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Secciones: Rusia, URSS, Centenario Revolución Soviética -  Documentos, opinión, debate

Título: La Desaparición de la URSS, por Jose López- Enlace 1 - Enlace 2

Texto del artículo:

PDF de 8 páginas con el artículo La Desaparición de la URSS por Jose López



http://joselopezsanchez.wordpress.com/



Anticipo del texto:
La desaparición de la URSS

Analizando sus causas un siglo después de la Revolución rusa.
Este año 2017 se cumple el primer centenario de la Revolución rusa. Uno de los
acontecimientos de mayor trascendencia histórica de la humanidad. Un hecho que
marcó la historia del siglo XX (según algunos historiadores ese siglo duró lo que duró
la Unión Soviética) y de este siglo XXI. El éxito inicial de la revolución bolchevique, el
miedo a su propagación por el mundo, hizo que el capitalismo mostrara su rostro más
amable durante lo que algunos denominan su época dorada (aproximadamente entre
el fin de la Segunda Guerra Mundial y principios de los años 80 del pasado siglo XX).
No creo que sea casualidad que el colapso del régimen soviético (y de todos sus
países satélites europeos) coincida con el surgimiento o asentamiento del
neoliberalismo. El capital contraataca para recuperar el terreno perdido. Un siglo
después de la más grande revolución de todos los tiempos (junto con la francesa de
1789) la URSS ya no existe y el proletariado internacional está sufriendo una
importante involución en cuanto a sus derechos y su nivel de vida. Las desigualdades
sociales se han vuelto a disparar. El balance es pues claramente negativo.
Sin embargo, la guerra no está perdida. De hecho, mientras haya sociedad clasista (o
con un gran contraste entre las clases sociales) habrá lucha de clases, aunque ésta
sufra altibajos y adopte diversas formas. Es imperativo volver a armarse
intelectualmente para que la Historia vuelva a ir para adelante. Como bien dijo Lenin
(sus errores no invalidan sus aciertos), sin teoría revolucionaria no hay práctica
revolucionaria. Es imprescindible corregir y actualizar la teoría revolucionaria para que
la Revolución vuelva a entrar en la agenda de la Historia. En estos tiempos actuales
las ideas del socialismo, comunismo, marxismo o anarquismo están muy
desprestigiadas frente a la opinión pública. La falsa conciencia de clase y la
inconsciencia campan a sus anchas entre las filas de las clases populares. Para
combatirlas es necesario analizar profundamente la experiencia histórica más
importante acontecida en los últimos siglos y ver dónde pudo fallar la teoría que la
inspiró, que indudablemente no era perfecta, pues nada lo es. Y hay que hacerlo con
espíritu librepensador, cuestionando lo aparentemente incuestionable, releyendo a
Marx, Lenin,…, pero de manera crítica, intentando discernir lo correcto de lo erróneo
de sus planteamientos. Con humildad pero sin complejos también. Yo pienso que
aunque el balance final sea negativo, podemos y debemos aprender de los errores
cometidos. Nunca debemos rendirnos, ni perder la esperanza en un mundo mejor.
El capitalismo tiene unas contradicciones irresolubles (cada vez más agudas) y esto
implica que antes de que colapse y se lleve por delante a la humanidad y su hábitat
debemos trabajar duro para superarlo cuanto antes de manera definitiva. Existen
tendencias muy contradictorias en los tiempos actuales, por un lado el pesimismo y el
derrotismo han echado ancla en las mentes de muchos ciudadanos, pero también, por
otro lado, se empieza a vislumbrar cierto horizonte de cambios, aunque aún aparece
muy difuso. Vivimos tiempos profundamente contradictorios, de crisis generalizada a
todos los niveles, incluso al nivel de las ideas y psicológico. Como he venido
La desaparición de la URSS
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defendiendo a lo largo de mis diversos escritos, yo creo que la clave para superar el
capitalismo radica en la democracia, en la verdadera, en desarrollarla todo lo
posible. Pienso que la verdadera revolución consiste en la democracia. Si el
socialismo es una idea que ahora mismo cuesta defender en público (por lo
desprestigiada que está), la democracia, por el contrario, es la bandera que debe
adoptar la izquierda real para cambiar la sociedad radicalmente. La transformación
social no podrá implementarse sin la herramienta fundamental, sin la infraestructura
imprescindible, la democracia (real). El socialismo es esencialmente la democracia
económica. En cuanto la democracia se desarrolle suficientemente y llegue a todos los
rincones de la sociedad, y muy especialmente a su centro de gravedad, es decir, la
economía, el capitalismo tendrá los días contados. Pero la democracia no caerá del
cielo, serán necesarias largas y duras luchas para conquistarla, para lo cual primero es
importante tener claro el guión para la acción. De aquí la tremenda importancia de la
teoría. El fracaso del “socialismo real” nos obliga a retocar la teoría, pues en última
instancia la práctica es la que manda, la jueza suprema de las ideas. Por supuesto, los
apologistas del capitalismo nos venden la idea de que el socialismo soviético fracasó
porque el socialismo, cualquiera que sea su forma, sólo puede fracasar, no es viable,
porque el capitalismo es el único sistema posible, porque no hay alternativas. Pero
esto lo dicen quienes bien se guardan de debatir sus ideas de igual a igual con sus
contrincantes, quienes se esmeran en no dar la más mínima oportunidad a cualquier
alternativa que se intente, o torpedearla todo lo posible. Como bien sabe cualquier
científico, que un primer experimento haya fallado (y más si se tiene en cuenta que se
hizo en circunstancias muy hostiles) no significa necesariamente que ningún
experimento más pueda hacerse, que todo experimento de cambio social vaya a
fracasar siempre. Si así pensaran los científicos la ciencia nunca hubiera avanzado
nada. Casi nunca se logra el éxito al primer intento. Como dijo en su día Julio Verne, la
ciencia se compone de errores, que a su vez, son los pasos hacia la verdad. Así pues,
nuestra mejor herramienta para conocer la verdad, y para transformarla, es el método
científico, el librepensamiento. Pues de eso se trata sobre todo cuando hablamos de
revolución, de transformar la realidad social, de lograr un mundo humano mejor, donde
la libertad y su hermana gemela la igualdad sean reales para todas las personas, para
que todas ellas tengan una vida digna. Aplicar la ciencia en la sociedad humana
equivale a usar la democracia hasta las últimas consecuencias. En cuanto sea posible
experimentar libremente distintas maneras de organizar nuestra sociedad seguro que
lograremos un sistema mucho mejor que el actual, que garantice nuestra
supervivencia como especie.
Quien escribe estas líneas ha intentado aportar su grano de arena al necesario rearme
ideológico de la izquierda a lo largo de diversos artículos y libros (todos ellos
disponibles para su libre distribución en mi blog y en múltiples medios de la prensa
alternativa). En el presente artículo incluyo material de mi libro ¿Reforma o
Revolución? Democracia donde desarrollo ampliamente las ideas expuestas aquí de
manera muy somera, analizando en profundidad sobre todo el caso de la URSS, el
mayor experimento de transformación social realizado por la humanidad hasta el
presente. Asimismo, este artículo se complementa con otro que escribí hace cierto
tiempo (con material extraído del mismo libro) titulado El fracaso del “socialismo real”.
Por consiguiente, la gran pregunta que debemos hacernos es ¿por qué desapareció la
Unión Soviética? A ella voy a intentar contestar en las próximas líneas, intentando
La desaparición de la URSS
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aportar algo a este imprescindible debate que debería intensificarse en este año 2017,
cien años después de aquel gran acontecimiento histórico. La izquierda real todavía
tiene pendiente este debate, el cual hace tiempo se inició pero desde luego no está
zanjado. La mejor prueba de esto es el hecho de que la izquierda está aún
desaparecida en combate, o en algunos casos aferrada a métodos que han
demostrado ser fracasados, y en otros dando tumbos, sin las ideas claras, haciendo la
revolución sobre la marcha, sin un guión claro, escribiéndolo al mismo tiempo que lo
implementa, improvisando demasiado, con el riesgo de acabar fracasando
prematuramente. El socialismo del siglo XXI necesita un marxismo del siglo XXI. Y
éste sólo puede surgir tras un análisis profundo de las causas ideológicas del fracaso
de la Revolución rusa. Usando el método marxista, la dialéctica materialista, es posible
despojar al propio marxismo de sus errores, de sus contradicciones. Mediante este
método yo he llegado a las conclusiones que a continuación expongo, las cuales por
supuesto deben ser cuestionadas, pues todo debe serlo, todos podemos estar
equivocados.
El contexto de la Revolución rusa realimentó las peligrosas contradicciones
ideológicas del marxismo-leninismo hasta hacer que la revolución degenerara, hasta
que la cantidad se convirtió en calidad, hasta que se produzco la negación de la
negación, hasta que la revolución se transformó en contrarrevolución. Todas las
personas somos contradictorias. Y todas las ideologías también. Las contradicciones
forman parte del ser humano, así como de la naturaleza. Las experiencias prácticas
nos ponen a prueba y hacen que unas tendencias se impongan sobre otras. El
leninismo, el marxismo, tenían también contradicciones (algunas de ellas, las
principales, las analizo también en el libro Los errores de la izquierda) y las difíciles
circunstancias hicieron que unas se impusieran sobre otras. En cualquier caso, lo que
demuestran irrefutablemente los acontecimientos de la Revolución rusa es que toda
vanguardia es siempre inherentemente muy peligrosa para toda revolución, al
margen de las verdaderas intenciones de dicha vanguardia. Si la vanguardia rusa
actuó de forma contrarrevolucionaria, lo más probable es que esto fuese así porque se
equivocó, no porque pretendiera ser un obstáculo para la revolución. En mi opinión, la
revolución rusa degeneró por culpa de graves errores tácticos, estratégicos y sobre
todo ideológicos, además de por el contexto. Ciertos errores estratégicos se nutrieron
de errores ideológicos. La misma vanguardia que posibilitó la revolución, provocó la
contrarrevolución. Toda vanguardia es siempre al mismo tiempo revolucionaria y
contrarrevolucionaria. Toda revolución debe protegerse del concepto vanguardia,
inherentemente contradictorio, altamente contradictorio, peligrosamente contradictorio.
Toda revolución es por sí misma contradictoria, es también contrarrevolución. La
dialéctica nos permite comprender la sociedad humana y todos sus acontecimientos,
incluidas las revoluciones, los acontecimientos más dialécticos habidos y por haber.
Al usar una metodología contrarrevolucionaria, basada en una filosofía revolucionaria
altamente contradictoria, la revolución dio paso a la contrarrevolución. No es posible
hacer la revolución de manera contrarrevolucionaria. El método es determinante,
afecta directamente al resultado. El fin está contenido en los medios como el árbol
en su semilla; de un medio injusto no puede resultar un fin justo, decía Gandhi. Si,
como reconocía Lenin, la clase obrera es más revolucionaria que el partido más
revolucionario, quienes estaban más capacitados para saber qué era
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contrarrevolucionario o no eran las propias masas, las bases, el proletariado, los
trabajadores, los ciudadanos. Sin embargo, la élite se erigió en “guardiana” de la
revolución, cuando en verdad fue su sepulturera. Los trotksistas acusaban, y acusan, a
los estalinistas de contrarrevolucionarios. Los estalinistas acusaban, y acusan, a los
trotskistas de contrarrevolucionarios. Y lo mismo ocurre en el enfrentamiento entre
marxistas y anarquistas, por lo menos entre algunas facciones de dichas ideologías.
Podemos tener dudas sobre quién tiene razón, sobre qué versiones de los
acontecimientos históricos son las verdaderas. Que, honestamente, muchas veces las
tenemos. Basta con atreverse a leer los argumentos de las posturas enfrentadas.
Basta con contrastar. Pero una cosa es indudable, de esto quien escribe estas líneas
no tiene ninguna duda: la verdad sólo puede abrirse camino con la libertad más
ilimitada posible, con el debate libre, cuando las masas pueden contrastar por
completo y por igual entre todas las opciones o versiones. La revolución sólo puede
prosperar en el marco de una democracia lo más amplia y profunda posible.
Como decía Lenin en determinados momentos (aunque en otros decía cosas
opuestas, como cuando apelaba a la disciplina incondicional de las masas respecto de
la dirección revolucionaria), son las propias masas, las bases, quienes deben decidir,
quienes pueden salvaguardar la revolución, y no las élites. Es la libertad la que
salvaguarda la revolución, y no la represión. La razón, y no la censura. El argumento, y
no la calumnia. La ciencia, y no la religión. La democracia, y no la dictadura (sea cual
sea su forma). La dictadura del proletariado, la democracia menguada o podada, no
era la solución. Al contrario, posibilitaba la contrarrevolución, como así fue. En esto, en
el planteamiento de la dictadura proletaria como sustituta de la dictadura burguesa,
estaban equivocados Lenin, Marx y Engels. Lenin se equivocó en su concepción de la
dictadura del proletariado, que dio pie al partido único, algo que de ningún modo
propugnaron Marx ni Engels. Pero éstos se equivocaron en plantear el mismo
concepto de la dictadura del proletariado. Trotsky denunció la burocratización del
Estado proletario de la URSS en los siguientes términos: La supresión de los partidos
soviéticos llevó a la supresión de las tendencias. La supresión de las tendencias llevó
a la consolidación de la burocracia. […] En nuestro caso, los soviets han sido
burocratizados como resultado del monopolio político de un solo partido que a su vez
se había burocratizado. Trotsky reconocía la importancia de la democracia, el error del
sistema basado en el partido único. Ésta es una dura lección que hubo de aprender
tras sufrir él mismo la lógica revolucionaria basada en una progresiva disminución de
la democracia, en una represión política in crescendo, lógica en la que él también
participó. Sin embargo, Trotsky no cuestiona el concepto de la dictadura del
proletariado, simplemente lo matiza, reivindica la dictadura del proletariado sustentada
en la democracia obrera, en la cual debería haber varios partidos socialistas.
Parafraseando a Trotsky y llevando su razonamiento un poco más lejos, podríamos
decir que la supresión de partidos burgueses, es decir, no socialistas, llevó a la
supresión de los partidos soviéticos.
El problema venía de más lejos, había que buscar más hacia atrás, había que llegar a
las raíces ideológicas de semejante dinámica revolucionaria. El problema radicaba en
el mismo concepto de la dictadura del proletariado, en la idea de que había que limitar
la democracia, en la idea de que había que imitar al Estado burgués, en su esencia,
pero adaptándolo al proletariado. Se le imitó tanto, que no fue posible superarlo, que
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incluso se reprodujeron sus peores características, que hasta se lo empeoró. El
problema era que el Estado burgués, es decir, el Estado clasista, la dictadura de una
clase, no se adaptaba a las clases populares, a las clases mayoritarias dominadas.
Era un Estado diseñado a la medida de minorías poderosas, con cierto monopolio, con
cierto control de la sociedad, con poder económico en el caso del capitalismo (en el
caso de la URSS el poder fue político, derivado del monopolio del proceso
revolucionario), para la dominación de la sociedad, y no para su liberación, para
asentar la sociedad clasista, y no para erradicarla. Lejos de posibilitar la superación de
la sociedad clasista, era una máquina de creación o reproducción clasista, creó una
nueva “clase” muy peculiar: la burocracia del partido único que se autoerigía como
representante del proletariado y de todo el pueblo. En sentido estricto, la burocracia
“comunista” no era una clase social, pues no era propietaria, al menos formalmente,
de los medios de producción, se trababa más bien de una capa social privilegiada. Esa
máquina clasista sólo podía reproducir un nuevo tipo de sociedad clasista, y finalmente
se autodestruyó a sí misma y posibilitó la vuelta al viejo Estado clasista burgués. El
concepto de la dictadura del proletariado, la raíz ideológica de la degeneración de la
URSS y de su colapso, sentaba un peligroso precedente, abría la veda, iniciaba un
modus operandi que a la larga supuso el paso del Estado obrero, la dictadura
proletaria, al Estado burgués, la dictadura burguesa, pasando por el burocratismo, la
dictadura del partido único. El capitalismo necesita evitar la democracia. El socialismo,
por el contrario, la necesita desarrollar. La burguesía sobrevive con la democracia
aparente y simbólica, con su dictadura más o menos camuflada. El proletariado, las
clases populares, por el contrario, sólo pueden gobernar bajo la democracia sin
disfraz, con la verdadera democracia, con el poder popular. La dictadura burguesa
debe ser sustituida por la democracia, no por la dictadura proletaria, ni por ninguna
dictadura. Cualquier limitación de la democracia juega a favor del capitalismo, de la
burguesía, del burocratismo, de cualquier élite, y juega en contra del socialismo, del
proletariado, del pueblo. La democracia es el combustible del socialismo. Sólo es
posible superar a largo plazo el capitalismo definitivamente desarrollando la
democracia hasta las últimas consecuencias, sin límites.
El método empleado para hacer la revolución garantizaba, o por lo menos facilitaba en
exceso, la contrarrevolución. Esto es algo que muchos marxistas-leninistas no
quisieron o no supieron ver a tiempo, incluidos el propio Lenin, Trotsky y gran parte de
la vieja guardia bolchevique. Que ni siquiera quisieron o pudieron prever Marx y
Engels. Porque ellos también pecaron de imprudentes al plantear el concepto de la
dictadura del proletariado de la manera en que lo hicieron, sin ni siquiera concretar un
poco. Marx y Engels cometieron, como mínimo, el error de no prever la posibilidad de
que su idea fuese tergiversada de manera muy peligrosa, despreciaron la posibilidad,
tan habitual en la historia de la humanidad, de que las ideas fuesen distorsionadas
para pasar del blanco al negro. Ellos que tanto conocían la historia, que tanto nos
proporcionaron las herramientas para comprenderla mejor, paradójicamente,
increíblemente, contradictoriamente, ignoraron la alta probabilidad de que sus ideas
fuesen mal interpretadas, no se esforzaron suficientemente para evitarlo. Éste fue uno
de sus mayores errores. Muchas de sus ideas, dispersas entre múltiples, numerosos y
a veces voluminosos escritos, no fueron suficientemente aclaradas, incluso fueron a
veces contradictorias, como así ocurrió con el concepto de la dictadura del
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proletariado, facilitando así (como si el ser humano no tuviera ya la tendencia a
hacerlo) la tergiversación grotesca de sus ideas.
En la revolución rusa de 1917 teníamos presente la semilla de la contrarrevolución. El
fuerte liderazgo de la revolución rusa era potencialmente peligroso para la propia
revolución. Los acontecimientos fueron poco a poco dependiendo demasiado de
demasiadas pocas personas. El protagonismo inicial del pueblo fue progresivamente
suplantado por cierta vanguardia. El terreno estaba claramente abonado para la
contrarrevolución. Había antecedentes muy peligrosos (ciertas actuaciones más que
discutibles, como la disolución de la Asamblea Constituyente) y existía además un
concepto teórico muy peligroso: la dictadura del proletariado. Teniendo en cuenta todo
esto, la dictadura de la élite era más que previsible. Aun admitiendo las buenas
intenciones de los bolcheviques y su élite (no todo el mundo coincide en esto, la
derecha y ciertas facciones de la izquierda nos presentan a los bolcheviques como los
malvados de la historia), la forma de hacer las cosas posibilitó primero el triunfo de la
revolución proletaria (el acceso al poder político), pero también el fracaso posterior de
la revolución socialista (la degeneración del régimen soviético). Si partimos de la
hipótesis de que las intenciones de la vanguardia que dirigió la revolución rusa de
1917 eran buenas, a pesar de esto, encontramos que existen causas, que se pueden
identificar claramente, del fracaso a medio y largo plazo de dicha revolución. De esto
se trata. De identificar los fallos del proceso revolucionario ruso. De aprender de los
errores del pasado. De aprender de la revolución más importante de la historia. De
unos acontecimientos que marcaron la historia de las siguientes décadas en el mundo
entero, pues la manera de hacer las cosas en Rusia se exportó a muchos países de su
entorno y de otras latitudes. Algunos regímenes “comunistas” en la actualidad son
herederos directos de la burocracia soviética de la extinta URSS, de su visión de cómo
debía hacerse la revolución socialista, como así ocurrió en los regímenes estalinistas
de Europa oriental, diseñados directamente por Stalin desde Moscú.
Se trata de tener en cuenta el contexto en su justa medida, de no obviarlo, pero
tampoco de justificarlo todo en base a él, de no infravalorarlo pero tampoco de
sobrevalorarlo. Si lo justificamos todo en base a las duras circunstancias, entonces
nunca podremos identificar los errores cometidos y estaremos condenados a
repetirlos. Y se trata, por supuesto, de no extrapolar métodos aplicados en ciertos
contextos a otros contextos diferentes. Aun admitiendo que la revolución rusa en 1917
no podría haberse hecho de otra manera, lo cual es muy discutible, lo que es
indiscutible es que la situación actual, en los principios del siglo XXI, es distinta, por lo
menos en muchos aspectos. Por tanto, es imperativo evitar los errores que se
cometieron en el pasado y asimismo considerar el contexto actual para rediseñar las
estrategias revolucionarias. Éstas deben siempre adaptarse al tiempo y al espacio.
Ésta fue una de las principales lecciones que nos enseñaron los revolucionarios de
finales del siglo XIX y de principios del XX. Tampoco se trata de desechar por
completo las experiencias y postulados de quienes posibilitaron o intentaron la
revolución. Se trata de separar los aciertos, que también los hubo, de los errores.
De esta manera, con una revolución excesivamente controlada por ciertas élites, los
soviets rusos, que pretendían ser el órgano de representación popular del proletariado,
de los trabajadores de las ciudades y del campo, de los soldados, es decir, de la
mayor parte de la población, que lo fueron al principio, se transformaron en los
La desaparición de la URSS
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instrumentos políticos de dominio de una nueva casta burocrática. El soviet supremo
se convirtió en el parlamento donde el partido único ejercía su poder, de arriba hacia
abajo. El parlamento burgués, expresión del poder de la oligarquía capitalista, se
convirtió en el soviet supremo, expresión del poder de la nueva élite: la burocracia del
partido “comunista”. Se sustituyó una élite por otra, una clase dominante por otra.
Ambas élites sin control popular o con un control muy insuficiente. En el Estado
soviético, al cabo de poco tiempo, el poder cambió de sentido. En vez de ir de abajo
hacia arriba, como así fue al principio, acabó yendo de arriba hacia abajo. La
revolución por tanto fracasó como tal. Bien es cierto que se lograron ciertos éxitos
importantes en la economía, se alcanzaron ciertos logros sociales que fueron incluso
exportados a los países capitalistas (como la sanidad pública, gratuita y universal), se
forzó al capitalismo internacional a ceder en algunas cuestiones, como el desarrollo
del Estado de bienestar, por la presión que ejercía el “peligro comunista”, pero el poder
no recayó en el pueblo, o se alejó definitivamente de él. El objetivo esencial de la
Revolución comunista, a saber, una nueva sociedad sin clases, donde la explotación
del hombre por el hombre fuese un mal recuerdo del pasado, una sociedad donde el
individuo fuese verdaderamente libre, una sociedad donde todas las personas tuviesen
las mismas oportunidades, donde todos pudiesen satisfacer todas sus necesidades,
no se alcanzó, a pesar de ciertas conquistas sociales nada desdeñables. Bien es
cierto que el comunismo llegaría con el tiempo tras el socialismo, pero la tendencia en
la Rusia “socialista” no apuntaba hacia el comunismo, o no suficientemente, no
claramente. El Estado, lejos de ir menguando, crecía y crecía y se hacía más y más
autoritario. El nuevo Estado “proletario” degeneraba más y más, superaba incluso al
burgués en cuanto a muchos de sus males. Se lograron ciertos logros materiales,
bastantes mejoras sociales, pero insuficientes, y lo que es peor, la libertad del
individuo, de la sociedad en conjunto, no sólo no avanzó, sino que retrocedió. Sin
contar, como si no contara, con la barbarie en que degeneró el estalinismo.
De la barbarie capitalista se pasó a la barbarie estalinista. De dejar morir a la
gente por no satisfacer sus necesidades, como así hace el capitalismo como mínimo
(cuando no reprime a quienes se oponen a él), se pasó al genocidio, a matar
sistemáticamente a los disidentes, a todo aquel que no conjugaba con la doctrina
imperante, incluso a los antiguos camaradas de la vieja guardia bolchevique. Si uno
lee a Marx, se pregunta dónde demonios estaba el marxismo en los regímenes
estalinistas, cómo podían ser llamados dichos regímenes “comunistas”. Sin embargo,
los errores del marxismo también contribuyeron a la degeneración de la dictadura del
proletariado. Concepto que ya era de por sí muy polémico y que podía ser interpretado
de manera muy peligrosa, como finalmente así fue. Este concepto de la dictadura
del proletariado fue, en mi opinión, el principal error ideológico del marxismo.
Pero tanto el marxismo como el anarquismo, a pesar de sus errores, también tienen
muchos aciertos.
La mayor parte de los análisis de las causas de la degeneración de la revolución rusa
realizados por las distintas facciones de la izquierda se hacen para resaltar la validez
de las ideas propias y para desautorizar ideológicamente al “enemigo”, se hacen sin el
más mínimo atisbo de autocrítica, o con una autocrítica superficial e insuficiente,
autorreprimida. En el caso de los trotskistas, se usa a Stalin casi como chivo
expiatorio. En el caso de los estalinistas se hace lo propio con Jruschov, Brézhnev y
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Gorbachov. Es curioso ver cómo los trotskistas acusan a los estalinistas prácticamente
de las mimas cosas que los estalinistas a los trotskistas o a los revisionistas. En el
caso de los anarquistas se achaca la culpa a los bolcheviques. En todos los casos se
usa el contexto como justificación de los males propios sobre todo. Los bolcheviques
explican la degeneración de la revolución por las fatales circunstancias, por las
herencias del zarismo, por ciertos errores tácticos, justifican sus métodos dirigistas por
el analfabetismo del proletariado ruso. Los anarquistas explican el fracaso de la
revolución por la incultura del pueblo ruso, por su falta de conciencia, y por el uso de
esa incultura por parte de una élite que se aprovechó de ella. Para los bolcheviques
sus errores no fueron profundos, no fueron ideológicos o metodológicos. Y tres cuartos
de lo mismo podemos decir de los libertarios, cuando analizan las revoluciones
anarquistas o los episodios de protagonismo libertario en la revolución rusa. Bien es
cierto que todas las causas esgrimidas con toda probabilidad fueron ciertas, influyeron
notablemente en los acontecimientos. Pero hay que intentar explicar lo que ocurrió
yendo al fondo de las cuestiones, llegando incluso a las ideologías. Con semejantes
análisis superficiales y limitados, conscientemente limitados para no atentar contra los
dogmas de la ideología propia, en algunos casos incluso infantiles, con ese nefasto
sectarismo, no es posible reconstruir una teoría revolucionaria acorde con los tiempos
actuales. Desde el dogmatismo no es posible dar con todas las causas, con las más
profundas, con las explicaciones completas, de la degeneración de la más importante
revolución proletaria de todos los tiempos. Esos analistas presuntamente
revolucionarios atentan contra el más elemental espíritu revolucionario: la búsqueda
de la verdad.
Sólo es posible acercarse a la verdad mediante el uso del pensamiento libre y crítico,
sin miedo de cuestionar lo incuestionable, de replantear nuestras más profundas
convicciones. La crítica, pero también la autocrítica, son el ABC de la ciencia
revolucionaria. Deben practicarse hasta las últimas consecuencias.
16 de enero de 2017
José López
http://joselopezsanchez.wordpress.com/

Artículo de www.profesionalespcm.org insertado por: El administrador web - Fecha: 19/01/2017 - Modificar

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La agresión militar lanzada contra Siria por EE.UU., Gran Bretaña y Francia abre un escenario de extrema gravedad ante el que el mundo debe responder

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No acepto ser fumador pasivoEl humo ambiental del tabaco mata. No fumes en lugares comunes
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