LA EDUCACIÓN DEL EDUCADOR

 

Joaquín Miras y Joan Tafalla ( jtafalla@pie.xtec.es  )

 

 Para que este debate tenga sentido y dé frutos concretos sugerimos modestamente  un cambio de método: hagamos un esfuerzo para evitar que un argumento brillante nos arruine un buen conocimiento de la realidad. Abogamos porque sean el conocimiento y el análisis de las nuevas realidades los que nos arruinen o confirmen los mejores argumentos del pasado.

Abandonemos un viejo hábito de la izquierda del siglo XX: el de justificar teóricamente “a posterori” la línea política forzada por las circunstancias. Dejemos de teorizar las derrotas como victorias y las retiradas estratégicas como victorias tácticas. En nuestros oídos aún resuenan las palabras de un dirigente comunista español aún en activo, en el Ateneo de Cerdanyola ante unos doscientos cuadros comunistas de la zona obrera del Vallès Occidental afirmando que el Pacto de la Moncloa no era ya la vía sino la “autopista” española al socialismo.

Proponemos, modestamente, seguir la sobria indicación de Lenin: “análisis concreto de la situación concreta”. Hacemos la modesta proposición de deducir del análisis las propuestas políticas, culturales y organizativas. Proponemos no forzar la realidad para hacerla caber en el lecho de Procusto de las necesidades de la organización.

 

Los modelos del socialismo.

 

Vamos a soslayar en este material la cuestión de los modelos del socialismo que Gallego sugiere, con razón, como elemento clave. Y lo hacemos por que el análisis de la experiencia del llamado socialismo real no ha sido aún  suficientemente desarrollado entre nosotros. Cuando digo nosotros me refiero al conjunto de los comunistas españoles. Y esta es una base “sine qua non” para poder avanzar en las propuesta de un nuevo modelo. En Francia, el debate  desarrollado entre Lucien Sève, Catharine Samary y Jacques Texier ( véase www.espaimarx.org ) nos ha dado ya algunos indicios de la necesidad de este debate y, también de lo incipiente que es.

Entre otras cosas, porque del análisis de la experiencia histórica de aquellas sociedades se podría deducir algo muy importante: la carta de navegar de los mares explorados durante el siglo XX, o sea, aquellos escollos en los que ya no se debería volver a caer. Otra cosa será, seguramente, la carta de las nuevas singladuras. Los escollos por venir y por conocer, son difícilmente pronosticables. Deberemos trazar las nuevas cartas al tiempo que navegamos. Quizás la experiencia nos enseñe a no largar toda la vela, quizás nos enseñe a navegar con prudencia, con la mano firme en el timón y haciendo caso de todo aquello que nos anuncie la sonda que larguemos permanentemente desde proa.

Mientras un debate como ese no se realice entre nosotros, deberemos conformarnos con elementos espigados aquí y allá entre las páginas  de Gramsci, Rosa Luxembourg, Deustcher, Luckács, Trotski, de Mandel, de Nove. Algo podemos aprender del debate entre el Che y Charles Bettelheim y Mandel sobre Cuba. También de la respuesta de Marx a Vera Sazulich. Y como no, del conjunto de escritos e intervenciones que  Moshe Lewin denominó “el último combate de Lenin”. Pero sin duda también necesitaremos retener algunas reflexiones de Michel Foucault sobre el poder. O de las reflexiones de Castoriadis sobre la democracia y sobre los procesos constituyentes de la autonomía. Debemos retomar la teoría de Marx sobre la democracia que Jacques Texier nos ha mostrado en un reciente e iluminador libro[i]. Modestamente, proponemos también la utilidad del libro que uno de nosotros ha publicado recientemente sobre la tradición de la democracia[ii].

En todo caso habrá que hacer ese debate como un debate refundador o sea, para servir al proyecto de refundar el comunismo como movimiento real que transforma la realidad mientras agonizan y mueren las organizaciones que han sido portadoras del mismo hasta ahora y que se encuentran, al menos en Europa, en crisis terminal. Sobre todo, sería necesario salir del provincianismo y abdicar de la tarea auto impuesta por parte de algunos comunistas del estado español de inventar una sopa de ajo que en otras latitudes ya hace años que cocinan. Este debate hace tiempo que se desarrolla en Paris y en otras capitales europeas. Incorporémonos al mismo con modestia pero con pasión. Como si nos fuera la vida en ello. Sobre todo, salgamos de una vez del que “inventen ellos”.

 

“Macking of the commmunism”

 

Si la cosa consistiese en pronunciar de forma adecuada las viejas palabras para que vuelvan a cobrar sentido, como sugiere Ferran Gallego al final de su artículo, sería demasiado fácil. Abusando quizás de su metáfora, diríamos que, entonces, la refundación sería sólo cuestión de fonética, de filología, o quizás de semántica. Lejos de ello, los abajo firmantes creemos que las fuerzas políticas y los movimientos de ideas o son sectas negligibles o asientan sus reales sobre una base social masiva. Ya lo dijo un señor con barba que vivió hace un siglo y medio: el ser social determina la conciencia y no al revés.

No, la refundación del comunismo del siglo actual no es ni será una cuestión lingüística, del mismo modo que la construcción de la clase obrera inglesa en los siglos XVIII y XIX no fueron un proceso lingüístico, no fué fruto de la creación “ex novo”de un lenguaje. Por el contrario, fué fruto de la elaboración de la experiencia colectiva: fue un proceso capilar, molecular, multiforme, micro fundamentado. Quizás por ello mismo, gente como E.P.Thompson o G. Rudé acudieron al concepto “multitud” para describir aquello que se movía en estos siglos. Pongamos el acento en el hecho de que la palabra multitud nos sugiere también la idea de multiplicidad, de pluralidad, de complejidad. Que ese proceso diera lugar también a un determinado lenguaje, que un síntoma ( entre otros) de la existencia de una clase, no transforma al lenguaje en una clase ni a la clase en un lenguaje.

Para Gallego, el fin de todo este debate debería ser: “...ofrecer recursos válidos de análisis del régimen para aumentar la eficacia de la lucha por superarlo. Es por tanto, la forma auténtica de proporcionar identidad a quienes luchan contra él”. Frente a esta concepción de la construcción de la clase y de la identidad, nosotros oponemos una visión más acorde con aquello que la historiográfica marxista inglesa y francesa clásica ( SEP. Thompson, George Rudé, Albert Mathiez, Georges Lefebvre, Albert Soboul..) o la francesa más reciente ( Gauthier, Ikni, Monnier, Agulhon...) registran como fué el proceso concreto de constitución de la multitud revolucionaria de los siglos XVIII y XIX. La identidad no es algo que se crea “ex novo” a partir de la decisión voluntarista de una vanguardia externa a la clase o al grupo social. La identidad ( de clase nacional, de grupo social o territorial o étnico...) se construye en un largo y contradictorio proceso social a partir de materiales muy diversos. Es este proceso el que permitirá, en determinadas circunstancias, que una determinada identidad juegue un papel de cemento cohesionador de determinados grupos sociales, aunque la función o la ubicación de estos grupos en el marco de las relaciones de producción no sea todo lo homogénea que una visión idealista, lineal y teleológica de las relaciones sociales desearía.

La clase obrera no es un invento del marxismo, o del leninismo. Tampoco es un dato sociológico estático, estable y permanente estudiable a partir de una sola variante que sería su condición de asalariada o de productora de plusvalía y su ubicación en las relaciones de producción, aunque esos sean datos imprescindibles. La clase obrera que hemos conocido en los dos últimos siglos, nace, crece, se desarrolla, se constituye como clase con proyecto autónomo respecto de las clases dominantes en un proceso muy complejo y muy dilatado en el tiempo. Este proceso constituyente no es el fruto del trabajo de las sucesivas vanguardias externas que en el mundo han sido y mucho menos fruto de sus diversas expresiones orgánicas. En ese proceso, las vanguardias externas pueden ser eficaces elementos coadyuvantes o simples sectas marginales. Haber sido una gran realidad orgánica no garantiza nada a ninguna sigla. No olvidemos que la mayoría de esas expresiones orgánicas son ya pasto de los historiadores.

La construcción de una clase, como nos mostró Thompson, se desarrolla de forma espontánea, al albur de la lucha de clases, en interrelación con el desarrollo económico, cultural y técnico del capitalismo y no es reducible a cuatro fórmulas bien definidas y acordadas por gentes muy intelectuales pero ajenas a la realidades del proceso de la clase. Las formas como se entiende la familia, el trabajo, la religión, las tradiciones, usos y costumbres en común juegan un papel activo y destacado. También algo tan concreto como aquello que se Thompson denominó “economía moral de la multitud” o Robespierre llamaba “economía política popular”.

 No olvidemos la descripción que Thompson hizo de las formas en que la multitud inglesa reformuló sus viejas tradiciones para ponerlas al servicio de sus nuevas necesidades y para llegar a constituirse en clase. La experiencia de las comunidades zapatistas en la reelaboración de sus tradiciones podría o debería ser ejemplo paradigmático para las izquierdas mundiales.

 

La contrarrevolución capitalista.

 

Desde hace unos veinticinco años el capitalismo ha iniciado una auténtica contrarrevolución que Paolo Virno ha definido, para el caso italiano del siguiente modo: “La conversión de las propensiones colectivas del movimiento del 77 –éxodo de la fábrica, desamor por el puesto fijo, familiaridad con saberes y redes colectivas- en un concepto innovado de profesionalidad (...): ese es el resultado más precioso de la contrarrevolución italiana (entendiendo por ‘contrarrevolución’ no la simple restauración del estado de cosas precedente, sino, literalmente, una revolución al contrario, o sea una drástica innovación de a economía y de las instituciones a fin de relanzar productividad y dominio político)”[iii].

Es sorprendente que la mayoría de los autores que utilizan el concepto de revolución o de contrarrevolución capitalista en sus análisis, incluidos Gianni y Bertinotti[iv] no utilicen ni hagan referencia a una concepto que a nuestro modo de ver no sólo es un ilustre antecedente de esta problemática, sino que mantiene potencialidades explicativas importantes como es el gramsciano concepto de revolución pasiva, entendido como “...el criterio interpretativo de las modificaciones moleculares que en realidad modifican progresivamente la composición precedente de las fuerzas y por tanto  se convierten en matriz de nuevas modificaciones”[v]. O bien cuando en el plan de trabajo del cuaderno 22 titulado “Americanismo y  fordismo” escrito en 1934, se propone examinar si el americanismo “puede constituir una ‘época’ histórica, es decir si puede determinar un desarrollo gradual del tipo, ..., de las ‘revoluciones pasivas’ propias del siglo pasado o si sólo representa la acumulación molecular de elementos destinados a producir una  explosión, es decir un trastorno tipo francés...”[vi]. El hecho de que “Americanismo y fordismo” no desarrolle, desgraciadamente, este punto de su plan de trajano no justifica a nuestros ojos que esa intuición  gramsciana sea ninguneada de ese modo.

Uno de los efectos de la revolución pasiva a la que asistimos, es la deconstrucción de la classe obrera fordista. Su desaparición como sujeto con perfil y proyecto propio. Este ha sido un proceso que se ha desarrollado en nuestra área geográfica durante los años ochenta y noventa. Para el caso de Francia, la sociología del trabajo registra procesos como “la desestabilización de los estables”, “el paro de los cualificados”, “ reinserción laboral precaria y descalificadota”, “efectos de los despidos sobre la sindicalización y sobre la politización”, “la rotación de la fuerza de trabajo como desestabilización del colectivo”, “la dimisión de clase”,[vii] o “los jóvenes” contra los “viejos”,”el desgaste del trabajo y el envejecimiento de social de los obreros especialistas ( OS)”, “pérdida de un espacio conocido y olvido de las referencias colectivas”, “bloqueo de la movilidad obrera y exacerbación de las luchas de concurrencia interna en la clase”, “la vergüenza de ser OS, el odio a la fábrica”, “la sensación de ser engañado”, “jóvenes y viejos, desprecio recíproco”, “crisis del militantismo obrero”, “la hostilidad de los jóvenes respecto al sindicato”, “debilitamiento del grupo obrero y tendencias racistas”[viii].

Gérard Noiriel nos describe a transición des de la “generación singular” : “la estabilización de los bastiones industriales, empezada en 1930, prosigue hasta el fin de los años 50. De ahí, la renovación del grupo inicial en una ‘segunda generación’ obrera, marcada por los acontecimientos que van desde la crisis de los años treinta a la guerra fría, formada esencialmente por obreros cualificados, y que ejerce su hegemonía sobre el mundo del trabajo hasta 1960-70, por intermedio de las organizaciones comunistas. Generación ‘singular’, porque destruyendo los bastiones en que ella estaba enraizada, la crisis de los años 70 no permitirá la reproducción de esta clase obrera”[ix]. “El grupo obrero ha fracasado parcialmente en sus esfuerzos para transmitir las normas colectivas de la comunidad a sus hijos. Se comprende que el proceso de reproducción de los valores de clase se haya convertido aún más difícil en relación a las nuevas categorías obreras, sin antigüedad y radicalmente exteriores al medio”[x]. Más adelante Noiriel describirá el “estallido de las representaciones obreras”[xi]. Para mayor abundamiento en esta problemática, y volviendo a cometer la inmodestia de autocitarnos remitimos a nuestros lectores a otro trabajo nuestro que pueden encontrar en la web[xii].

 

La transición española a la sociedad precaria y la política de la izquierda.

 

Para examinar el caso español, los abajo firmantes disponemos de una dilatada militancia que nos ha permitido participar en los debates y en la organización de las luchas contra lo que fué la desindustrialización de España llevada a cabo por ese agente de la globalización que se llamó gobierno socialista y que con sus reformas laborales y su destrucción del tejido industrial español allanó el camino a las grandes mayorías de la derecha en este país. Quizás a los lectores más jóvenes no les suenen los nombres que vamos a citar a continuación pero a la gente de nuestra edad sí deberían decirle algo: Euskalduna; Astilleros de Puerto Real, Altos Hornos del  Mediterráneo, Hunosa, reconversión del sector textil... Esa es, quizás, la más importante derrota que hemos sufrido durante el proceso de transición de la dictadura al postfranquismo: la deconstrucción de la clase.

Si nos atenemos a las cifras del conflicto social , por ejemplo a las horas de trabajo perdidas (o ganadas, según se mire) por huelgas durante los 90, la clase obrera industrial española ha desaparecido del mapa social y político. Ello es, en parte, obra de la mutación genética que han sufrido los sindicatos en estos años que pasaron de ser motor de la lucha obrera a transformarse en aparatos corporativos de estado. Pero sería reductivo analizar esa mutación genética como producto simple de la cooptación las élites sindicales por parte del poder. Siendo ese un proceso cierto y real, es producto de la doble rotura de la columna vertebral de la clase sufrida primero en la transición política ( la reforma suplicada) y después en la reestructuración industrial.

En  ese terreno, el estallido de la representación política de la clase no es pues ninguna sorpresa ni es producto de la sempiterna campaña anticomunista. En los años 50 y 60 del siglo pasado, esa campaña era infinitamente más dura que ahora y no melló en las organizaciones ni en los espacios electorales comunistas en aquellos países en que había elecciones. Lo que ha cambiado es el terreno y las reglas de juego. El declive electoral y orgánico y las subsiguientes divisiones, proseguirán en la medida en que las viejas organizaciones de clase ( sindicatos, partidos...) se empeñen en reiterar sus conductas desde la transición.

La experiencia social y militante de las organizaciones comunistas del estado español impide hacer una lectura mínimamente objetiva de aquello que sucede. Los fantasmas del pasado impiden analizar las realidades del presente. Así pues, ante la  globalización y el postfordismo, la única medicina que se propone, hasta hoy, es la defensa desde las instituciones, de estado del bienestar, las recetas del keynesianismo. Lo más grave de todo ello es que esto se hace desde la sinceridad y la ingenuidad más absolutas. Algunos creen que proponer medidas keynesianas a aplicar desde un estado - nación reconstruido en lucha contra la globalización, sería una vía para dotar de rostro humano a esta nueva fase del capitalismo que Negri y Hardt han llamado Imperio. Se trata de una estrategia y de una táctica sencillamente utópicas. Ese utopismo se explica por un exceso de confianza en las posibilidades del estado en una fase del capitalismo en que el estado-nación sólo hace de portero de noche o de policía, pero en ningún caso hace política económica. Se olvida también la lección de Chile, cuya vía al socialismo cayó gracias al descenso de la cotización del cobre en la bolsa de Londres y a la conspiración de empresas multinacionales como ITT. O sea, debido a la globalización.

Se olvida también que el capitalismo no necesita hoy ningún rostro humano en esta nueva fase. Por el contrario, el capitalismo no tiene ningún miedo hoy de mostrar su rostro de horror al desnudo. Hoy no hay espacio para el reformismo “fuerte” del que se reclaman algunos. No hay espacio para el keynesianismo.  La única vía posible para la izquierda institucional, si alcanza a ganar las elecciones, es la aplicación más o menos atenuada de la vía diseñada por Blair y por Anthony Giddens y seguida por Schoeder y también por la mayoría de la “izquierda plural” francesa., incluida una parte no despreciable del PCF. En España ello redundaría en una repetición de la experiencia del gobierno socialista .

Es por todo ello que no compartimos  que el Polo Alternativo que pretende construir Ferran Gallego se pueda construir con los mimbres de una alianza electoral con el socialiberalismo de IC y de otras izquierdas cuyos referentes sean el PDS italiano o la Federación Verde Europea dirigida por Cohn Bendit o Joshka Fisher. Por razones de peso relativo, esa alianza significaría a conversión de IU en satélite del socialiberalismo. La evolución de éste hacia la izquierda no provendrá de nuestra alianza con él sino del crecimiento y ampliación del movimiento social.

 

La aparición de un nuevo sujeto social: la multitud precaria metropolitana.

 

Los analistas de la denominada globalización quizás hayan puesto el acento en dos aspectos de esta fase ulterior del imperialismo que estamos viviendo como son la extensión del capitalismo a todo el globo terráqueo y la financiarización de la economía. Como se puede leer en este material y en el publicado en enero, sin desconsiderar estas facetas, es necesario prestar atención a los cambios en el sistema productivo a los que hemos aludido y que nos parece que están en la base de todo el desarrollo actual.

No compartimos las tesis del fin del trabajo. Cuando afirmamos que la vieja clase obrera industrial ha desaparecido de la escena social y política no afirmamos que ya no haya proletariado y que no sea posible la construcción de un nuevo movimiento emancipador. Por el contrario, estamos atentos a surgimiento y a las expresiones de una nueva multitud metropolitana compuesta por precarios y por estudiantes candidatos a precarios, productos del postfordismo y por segmentos de la vieja clase fordista que aún permanecen. Esa multitud, habitante en las conurbaciones europeas que algunos han denominado el precariado emerge en determinados momentos en que las circunstancias permiten poner sobre el escenario social sus demandas y  sus aspiraciones así como sus enormes potencialidades de transformación social y de anticapitalismo. Una de estas apariciones públicas se realizó en la conurbación parisiense y en otras aglomeraciones francesas durante las huelgas de noviembre diciembre de 1995[xiii]. La siguiente aparición de este multitud precaria metropolitana europea ha sido la de Barcelona en junio del 2001 y más importante  la de Génova de julio de dicho año. El conocimiento de  estos movimientos de sus dinámicas sólo puede hacerse desde una participación activa en el seno de los mismos, pero para aquellos que aún observan la marea multitudinaria desde el balcón, quizás sería un primer paso acercarse a mismo a través de publicaciones como “La batalla de Génova”[xiv].

La cifra de asistentes a las acciones desarrollada en torno  a la Cumbre europea de Barcelona, durante os días 14,15 y 16 de marzo, entre las que destaca la impresionante manifestación del día 16, muestran la resurgencia de una ola de fondo entre el precariado post-fordista metropolitano europeo. Los precedentes citados más arriba marcaban ya esta tendencia. Se trata de una ola de fondo que remueve las aguas del barrizal amorfo  de la deconstrucción de la clase obrera producida durante la transición del fordismo a la nueva etapa de capitalismo. Se trata de una nueva realidad que surge: el invierno ha acabado, y estas primeras flores traen el augurio de una nueva etapa de luchas sociales multitudinarias y , por fin, de nuevo proletarias.

La cifra de asistentes a Barcelona 2002 desbordó a todos. Desbordó al aparato mediático prepotente y terrorista del PP, que convocó, sin quererlo, a muchas gentes que sin estar vinculadas a ninguna de las estructuras moleculares de movimiento antiglobalización, descubrieron a través de la televisión la verdadera dimensión de la cumbre. La violencia mediática consiguió hacer aflorar el deseo de vida y de democracia de tutti quanti : desde los estudiantes de secundaria y bachillerato, aspirantes a la condición de trabajador esporádico, precario, flexible y sobre titulado, portadores de nuevas culturas hasta lo viejos roqueros de la izquierda comunista clásica, aquellos que como dice el dicho nunca mueren pero que se marchitan desde hace demasiado tiempo en la nostalgia de las viejas luchas. Nostalgia que, como ya dejó dicho Annie Girardot, ya no es lo que era.

Desbordó a los aparatos de los restos de la izquierda del siglo pasado que, gris y melancólica vive sus últimos años integrada en precarios espacios institucionales y en direcciones sindicales burocráticas y corporativas. Una izquierda  que, ante la realidad de la resurgencia de fondo se marginó primero de las estructuras unitarias y asamblea rías del movimiento, para pasar luego a “autorizar” a sus militantes para asistir y luego trató de cobrar protagonismo a través de la maniobra cupular moderada y divisionista llamada Foro Social de Barcelona. Un movimiento antiglobalización “super-fashion”, con filas cero para notables en sus asambleas. La magnitud del gentío fue tal que desbordó  los planteamientos divisionistas. Cuando a multitud sale a la calle, fenecen los intentos de segregarla y encuadrarla, para después controlarla y “representarla”. No creemos que los intentos de recuperación del movimiento por parte de los partidos y ONG’s sistémicos vayan a tener ya mucho éxito. La alegría de a multitud postfordista, cuando recupera las calles y las convierte en espacio público de autoreconocimiento y de debate democrático no será recuperable por el gris lenguaje de madera de una izquierda institucional que se suma a rastras a la movilización, mientras desde los espacios de gobierno que controla ejerce de agente de la globalización.

La multitud desbordó las previsiones de Aznar y de la delegada de Interior en las tierras catalanas: la inefable hija del rector García-Valdecasas que incluso se atrevió en entrevista a El País a apuntarse el tanto, afirmando que el éxito de la manifestación fue posible gracias  al entendimiento entre la pasma y los servicios de orden de la campaña “Contra la Europa del Capital”. Lo cierto que la dimensión de la cosa, retransmitida en directo en  desde los numerosos “pajaritos” que nos sobrevolaban convencieron a quienes tomaban las decisiones ese día que no imposibilidad repetir la barbarie represiva de junio del 2001. Y tuvieron que conformarse con episodios, duros pero minoritarios de violencia estatal.

También Pujol quiere apuntarse a la fiesta atribuyéndolo todo al civismo ( versión actualizada del “seny”) de los catalanes. “Seny” que, como es sabido, patrimonializa  el catalanismo político. Por el contrario, la macromovida del 16 es producto de la “rauxa” (rabia, cabreo ) del nuevo precariado, de la multitud metropolitana parada, precarizada, flexibilizada, privatizada, externalizada y deslocalizada  durante todos estos años de reformas laborales proyectadas y aplicadas primero por el PSOE y luego por el PP, pero siempre con el aporte e incluso de  la inspiración de la patronal  ligada a CiU.  Una “rauxa” pues, contra CiU.

Una rauxa que, sin embargo, no se ha presentado en forma de violencia gratuita. Por el contrario, la violencia, en su 90 % ,corrió a cargo de los aparatos violentos del estado. La multitud, joven, alegre, luchadora se expresó festivamente, como siempre se ha manifestado desde hace más de dos siglos ( y nos documentan algunos historiadores citado más arriba) cada vez que se reencuentra a sí misma en las calles. La revolución aunque a les pese a los grises y sesudos lectores de manuales es la fiesta de los pueblos. En Barcelona, el viejo topo volvió a asomar, sarcástico y dionisíaco celebrando el deshielo, augurando otras formas de vida y por tanto, de lucha.

A pesar de los intentos de diluir sus contenidos la fiesta de Barcelona fué anti Unión  Europea y anticapitalista. Frente a aquellos responsables institucionales y sindicales que pretenden extender certificados de madurez que nadie les pide, Barcelona fué la demostración de la fuerza subversiva y constituyente del no. Las cosas empiezan siempre por ahí, por decir no.

El nuevo proletariado ha empezado su propio proceso contituyente. No le va a pedir permiso a nadie para expresarse tal como el es. Haríamos bien de unir lo más sano de lo viejo con lo nuevo. Haríamos bien de no arrogarnos su representación en nombre de viejas credenciales cuyos sellos no son reconocibles por la nuevas generaciones. En lugar de tratar de “educar” al movimiento, quizás deberíamos recordar que “el propio educador necesita ser educado”

 



[i] Jacques Texier, “Révolution et démocratie”, PUF, Paris, 1998.

[ii] Joaquín Miras, “Repensar la política, refundar la izquierda”, El Viejo Topo, Barcelona 2002.

[iii] Paolo Virno, “ Grammatica della moltitudine. Per una analisi delle forme di vita contemporanee”, Rubbettino Editore, Catanzaro, 2001.

[iv] Fausto Bertinotti con Alfonso Gianni “Ideas que nunca mueren”. El Viejo Topo, Barcelona 2002., pags. 105 a 133.

[v] A. Gramsci, “Quaderni del Carcere”, Einaudi Editori , Torino 1975, pag. 1767.

[vi] Ibid, pag.  2140.

[vii] Catherine Sellenet “La résistance ouvrière démantelée ». L’ Harmattan, Paris 1997. Describe a crisis n el departamento de Loire -Atlantique.

[viii] Stéphane Baud y Michel Piailler, “Retour sur la condition ouvrière » , Fayard, Paris 1999. Encuesta en las fábricas Peugeot de Sochaux-Montbéliard.

[ix] Gérard Noiriel. « Les ouvriers dans a société française ». Editions du Seuil, Paris, 1986.Pag. 195.

[x] Ibid, pag. 228.

[xi] Ibid, pags. 256 a 261.

[xii] Joaquín Miras y Joan Tafalla. “La aspiración comunista en el nuevo siglo: condiciones de posibilidad” en www.espaimarx.org

[xiii] Para un análisis de este movimiento, véase Sophie Béroud y René Mouriaux  “Le souffle de décembre »  Editions Syllepse, Paris 1997.

[xiv] Miguel Riera Montesinos “La Batalla de Génova”, El Viejo Topo, Barcelona , 2001.


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