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Título: Palestinos de Siria: entre el infierno del campo y la reapropiación del movimiento nacional- Enlace 1

Texto del artículo:


Palestinos de Siria: entre el infierno del campo y la reapropiación del movimiento nacional

Fratz Glasman

19/04/15

(I)

La brillante conquista de una gran parte del territorio rural de Yarmouk llevada a cabo por el Estado Islámico (El), a principios de abril, ha puesto en el centro de todas las miradas al barrio palestino de Damas. Al menos, durante unos días. Sin embargo, nos equivocamos al no fijarnos en lo que importa de verdad. Como señaló el investigador Salam Kawakibi: «esta irrupción de Daish es sorprendente. Si ya cuesta introducir un saco de trigo en Yarmouk, ¿cómo es posible que los yihadistas puedan entrar armados hasta los dientes sin que el Gobierno sirio se dé cuenta?». Por otro lado, no son las fuerzas del régimen las que han sufrido la embestida yihadista, sino los rebeldes sirios y palestinos, quienes apenas controlan una pequeña parte del campo. Por desgracia, como recuerda precisamente Kawakibi, «los medios de comunicación no se interesan por Siria a menos que se trate de asuntos relacionados con Daish».



El campo de refugiados palestinos de Yarmouk debería haber sido el centro de atención mucho antes de la intrusión del grupo yihadista, ya que ni siquiera representa una amenaza para el régimen sirio en Damasco: en la capital apenas cuenta con el apoyo de un centenar de combatientes. De hecho, parece que se trata, una vez más, de la suerte de los palestinos en Siria; algo que aún no se ha tratado lo suficiente.


Ya se sabe que el régimen sirio se presenta como ardiente defensor de la causa árabe en general y de la palestina en particular. Este mito fundador del sistema baazista, heredado por Bashar al-Asad a la muerte de su padre, hoy es puesto en duda por el compromiso de los dirigentes sirios en la represión de otra causa árabe: la revolución siria. Meintras que el poder basaba su legitimidad por la voluntad de «resistencia y obstrucción» — muqâwama wa-mumâna'a— en Israel, a partir de ahora buscará una nueva forma de legitimación en la «lucha contra el terrorismo», un programa de acción que ha encantado en Europa y al otro lado del Atlántico.

Para los palestinos repartidos por todo el mundo desde hace décadas, esta modificación semántica no cambia nada a nivel político ni diplomático. El régimen sirio jamás ha luchado por Palestina. Más bien al contrario: no han dejado de instrumentalizar su lucha nacional a favor de intereses particulares; uno de tantos medios para garantizar su propia supervivencia. Durante más de cuarenta años, las autoridades sirias han mantenido el estado de emergencia en su país, viendo una justificación en la no resolución del conflicto árabe con el estado hebreo.

La sustitución de «lucha contra el terrorismo» por «resistencia y obstrucción» no conlleva ningún cambio positivo para los palestinos. No supone un progreso en los legítimos derechos y requerimientos nacionales. En cambio, para los que viven en Siria, aquellos que han sido arrastrados por un conflicto empezado en 2011 y que aguantan, junto a los sirios, las secuelas de una represión cuya brutalidad no necesita más demostraciones, para ellos esta modificación supone un manojo de consecuencias.



Una situación pre-2011 relativamente favorable

El organismo de Obras Públicas y Socorro de las Naciones Unidas para los refugiados de Palestina (UNRWA) estimaba, en 2011, que medio millón de palestinos vivía en territorio sirio. Estos habían llegado a través del exilio, en diferentes oleadas:

-La primera, debida a la Nakba («el desastre») de 1948.

-La segunda sobrevino tras la guerra de los Seis Días, en 1967.

-La tercera concernía a aquellos palestinos refugiados en Jordania tras los sucesos del Septiembre Negro de 1970.

-La cuarta oleada vio cómo miles de palestinos buscaban asilo al sur del Líbano, afectados por la invasión israelí de 1982.

-La última, tras las guerras del Golfo de 1900 y 2003, vio a muchos palestinos, acogidos en Iraq, refugiarse en Siria.



Y, sin embargo, no existe un estatus común para todos ellos. Sus obligaciones y derechos varían según la fecha y las condiciones de llegada. La situación más habitual es la de los refugiados de 1948, considerada como «favorable» si se compara con el estado de los palestinos refugiados en otros países de acogida. La Ley 260/1956, anterior al gobierno del Partido Baaz Árabe Socialista y aún en vigor, precisa que los palestinos que se beneficien de este estatus disponen de los mismos derechos y deberes que cualquier otro ciudadano sirio. Únicamente no podrá ejercer su derecho al voto ni presentar candidatura política. Del mismo modo, podrá acceder al conjunto de profesiones comprendidas en el seno de la administración —pero solo hasta cierto rango…—. Según el discurso oficial, han de cumplir el servicio militar obligatorio igual que el resto de la población siria, siendo destinados a unidades específicas en las que recibirán formación y entrenamiento con el fin de «liberar Palestina».

Para los palestinos que encontraron protección en Siria tras los enfrentamientos entre la Organización de Liberación de Palestina (OLP) y el Gobierno jordano (1970-191), la cosa se complica. La mayoría no tiene documentación oficial y su situación se hace más difícil gracias a los vacíos jurídicos. Carecer de pasaporte y papeles en regla impide su incorporación al mercado laboral. Sus condiciones son muy parecidas a las de aquellos cinco mil palestinos que llegaron de Irak tras la invasión estadounidense de 2003. Su situación se caracteriza por una complejidad jurídica acompañada de una vigilancia de la seguridad pública particular, además de la privación de una gran parte de sus derechos.

Pese a todo y de manera generalizada, el trato que reciben los palestinos en Siria es envidiado por muchos de sus compatriotas; especialmente, por los refugiados en el Líbano. Este tratamiento privilegiado se explica, en parte, por razones demográficas: el número de palestinos que reside en Siria no supera el 3% del total de la población. De aquí que las consecuencias sociales, económicas y políticas de su acogida sean infinitamente más leves que las sufridas en el Líbano o en Jordania, cuyo censo de población es también mucho menor. Y es más, uno de los objetivos del Gobierno sirio, disimulado por la integración económica y social de los palestinos en el seno de la sociedad, era contener la aparición de un potente sentimiento identitario, susceptible de llegar a ser institucionalizado.

La población palestina de Siria se ha dispersado por todo su geografía, repartiéndose entre una decena de campos administrados por la UNRWA y algún que otro organismo informal. La adjudicación de residencia para los primeros refugiados respondía a sus competencias profesionales. Quien tenía experiencia en el sector de la agricultura, se estableció en las regiones con más desarrollo agrícola —campos de Daraa, Sbeneh, Khan Eshieh, Khan Dunoun y Ain al-Tal (Alepo)—. Los más urbanizados prefirieron quedarse en las principales ciudades del país, en los campos de Yarmouk, Jaramana y Qabr Essit, (Damasco), así como en Hama, Homs y el barrio de Neirab (Alepo). Aquellos que, anteriormente, había ejercido labores relacionadas con el mar, la pesca o la navegación se establecieron en la costa, en el territorio rural de Raml (Lataquia). Cada uno de esos campos, convertidos en auténticas moles de cemento, tienen entre diez y veinticinco mil habitantes. Con casi 200 000 almas el campo de Yarmouk, al sur de Damasco, es una excepción. Aunque no son pocos los sirios que lo habitan.



La instrumentalización de las facciones palestinas por el régimen sirio

La gestión de la causa palestina por Hafez al-Asad puede definirse como una sucesión de intrusiones, manipulaciones y agresiones, entre las que destacan la intervención de la armada siria en el Líbano en 1975, la masacre de Tal al-Zaatar en 1976, la Guerra Civil libanesa en la segunda mitad de los ochenta (también conocida como la guerra de los Campos, destinada a acabar con las negociaciones que Yasser Arafat había iniciado con la OLP), etc. Todo ello, motivado por el deseo de Siria de tomar las riendas del leadership palestino, con el fin de delegar en Damasco a sus servidores más fieles. Esta estrategia estaba justificada, a nivel discursivo, por la subordinación de la causa palestina a esa otra «causa superior árabe». Para dotar de medios a sus propias ambiciones, Damasco aplicó una política caracterizada por la división sistemática del movimiento palestino, así como por la intromisión en sus debates y asuntos internos por proxys.

Además de la organización de Abu Nidal —tristemente célebre por su implicación en el atentado de la calle des Rosiers (París) en 1982—, Damasco ha contado con el Frente Popular para la Liberación de Palestina-Comando General (FPLP-CG), creado y dirigido por Ahmed Jibril, refugiado palestino quien sirvió en el ejército sirio. Nacido de una escisión de rangos del FPLP de Georges Habach (disidencia provocada por el nihilismo revolucionario y el activismo de Ahmed Jibril), el FTPLP-CG pudo campar a sus anchas más allá de las fronteras del país, gracias al apoyo y a la supervisión de las autoridades sirias. Jibril es responsable de los atentados más siniestros de la década de los setenta: el ataque a un autobús escolar en Israel, la bomba del avión de Swissair, la toma de rehenes en repetidas ocasiones, etc. Aunque basado en el Beqaa libanés y con el fin de luchar en dos frentes a la vez —al norte, contra Arafat y al sur, contra la ocupación israelí—, el FPLP-CG soporta, sin embargo, su estatus de proxy del régimen sirio. Aunque esto es solo culpa suya, ya que se considera menos un partido político que una fuerza paramilitar. Compensa esta debilidad una estrategia de alianzas con otros movimientos palestinos hostiles con Fatá, entre los que está Hamás.

Acrónimo árabe del Movimiento de la Resistencia islámica, rama armada de la Sociedad de los Hermanos Musulmanes palestinos, Hamás es el mejor ejemplo de cómo el régimen sirio —igual que el iraní en su momento— colabora con la resistencia armada palestina. Jefe del gabinete político del movimiento, Jaled Meshal se estableció en Damasco en 1999 tras su expulsión de Jordania y una breve estancia en Qatar. Esta alianza puede sorprender, incluso parecer contra natura: el régimen sirio convirtiendo en sus principales adversarios al islamismo y a los Hermanos Musulmanes. Sin embargo, esta asociación encaja a la perfección en la estrategia de división de rangos palestinos, algo que Hafez al-Asad persiguió durante treinta años. En este caso, se trata de apoyar al rival número uno de Fatá, depender de su relación con Damasco —sobre todo, mediante el apoyo logístico y el papel de intermediario entre Teherán y el grupo islamista— y mantenerse alerta ante cualquier tentativa de normalización con Israel. Al acoger y apadrinar a Hamás, el régimen sirio muestra su intención de sacar provecho de su lado más fuerte, el grupo islamista, sólidamente implantado en la Franja de Gaza; además de beneficiarse, a diferencia del FPLP-CG, de una gran popularidad entre los palestinos.

El apoyo a Hamás suscita cierta simpatía en los palestinos respecto a Bashar al-Asad, quien subió al poder en 2000. Claro que se dan cuenta del carácter interesado de esta relación, pero prefieren al poder sirio dando sustento a un auténtico movimiento popular antes que una milicia paramilitar con dudosas aspiraciones políticas.



Los palestinos de Siria se revolucionan contra las facciones

Al estallar las primeras manifestaciones populares en marzo de 2011, los palestinos de Siria se encontraron en una difícil encrucijada. Temerosos de ser, otra vez, víctimas de una conmoción en su país de acogida, se mantuvieron en un segundo plano alegando la neutralidad que les impone su estatus de acogidos en Siria. Además, comparan su situación con la de aquellos hermanos palestinos del país vecino, muchos de los cuales siguen creyendo que no tienen verdaderos motivos para entrar al trapo.

Pero esta postura concierne, sobre todo, a los primeros refugiados palestinos. La nueva generación, nacida y criada en Siria, sufre un sentimiento de doble pertenencia —tanto a su país de origen como a su país de acogida—. Los primeros palestinos que se manifiestan, mano a mano con los sirios, se encuentran en esta franja de edad.

Se les incita a reunir a las filas contestatarias para perseguir la política estéril y provocadora del régimen sirio frente a los palestinos. Dos acontecimientos, similares en su orquestación y en sus objetivos, azuzaron la cólera del régimen así como la de las facciones palestinas aliadas. El primero tuvo lugar durante la conmemoración de los sesenta y tres años de la Nakba (15 demayo de 2011). El régimen de Golán convocó para ese día una manifestación en el límite que separa el Golán sirio de la parte ocupada por Israel desde 1967. Algunos manifestantes fueron empujados a provocar a las fuerzas armadas israelíes, cruzando la frontera en dirección a la ciudad de Majdal Shams. La milicia israelí contestó: murieron cuatro personas. Los funerales, en el campo de Yarmouk, dieron lugar a una gran manifestación que reunió a las diferentes facciones palestinas.

Menos de un mes después, el 5 de junio, se organizó otra manifestación en los Altos del Golán. Se produjeron los mismos desbordamientos, pero los resultados fueron bastante peores: veintitrés fallecidos. Los funerales organizados al día siguiente en el campo de Yarmouk desembocaron en nuevas manifestaciones. Solo que esta vez la población del campo expresó su descontento respecto a las facciones palestinas. Se las acusó de haberle seguido el juego al poder sirio, asesinando a jóvenes con el único fin de hacer propaganda al régimen y a su dialéctica de la resistencia. El enfado fue más allá de un simple eslogan —«el pueblo quiere la caída de las facciones», «uno, dos, dónde está el ejército sirio»—: los locales del FPLP-CG, organizador de las manifestaciones en Golán, fueron incendiados, como respuesta a los disparos que acabaron con catorce manifestantes.

Durante unos meses, la situación de seguridad se estabilizó en Yarmouk. Pero el divorcio entre Bashar al-Asad y algunas facciones palestinas se ha sentido más a nivel político. Hamás ha adoptado posiciones cada vez más cercanas a la revolución siria. Mientras que, durante los primeros meses de contestación, el movimiento islamista —cuyo líder se aloja en Damasco— se abstuvo de criticar la represión del régimen de Siria, permaneciendo neutral en nombre de la no injerencia, ahora gira el timón 180 °C. Jaled Meshal abandona sus locales de Damasco para instalarse en Qatar. Así, en febrero de 2012, Ismael Haniyeh, primer ministro palestino, declaró desde la mezquita de al-Azhar (El Cairo): «Saludo a todas las naciones de la Primavera Árabe. Saludo al heroico pueblo sirio que lucha por la libertad, la democracia y las reformas». Pero no desmintió el compromiso de Hamás a favor de los revolucionarios. Atenuado con el pasar de los días, el Movimiento de la Resistencia Islámica intenta no enfadar ni a Irán ni al Hezbolá libanés, sus principales sustentos. Esto le no impedirá mantener relaciones con algún que otro grupo armado, sobre todo con los que emerjan en los campos de Yarmouk.



(II)



Los palestinos de Siria como parte de la contestación

Antes de que los primeros acontecimientos estallaran en Yarmouk, algunos palestinos residentes en otros campos de refugiados fueron arrollados por la contestación y enseguida hicieron frente a la represión. En Deraa, los palestinos fueron arrojados al conflicto debido a la cercanía entre su campo y el establecimiento de las primeras agrupaciones pacíficas. Desde los primeros días, el régimen acusó a los palestinos instalados en esta ciudad del sur de Siria de sembrar la discordia. Entre tanto, las autoridades esperan quitar importancia al movimiento de contestación y demostrar que son víctimas de un complot, echando la culpa a los extranjeros. Sin embargo, el compromiso palestino de las primeras manifestaciones no se pondría a prueba hasta que en abril de 2011 se sitia la ciudad.

Se organizan los primeros palestinos con el fin de hacer llegar víveres y medicamentos a los barrios cercados por la armada. Se realizan nuevas operaciones militares de gran envergadura dentro de la provincia durante marzo de 2012. Es entonces cuando los palestinos deciden seguir con el movimiento de militarización de la revuelta. Crean unidades cuya importancia, sin embargo, parece simbólica y prescindible. Aparece la Brigada del mártir Taher al-Sayasna, que toma su nombre del primer palestino asesinado en el campo de Deraa por la armada siria. También hubo deserciones dentro de la Escuadra de Liberación Palestina, división de la armada siria donde los palestinos cumplen su servicio militar. Un ejemplo de esta sucesión de defecciones es la del coronel Qahtan Tabasha en julio de 2012, a quien asesinaron el 1 de octubre mientras intentaba filtrar en Jordania a numerosos civiles con el fin de que encontraran refugio.

También en Lataquia los palestinos reciben instrucción en contra de su voluntad. Como en Deraa, las primeras manifestaciones de la principal ciudad costera se desarrollaron en un barrio adyacente al del campo palestino de al-Raml. Cuando el régimen decide bombardear al barrio contestatario, numerosos palestinos ya acusados de haber fomentado los enfrentamientos se apresuraron en abandonar el campo, temerosos de que también este fuese bombardeado.

Con el tiempo, su compromiso a favor de la revolución se ha hecho más fuerte. En Yarmouk, las manifestaciones contra el régimen se vuelven cada vez más habituales, reuniendo a miles de participantes que hacen suyos los lemas revolucionarios sirios. La represión del régimen fue más dura, si cabe, que en otros barrios vecinos —Hajar al-Aswad, Tadamon, al-Qadam, Mida…—, cuyo control fue cayendo progresivamente en manos de los rebeldes damascenos. En julio de 2012, penetraron en el campo y se instalaron en él varios grupos armados. Y aquí entran en acción los bombarderos de la aviación siria, preocupándose únicamente de no confundir a los combatientes armados con los miles de civiles que habitan el campo. Durante el verano y el otoño de 2012, el FPLP-CG y las fuerzas regulares se esfuerzan en desalojar a los insurrectos y revolucionarios del barrio en repetidas ocasiones. Pero su implicación tiene un efecto contrario al esperado: al final del otoño, el empeño de reprimir al grupo de Ahmed Jibril incita a los residentes del campo a crear su propia unidad de combate, la Liwa al-Asifa. A mediados de diciembre, el FPLP-CG es apresado fuera del campo de Yarmouk, lo que señala una importante derrota para este proxy del régimen sirio, sacudido por las deserciones, tambaleante por las divisiones internas y debilitado por el abandono de militantes dentro de sus filas.



El calvario de Yarmouk

A finales de 2012, la situación para los civiles que quedan en Yarmouk se degrada rápidamente. Para entrar y salir de allí se ven obligados a pasar por el único checkpoint que controla el acceso al barrio. Cuando está abierto, algo que no siempre ocurre, los controles no pasan ni una: las provisiones alimentarias autorizadas tienen un límite y están muy vigiladas. El objetivo admitido por el régimen es matar de hambre a los habitantes y combatientes del campo hasta que se rindan. En julio de 2013 el campo queda herméticamente cerrado: se prohíbe terminantemente la introducción de víveres, medicamentos, carburante, agua potable…

El campo también supone un blanco perfecto para los bombardeos indiscriminados: mueren más civiles que combatientes. En un solo día, el 16 de diciembre de 2012, cuatro escuelas se derrumban bajo las bombas (dos de ellas hacían las veces de albergue para familias refugiadas). Mueren cerca de veinte personas, niños incluidos. Al cabo de unas semanas, casi 140 000 civiles abandonan el campo y dejan atrás a otros veinte mil, incapaces de huir por diferentes razones. A unos los busca la autoridad siria por sus ideas políticas; a otros la excesiva pobreza o la edad les impide salir a buscar otro lugar donde vivir.

Todo está restringido —comida, atención médica, electricidad…— y esto tiene consecuencias dramáticas para los habitantes de Yarmouk. Los centros sanitarios cierran uno tras otro, dejando a la población desasistida, en unas condiciones de seguridad y sanidad catastróficas. Hará falta más de un año (enero de 2014) para que la UNRWA sea autorizada a dar asistencia y repartir alimentos. La distribución de estas ayudas, que se sabían insuficientes, se hizo en medio del caos. Las raciones alimenticias solo satisfacen las necesidades de las familias durante una semana. La expulsión del campo de la mayoría de los grupos armados, tan exigida por la población de Yarmouk, solo empeora la situación. La ayuda sigue llegando a cuentagotas, para satisfacción de las autoridades sirias y de las milicias que sitian el barrio —FPLP-CG, Liwa Abu al-Fadl al-Abbas, Fuerza de Defensa nacional…

El 6 de abril de 2015 (644.° día de sitio total) Yarmouk llevaba acorralado 842 días.

Aún no se puede hacer un balance definitivo de la situación de los palestinos en Siria. Pero sí se pueden dar las primeras pinceladas: según la UNRWA, la mitad de los habitantes —250 000 personas— son hoy «desplazados interiores». Otros 80 000 han encontrado refugio en el país vecino, reviviendo medio siglo después el drama de la Nakba. De estos últimos, la mayoría ha llegado hasta el Líbano, el cual, presionado por la gran oleada de recién llegados, ha restringido y endurecido su política de acceso a los refugiados sirios y palestinos. Otro sector ha ido a parar a Jordania; otros, a Egipto o incluso a Gaza. La UNRWA estima que, en total, el 95 % de los palestinos de Siria dependen de las ayudas humanitarias, cuando antes del conflicto esta cantidad no llegaba al 6 %.

Una ONG palestina, Grupo de Acción para los Palestinos de Siria, realiza informes periódicos sobre la situación de esta población. Recientemente han publicado el que supone el censo de víctimas palestinas en Siria desde 2011. Para ello, han recogido —con nombre y lugar y causa de la muerte— a 2783 fallecidos. La mayoría de ellos murieron bajo las bombas del régimen en Damasco, donde se ubica el campo de Yarmouk. El resto murió en algún tiroteo o por la vista de lince de un francotirador; otros sucumbieron a la tortura o la desnutrición o fueron ejecutados. A cuarenta palestinos se les tragó el Mediterráneo cuando probaban fortuna intentando llegar a Europa; a otros treinta la muerte les sobrevino en forma de bombardeo con gases químicos. Y aún desconocemos la suerte que correrán miles de palestinos, especialmente los ochocientos detenidos en cárceles sirias.

Lo más sorprendente de este macabro recuento reside en la dimensión colectiva de la represión. En Yarmouk, como en casi toda Siria, los grupos armados no son un objetivo específico a derribar por la armada. El verdadero fin legítimo para el poder y sus fuerzas es la destrucción de la totalidad del espacio sitiado. Los responsables sirios no toleran que, durante su ausencia, la vida pueda continuar y desarrollarse con normalidad o que se siga dando servicios de manera natural; en resumen, que la vida social y colectiva pueda proseguir. Es, pues, una estrategia de castigo colectivo desplegada por las fuerzas gubernamentales en provincias, ciudades, pueblos, barrios y localidades liberadas. Y Yarmouk no se escapa. El asedio, la prohibición de abandonar un lugar, los bombardeos a hospitales o escuelas, la privación de víveres, los cortes de agua y electricidad, las restricciones de medicamentos… todo ello responde a la aspiración de castigo ejemplar para una población que se levantó contra la autoridad del Estado y que ha consentido —o no ha resistido lo suficiente— la instalación de grupos armados en su territorio. Un lema de los guerrilleros que luchan a favor del Gobierno resume las dos opciones que tienen los palestinos y sirios sublevados: «Hambre u obediencia» («al-jou’awu al-rokou»).

No se trata solo de un eslogan, sino de una auténtica estrategia de terror y aniquilación. Siria no tiene nada que envidiar del bloqueo impuesto por los israelíes en la Franja de Gaza —otro espacio palestino donde el castigo colectivo y la destrucción de la vida social se hizo norma durante el conflicto—. Después de que se sitiase Yarmouk, el Grupo de Acción para los Palestinos de Siria registró la muerte de 158 civiles por hambre, enfermedades no tratadas u otras consecuencias derivadas del aislamiento. Los primeros en sufrir las secuelas de esta situación fueron las personas más mayores o aquellas que permanecían incomunicadas. Se difundieron imágenes difícilmente defendibles para obligar al mundo a tomar conciencia de esta situación. En ellas se recuerda el calvario del gueto de Varsovia. Pasaron sin pena ni gloria.

Otro informe de esta ONG, a finales de marzo de 2015, tiene en cuenta un acta aplastante para el poder actual. Al documentar a las víctimas de brutales maltratos y desapariciones forzadas, se confirma que el régimen sirio ha asesinado, en sus centros de tortura, a 324 refugiados palestinos, de los cuales siete eran mujeres. El destino de otros miles de refugiados es aún desconocido, aunque probablemente esta cifra esté muy por debajo de la realidad. La reciente aparición de las fotos reveladas por Cesar en la red ha permitido identificar a otra treintena de víctimas, quienes permanecían en paradero desconocido. Ahora bien, quedan miles de fotos a la espera de ser publicadas e identificadas… Todas las víctimas que aparecen tienen las mismas características: unas, muertas por desnutrición debido a la privación de comida durante muchas semanas; otras no aguantaron atrocidades tales como la electrocución, los baños de ácidos, las extirpaciones oculares… Los centros donde se practican tales salvajadas aparecen debidamente indicados: División de mukhabarat del Ejército del Aire; División de Patrullas; División de Investigación Militar; División al-Sasaa; División Palestina; División de Seguridad de Estado; División de la Policía Militar, etc. Si este informe es abrumador para el régimen sirio es porque él mismo permite constatar que, en cuatro años, aniquiló en sus prisiones a una cantidad de población palestina cinco veces mayor a la asesinada en las cárceles de Israel desde 1967. En 2008 el palestino Abd al-Nasser Farawna, otrora detenido y hoy especialista en el tema de los prisioneros palestinos en Israel, narró setenta casos de muerte por tortura en casi cincuenta años dentro de los centros de detención del Estado hebreo. Esta cifra fue corroborada por los trabajos de la ONG palestina Addameer.



¿Qué futuro hay para los palestinos de Siria?

La situación relativamente favorable que tenían los palestinos en Siria antes del estallido del movimiento revolucionario no es más que un lejano recuerdo. Pese al deseo de neutralidad de una parte de esta población, esta ha sido absorbida y arrastrada por el conflicto. El desarrollo es, en parte, resultado de la manipulación de las facciones palestinas por el poder sirio. Aunque residentes en Siria bajo el título de «refugiados», muchos palestinos llegaron allí durante el mandato de Baaz, en 1963. Miles de familias palestinas viven allí desde hace más de sesenta años. A pesar de ser marginadas jurídicamente a nivel político, forman parte del tejido social sirio. Por lo tanto, es natural que no hayan aceptado el alineamiento con el régimen —y en contra de la población— de aquellos grupos censados que representan sus intereses y aspiraciones. Pero la degradación en el campo de Yarmouk también es tributaria de iniciativas de ciertos grupos rebeldes que se arriesgaron a meterse allí, y acabó provocando las represalias del régimen —descritas más arriba— contra un núcleo de población que no podían proteger de manera eficaz.

Seguimos sin poder hacer una reflexión contundente sobre la gestión del tema palestino por parte del régimen sirio.

Imponiendo las facciones de su elección —cuyas artimañas hostiles hacia los revolucionarios sirios provocaron la intervención de los rebeldes en Yarmouk— a los palestinos acogidos en su país y, en menor medida, a los palestinos de Líbano, los responsables sirios usurparon al conjunto de la población palestina una dimensión esencial de su lucha por la causa nacional: la autonomía y la libre determinación. Los palestinos de Siria han perdido, durante mucho tiempo, toda capacidad de decisión en el ámbito político y en aquellas decisiones que les garantizasen el derecho a volver a ser ellos mismos y realizar sus aspiraciones nacionales. Su capacidad de decisión ha sido aniquilada por el régimen sirio, el cual se encargó de apartar o abozalar a los representantes legítimos de Palestina. Hecho esto, les impuso a unos representantes elegidos según su conveniencia y siempre al servicio de los intereses regionales.

Algunos se contentan con ver en Bashar al-Asad como el único líder político en condiciones de resistir a las ambiciones de Israel en la región y, más sensibles en sus discursos que en sus actos, lo convierten en el poeta del antiimperialismo. Supongamos que es como dicen. ¿Esto le daría derecho a dictarles las directrices políticas y estratégicas que deberían elegir ellos mismos? ¿Esta actitud no va en contra de los principios del antiimperialismo, el cual desea que los pueblos en lucha por la obtención de sus derechos legítimos sean quienes decidan, en virtud del principio de la autodeterminación? Imponiendo su voluntad a los palestinos de Siria y entrometiéndose en cuestiones únicamente palestinas, el régimen sirio jamás ha movido un dedo por la causa palestina. Más bien al contrario: ha intentado infantilizar e instrumentalizar a los palestinos, aquellos a quienes negaba el derecho y la capacidad de librar su propia guerra. Ahora bien, como demuestran los últimos sucesos en Siria, por rechazar la intromisión del régimen sobre la cuestión nacional, la población palestina fue lanzada al conflicto de la manera más brutal. Al participar junto a los sirios en la lucha por su liberación, los palestinos de Siria empezaron a reapropiarse de su causa nacional. Al defender el derecho de los sirios a la autodeterminación, después de años de represiones e injusticias, los palestinos de Siria dieron muestras de coherencia con sus propias ambiciones.

De cara a la brutalidad que les es impuesta, añadiendo los desplazamientos que el conflicto ha provocado, el futuro de los palestinos en Siria está, más que nunca, rodeado de incógnitas. Este país no recuperará, hasta dentro de mucho tiempo, aquellas condiciones socio-económicas que le permitieron otorgar a los refugiados palestinos un estatus relativamente favorable. Su reintegración en el tejido social sirio será un proceso largo y abrirá las puertas de nuevas problemáticas. Pero su calvario debería acabar… Aunque nada parece anunciarlo. La repentina aparición del Estado Islámico en Yarmouk ha hecho temer nuevos episodios sangrientos, cuyas víctimas serán los últimos civiles palestinos. Estos, sin embargo, como la mayoría de los sirios, solo tendrá un único deseo: seguir vivos. Esto podrá proporcionar al régimen una nueva oportunidad de imponerse como protector de los palestinos, incluso cuando nunca ha dejado de entrenarlos, desde 2011, en un ciclo de violencia infernal.



Fratz Glasman es doctorando en ciencias políticas



Traducción para www.sinpermiso.info: Judit de Diego

Artículo de www.profesionalespcm.org insertado por: El administrador web - Fecha: 20/04/2015 - Modificar

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