo) de la documentación sobre el oro del Banco de España que se había
depositado en la Unión Soviética, entre otras-, sus errores, pero también su
decisión, su valentía, sus aciertos, deben verse en el marco de la compleja
responsabilidad que tuvo que asumir dirigiendo una República en guerra y, después,
al amargo exilio donde hasta sus propios compañeros le acusaron de la derrota, sin
aceptar que los verdaderos responsables fueron las potencias occidentales que
abandonaron a la República, durante la guerra y tras ella, de forma que sólo una
lejana Unión Soviética pudo, con enormes dificultades logísticas, ayudar a combatir
al fascismo en España. No por ello Negrín renunció a encontrar posibles salidas que
terminaran con la guerra y su actividad diplomática de finales de 1938 y comienzos
de 1939 es una muestra de esa convicción, porque intentó una mediación diplomática
con Franco, manteniendo la política de resistencia, mientras confiaba en que la
evolución de las tensiones internacionales, con el estallido de la nueva guerra
europea que se anunciaba, pondría a la República en un nuevo escenario, aliada a
Francia, Gran Bretaña y la Unión Soviética frente a Alemania e Italia.
El silencio sobre Negrín atravesó toda la dictadura franquista y siguió con la
transición y los largos años de gobierno del nuevo PSOE fundado otra vez en 1974.
Negrín, uno de los gobernantes más importantes, más lúcidos y más honestos de la
España contemporánea sigue siendo molesto, incluso para el PSOE, que apenas se ha
preocupado por honrar su memoria. Negrín enarboló la bandera de la resistencia y su
ejemplo fue trascendental: después de la guerra civil, cuando ya España se había
desangrado, el ejemplo de la resistencia española influyó en Francia, Italia,
Checoslovaquia, proclamando que ante el fascismo no cabía más que la resistencia.
Negrín tenía razón, aunque el PSOE le pagó, cuando ya se anunciaba en el horizonte
la guerra fría , con la expulsión del partido. La pequeña maqueta de avión que los
pilotos republicanos presos en el campo de concentración de Gurs (ese Gurs que Louis
Aragon definió como "una extraña sílaba, como un sollozo que no consigue salir de la
garganta") regalaron a Negrín, y que él guardó hasta el final de su vida, era una
muestra del afecto de quienes resistieron hasta el final.
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