(Selección
de artículos publicados en el nº 3 (II época) de
"Pueblos", octubre de 2002):
Cumbres por los suelos (Javier Ortiz)
Nicaragua, después de tantos años (María López Vigil)
València, escenario de la guerra global/ (Carlos Pérez)
La Cooperación al Desarrollo en las relaciones África-Occidente/ (Itziar Ruiz-Giménez Arrieta)
Cumbres por los suelos/ (Javier Ortiz)
La reciente Cumbre de la Tierra de Johannesburgo ha recibido una buena porción
de críticas, que se han extendido por analogía al conjunto de los grandes
encuentros planetarios de ese género, casi siempre auspiciados por las Naciones
Unidas.
La crítica que más se ha repetido se resume fácilmente: "Los
encuentros de este tipo no sirven para nada". Se trata de una crítica
superficial. Falsa, en el fondo: si no sirvieran para nada, no se celebrarían.
Sirven, y mucho, para que los convocantes (organismos supranacionales,
gobiernos, instituciones) traten de quedar bien ante la opinión pública
mundial expresando su gran preocupación por el problema o por el conjunto de
problemas que ha motivado el encuentro. Sirven igualmente para que los grandes
medios de comunicación tengan carnaza con la que elaborar y distribuir unas
cuantas raciones de buenos deseos y de sensiblería, cosa muy importante, porque
la sensiblería es plato fijo en el menú diario de los mass media. Sirven también
para que los satélites y parásitos de los convocantes (organizaciones
supuestamente no gubernamentales, fundaciones, centros de estudios y análisis,
expertos de juicio amable, especialistas en la "crítica
constructiva", etcétera) encuentren materia de la que ocuparse durante un
cierto tiempo, justificando de ese modo las subvenciones y otras partidas de
dinero público que se embolsan y aprovechando la ocasión para publicitarse.
Hay quienes sostienen que este género de superencuentros planetarios tienen
incluso una utilidad positiva, por más que involuntaria. Alegan que, al
arrastrar un enorme despliegue de medios informativos, permiten que las
organizaciones realmente críticas hagan oír su voz a gran escala mediante la
celebración de cumbres alternativas y la movilización de importantes protestas
de masas. Sin desdeñar ese aspecto de la cuestión, ni mucho menos, llamo la
atención sobre el hecho de que las grandes potencias y los emporios mediáticos
se las han ingeniado para que esas actividades paralelas aparezcan cada vez más
como parte integrante de los programas oficiales de actos y festejos, cual si de
diversiones complementarias se tratara. A la postre, los encuentros alternativos
que se realizan con motivo de las Cumbres tienen más interés por el
intercambio de análisis y experiencias que permiten -y por los nuevos contactos
que propician- que por el eco mediático que alcanzan, casi siempre muy
distorsionado y frivolizado.
Se ha dicho y repetido también que los buenos deseos a los que responden los
grandes encuentros mundiales como el de Johannesburgo naufragan ante la
terquedad con la que los países del Primer Mundo se aferran a prácticas económicas
contraproducentes para el desarrollo equilibrado del planeta y la correcta
distribución de la riqueza. Se trata de otra crítica mal planteada. El Primer
Mundo no es terco: es capitalista. Resulta absurdo pedir a los EEUU, a la UE y a
Japón que dejen de subordinar su comportamiento a la lógica del beneficio
empresarial. Se trata de la esencia misma de su sistema de organización social.
El individualismo, por definición, no puede dar prioridad al interés
colectivo. ¿Que, actuando de ese modo, los países del Primer Mundo hipotecan
el futuro de todos, incluido el suyo propio? Sin duda. Pero es igual. Como en la
fábula de la víbora que se ahoga porque muerde y mata a la rana que le ayuda a
atravesar el río, los capitalistas también están sometidos al diktat de su
naturaleza, aunque al seguirlo también ellos mismos se vayan encaminando poco a
poco hacia el abismo.
En esas condiciones, no tiene ningún sentido malgastar las fuerzas tratando
de persuadir a las grandes potencias de la conveniencia de que cambien de manera
de ser. Es un empeño no sólo inútil, sino contraproducente. En lo que
conviene concentrar el esfuerzo es en evidenciar que actúan así porque es lo
suyo; porque no sabrían hacerlo de otro modo. Hay que insistir en la idea clave
de que los males del planeta no nacen de ningún malentendido, ni de ninguna
incomprensión. Que el problema central es el capitalismo.
Ya sé que, dicho así, suena a demagogia. Qué le vamos a hacer; estamos en
lo de siempre: es la realidad la que se empeña erre que erre en ser demagógica.
Nicaragua, después
de tantos años/ (María López Vigil*)
En los años 80, qué lejanos se ven ya, Nicaragua fue una especie de
Meca o portal de Belén a donde había que peregrinar para ser "alguien con
algo que decir" en el mundo de entonces. En aquel mundo de entonces,
fracturado por el eje Este-Oeste, Nicaragua se convirtió en una ruleta ideológico-política
en la que todos apostaban a la justicia, al cambio y al antiimperialismo. Veinte
años después de la revolución cubana, el triunfo, también por las armas, de
otra revolución en América Latina, la revolución sandinista, sedujo a
millones.
Durante once años fui testigo de la llegada a este paisito de miles de estos
seducidos: colaboradores, cooperantes, periodistas, turistas políticos,
brigadistas, internacionalistas europeos, canadienses, estadounidenses y en
menor medida, latinoamericanos, y hasta asiáticos y africanos. La cita era aquí,
en la Nicaragua "tan violentamente dulce", según la etiquetó Julio
Cortázar, que tanto amó este proceso.
No debe caber duda que la revolución sandinista ha sido el hecho más trascendental de la historia de Nicaragua. La revolución dio a los más pobres de este país, a la mayoría, un poder y una dignidad que no conocían y ni siquiera imaginaban, politizó a todo el pueblo, y comenzó a abrir al mundo a un país que hasta entonces sólo había sido una finca cerrada en manos de unos cuantos capataces. El clima de cambios acelerados que generó la revolución sandinista hizo posibles incontables experiencias individuales y colectivas, experiencias grandes y pequeñas, que transformaron el país, que cambiaron en positivo y para siempre la vida de muchísima gente. Una docena de años después, todo, o casi todo, que no es lo mismo pero es igual, ha cambiado en Nicaragua. ¿Es más lo perdido que lo que ha logrado sobrevivir de aquella experiencia? Es una pregunta que muchos nos hacemos a diario. La respuesta aún no es clara.
Desgaste y retroceso
Durante once años, la guerra contrarrevolucionaria, propiciada por graves
errores de la dirigencia sandinista y alimentada por los gobiernos de Ronald
Reagan y George Bush padre, desgastaron al país al extremo. Una economía ya frágil
antes de que sonaran los primeros tiros retrocedió 40 años. Hoy, Nicaragua es
el país centroamericano con un rezago productivo más grande en la región, el
más empobrecido, el más atrasado económicamente.
La guerra entre nicaragüenses de los años ochenta enrareció y distorsionó el proyecto revolucionario, tanto el proyecto colectivo como las experiencias personales. La guerra, que es un producto masculino, acentuó el verticalismo y la intolerancia, ya muy presentes en la convulsa historia de Nicaragua y en la agenda personal de los dirigentes revolucionarios: varones, urbanos, adultos, forjados en el combate y la clandestinidad y en la jerarquía militar, a quienes un cúmulo de coincidencias históricas otorgó un poder desmesurado. Hasta hoy, Nicaragua hace ingentes esfuerzos por superar una cultura de violencia que la revolución contribuyó a acentuar.
Al terminar la guerra, después de la inesperada derrota de los sandinistas en febrero de 1990, Nicaragua no recibió un trato especial de postguerra, como correspondía después de destrucción material y humana tan intensas. No hubo para este país nada que se pareciera siquiera a un plancito marshall. Todo lo contrario: el ajuste estructural, que ya venía aplicándose por toda América Latina, se aplicó en Nicaragua con un ritmo con récord de aceleración. Hasta hoy duran los efectos devastadores de los recortes del gasto social de los noventa en educación, salud, nutrición, vivienda. Los proyectos de "reconstrucción" de aquellos años endeudaron aún más al país, ya muy endeudado. Hoy, Nicaragua es el país con la deuda externa per cápita más grande del planeta.
Las elecciones de 1990 tuvieron resultados inesperados, tanto para ganadores como para perdedores, y contaron con una participación masiva. Nicaragua es el único país de América Latina con una población que comparte dos experiencias empoderantes y muy cercanas en el tiempo. En 1977-79, la experiencia de participar masivamente en una insurrección armada victoriosa que logró terminar con un gobierno tan poderoso como fue la dictadura somocista. Y en 1990 la experiencia de participar masivamente en unas elecciones que lograron poner fin a un gobierno tan poderoso como fue el gobierno sandinista. Nicaragua conoce el poder de las armas y el de los votos. Y aun cuando existen en el país los males políticos de nuestro tiempo -abstencionismo electoral, desconfianza en los partidos políticos, desmovilización ciudadana- el pueblo de Nicaragua posee una gran "fe electoral". Las últimas elecciones, que dieron la victoria a Enrique Bolaños, fueron una expresión multitudinaria de esta confianza en el poder de cambio que representan los votos.
Heridas abiertas
Pocos meses después de iniciado el gobierno de doña Violeta -así la conocemos
por aquí- cesó la guerra, se redujo drásticamente el Ejército Sandinista, se
desmovilizaron los "contras" y se firmaron los acuerdos de paz. Pero
las decenas de miles de soldados de uno y otro bando que entregaron sus armas
fueron, en la práctica, abandonados a su suerte y su reinserción en la vida
civil y en las actividades productivas rurales resultó un proceso abortado. Los
miles de lisiados de guerra fueron marginados, nadie respondió por ellos. El
modelo económico neoliberal que se impuso para lograr la modernización y el
despegue del país, decidió despegar sin quienes protagonizaron la guerra.
Hasta hoy, las heridas de aquella guerra siguen sin cicatrizar. Como nación,
Nicaragua no ha procesado aún una interpretación de las causas y consecuencias
de aquella guerra. Prefirió enterrar el pasado, y por eso aún hoy sus
fantasmas emergen y continúan polarizando a la población, alentando
resentimientos y actuando como lastre para cualquier proyecto nacional.
La derrota electoral del FSLN en 1990 fue totalmente inesperada. Aunque parezca increíble, no había entre la dirigencia sandinista ni un solo papel o plan de previsión para una eventual derrota, tan espesa llegó a ser la arrogancia que alimentó en los dirigentes revolucionarios el amor universal que cubrió este proceso, tanto llegó a ser su triunfalismo. Lo imprevisto aceleró la voracidad antiética de un sector del FSLN. La transición que precedió el gobierno de doña Violeta fue signada por "la piñata", proceso de corrupción masivo en el que dirigentes altos y medios del sandinismo se apropiaron de bienes del Estado: casas, terrenos, fincas, empresas. Inicialmente, le escuchamos decir que eran bienes del Estado que pasaban a ser bienes del partido, y así seguirían siendo bienes "del pueblo". Muy pronto se demostró la falacia. El fin del gobierno sandinista convirtió en propietarios y empresarios millonarios a sus dirigentes más conocidos. Hasta hoy, "la piñata" sigue siendo el punto de partida más visible en la ruta de deterioro moral del FSLN.
La revolución sandinista, como toda revolución, transformó drásticamente las estructuras de propiedad. Donde más se apreció el cambio fue en la tenencia de la tierra rural. La revolución abolió el latifundio, repartió tierras a cooperativas y a propietarios individuales y creó empresas estatales agropecuarias "propiedad del pueblo". Realizó una reforma agraria profunda, que aunque tuvo altibajos y vacíos, cambió el paisaje agrícola nacional. Hoy, está prácticamente consumada una contrarreforma agraria y se ha reconstituido el latifundio. Lo más notable es que junto a los latifundistas pre-revolucionarios que recuperaron sus tierras, encontramos hoy a altos y medianos dirigentes de la revolución y a altos funcionarios de los gobiernos de doña Violeta y de Arnoldo Alemán. En turbias alianzas o cada quien por su lado han despojado a los campesinos de las tierras que recibieron en los años ochenta o de las empresas que adquirieron en los noventa. El modelo agroexportador que ha sustentado la economía de Nicaragua en los últimos 150 años no tiene hoy viabilidad con los niveles de producción y productividad más bajos de Centroamérica, con la crisis rural promovida por el modelo neoliberal, y más recientemente con la crisis del café.
Violencia sexual
El ámbito más intocado por la revolución fue el espacio privado. Todas las
investigaciones demuestran que el hogar es el lugar más inseguro para las
mujeres y las niñas. La violencia sexual es una epidemia nacional. Hoy, las
noticias de violaciones, de agresión sexual, los casos de incesto, son amargo
pan de cada día. En 1998, Nicaragua vivió una experiencia traumática pero
ejemplar cuando la hijastra de Daniel Ortega, una militante sandinista, Zoilamérica
Narváez, lo denunció por haber abusado sexualmente de ella desde que tenía
once años, durante diecinueve años consecutivos. Si el delito del dirigente
fue execrable, la reacción del FSLN, protegiendo la cobardía de Ortega, que se
acogió a su inmunidad parlamentaria, e impidiendo cualquier reflexión sobre el
caso y sobre el tema, hundió éticamente a este partido. Desde 1999, el caso
llegó a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, y la denuncia de
Zoilamérica empezó a abrir los ojos de muchísimos nicaragüenses a la
gravedad de esta epidemia social generando acciones y reflexiones para
entenderla y para frenarla.
La revolución sandinista, sin duda también, la experiencia política más
radical en la historia de Centroamérica, no superó la cultura política
tradicional: los sandinistas manejaron el Estado y manejaron a la población con
autoritarismo-paternalismo y se sirvieron del Estado con la misma concepción
patrimonialista de las élites, que ven el Estado como un botín que asaltar
para construir o aumentar el patrimonio personal y familiar.
Hoy, en el recién estrenado -en enero- gobierno de Enrique Bolaños se están empezando a cuestionar, en una actitud sin precedentes, dos de los pilares de la cultura política tradicional: la impunidad y el Estado-botín. No deja de ser traumatizante para muchos que esta necesaria obra de "limpieza" la haya emprendido un empresario representante de la oligarquía tradicional y profundamente antisandinista, y que el primer objetivo de la actual lucha anticorrupción que Bolaños encabeza sea el ex Presidente Arnoldo Alemán, con quien el FSLN pactó durante estos últimos cinco años, en un acuerdo político infamante, basado precisamente en impunidades y corrupciones conocidas, silenciadas y compartidas.
La desnuda realidad
Después de que en la década de los ochenta fuimos el centro del mundo, y
durante los noventa nos relegaron a los márgenes, en octubre de 1998 el huracán
Mitch nos colocó de nuevo en el centro de la atención internacional. El Mitch
vino a desnudar nuestra realidad, y a hacer una radiografía en blanco y negro
de los problemas estructurales que arrastramos desde hace siglos. Hoy, al igual
que en El Salvador, Honduras y Guatemala, Nicaragua es un país de dos
velocidades: el 20% de la población sirve y se beneficia del 2% mejor situado,
que vive en "enclaves" de lujo. Y un 80% de la población, urbana y
rural, sobrevive en pobreza y miseria.
Una economía tan inviable como la nuestra sobrevive por la cooperación
internacional. Nicaragua es el país del mundo que en los años noventa recibió
más asistencia internacional por cápita en todo el planeta. Es el país de América
Latina más dependiente de préstamos y donaciones de la cooperación
internacional. Sobrevive, aún más fundamentalmente nuestra economía, por las
remesas de sus emigrantes: 200.000 viven en Estados Unidos, y 800.000 residen
temporal o definitivamente, según tiempos de cosechas y oportunidades, en la
vecina Costa Rica. Las remesas que en dólares envían los emigrantes a sus
familias demuestran que nuestro principal producto de exportación es la mano de
obra barata y ansiosa de alguna oportunidad, convencida de que no va a
encontrarla en su patria, esta patria pequeña que "uno grande la sueña",
como nos enseñó a pensar y a decir Rubén Darío.
Nombrar a Rubén Darío para cerrar estas reflexiones no es un tópico, una excusa o una evasión. Nicaragua ha sido y sigue siendo un país imprevisible. Que de un país tan insignificante y mísero haya surgido nada menos que el Príncipe de las Letras Castellanas; que en un país tan ninguneado haya brillado Augusto Sandino y su Pequeño Ejército Loco, encandilando con su gesta a América Latina; que la frágil y contradictoria Revolución Sandinista se convirtiera en un imán político de tal atractivo mundial, nos indican que la fuerza, el vigor y la esperanza de Nicaragua están en su gente, en sus hombres y en sus mujeres, también en esa mayoría de niños y niñas que son este país, y en la capacidad que tienen para trascenderse a sí mismos.
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* María López Vigil es periodista nicaragüense y redactora de la
revista Envío.
València, escenario de la guerra global/ (Carlos
Pérez*)
La decisión definitiva sobre la ubicación de este cuartel de vocación
netamente intervencionista no se tomará hasta pasada la cumbre de Praga, a
finales de noviembre de este año, en la que se oficializará la nueva
estructura de los ejércitos de la OTAN. Para entonces habrán transcurrido ya
dieciséis meses de una creciente movilización social de rechazo que podría
ser uno de los pocos factores que hicieran fracasar este proyecto militarista,
en caso de que sean ciertas las declaraciones del mando supremo militar de la
Alianza, en las que se reconoce que sería adecuado situar esta base en una zona
"de mínima protesta social contra este tipo de estructuras militares, con
poca presión de movimientos anti OTAN o antiglobalización" (El País-Comunidad
Valenciana, 2 de abril de 2002).
El resto de factores, como por ejemplo, el operativo o el geográfico, parecen
jugar a favor de que la OTAN se instale a veintidós kms. de València. Se trata
de uno de los proyectos "estrella" de las élites militaristas
locales, así que los promotores de la candidatura ya han obtenido un talón en
blanco para poner las instalaciones del cuartel a la altura de lo exigido por la
Alianza.
Sea designado o no para acoger la Fuerza de Reacción Rápida, el cuartel recibirá en los próximos años una inversión de 30.000 millones de pesetas (180,31 millones de euros) de dinero público: compárense con los 1.500 millones que recibe anualmente Bétera para todo su municipio. Por otro lado, un cuartel que se encuentra a pocos kilómetros de distancia de megaestructuras de transporte como el puerto y el aeropuerto de València, tiene el aspecto de ser un emplazamiento bastante interesante (solamente igualado por la candidatura del Ejército turco en Estambul) para una fuerza militar con el punto de mira puesto en el sur del Mediterráneo y Oriente Próximo, y que debe "proyectarse" en dos semanas hacia su objetivo.
Del enemigo soviético al enemigo árabe
Fundada en 1949, y hegemonizada en todo momento y sin discusión por EEUU,
la Organización del Tratado del Atlántico Norte ocultó durante toda la
"guerra fría" unas políticas agresivas e intervencionistas bajo un
discurso defensivo. El hundimiento de la URSS en 1989 dejó a la OTAN sin
enemigo que justificara su existencia. Víctima de una crisis de legitimidad
fundamental, la Alianza ha conseguido cambiar para seguir siendo lo mismo.
Durante la primera década de la posguerra fría, este descomunal monstruo
militar ha conservado intacta su capacidad de destrucción nuclear global, pero
ha tenido que inventar o exagerar un variopinto ramillete de nuevos enemigos (o
"riesgos" en lenguaje atlántico), entre los que pueden encontrarse
desde la inmigración o los nacionalismos "emergentes" hasta el
narcotráfico o el terrorismo internacional.
Durante la cumbre de su 50º aniversario de 1999, y en plena campaña de bombardeos contra Serbia y Kosova, la OTAN se arrogó el derecho de intervenir militarmente y a su antojo en una fantasmal "zona euroatlántica" que, en la práctica, puede abarcar todo el planeta, sin contar con la previa aprobación del Consejo de Seguridad de la ONU. Este hecho, junto con el estado de guerra global permanente y la remilitarización social e internacional como reacción occidental tras los atentados del Nueva York y Washington, ha marcado el comienzo de una nueva etapa histórica, muy semejante a la vivida durante los cuarenta años de guerra fría con la colosal carrera armamentística que la acompañó. La OTAN ha encontrado por fin el recambio ideal del enemigo soviético. El enemigo del "mundo libre" toma perfiles nítidos, es el terrorismo internacional y viene de los países árabes, de Oriente Medio y de la ribera meridional del Mediterráneo. Para el Gran Sheriff Planetario, el Mediterráneo es un "arco de crisis", un "área de inestabilidad" para la que solamente cabe usar la fuerza y la amenaza militar, o en el mejor de los casos, el corredor de la VI Flota hacia Oriente Próximo.
Bétera, teatro de operaciones
Dentro de esta puesta en escena, y dado el profundo atlantismo que profesa
el actual gobierno, es fácil entender por qué la península ibérica va camino
de convertirse en una monstruosa plataforma de agresión militar que apunta al
sur. Junto al proyecto de cuartel de la OTAN en Bétera que proyectaría tropas
de tierra (en situación de guerra hasta 60.000 militares, según J. M. Trillo),
están las bases aeronavales de uso conjunto hispano-estadounidense en Rota y
Morón. Ya el gobierno del PSOE autorizó durante la Guerra del Golfo 294
operaciones de bombardeo de los terroríficos B-52 sobre Irak directamente desde
Morón (CSCA, 8 de marzo de 2001). Recientemente fue aprobada su ampliación, y
en el nuevo convenio, suscrito este año, se permite que la policía militar
estadounidense lleve a acabo investigaciones en cualquier lugar del territorio
español, algo que ya sucede con total impunidad en la región italiana de
Catania, donde está instalada la base naval de la OTAN en Sigonella.
La reestructuración del sistema de mandos de la OTAN hace que su Fuerza de
Reacción Rápida vaya a disponer de varios cuarteles en lugar del único que
existe hoy, en Rheindahlen (Alemania). Las informaciones sobre el número total
de estos cuarteles siguen siendo bastante confusas todavía, pero parece que
habrá al menos tres de los denominados de "alta disponibilidad" y un
número indeterminado de "baja disponibilidad". Junto a las
candidaturas de Alemania, Francia, Holanda, Grecia, Italia, y Turquía, en
octubre de 2000, Trillo anunciaba aunque no muy alto que el Estado español
optaba a acoger alguna de las instalaciones principales en València (en la
Fuerza de Maniobra del Ejército), y en Bétera, en el cuartel "Jaime I".
Este campamento fue construido en 1940 para el control militar de València y
entre sus gestas más heroicas podemos encontrar la de la noche del 23 de
febrero de 1981, cuando partieron de su interior las tropas y los carros de
combate que tomaron la ciudad durante varias horas.
En febrero de 2001, Defensa hizo público que el calendario de la decisión de la Alianza Atlántica llegaba hasta finales de 2002 o principios de 2003. Mientras tanto, inversiones y modernización de un cuartel que estaba en fase de abandono, búsqueda de apoyos de otros estados miembros y diversos "exámenes" técnicos. El último "examen", a finales de noviembre, será un "simulacro de combate de alta intensidad", coincidiendo prácticamente con la cumbre de la OTAN en Praga, donde se decidirá la nueva estructura de cuarteles. La resistencia popular a esta "militarización atlántica" del municipio, tanto por parte del ayuntamiento como por la Plataforma antibase de l'OTAN de Bétera, formada por vecinos y vecinas del pueblo ya ha comenzado. Y no solo en Bétera, sino en el resto del País Valencià. Pero esto ya es otra historia, que merecerá un artículo aparte en otra ocasión. Baste por ahora, y a manera de anticipo, tanto una voz de alerta como un mensaje de lucha esperanzada: entre todas y todos podemos parar la base.
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* Carlos Pérez es miembro del MOC de Valencia.
La Cooperación al Desarrollo en las
relaciones África-Occidente/ (Itziar Ruiz-Giménez Arrieta*)
Con el final de la Guerra Fría, la Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD)
para África entraba en una profunda crisis. Su crudeza se manifestaba en la drástica
caída de los recursos destinados a la misma. Así cuando en 1975 los países
donantes asignaban un 0,36% de su PIB a la AOD, el coeficiente se situaba en
2001 en el 0,22%. En algunos países como Francia, Italia, Japón, Noruega la
reducción rondaba un 10-15%. Los fondos de Canadá, Francia, Australia y
Portugal descendían más de la mitad mientras Estados Unidos recortaba su ayuda
en más de un tercio.
Las posiciones oficiales achacaban la crisis de la cooperación en África a la denominada fatiga de los donantes que vendría producida por el fracaso de los programas de ayuda. Estos últimos habrían sido incapaces de llevar, se decía, a las sociedades africanas hacia el "desarrollo" o mejorar sus condiciones de vida. Al contrario las cifras macroeconómicas mostraban que en muchas partes de África, el crecimiento per capita resultaba, a pesar de las cantidades de ayuda recibidas, negativo. Sin embargo, la crisis de la AOD se explica en realidad por otro tipo de causas y dinámicas. En concreto, se debe al impacto que el final de la contienda bipolar y las nuevas dinámicas de la economía mundial produjeron en las lógicas que habían motivado la creación de los programas de ayuda. Veamos cuales son.
La AOD durante la Guerra Fría
Tres son las lógicas, en mi opinión, que dieron origen a la AOD y que se
pueden simbolizar en tres personajes: el soldado, el comerciante y el misionero.
El soldado representa como la AOD fue, en gran medida, un producto de la Guerra
Fría y un instrumento de las superpotencias para facilitar el reclutamiento de
nuevos miembros o la cohesión interna de sus respectivos bloques. Otros países
como Francia y, en menor medida, el Reino Unido la usaron para sostener
relaciones especiales respectivamente con su domaine réserve en el África
francófona o en los países de la Commonwealth y poder mantener así su estatus
de gran potencia.
Por su parte, el comerciante personifica como la cooperación sirvió a los
países donantes como mecanismo de penetración económica. Permitía asegurar
mercados para exportaciones, crear un clima favorable para sus inversiones u
obtener ventajas comerciales o financieras, etc. De ahí que la AOD se orientaba
hacia sectores económicos de interés para los donantes o se centraba en los créditos
FAD (prestamos vinculados a la adquisición de bienes y servicios del país
donante). Igualmente, surgía todo un nuevo sector económico vinculado a la
asistencia al desarrollo: expertos, consultores, asistencia técnica,
proveedores, etc.
Y, por último, el misionero encarna cierta lógica civilizatoria que subsiste
en los discursos oficiales del desarrollo. Todavía hoy subyace, en muchos
expertos y agentes de cooperación, la ilustrada creencia en el progreso de las
sociedades desde un estado evolutivo de subdesarrollo hacia el desarrollo.
Creencia que evoca pasadas distinciones coloniales entre civilizados y salvajes,
aunque eso sí, omitiendo sus aspectos más raciales. Otras dinámicas de tipo
humanitario o solidario se entremezclan o refuerzan la lógica civilizatoria. Así,
no cabe duda que la AOD fue también una respuesta de los gobiernos donantes a
la presión de ciertos sectores sociales occidentales. En efecto, al calor de
las políticas del Estado del bienestar, las primeras ONGs, los movimientos de
solidaridad internacional, bien por motivos caritativos o de solidaridad
internacional e, incluso, por cierto sentido de culpabilidad por el pasado
colonial, presionaron a los gobiernos occidentales para responder a las demandas
de los estados africanos.
Estos tres personales fueron en gran medida la condición sine qua non de la creación y mantenimiento de la AOD. Sin embargo, los países donantes no fueron los únicos interesados en su existencia. Los dirigentes de los nuevos estados africanos también mostraron un enorme interés por la AOD. Les permitió acceder a recursos materiales con los que mantener el frágil estado poscolonial en un contexto de prolongada escasez económica y creciente débil legitimidad interna. En efecto, los programas de ayuda sirvieron para nutrir las redes clientelares neopatrimoniales a través de las cuales, los dirigentes africanos distribuían selectivamente beneficios materiales y privilegios a cambio de apoyo para mantenerse en el poder. También se usaron para sostener la represión de la oposición política y la militarización de las sociedades africanas. En definitiva, se puede decir que la AOD fue enormemente provechosa para mantener el estatus quo y a los dirigentes africanos. Quizás no tanto para mejorar las condiciones de vida de las sociedades africanas.
La crisis de la Ayuda
Pues bien, en la medida que los programas de ayuda fueron un instrumento de la
lucha entre los bloques, el final de la Guerra Fría supuso que las grandes
potencias perdieran interés por el continente subsahariano. Por ello, cortaban
o disminuían su ayuda económico-militar y su cobertura política a muchos
dirigentes africanos. De esta forma, el soldado se retiraba a un segundo plano
del escenario de la cooperación. Algo similar ocurría con el comerciante quien
favorecido por la liberalización económica y la apertura de los mercados ya no
necesitaba la cooperación para penetrar en los países africanos.
Sin embargo, la perdida de protagonismo de estos dos personajes no supondrá la desaparición de la ayuda a África. Se mantendrá por el fortalecimiento de la figura del misionero, esto es, de la lógica civilizatoria, así como por la pervivencia de ciertos aspectos geopolíticos (de carácter menor como el prestigio internacional por ser donante) o económicos (el mercado de la ayuda, la asistencia técnica, la penetración económica, etc). Estos últimos explican, por ejemplo, el trasvase de muchos fondos de la AOD hacia los países del Este. Por su parte, el aumento de protagonismo del misionero se revela en algunas de las principales características de la AOD en la posguerra fría: la preeminencia de la ayuda de emergencia, la proliferación de las ONGs y las dos generaciones de condicionalidad (económica y política). Todas ellas tendrán a su vez su impacto sobre las sociedades africanas.
a) El trasvase de fondos a la ayuda humanitaria
Una de las características de la AOD de la posguerra fría será el aumento de
las cantidades destinadas, en un contexto de recortes presupuestarios, a la
ayuda humanitaria de emergencia en catástrofes naturales y conflictos armados.
En 1980, los fondos destinados a este apartado apenas suponían 353 millones de
dólares, para el conjunto del Comité de Ayuda al Desarrollo (CAD). Diez años
después alcanzaban los 1.058 y un máximo en 1994 con 3.469. Es decir, que
entre 1990 y 1994 los fondos de emergencia se multiplicaron por tres. Tendencia
que se manifiesta en la mayoría de los donantes con países que llegan a
dedicar a la ayuda de emergencia cuotas cercanas al 10% de su AOD como fue el
caso de Noruega, Suecia o Holanda.
Las razones de esa transferencia de los exiguos fondos de la cooperación hacia la emergencia son diversas. Incluyen la proliferación de conflictos armados en África, su presencia en medios e impacto en la opinión pública occidental que pide que se haga algo, hasta la mayor visibilidad de las acciones humanitarias. Estas últimas presentan una alta rentabilidad en términos publicitarios y recaudatorios tanto para agencias como ONGs. Implican, además, un compromiso limitado a corto plazo y una gran rentabilidad política puesto que sus efectos son visibles de inmediato a diferencia de la cooperación.
b) La proliferación de ONGs de cooperación
Otras de las novedades de la posguerra fría fue la importancia que adquirió el
papel de las ONGs dentro de la AOD con los países africanos. Éstas surgieron
al compás de los programas, promovidas por los mismos sectores (movimientos
cristianos, de solidaridad internacional, socialdemócratas) que habían
presionaron a los gobiernos para la creación de la ayuda. Sin embargo, ocuparon
una posición marginal durante la Guerra Fría. La situación cambió en la década
de los ochenta cuando se produjo un autentica explosión de organizaciones
dedicadas a la cooperación. Explosión motivada por el auge dentro de la
sociedades occidentales de los valores postmateriales, humanitarios y de
solidaridad internacional. Pero también promovida activamente por los gobiernos
y sus agencias de cooperación para que sirvan de colchón del ajuste, palien
los peores efectos del mismo, y substituyan al Estado en la provisión de
servicios sociales (salud, educación) a las sociedades africanas. Un adelanto
de lo que parece empezar a ocurrir en Europa.
c) Las dos generaciones de condicionalidad
Al retirarse el soldado y el comerciante de la escena, el misionero asumía
inicialmente un mayor protagonismo de la mano de la condicionalidad económica y
política de la AOD. En efecto, a finales de los ochenta, los países
occidentales liberados de las ataduras de la realpolitik bipolar y eufóricos
por el "fin de la Historia" de Fukuyama, formulaban un discurso
oficial del desarrollo en claros términos de expansión del modelo occidental
de democracia representativa y economía de mercado. Para ello vinculaban, por
un lado, su ayuda al cumplimiento de los Planes de Ajuste Estructural (PAE) del
Banco Mundial y el Fondo Monetario. Por otro, se condicionaban sus fondos al
respeto de los derechos humanos, la celebración de elecciones y el good
governance. Estas medidas, junto a la reducción de los fondos de ayuda,
tuvieron un impacto enorme sobre los regímenes africanos. Se vieron sometidos a
una profunda crisis de legitimidad. En primer lugar, los PAE provocaron la
disminución de los recursos disponibles para el sector público y redujeron los
fondos con los que los dirigentes africanos nutrían sus redes clientelares. Por
su parte, la eliminación de los subsidios a los alimentos o los recortes en
gastos sociales afectaban al conjunto de la población y aumentó la
conflictividad social. La respuesta de muchos líderes africanos fue la
etnopatrimonialización del estado poscolonial, es decir, reducir las redes
clientelares a sus propios linajes étnicos lo que aumentó la tensión interétnica
y la represión.
Inicialmente la asistencia militar y financiera de las superpotencias o las antiguas metrópolis permitió que sus aliados africanos (Mobutu, Doe, Barre, Habyarimana, etc.) continuaran la represión interna y financiasen sus redes etnopatrimoniales. Sin embargo, el final de la Guerra Fría y la condicionalidad política sumergieron al Estado poscolonial en una profunda crisis de legitimidad. Ello llevo a las elites africanas a buscar formas alternativas para mantenerse en el poder y continuar con sus privilegios y prebendas. No les quedó más remedio que reconfigurarse o morir, esto es, emprender procesos de democratización o abandonar el Estado a su suerte.
Cambios cosméticos
En efecto, durante la década de los noventa, la mayoría de los estados
africanos aceptaba las fuertes presiones internas y las nuevas exigencias
democratizadoras de los donantes en lo que se ha denominado el renacimiento o la
segunda liberación africana. De nuevo como en el pasado, los dirigentes
africanos mostraban una enorme habilidad para adoptarse a las nuevas
circunstancias. Así dictadores que habían llegado al poder por las armas y se
habían mantenido, en parte, gracias a ellas, rápidamente se reconvirtieron a
las virtudes de la democracia. Tal fue el caso de Habiranyama en Ruanda, Déby
en Chad, Ould Chadda en Mauritania, Houphouët-Boigny en Costa de Marfil. Lo
cual ha llevado a que muchos autores consideren que la tercera ola de
democratización sólo haya traído cambios cosméticos, favorecidos por la
laxitud de la condicionalidad política de los países occidentales. En este
sentido no se debe olvidar que ésta última quedaba relegada si entraba en
conflicto con ciertos intereses comerciales o estratégicos. Tal fue el caso de
Estados Unidos y el Reino Unido con Nigeria por su petróleo. O el del primero
con Kenia a quien había cortado su ayuda tras la sangrienta represión de las
manifestaciones estudiantiles de 1990. Sin embargo, volvió a suministrar fondos
al Gobierno de Arap Moi por su apoyo a la Guerra del Golfo, cuando no había
habido ningún avance democratizador en el país.
El caso más llamativo es el de Francia quien, a pesar de la retórica
oficial, siguió apoyando de forma silenciosa a sus antiguos aliados en el África
Francófona. Un caso clarísimo fue el de Ruanda donde, a pesar de todas las
evidencias de que se estaba planificando un genocidio, el régimen ruandes siguió
recibiendo asistencia militar y económica no sólo de Francia sino también de
Estados Unidos. En segundo lugar, los países donantes reducirán, en muchos
casos, sus exigencias a la celebración de elecciones sin que la posterior
situación de los derechos humanos importará en exceso. De hecho, los programas
de ayuda presentaban un importante contradicción. Intentaban promover y
proteger los derechos humanos y, al tiempo, exigían la reducción del Estado
africano y, por tanto, de sus servicios sociales, de educación o sanidad con el
impacto que producía en los derechos humanos de la población.
No todos los estados africanos optaron, sin embargo, por emprender
transiciones a la democracia. En casos como el Somalia, Ruanda, Liberia, Sierra
Leona o R.D.C, el Estado poscolonial era abandonado a su suerte y se colapsaba o
estallaba en medio de conflictos armados. En este contexto en el que África
convertía en "zona de guerra", y Occidente respondía con la moda del
intervencionismo humanitario y su intento inicial de reconstruir el Estado
colapsado a imagen y semejanza del occidental. Proyectos que, salvo quizás la
excepción de Mozambique, no tuvieron excesivo éxito y provocaron un cierto
debilitamiento de la lógica civilizatoria. Su fracaso se debió en gran medida
a la falta de voluntad de Occidente de asumir los costes en términos de
recursos materiales y humanos para llevar a cabo dichos proyectos imperiales.
Por su parte, parte de las elites africanas se dedican, en ese contexto de guerra, a buscar nuevas fuentes de autoridad, privilegios y beneficios materiales. Surgen así, los denominados señores de la guerra que luchan, no por el control del Estado como antaño, sino por el control de los recursos naturales (diamantes, madera, minerales) codiciados por las multinacionales o derivados de la economía de la guerra. Y en este último contexto, ocupa un lugar relevante el "mercado de la ayuda" puesto que los señores de la guerra obtendrán beneficios del saqueo de la ayuda o de la "protección" de las ONGs humanitarias, etc. De forma que la ayuda humanitaria se transformaba en "parte del problema y no la solución" de los conflictos. A pesar de todo ello, se puede decir que la ayuda de emergencia se convertía en el paradigma de la ayuda al desarrollo de la posguerra fría.
Expansión del modelo
Todas estas dinámicas (las dos generaciones de condicionalidad, la preeminencia
de la ayuda al emergencia, el papel de las ONGs) parecen demostrar que la ayuda
la desarrollo sigue jugando un papel civilizatorio, de expansión del modelo de
economía de mercado y democracia representativa. También subsisten interés
geopolíticos (el prestigio por ser donante, apoyo a aliados) o económicos (el
mercado de la ayuda, instrumento aunque marginal de comercio exterior), etc. Sin
olvidar por ello que también genera espacios de resistencia y acomodación para
los africanos, para sus elites y parte de su población.
Y todo ello, respaldado internamente en Occidente por el apoyo de importantes sectores de la opinión pública en la que parece predominar un sentimiento solidario o humanitario. Y que, sin embargo, parece seguir sin querer asumir algunas de las dinámicas y presupuestos sobre los que se sustenta la AOD. Quizás ello se deba en el fondo a que la ayuda sirve, sobre todo, para nutrir una auto-imagen más dulce de Occidente, más sensible y solidario con los problemas de los desfavorecidos, reforzando, al mismo tiempo, su sensación de superioridad y de sentirse a gusto consigo mismo. No obstante, la gran paradoja es que, tras cinco décadas de andadura, seguimos analizando la ayuda en función del cumplimiento de los objetivos recogidos en la retórica oficial (promoción del good governance, alivio a la pobreza, etc) y no de los éxitos conseguidos en la promoción de las lógicas antes mencionadas (geopolítica, económica, civilizatoria o autosatisfactoria).
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* Itziar Ruiz-Giménez Arrieta es Profesora de Relaciones Internacionales y
miembro del Grupo de Estudios Africanos (GEA) de la UAM.
Original tomado de: http://www.revistapueblos.org
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