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Título: LA CIENCIA MAL-TRATADA - Crítica a Razón y Revolución de Alan Woods y Ted Grant: Las MATEMÁTICAS, Por Manuel Martínez Llaneza - Entrevista REBELION y DEBATE- Enlace 1 - Enlace 2 - Enlace 3

Texto del artículo:


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(Versión de las 14:00h. del 5/10/07 con algunos caracteres, como el número PI, corregidos.)


Indice del mismo:

Septiembre 2007


ÍNDICE

1 Introducción 1
2 Las matemáticas en la encrucijada/La teoría del caos. 3
2.1 Expurgación de disparates y abusos de interpretación 3
3 Información imprescindible 17
3.1 Linealidad 17
3.2 El infinito matemático 20
3.3 La idea de caos en matemáticas y en física. 22
3.4 La producción social de las matemáticas 26
4 Contracanto 33

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Unas semanas después, el autor ha concedido una entrevista sobre el tema a Rebelion.org :

Entrevista con Manuel Martínez Llaneza sobre ciencia y dialéctica
(ENLACE 2)
Salvador López Arnal
Rebelión

Manuel Martínez Llaneza intervino recientemente en las páginas de Rebelion (http://www.rebelion.org/docs/60179.pdf) con un documentado comentario a un ensayo de Alan Woods y Ted Grant -Razón y revolución- que había sido publicado en España por la fundación Federico Engels en los años noventa. En la discusión posterior, también en las (imprescindibles) páginas de rebelión, surgieron nuevamente cuestiones relativas a la ciencia, a su estatus gnoseológico, y a sus relaciones con la dialéctica.

Esta conversación con Martínez Llaneza intenta precisar algunas de estas problemáticas que siguen siendo, en mi opinión, temáticas abiertas, ni disueltas ni superadas. Tres ejemplos de ello de orden diverso: la vindicación por parte del gran bioeconomista Nicholas Georgescu-Roegen de las aproximaciones dialécticas en algunos campos de las ciencias sociales; el elogio reciente del gran escritor guatemalteco Mario Roberto Morales de la generación y uso de conceptos dialécticos, y la reflexión metacientífica, con indudable marchamo dialéctico, de grandes físicos contemporáneos. Murray Gell-Mann, el físico joyciano, entre ellos.

*

Si te parece podemos empezar por algunas definiciones, ¿cómo podríamos definir o caracterizar el conocimiento científico? ¿Crees que existe alguna línea de demarcación entre ciencias sociales, naturales y ciencias formales?

Si partimos de que existe un mundo exterior a nuestra mente –rechazo el solipsismo, aunque no es este el lugar de explicar por qué- en el que se encuentra la humanidad, concluiremos en que no existe ninguna línea de demarcación en el objeto del conocimiento que es el propio mundo. Sin embargo, es obvio que las formas de aproximación a los diversos aspectos de la realidad son en cada momento muy diferentes, pero, si lo miramos diacrónicamente, observamos que la aproximación científica, con todo lo impreciso que pueda ser este concepto, va ganando terreno y penetra en espacios cada vez más amplios. Pensemos en la genética: durante siglos se han utilizado precientíficamente los cruces de animales como método de mejora de determinadas cualidades; en poco más de cien años se ha pasado de los guisantes de Mendel a la secuenciación del genoma; las herramientas, métodos de trabajo y profundidad del conocimiento han evolucionado de forma espectacular. ¿Qué ocurriría con la psicología si pudiéramos ‘leer’ –y tal vez sea posible un día- las sinapsis neuronales? No hay línea de demarcación, hay estadios de conocimiento y niveles de complejidad.

¿Y en cuanto a las ciencias formales, a las matemáticas y la lógica, por ejemplo, respecto a las otras disciplinas?

Las matemáticas son muy formales, pero no son una ‘ciencia formal’. Aunque las relaciones con la realidad sean muy tenues y puedan pasar desapercibidas a un cierto nivel de análisis, los conceptos de número, punto y conjunto, por ejemplo, no dejan de ser abstracciones de la experiencia, y sin ellos no hay matemáticas. La lógica expresa aspectos de la forma en que creamos nuestros conceptos y las relaciones entre ellos; por eso subyace a todo el pensamiento, científico o no.

En cuanto a la dialéctica, ¿cómo podríamos caracterizarla?

El conocimiento no es necesariamente científico. La humanidad aprendió a navegar antes de que Arquímedes explicara por qué flotan los barcos. Todos tomamos continuamente decisiones sin analizar -y frecuentemente sin conocer- todos los datos de una situación y sin certidumbre absoluta de acertar. No se puede parar el mundo hasta que sepamos lo suficiente para continuar. Las ‘carencias’ de un conocimiento cierto las suplen costumbres, creencias religiosas o filosóficas, hábitos personales o sociales, etc., que marcan un punto de vista, una concepción del mundo o la aceptación de un hábito. A falta de una definición mejor fundada, para mí el materialismo dialéctico –no he inventado yo esta acepción, evidentemente- significa la necesidad de explicar las cosas por sí mismas, incluyendo en la explicación lo que no se explica y el propio materialismo dialéctico, sin recurrir a dioses ni filosofías autónomas de la experiencia. Recuerda el cuento de Borges: si se conocieran todos los detalles de un sistema no habría conceptos propiamente.

¿Incluyendo en la explicación lo que no se explica y el propio materialismo dialéctico? Podrías desarrollar este paso de tu respuesta.

Quiero decir que el materialismo dialéctico no es anterior a la búsqueda de explicaciones, sino que forma parte de esta actividad; que no justifica nada ‘desde fuera’, y que lo que no se explica forma parte necesaria del mismo mundo que se explica y está presente en la búsqueda. Soy consciente de que no estoy dando una definición, imposible por otra parte, porque la totalidad es analizable pero no reducible.

¿Y crees que sigue siendo razonable usar la expresión “materialismo dialéctico”?

No me preocupa que se llame materialismo dialéctico o no, que a los diversos aspectos de la realidad los llamemos contradicciones o negaciones, o que establezcamos otros criterios de aproximación a la realidad, siempre que estos conceptos –o palabras- sean una ayuda y no se conviertan en el corsé que ‘niegue’ el materialismo en nombre de una realidad superior.

¿Y qué entiendes por materialismo? No es un concepto tan unívoco.

Desde luego que no lo es si nos fijamos en el desarrollo histórico del concepto. Por eso es útil la denominación ‘materialismo dialéctico’.

¿Qué estatus otorgas a las leyes de la dialéctica? ¿Son leyes científicas en algún sentido razonable de la expresión?

De mi anterior respuesta puede deducirse que no considero que las ‘leyes de la dialéctica’ sean científicas. De hecho siempre me ha costado mucho llamarlas ‘leyes’.

¿Qué serían entonces para ti? ¿Metáforas, sugerencias, experiencia acumulada, rasgos de una concepción del mundo revisable?

He dicho anteriormente que no todo el conocimiento es científico. Si vemos las llamadas ‘leyes de la dialéctica’ en el contexto en el que se utilizaron originalmente (y aquí dejo fuera a Hegel), entendemos qué querían poner de manifiesto, particularmente Engels, porque vemos a qué visiones de la realidad o aproximaciones a la misma se oponían. Esto lo podemos expresar diciendo que cobran sentido en relación dialéctica con otras corrientes de pensamiento o considerando, con Saussure, que los significados se definen por lo que no significan. La consideración de la totalidad concreta como objeto de la investigación es, como expresó Lenin, el objetivo último de la visión dialéctica.

Te contesto en esta forma porque me has preguntado qué son para mí, porque el mejor tratamiento que conozco de esta cuestión está en la presentación de Manuel Sacristán a su traducción de 1964 del Anti-Dühring.

La dialéctica, en ocasiones, se presenta como una disciplina científico-filosófica que trasgrede o supera el principio de no contradicción. ¿Tiene esta aspiración algún sentido razonable?

No alcanzo a entender cómo puede afirmarse eso, ni conozco la escala de valores en que se podría considerar ‘superior’ esa alternativa. (Quizá la mejor aportación del positivismo fuera la preocupación por el lenguaje). Por ejemplo, la utilización de la lógica multivaluada en apoyo de esta interpretación me parece infantil: no cambia nada, sólo, por su mayor complejidad, lo hace más creíble al profano que quiere creerlo y busca una justificación. Tampoco sé qué sentido tiene la transgresión, fuera de la escena social (o penal), salvo en el sentido irónico que le da Sokal en su famoso artículo (“Transgressing the Boundaries: Toward a Transformative Hermeneutics of Quantum Gravity” Social Text, Spring/Summer, 1996; fácilmente localizable en la red)

En un trabajo reciente publicado en www.rebelion.org con fecha 7 de diciembre, y ahora mismo también acabas de hace referencia, citabas elogiosamente la presentación que escribió Sacristán en 1964 para su traducción del Anti-Dühring de Engels. ¿Qué destacarías de ese trabajo? ¿Crees que sigue teniendo algún interés en la actualidad?

Lo destacaría todo, desde los aspectos científicos y filosóficos a los históricos, sin dejar de lado los humanos. Creo que es una de las mejores síntesis del pensamiento marxista que se han hecho, comparable al famoso prólogo a la ’Introducción a la crítica de la Economía Política’ de Marx. Es tan actual como todo el pensamiento marxista, es decir, cada vez más. El tratamiento de la dialéctica es esclarecedor.

¿Cuál es tu opinión sobre la actualidad y vigencia del pensamiento de Marx y Engels? ¿Qué aspectos de su legado teórico te parecen más revisables?

Creo que Marx, con Engels por supuesto, hizo una aportación decisiva para la interpretación de la historia y en particular del capitalismo, además de un conjunto importantísimo de observaciones y estudios en diversos ámbitos. La profundidad de su visión es tal que, aunque no se diga expresamente, las grandes opciones políticas y los modelos económicos se definen actualmente en relación con su pensamiento. Santiago Alba Rico, en su recomendable Capitalismo y nihilismo, analiza sesudamente (pág. 30) cuatro modernas y científicas definiciones de “globalización” para hacer ver a continuación cómo un párrafo del Manifiesto Comunista de 1848 las anticipa, engloba e integra en una concepción más profunda. (Por eso he combatido siempre la expresión ‘globalización neoliberal’ que, haciendo desaparecer la palabra ‘capitalismo’, trata de exonerarlo de responsabilidades que atribuye, nada dialécticamente, a un neoliberalismo nacido de malvadas desviaciones del buen capitalismo).

Claro que hay que revisar y actualizar lo dicho por Marx a la luz de la evolución histórica, pero me temo que mucho ha de cambiar el mundo para que su pensamiento deje de ser un referente y una guía esclarecedora.

¿Por qué crees que hay actualmente tanto desinterés por el enfoque o la concepción dialéctica? ¿Se puede ser, con consistencia, un científico informado y estar interesado en estos temas?

No sé si hay desinterés o es que, como en tantas otras cosas, la derecha nos ha arrebatado la bandera cuando estábamos jugando a mirarnos el ombligo y, en algunos casos, a teorizar sobre él. Me asombra el sentido de ‘totalidad concreta’ que tienen los grandes comediantes de la política y las finanzas. Y también, como he dicho antes, la poca capacidad de respuesta a la actividad disolvente de los “ni…ni…”

En cuanto a los científicos, los hay de todo tipo. Se ha dicho muchas veces que el 90% de los científicos de la humanidad están vivos, lo que incluye tanto a Newton como a miles de investigadores que hacen medidas, cálculos o estadísticas para publicar un artículo sin preocuparse de lo que hay detrás. En ningún caso hay incompatibilidad, pero tampoco una relación necesaria.

¿Por qué crees que irrumpió en la URSS en los años treinta el debate entre ciencia burguesa y ciencia proletaria? Se incluían en el primer saco disciplinas que, se afirmaba, no eran propiamente dialécticas, que negaban, por ejemplo, en el carácter dinamicista de la realidad.

He leído sobre el tema, pero no he llegado a formarme una opinión clara sobre la razón última del debate. Creo ver la utilización religiosa –en sentido lato, de justificación última- por problemas de poder.

Has escrito en alguna ocasión: “Las imposturas y mixtificaciones en las ciencias (en economía son obvias y se discuten más) son un elemento de opresión directo y, si personas de cuya filiación progresista no puede dudarse como son Alan Woods y Ted Grant han caído es esa trampa, eso nos da una idea muy precisa de su importancia”. ¿Y por qué crees que personas progresistas, informadas en general, han caído en esa trampa?

No lo sé con certeza, pero creo que fundamentalmente por pereza. Es mucho más cómodo poner una ‘verdad’ general asumida por delante que dedicar esfuerzos a profundizar en sus aplicaciones. El razonamiento por analogía es una potente fuente de sugerencias, pero a veces juega malas pasadas.

Has escrito también: “Viva la Ilustración; ni un paso atrás”. ¿Qué opinión te merecen entonces todas estas corrientes culturales, filosóficas, que se definen o se incluyen en el ámbito del postmodernismo? ¿Crees que pueden afirmarse que el postmodernismo es la arista cultural ideológica del capitalismo global (o mucho más globalizado si lo prefieres)? ¿Hay algo que aprender de esas críticas a la tradición ilustrada?

No he prestado excesiva atención al pensamiento posmoderno; lo poco que he leído siempre me ha sido antipático porque me ha parecido pretencioso, formalista y vacuo, lo que no me ha estimulado a profundizar en él. Cuando hace algunos años descubrí los primeros ataques de los ideólogos del sistema al pensamiento ilustrado –algo impensable unas décadas antes, salvo en los sectores eclesiásticos más retrógrados, y entonces daban risa- me di cuenta de que aquello nos llevaba de vuelta a la Edad Media, lo que se ha venido confirmando con la proliferación y ascendiente de sectas fundamentalistas, teocons y predicadores de toda laya. Ese hilo conductor casa bien con el irracionalismo decimonónico y el fascismo, y entiendo que es apoyado, al menos, en la intención de destrucción del pensamiento revolucionario, por lo que conozco del posmodernismo. Cada vez entiendo mejor las consideraciones de Marx y Lenin sobre su herencia ideológica y me preocupa la frivolidad –en el mejor de los casos- de muchos ‘pensadores’, cuando no la desvergüenza de los propagandistas que se permiten el descaro de criticar el derecho a la huelga aduciendo que previamente se había firmado ‘libremente’ un contrato. O cuando se apoya el descuartizamiento y la privatización de la Universidad en nombre de la ‘competitividad’ científica.

Insisto: en estos asuntos, ni un paso atrás.


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Posteriormente, en abril de 2008, se ha publicado esta respuesta en la web del CAUM, ver ENLACE 3:
http://www.caum.es/Ultimas_publicaciones/0000000f.htm

Comentario al texto de M. Martínez Llaneza

“La ciencia mal-tratada”

“La vanidad es mi pecado favorito”

El diablo.

Hay críticas que se hacen movidos por la pasión de defender una idea. Dudo mucho que ese sea el caso de Manuel Martínez Llaneza cuando critica la obra de Alan Woods y Ted Grant Razón y Revolución. Filosofía Marxista y Ciencia Moderna. En un estilo insultante, destructivo y cargado de hostilidad, Llaneza hace una crítica de lo que él considera la aborrecible y “peligrosa” obra de Woods y Grant. El que sin haber leído el libro lea su crítica pensará que la obra -tan peligrosa, tan disparatada, tan irracional- merece ser quemada en una pira. Yo la leí siendo bastante joven (se publicó en 1995), y pude ver cómo jóvenes de mi entorno que no solían acercarse a lecturas filosóficas se iniciaban y se interesaban por primera vez en muchos temas a través de esta obra: el materialismo dialéctico, la teoría del caos, la evolución, la física, la genética… ¡Estúpidos ignorantes!, pensará Llaneza. Pero, después de criticar la obra y rebatir lo que no nos convencía, a muchos de esos estúpidos e ignorantes que la leímos, nos resultó útil en muchos aspectos.

La obra, que comienza señalando que las personas que carecen de una filosofía elaborada y coherente, reflejarán inevitablemente los prejuicios de la sociedad en que viven, hace un repaso por los fundamentos del materialismo dialéctico, explicando las leyes de la dialéctica a base de ejemplos que los autores intentan que sean de fácil comprensión. La obra sostiene también que el desarrollo de la ciencia de finales del siglo pasado apoya los supuestos del materialismo dialéctico, y lo defiende haciendo un repaso por los distintos campos de la ciencia: física, matemáticas, cosmología, genética, geología, psicología, neurobiología, evolución, etc. Obviamente, se trata de una obra divulgativa, no de un tratado de física o matemáticas, y el hecho de divulgar puede restar exactitud a lo que se quiere transmitir. Pero en modo alguno se puede decir desde posiciones de izquierda que leer la obra sea “peligroso”, (frase que más bien parece que la hubiera dicho San Agustín) ni en ningún momento ha justificado el señor Llaneza tal cosa en su crítica.

“Sostengo que se trata de un libro de interés nulo para cualquier persona con algunos conocimientos científicos y peligroso para el que lo lea sin ellos, y de ninguna manera puede considerarse una aproximación marxista a la ciencia, sino que más bien se sitúa en la corriente irracionalista posmoderna”, dice Llaneza. Al leer esto, lo primero que me pregunté fue: ¿De dónde procede esa inquina? A mí, que sí poseo conocimientos científicos, en absoluto me parece que, como dice Llaneza, se trate de un libro de interés nulo para cualquier persona con conocimientos científicos. El libro, por supuesto, es criticable. Y yo lo he hecho en numerosas ocasiones: he debatido, no con sus autores, pero sí con algunos miembros del equipo editorial, muchos aspectos que considero equivocados, como por ejemplo la defensa de la tendencia a largo plazo en la evolución hacia una mayor adaptabilidad o inteligencia o el papel que los autores atribuyen a la fabricación de herramientas como principal estímulo para el desarrollo del cerebro. Pero esos y otros desacuerdos o los errores que contenga la obra no me parecen razón suficiente como para defenestrarla con ese grado de aversión. Hay que estar muy seguro de lo que se dice o ser muy soberbio para tachar una obra de “peligrosa”: es una acusación muy grave. También Engels en su obra El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre dice cosas que hoy cualquier biólogo podría refutar: habló de evolución y se equivocó. Pero es que también se equivocaron Lamarck y Darwin cuando hablaron de evolución, y a ninguna persona juiciosa se le ocurriría escribir al lado de sus frases erróneas la palabra “¡horror!” para calificarlas, porque estaría haciendo el ridículo. Pues el mismo respeto que es exigible para Engels o Lamarck es exigible para los demás cuando lo que hacen lo hacen con honestidad, y no hay ninguna razón para no presuponer esa honestidad a Woods y Grant, la misma que, en principio, puedan tener los autores de los cientos de libros que se publican habitualmente.

Dice Llaneza que lo que le ha movido a escribir esta crítica ha sido “un espíritu revolucionario” que le impide abandonar. De espíritu revolucionario nada. Yo creo que tiene dos motivaciones fundamentales. Lo primero que en mi opinión le ha movido a escribir la crítica del libro ha sido una motivación muy vieja: la vanidad. El señor Llaneza considera que domina las matemáticas, y ha encontrado una ocasión ideal para demostrarlo. De hecho, sólo critica la parte dedicada a las matemáticas y a la teoría del caos. Del resto no dice ni una palabra. Eso sí, nos hemos enterado a través de su lenguaje insultante (utiliza expresiones como “horror”, “disparate”, “manipulación”, “insensatez” hasta llega a decir “manda huevos”…) de que los autores son unos ignorantes que no deberían haber osado escribir sobre ciencia. La ciencia hay que dejársela a los que saben, o sea, a él y a unos pocos afortunados más. Además, dice que se ha guiado por el ejemplo del “Anti-Dühring”: eso sí que es una insensatez, no hace falta que explique por qué. La segunda razón es aún más triste. Hemos convertido a la izquierda en un conjunto de clanes unidos no se sabe bien por qué excepto por el afán de destruir al clan contrario. Así nos va. Claro, que de lo mal que nos va siempre hay alguien a quien culpar. A cualquiera excepto a nosotros mismos. La sanidad pública de la Comunidad de Madrid está agonizando y mientras nosotros, la izquierda, nos dedicamos a despedazarnos unos a otros. Es posible que el señor Llaneza no considere que Woods y Grant sean de izquierdas, y que para él, solo sean verdaderamente de izquierdas él y otros cuantos iluminados más. Pero nos guste o no, si no queremos ser unos dogmáticos, tenemos que admitir que la izquierda es muy amplia, y que, en principio, las personas que participan en ella, que escriben, o que debaten, lo hacen con tan buena fe como lo podemos hacer nosotros, aunque se equivoquen. ¿O es que el señor Llaneza no se equivoca?

Por eso, actitudes como la de Llaneza están contribuyendo a destruir lo poco de izquierda que queda en este país. Nos dedicamos a destruirnos entre nosotros mismos en lugar de atacar al verdadero enemigo: la ideología dominante. Una ideología que predica que no es posible el cambio; que la violencia es inherente a la naturaleza humana; que el ser humano es egoísta y no puede cambiar; un discurso que defiende lo privado contra lo público, que defiende la competitividad porque el ser humano es competitivo y no solidario; un discurso reduccionista que afirma que las características de la sociedad derivan de las características de los individuos, que son inmutables… Ese es el discurso que hay que atacar con saña, y no el de nuestros compañeros. Porque Woods y Grant, aunque hayan dicho que el punto es unidimensional y hayan cometido otras mil equivocaciones, aunque sean del clan equivocado, no son nuestros enemigos, sino nuestros compañeros, más equivocados o más acertados, más científicos o menos científicos, pero desde luego no son el enemigo a batir, y no merecen el esfuerzo de dedicar horas a escribir un texto destructivo y malicioso para refutar una obra suya.

Y es una pena, además, porque si Llaneza se desprendiese de su halo prepotente e insultante, podría resultar muy útil a muchas personas que están necesitando y deseando aprender, porque algunas partes del texto que ha escrito son muy válidas, y es muy triste que el ego que le caracteriza empequeñezca lo que podría ser una buena labor de divulgación.

Algunos de los ignorantes a los que nos ha parecido que Razón y Revolución, sin ser la Biblia, es una obra globalmente válida, damos las gracias al señor Llaneza por su generosidad al intentar iluminarnos, pero también le pedimos que la próxima vez se desprenda del tono sabelotodo que utiliza y que sea más respetuoso con unas personas que han intentado, con mayor o menor fortuna, en mi opinión con más acierto que error, aportar algo a una lucha que, aún con nuestras diferencias, debe ser una lucha común.



Raquel Bello-Morales

Socia del Caum

(Miembro del Comité Permanente del CAUM cuando se editaron los Cuadernos Razón y Revolución)

19 de Abril de 2008
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RESPUESTA DE Ricardo a Raquel:

Estimados amigos:

He podido leer los comentarios que Raquel Bello-Morales realiza del texto de crítica que en su día redactó Manuel Martínez-Llaneza sobre la obra de Ted Grant y Allan Woods "Razón y Revolución". Aún no he sido capaz de salir de mi estupor.

En primer lugar, hubiera sido como mínimo elegante que enlazárais la bilis de Bello-Morales con el texto que se critica. Así al menos el lector honesto habría comprobado por sí mismo que, independientemente de su mayor o menor dureza, Manuel Martínez-Llaneza cuenta a los autores de la obra que analiza entre los militantes de la izquierda y se preocupa justamente por ello de estudiar sus errores. Sólo por poner un ejemplo que ´por sí mismo demolería más de la mitad de los presupuestos de la diatriba de Bello Morales. De paso, no habría estado de más dejar constancia del debate que al respecto hubo en Rebelión, en el que diferentes autores intervinieron, con opiniones muy dispares, pero todos ellos empleando argumentos y no anatemas morales, que es lo que hace Bello-Morales. Rebelión sí que tuvo el cuidado, no ocioso, de vincular cada apotación al debate con todas las demás; es cuestión de mera transparencia.

En segudo lugar, resulta obvio que la autora de los comentarios no ha comprendido el enfoque de la crítica de Martínez-Llaneza. El problema de fondo no son los errores específicos de Alan Woods y Ted Grant. La cosa es que sus errores específicos provienen de entender que es posible edificar una filosofía general abstracta que dé cuenta de resultados concretos de la física, las matemáticas o la biología, lo cual jamás fue pretensión ni de Marx ni de Engels (sí, desde luego, de los burócratas que edificaron la monstruosidad de la "diamat" al gusto de Stalin, pero sobre eso dije lo que tenía que decir en un artículo que se publicó dentro de la polémica de Rebelión). La presunción de poder determinar el contenido de las ciencias positivas al margen de sus métodos específicos de conocimiento, recurriendo a principios tan generales como antimaterialistas, no es asimilable al marxismo sino a la doctrina defendida por el tribunal de la Inquisición que juzgó a Galileo. Porque, si ahora resulta que defendemos que enseñen matemáticas quienes no conocen ni sus rudimentos, ¿por qué no iban a tener derecho los clérigos de decirle a Galileo y Kepler cómo funcionaba el sistema solar?

Y es que, al contrario de lo que piensa Bello-Morales, los marxistas no aspiramos a que pontifique sobre matemáticas quien nada sabe de ellas. A lo que aspiramos es a que todos los obreros y sus hijos tengan acceso al conocimiento de las matemáticas, que es muy distinto. No queremos que la ignorancia reine sobre la ciencia, sino que la ciencia esté al alcance de toda la sociedad. Por eso defendemos la enseñanza pública, universal, gratuita y de calidad. Comprensible, ¿no? Defender el derecho a pontificar sobre matemáticas o física de quienes nada saben de ambas ciencias porque están "armados" de la "herramienta infalible del materialismo dialéctico" (o del Génesis) no es luchar contra ningún elitismo; es oscurantismo medieval, ni más ni menos.

Finalmente, como sospecho que Raquel Bello-Morales no tiene ni puñetera idea de quién es Manuel Martínez-Llaneza ni conoce su trayectoria, carece de toda legitimidad para calibrar el daño o beneficio que haya podido causar a la causa revolucionaria, y mucho menos sobre la base de una especie de psicoanálisis para panolis de motivaciones, que achaque su texto a vanidad o a cualquier otro pecado capital. Los adjetivos de Martínez Llaneza podrán ser más o menos duros, a veces incluso inadecuados o excesivos. Pero siempre van acompañados de argumentos, que es casualmente lo que a Bello-Morales le falta. Que no se arrogue, en fin, el privilegio de repartir carnet de izquierdista a nadie, y si alguna vez no le queda más remedio que hacerlo, que no use el criterio de juicio de las virtudes teologales; la razón tiene bastante más que ver con lo que somos.

Un abrazo.
Ricardo Rodríguez
21 de abril de 2008
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SOBRE LA RESPUESTA DE RICARDO RODRIGUEZ

Estimados amigos:

En primer lugar, y contrariamente a la idea expresada al comienzo de la RESPUESTA DE RICARDO RODRIGUEZ publicada el 21 de abril, deciros que aplaudo vuestra elegancia, valga decir: la forma respetable que os sirvió de orientación para interpretar probablemente como un simple enojo la respuesta de Raquel y no, como Rodríguez hubiera deseado, sustantivar el carácter psico-fisiológico o tipo de humor con que, según él, Bello-Morales critica el texto que redactó en su día Manuel Martínez-Llaneza.

Un comienzo epistolar, en definitiva, con más tinte despreciativo que argumental, aunque sí recoge algo que pudo justificar el tono de Bello-Morales, que estuvo movido, como el propio Rodríguez reconoce, por la “mayor o menor dureza” de adjetivos “a veces incluso inadecuados o excesivos” de Martínez-Llaneza, sobre todo cuando señala como un “peligro” la lectura de la obra.

Un tinte despreciativo, por ignorancia, claro está. Porque, si Rodríguez conoce la trayectoria de Martínez-Llaneza, de haber conocido la de Bello-Morales: una joven trabajadora científica, con trabajos de investigación dignos de conocer, animadora excepcional y pedagógicamente capaz, con un historial de entrega y militancia ejemplar, firme en sus convicciones, esencialmente coincidentes, estoy seguro, con las de Martínez-Llanezas..., no hubiera escrito tan ligeramente como lo hizo que, porque Raquel “no tiene ni puñetera idea de quien es Manuel Martínez-Llaneza ni conoce su trayectoria, carece de toda legitimidad para calibrar el daño o beneficio que haya podido causar –nada más y nada menos que- a la causa revolucionaria..., y mucho menos –añade- sobre la base de una especie de psicoanálisis para “panolis” (imperdonable: dicho de una persona simple y sin voluntad).

La trayectoria del episodio que movió a numerosos jóvenes a ponerse a divulgar una obra editorial, tampoco fue conocida, y de ahí que el hecho mismo, es decir, la ignorancia completa del episodio por parte del autor de la crítica, haya podido ser por parte de Raquel motivo comprensible de profundo desasosiego. A buen seguro que, de haber sido conocida esa experiencia, habría sido citada en el trabajo de Manuel, al menos como reconocimiento de los que entregaron su tiempo a una tarea que, sin saberlo todavía, iba a ser motivo tan escogido de crítica.

Merece explicarse, sí, para que sea conocido, el trabajo que supuso para un grupo de jóvenes la impresión de la obra Razón y Revolución en “cuadernos” (13), muestra de una acción temporalmente singular, en ausencia por entonces de otros materiales más actualizados, habiéndola hecho incluso motivo de crítica con anterioridad; y a partir de aquí podremos juzgar serenamente la “incomprensión” que aduce Rodríguez del “enfoque” con que abordó Bello-Morales la crítica de Martínez-Llaneza: Cada día de los meses consecutivos de julio, agosto y parte de septiembre, comiendo y durmiendo al pie de obra, un grupo de jóvenes animados por el deseo incontenible de dar vuelo a sus ideas revolucionarias, que aportó sus ahorros para comprar el papel de tripas, cubiertas, tinta y clichés..., vivió día y noche enzarzado en el trabajo, sin más medios que una vieja impresora de offset, y sus manos, sin alzadora, por que no la había, hasta que pudieron ver extendidas en pilas sobre mesas, sillas, suelos de las salas y pasillos, unas 195.000 hojas de papel ya impreso, dispuestas para encuadernar y grapar los trece largos e interminables cuadernos en que desglosaron la obra, para facilitar su lectura con la edición de “bolsillo”.

Tampoco fue conocida la trayectoria de un Taller de Ciencia del Caum, donde parte de la obra literaria, cuidadosamente escogida para hacerla accesible a la asistencia, quedó, ya por entonces, sometida a un duro debate crítico, cosa que recordará alguno de sus más ortodoxos defensores. Les sorprendió oír de los más jóvenes la necesidad de revisar, como dijera Lenin, no por supuesto los aspectos esenciales, sino algunas de las “formas” del materialismo relativas a las ciencias naturales de la época en que Engels redactó su Introducción, comprendidas en la obra de Alan Woods y Ted Grant.

De aquella trayectoria, además, hay que recordar lo más importante a saber: la invitación pública de que se hizo objeto a Martínez-Llaneza, con motivo de su presencia en una de las sesiones, animándole a desarrollar semanalmente allí mismo su crítica de la obra, para aprovechar la explicación y contribuir así a formar directamente conciencia del tema.

Una historia, en fin, que de haberse contado completa, el binomio: crítica respetuosa y trabajo formativo principalmente joven, hubiera servido de precioso ejemplo, ¡que falta hace!


Agradecido

Manuel Menchén. PCM. 12810.

23 de abril de 2008

------------Respuesta de Petronivs Arbiter: --------------------

Un comentario al inicio del cuaderno de matemáticas, titulado “las
matemáticas en la encrucijada”.

Salud, camaradas. Indicar que mis estudios llegan a nivel de segundo de
carrera, donde tuve que parar, y solo tengo aprobado primero, menos
informática que se me atragantó pese a los esfuerzos de mi profesor, que
agradezco más de lo que puedo expresar. Por lo tanto, estás ante los
comentarios de un autodidacta al texto de Grant y Woods. No soy un
matemático.

Texto original.
Parte Cuatro: Orden en el Caos.
6. ¿Reflejan la realidad, las matemáticas? (1)
"El hecho que nuestro pensamiento subjetivo y el mundo objetivo estén
sujetos a las mismas leyes, y por lo tanto, también, que en último
análisis no se contradigan entre ellos en sus resultados, sino que
tienen que coincidir, gobierna absolutamente todo nuestro pensamiento
teórico". (Engels.)

Comentario: es buen comienzo este trozo de Engels, que está muy en línea
con el problema general sobre la inteligibilidad del Mundo. Pocos hoy
dirían las cosas en estos términos.

Texto original: El contenido de las matemáticas "puras" en última
instancia se deriva del mundo material. La idea de que las verdades
matemáticas son un tipo de conocimiento especial que es innato o de
inspiración divina no resiste ningún análisis serio.

Comentario: Nadie, al menos ninguno de los profesores que he tenido,
sostendría esto. La confusión debida, lamento decirlo así, a la falta de
conocimientos de los autores del texto, va a ponerse de relieve en el
siguiente párrafo. Atentos.

Texto original: Las matemáticas tratan sobre las relaciones cuantitativas
del mundo real.

Comentario: Eso no es verdadero. Las matemáticas no solo tratan de
cantidades.

De hecho, y eso es importante, incluso cuando lo que intentamos construir
es un procedimiento que trate con cantidades, buscamos que la cantidad
en si misma no afecte al procedimiento. Un ejemplo es la comprensión del
principio de inducción para los chicos jóvenes. La validez de la prueba
y del método mismo depende del “Buen Orden” de los números naturales:
Hay un primer elemento, el 1, y a partir de ahí, todos están a la misma
distancia. El siguiente de 1 es 1+1 = 2, el siguiente 2+1 = 3... Pero
luego vamos al problema general, al modo en que se hace una prueba por
inducción.

Ejemplo: Probar que la suma de n números es igual al último por su
siguiente partido por 2.

Planteamiento.
Esto puede verse intuitivamente:
1 =1 = (1 x 2) / 2
1+2 = 3 = (2 x 3) /2
1+2+3 = 6 = (3 x 4) /2
...
Probemos que 1+2+3+...+n = (n x (n+1))/2

Sabemos que es cierto para 1

1 = n
(n x (n+1))/2 = (1 x (1+1))/2 = (1x2)/2 = 2/2 = 1

Supongamos que es cierto para n, el que sea ¿Será cierto para (n+1)?

1+2+...+n = (n x (n+1))/2, ya que suponemos que es cierto para n,

1+2+...+n+(n+1) = ((n x (n+1))/2 )+ (n+1)

Observa que eso es lo mismo que decir

(n x (n+1)+ 2 x (n+1))/2

pues el denominador 2 del primer término abarca al segundo término de la
suma duplicando su numerador.

Sacamos factor común (n+1), entonces, lo de arriba es lo mismo que decir

((n+1) x (n+2))/2

Y precisamente, de ser correcta la hipótesis, tenemos que

1+2+...+n+(n+1) = ((n+1) x (n+2))/2

Esto es, el último por su siguiente partido por 2.

Como es cierto para 1, y siendo cierto para un n cualquiera, es también
cierto para n+1, entonces es en particular cierto para 2, que es el
(n+1) de 1, para 3, que es el (n+1) de 2...

Y por ser los naturales un buen orden, entonces es cierto para todos los
naturales.

Observa que en este ejemplo hemos visto que la cantidad en si misma no es
lo importante ¿Quién decide que los números naturales son buenos para
describir el mundo? Nosotros ¿Por qué son buenos? Porque el universo es
así.

Cabe concebir un universo en que 2 + 2 = 4 no tenga sentido. En ese caso,
no habría quien pudiese pensar que 2 + 2 = 4 tiene sentido. Ese universo
(por ejemplo, compuesto de solo tres cosas) no sería inteligible.

Las matemáticas son posibles y funcionan porque vivimos
en un universo inteligible, no porque tengamos que andar contando con
los dedos. Engels apunta en la dirección correcta.

Seguir comentando todo el texto que sigue sería un fatigoso ejercicio de
puesta en evidencia de los disparates de sus autores.

Es mejor, pienso, parar aquí, de manera que el lector interesado pueda ir
creando un juicio sobre las cosas que coincidirá o no con el juicio del
texto.

Baste pues el ejemplo elemental que he expuesto para una comprensión, al
alcance de cualquiera que desee molestarse, sobre lo más básico de lo
que se está tratando, y la ausencia de relación entre lo que las
matemáticas son, como se forman y con qué propósitos, y lo que los
autores de “Razón y Revolución” presumen. Paso a algo que me parece de
más importancia.

Existe una curiosidad y un deseo de entender grandes. Los cuadernos del
Caum intentaron satisfacer ese deseo. Recuerdo haber asistido alguna vez
al debates en que se comentaban determinados cuadernillos, y la gente se
interesaba muy vivamente.

Lo suyo sería reemplazar esa obra por otra, muy cuidadamente hecha por
quienes sepan más que yo, y correctamente orientada desde el punto de
vista pedagógico ¡La de curiosidades que merece la pena tratar!

Un ejemplo. En latín hay dos maneras de decir “o”: son vel y aut. La
segunda es excluyente, como en “César o Nada”... ¿Por qué utilizamos en
lógica formal una v como signo de disyunción?

¿Decimos lo mismo cuando proponemos "té o café" y "César o nada"?

¿Qué significa, realmente p v ¬p = V? Supongamos que usásemos una
disyunción "a" como la de César o Nada... ¿Sería entonces p a ¬p = V?

Sin duda, esto nos muestra que hay muchas cosas que damos por supuestas
sin entender del todo por qué las damos por supuestas. Y sobre esos
supuestos que ni siquiera entendemos, que ni siquiera significan lo
mismo para todos quienes los usamos, construimos razonamientos y
discursos...

La dolida respuesta de los camaradas defensores de Grant y Woods pone de
relieve algo. Tal vez, lo que convendría sería crear una obra que
superase ventajosamente la criticada. Eso requiere un plan detallado y
ganas de currar.

Y humildad no menos que modestia. Cuando Manolo dice que Grant Y Woods
dicen burradas, dice verdad aunque duela. Los camaradas del Caum que se
han dolido deben partir de que es cierto que Manolo dice verdad.
Entonces, y solo entonces, estará justificado dolerse por la dureza de
los términos empleado por Manolo en su crítica. Indignarse en defensa de
la mentira no es digno, sino ridículo.

Pues si un error no se reconoce ¿Cómo va a subsanarse? Ahí está el
partido, que aun no ha reconocido que el Pacto de 2000 fue su suicidio.

Los políticos son muy expertos en no admiotir que se han equivocado, y
cuando lo hacen eso significa en realidad: "El plan era bueno, solo que
no funcionó. Sírvanse ustedes pagar los platos rotos".

No seamos políticos en esto. De serlo, mejor ni empezar.

Petronivs Arbiter
25/5/08

------ Respuesta de Ricardo Rodríguez :---------------

Respecto de las contestaciones a mi carta, tanto de Manuel Merchán como de Raquel Bello-Morales, poco puedo decir.
No recuerdo que Manuel Martínez-Llaneza incluyera en su texto ninguna censura ni crítica -agria o amable- del trabajo de impresión, encuadernación y difusión de la obra llevada a cabo por personas del CAUM, igual que no lo hizo de la edición de la Fundación Federico Engels. Si de lo que se trata es de alabar el sacrificio de un grupo de camaradas para sacar a la luz una obra que luego pueda ser expuesta a la crítica, ni yo ni con seguridad Martínez Llaneza tendremos mayor inconveniente en reconocer el mérito.
Lo que se hizo es precisamente criticar el contenido de "Razón y revolución", es decir, a sus autores y no a los impresores españoles. Esto es, se hizo justo aquello que se esperaba que se hiciera tras su publicación, según ahora se me relata. ¿No entiendo muy bien a santo de qué viene entonces la ira?
Siento un enorme respeto tanto por Alan Woods como por Ted Grant, a quien tuve la oportunidad de conocer personalmente antes de su muerte cuando presenté su obra "De la revolución a la contrarrevolución" en España. Admiro muchos de sus textos. Pero en "Razón y revolución" sostengo que, probablemente por haberse adentrado en un campo que sencillamente desconocían, incurrieron en una concepción francamente reaccionaria de la ciencia. Estoy dispuesto a debatirlo con quien quiera hacerlo, en el ámbito que se me pida. Siempre que sea del contenido de la obra de lo que se discuta, naturalmente, y no de las vicisitudes de la edición, hacia la que si se quiere dirigiré todos los elogios que se me requieran.
No sé si es censurable el tono que Martínez Llaneza empleó para criticar "Razón y revolución". Pero si a eso vamos, y de lo que se trata es de mostrar respeto, bien le vendría observar un poco de tal a alguien que presume de marxista por la historia del conocimiento humano. Sólo mencionaré unos ejemplos:
- El divulgador científico Paul Davies tiene una visión de la religión y de sus relaciones con la ciencia que no comparto en absoluto. Pero sus exposiciones de teorías físicas son lo suficientemente rigurosas como para que se considere que es algo más que un "vendedor de misticismo" (página 25, edición de la Fund. Federico Engels).
- Las investigaciones de Hawking y Roger Penrose son algo más que "búsqueda de misticismo" y "ciencia-ficción" (página 217). Y si uno quiere ser respetuoso con el esfuerzo que supone la búsqueda del conocimiento tiene que tomarse la molestia de aprender los rudimentos de una ciencia antes de permitirse el lujo de tratar a un matemático de la talla de Penrose como si fuese un gilipollas. Dudo seriamente, en cualquier caso, tras hojear su última obra ("El camino a la realidad", Editorial Debate), que el estímulo esencial de su trabajo científico sea "demostrar la existencia de un Creador".
- "Filósofos lingüísticos" como Gotlob Frege hicieron algo más que "afirmaciones gradilocuentes" "sin mucho fundamento" (página 97).
- La obra de Platón excede la de un simple "abogado del idealismo" (página 38)
El conocimiento acumulado por la humanidad a lo largo de la historia es algo demasiado vasto, y ha supuesto el sacrificio de miles de personas durante muchísimos años, y no es ni posible ni siquiera aceptable que nadie, sobre la base de una presunta filosofía superior (aunque ésta sea la adulteración pueril que Woods y Ted Grant hacen del materialismo dialéctico) trate de dar cuenta de cada uno de sus resultados específicos. Y mucho menos sin siquiera haberse tomado la molestia de aprender (y aprehender) los elementos de las ciencias sobre las que se pontifica. Ésa sí que es soberbia de la peor especie, de la que llevó al estalinismo a delirios en el campo de la genética que arruinaron la agricultura de la URSS, por ejemplo. El materialismo dialéctico puede orientar acerca de los motivos por los que la sociedad concentra tantos esfuerzos en un determinado momento histórico por conocer el funcionamiento del universo. Pero intentar aplicar las "leyes" de la dialéctica para determinar si la teoría del big bang es o no correcta es lo mismo que analizarla a la luz del Antiguo Testamento. Aparte de que deja el marxismo en una situación francamente frágil; cuando el terreno en el que ha de probar su validad es la real lucha de clases sociales, podría invalidarse como ideología revolucionaria con una simple demostración matemática; mal casa tal posibilidad con ninguna índole de materialismo.
Tal vez Martínez Llaneza se excedió en el tono, pero, dada la aberración que criticaba, yo lo disculpo. Y comparto su apreciación de que, para quien tenga pocos conocimientos de ciencia, "Razón y revolución" es una obra "peligrosa". Y lo es más para el marxismo que para la propia ciencia en realidad, a la que poco daño puede hacer, porque dudo que muchas personas con formación científica lo puedan tomar en serio. Pero si su lectura lleva a la idea de que los marxistas disponemos de unas "reglas" o "leyes" filosóficas generales que nos permiten dictar a la comunidad científica qué teorías son erróneas y cuáles acertadas, su efecto, sin ser sin duda el buscado por los autores, es particularmente perverso. Los catecismos también a nosotros nos han hecho mucho daño.
Insisto, en fin, en que no tengo problema en participar en ningún debate, siempre que éste sea sobre el fondo del asunto. Si de lo que se trata es de que alguien psicoanalice mis motivos, mi vanidad o falta de ella, o mi desprecio por el trabajo de los camaradas, entonces no cuenten conmigo. Tengo cosas infinitamente más importantes que hacer, como seguir participando en las movilizaciones sociales contra la privatización de la sanidad en la Comunidad de Madrid, que tanto nos preocupa a Bello-Morales y a mí, sin ir más lejos. Que aquí todos, sin excepción, nos sacrificamos mucho, y siempre con la sana intención de ayudar. Fue Bello-Morales la que puso en duda las motivaciones de quien no coincidía con ella. Los demás, con unos u otros adjetivos, opinábamos sobre lo que se decía, sin juicios de intenciones.
Un abrazo.
Ricardo
26 de abril de 2008

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