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La
izquierda comunista en la era del capitalismo espectacular
María Toledano
Rebelión
Lo
que encontramos hoy en día no es que ya no exista clase obrera alguna, sino
que la conciencia de clase ya no tiene su capacidad de unir
Eric Hobsbawm (1988)
La izquierda comunista
ha perdido, en los regímenes de mercado espectacular, los instrumentos
necesarios para la transformación de la sociedad. Esta pérdida de la
capacidad de intervención en la esfera económica y política no es una
cuestión coyuntural y/o electoral sino consecuencia directa de los métodos democráticos
de acción y representación adoptados por los partidos comunistas en los regímenes
capitalistas europeos tras la II Guerra Mundial. Tanto el PCF (Francia) como
el PCI (Italia), por citar los dos grandes referentes -el Partido Comunista
Portugués (PCP) siguió un rumbo distinto- fueron, desde los años cincuenta,
partidos socialdemócratas. Es decir, formaciones políticas que abdicaron de
la posibilidad de cambiar el modo y las relaciones de producción aceptando
que su lucha política se circunscribiría a la esfera, importante aunque
limitada, de las conquistas sociales. La renuncia a la revolución, entendida
como subversión radical del modelo económico y social de explotación
capitalista, fue sustituida en la estrategia y en la práctica diaria por la
profundización del pacto capital/trabajo -misión cumplida con esmero por los
sindicatos de clase y las grandes empresas europeas-, el desarrollo del
sistema de protección universal conocido como estado de bienestar y el
impulso definitivo a la democracia parlamentaria social de mercado, el
mejor de los mundos posibles.
De este modo, y sujeta a
las nuevas normas surgidas del cálculo del consenso como práctica política,
la izquierda comunista europea -perdido ya su sentido originario- claudicó
ante el empuje de un capitalismo negociador teñido de componentes
sociales. Los sindicatos de clase fueron perdiendo sus señas de identidad
transformadoras para convertirse en gestores transclasistas de las crisis
empresariales y los partidos comunistas, en cualquiera de sus variantes
eurocomunistas, se vieron inmersos en una forma espectacular de
intervención pública que no dominaban y para la cual carecían de recursos
intelectuales y económicos suficientes. Los cuadros políticos
comunistas tuvieron que reconvertirse -con mayor o menor fortuna- en actores,
figurantes con lanza, de una obra escrita por la burguesía
financiero-empresarial, un montaje escénico con múltiples voces ajeno a su
tradición de compromiso militante. Y así, ante electores sometidos a
diferentes ofertas que preconizaban la conservación de los beneficios
-derechos- adquiridos o la liberalización incontrolada de la economía
productiva (sinónimo de libertad para el empresariado), se inició -por parte
de la posibilista y burocrática aristocracia obrera- la era de la improvisación
del discurso comunista. La renuncia a la Revolución como proyecto político
trajo consigo la imposibilidad teórica de la lucha de clases y el abandono de
la dirección del movimiento obrero con el incremento del nivel de alienación
y de explotación de unos trabajadores sin referentes. En este sentido, la
evolución ideológica del voto de obrero en Francia es un ejemplo
significativo.
Del partido vanguardia
de (olvidada) tradición leninista, núcleo orgánico de la articulación de
la conciencia de clase del proletariado (presente en las relaciones
establecidas por los trabajadores entre sí a través del proceso productivo)
y agitador del tejido socio-asociativo, se pasó a la configuración de un
partido centrado en el inestable territorio de las reivindicaciones
sectoriales y a la disolución, lenta pero segura, de la necesidad
determinada de una actuación general de orientación comunista. Paradójicamente,
los grandes partidos comunistas se hicieron conservadores, férreos
defensores de los derechos sociales adquiridos, única tabla de salvación
ante la ausencia de un programa alternativo. De la transformación de la
sociedad a los estudios de mercado; del universo del trabajo -eje cardinal de
la izquierda marxista- al marketing electoral; del pensamiento al slogan;
de las cuotas y las cajas de resistencia a las subvenciones por voto
conseguido; de la socialización de los medios de producción a la defensa del
modelo social-liberal sustentado en el incremento de la inversión pública,
la reducción de la tasa de desempleo y la justicia social. De Marx a Keynes y
de Lenin a Rawls, por decirlo en dos palabras. Este ha sido, en breves
pinceladas, el errático discurrir tanto del PCF durante la V República como
del PCI, culminando éste su estrafalaria evolución -antes de sumirse en el
caos actual- en la fórmula del compromiso histórico.
Una vez sentado en la
mesa de negociación, el capitalismo europeo anuló el poder y la potencia del
pensamiento comunista gracias a la (interesada, pactada) extensión de los
derechos individuales, el acceso masivo al consumo -inagotable fuente de
(supuesto) bienestar-, el crecimiento de los salarios y las vacaciones
pagadas. Derechos que, si bien no fueron cuestionados por los gobiernos
conservadores o socialdemócratas en los años sesenta y setenta y
proporcionaron un aumento indiscutible de la calidad de vida del proletariado
industrial y las clases medias, se han ido recortando de manera drástica
desde la década de los ochenta con la irrupción del ultraliberalismo
impulsado por la escuela (militar) de Chicago sin que la izquierda comunista,
una vez desarbolada al perder su radicalidad transformadora, haya sido capaz
de reaccionar. En el siglo XXI, la opción comunista se encuentra con enormes
dificultades a la hora de reconstruir -en la teoría y en la práctica- un
nuevo sujeto político múltiple, mientras subsiste agarrada a los restos de
un naufragio: los cascotes de una vieja estructura organizativa heredera de un
voluntarismo de corte bolchevique. Frente al marasmo general, la ilusión
portoalegrista, fuente de utopía ética y gestión diferente de los
recursos públicos -cedidos, no conquistados- no deja de ser, pese al revuelo
doctrinal formado, una variante (original) del reformismo.
Es imposible pensar y
actuar en la era del capitalismo global sin adaptar las herramientas
conceptuales de Marx y Lenin. Los ciclos del (neo)capitalismo, a diferencia
del proceder acumulativo (ordinario) del siglo XIX y de buena parte del XX,
son imprevisibles. El sistema económico actual ha dejado de tener como
principio rector el beneficio a largo plazo y la (obligada, conveniente)
estabilidad laboral para dirigir su mirada furtiva hacia la desregulación y
la flexibilidad, la especulación financiera y la inversión fulgurante a
corto plazo. El espectáculo es el capital en un grado tal de acumulación
que se transforma en imagen escribía, con premonitoria lucidez G. Debord
en 1967. Si frente al capitalismo tradicional la izquierda comunista había
renunciado ya a la transformación radical al abjurar de la Revolución como proyecto
y posibilidad, ante a este nuevo modelo agitado de producción
y reproducción (tanto de mercancías como de símbolos) la desorientación es
absoluta. Resulta evidente que la ruptura unilateral del consenso, orquestada
por las multinacionales y los grupos de presión -el cambio de paradigma en el
modo de acumulación y explotación- trae bajo el manto del (aparente)
progreso el carnívoro cuchillo de la represión que facilita la
imposición del nuevo modelo: el neofascismo.
En el caso español, la
evolución ideológica de la dirección del PCE no fue diferente al esquema
descrito, aunque la presencia pública de la izquierda comunista oficial
tuviera que postergarse hasta la muerte (natural) del dictador en 1975. El
eurocomunismo, un inconsistente ejercicio de equilibrio teórico y componendas
prácticas (pese a la apariencia, alentado por el estalinismo con la política
de reconciliación nacional), llevó al PCE a su particular y mezquino compromiso
histórico con los epígonos del régimen franquista que encabezaron la
Transición. El dilema reforma o ruptura (una falsa elección, ya que en ningún
caso se planteo la ruptura en términos revolucionarios) se resolvió con una
ley de punto final nunca escrita, pactos con olor a silencio y prebendas que
facilitaron, por un lado, la desarticulación/desmovilización definitiva del
activo movimiento obrero e, indirectamente -al margen de otros factores no
menos importantes- la irrupción del PSOE como fuerza progresista hegemónica
tras el congreso de Suresnes de 1974 (con la complicidad de EEUU, la banca
española y la socialdemocracia europea en el poder). Resulta útil destacar,
ejemplo de fuerte valor simbólico, cómo destacados ministros del franquismo
continuaron (y continúan) ejerciendo importantes cargos institucionales en la
democracia.
La actuación de la
dirección del PCE en estos años, su incomprensible y (mal) intencionada
moderación y la conocida política de reconciliación nacional, tiró
por la borda una parte del esforzado trabajo y la generosa entrega de la
resistencia comunista del interior. Primero en el exilio -los dulces
exilios de la dirección- y legalizado después, el PCE pasó del estalinismo
formal -violento en la represión de las divergencias internas: Quiñones,
Monzón, etc.- al entrismo -presencia no orgánica en los sindicatos
verticales, asociaciones vecinales, etc.-, y del eurocomunismo, fórmula abierta
y plural (sic), a las diferentes variantes del caudillismo (mesiánico)
con Santiago Carrillo y Julio Anguita (juntos en este caso, pero no revueltos)
como destacados exponentes. Innecesario parece recordar aquí cómo el
postfranquismo emergente apaciguó las iras del sector católico-reaccionario
del régimen para conseguir la legalización al PCE y cuáles fueron los
acuerdos alcanzados. Acuerdos que, entre otras cosas graves ya comentadas,
convirtieron -con el paso del tiempo- al antiguo secretario general, Santiago
Carrillo, en venerado padre de la nueva patria constitucional. Cuando
te aplaude la reacción, algo estás haciendo mal dice un viejo aforismo político.
El caso de Izquierda Unida, última vuelta de tuerca de la involución/evolución
ideológica del PCE camino de ningún sitio, no merece ser analizado con
detalle en este momento ya que se desconoce -pese a la numerosa documentación
producida por sus órganos de dirección- su posición concreta en la mayoría
de los asuntos centrales, es decir, carece de discurso político homogéneo.
Mientras la reacción
avanza, paso de oca, con la guerra imperialista y el miedo como instrumentos
-práctica habitual del capital en crisis- la izquierda comunista española
encabeza manifestaciones bienpensantes (antibelicistas, Prestige,
etc.), defiende el marco abandonado por el neocapitalismo global de bienestar
social de los años sesenta e invoca la República de 1931, ni siquiera la de
1936, como paraíso idílico, el territorio perdido de la ilusión colectiva,
con la misma intensidad ideológica (liberal) que Francia venera 1789 (el
triunfo de la burguesía) y desprecia 1793 (la Revolución). En esta línea,
la recuperación de la llamada memoria histórica -encomiable aunque
estéril trabajo-es un signo más de la necesidad de encontrar sólidos
referentes en el pasado ante la imposibilidad de concebir alternativas de
contenido revolucionario. Cuando no existe tensión política en la sociedad,
cuando las batallas son leyenda, la izquierda reformista se refugia en
el protocolo. En el protocolo y en la memoria de la represión. La ética de
resistencia deja, sin embargo, demasiadas víctimas en el camino.
Ante este estado de
cosas, urge -pese a las dificultades descritas- la formación de un nuevo
sujeto colectivo (no, necesariamente, una nueva subjetividad) portador de
elementos transformadores. Y urge, por tanto, la reconstrucción de un partido
u organización que podríamos denominar combatiente, alimentado
por cuadros profesionales (y no profesionales) cuya procedencia no sea la complaciente
y pactista aristocracia obrera. Una organización horizontal, pegada a la
realidad, atenta a los problemas del mundo del trabajo y la precariedad física
y psicológica que conlleva, capaz de (re)construir un discurso
anticapitalista opuesto a los valores defendidos por la democracia formal de
mercado y los grupos de interés. Es decir, un nudo eficaz y comprometido a
partir del cual se pueda tejer una red de complicidades comunistas diferente
del modelo de organización conocido, falsamente entrista, que centra
su esfuerzo en el campo institucional delimitado por los principios activos de
las libertades burguesas. Ahora bien, tras la aniquilación del tejido
socio-asociativo, el individualismo y la disgregación de los trabajadores
(desaparecido en gran parte el sistema fordista-taylorista y los centros de
producción) no parece fácil incidir en esta nueva masa de trabajadores
desorganizada por el contenido de la (frágil) felicidad con los mecanismos clásicos
de actuación. El enemigo tiene mil rostros y se encuentra agazapado tanto en
las resoluciones de Davos como en la televisión, en los (casi obligatorios)
créditos hipotecarios o en el incremento espectacular del consumo de psicofármacos.
Repensar la forma de intervención pública y privada, teniendo en cuenta la
cambiante realidad, es una de las principales apuestas prácticas. Un
revolucionario está condenado a la acción ilegal, escribió Sartre. La
premisa sigue siendo válida y, quizá, más expresiva que nunca, ya que la
democracia camina, como sostiene G. Agamben, hacia el estado de excepción
como paradigma de gobierno. El marco jurídico impuesto por el
capital y aceptado por la tradición comunista reformista es el espacio
cerrado de la propiedad privada y el orden internacional basado en la fuerza.
Y, pese a que parezca lo contrario, ese universo -el cuerpo legal concebido
por la reacción y sancionado por los diferentes parlamentos- debería ser
inaceptable, radicalmente, por la izquierda comunista, heredera de Octubre.
La reconstrucción, por
tanto, de una organización combatiente, sea cual sea la estructura y
la forma que adopte (agrupando, sin duda, las diferentes tradiciones en una Conferencia
General, por ejemplo), no significa una apuesta cerrada y dogmática por
la nostalgia, ni se puede limitar a enarbolar banderas rojas cargadas de
incendiarias proclamas anticapitalistas indeterminadas. La lógica del
neocapitalismo es la lógica de la opresión y de la multiplicación de la
mentira por parte de los medios de difusión de la ideología dominante.
Contra esa armadura destructiva sólo cabe la demostración constante, desde
cualquier tribuna o resquicio, de su radical impostura. La negación absoluta
de la realidad dada -una construcción interesada del capital y manifestación
clara y distinta de su poder simbólico- es uno de los elementos sobre los
cuales debe fundarse una concepción alternativa: otro punto de vista. Dado un
escenario (impuesto/aceptado) de falsedad, su destrucción sólo puede pasar
por la puesta en evidencia de sus contradicciones esenciales. A esta ingrata
pero necesaria tarea de aniquilación de los mitos fundacionales del capital
(propiedad privada, autonomía de la voluntad, democracia parlamentaria como
fin en sí mismo, etc.) debería dedicarse el trabajo de una cultura social y
política combatiente. El tiempo de las reivindicaciones formales es un
tiempo pasado, como pasó el tiempo de las cerezas, como pasan las
nubes.
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