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Secciones: Literatura y otras Artes -  Rusia, URSS, Centenario Revolución Soviética

Título: Turguénev, atrapado en Bougival. Por Higinio Polo- Enlace 1

Texto del artículo:

20-01-2015







Turguénev, atrapado en Bougival



Higinio Polo

El viejo topo






Bougival es una pequeña localidad cercana a París, donde la Margarita Gautier de Dumas, que tantas lágrimas hizo correr, se escapaba con su amante Duval, y donde algunos impresionistas capturaban el aire perdido de una tierra abierta que escondía caminos hacia el Sena. Aquí vino a vivir, y a morir, Turguénev, “el gigante amable”, como lo llamó Edmond de Goncourt, en una casa que es ahora un museo a su memoria, como hicieron con la dacha de su infancia en Spasskoie-Lutovinovo, cerca de Oriol, convertida en uno de los museos literarios más importantes de Rusia.

La casa de Turgúenev en Bougival se encuentra detrás de la que ocupó su querida Pauline Viardot (Pauline García Sitjes), que hoy aparece cerrada y casi abandonada. La que habitó el escritor ruso es una villa modesta, mezcla de aires alpinos y recuerdos rusos, encaramada a las lomas que miraban al río. La húmeda arboleda y el camino serpenteante que asciende con esfuerzo hasta la casa, fueron el escenario de sus últimos días. Dentro de la casa, sus lectores han guardado vitrinas, documentos, grabados, fotografías, objetos que recuerdan a uno de los más relevantes escritores de la literatura rusa. Aquí y allá, muestran cartas autógrafas de Turguénev enviadas a Flaubert, a Hugo, George Sand, y otras que recibió de Mérimée, de Goncourt, Renan, Maupassant, Daudet, Zola. También, de otras personas que llenaron su vida: un cuadro nos muestra a Herzen, pensativo; y, al lado, se encuentra un libro suyo: El mundo ruso y la revolución, como si quisieran recordar ese gran cambio que buena parte de la intelligentsia rusa persiguió durante todo el siglo XIX sin llegar a verlo. Más allá, un cuadro sobre la Abolición de la servidumbre, en 1861, una señal esperanzadora del progreso que, sin embargo, seguiría frustrado en Rusia hasta el siglo XX. Objetos domésticos, muebles, y un permiso de caza de la República Francesa, otorgado a Turguénev, y, cómo no, retratos de su querida Pauline Viardot, como uno de 1872, cuando ya era una mujer madura, de cincuenta años.

En la planta baja, se encuentra el piano del escritor, con la partitura de la Chanson de la pluie, con música de Pauline Viardot, quien, además de ser cantante de ópera, escribió muchas canciones y algunas fantasías y operetas. Una de las salas está dedicada a la vida de Turguénev en Rusia, a su familia, a Pushkin, Lérmontov, Gógol, Herzen, Tolstói, Dostoievski, Bakunin, Belinski. En otra habitación, recuerdos de su vida en Francia y Alemania, sus relaciones con Pauline y su marido, con músicos franceses, Gounod, Massenet. Berlioz, y, aún, con Ernest Renan. Turguénev, que sentía una profunda aversión hacia Napoleón III (en cambio, simpatizaba con Bismarck) tuvo que soportar verlo durante veinte años al frente de Francia. Arriba, una sala con su escritorio. La gran librería, negruzca, con filigranas de ebanista, y la mesa, con el retrato de Pauline, dos velas, tintero y pluma de ave: es baja, pequeña, y tiene al lado pequeños sillones clásicos, de brazos, tapizados en rojo. En el gabinete, apenas otra silla, y un caballete con otro retrato de Pauline. Un espanto.

Dicen que Pauline era una mujer poco atractiva, incluso fea, pese a lo cual atraía a muchos de sus contemporáneos por su carácter cautivador, dominante, avasallador. Turguénev la había conocido en San Petersburgo, donde Pauline actuaba como mezzo-soprano. Era hija de un tenor español, Manuel García, y se casó con Louis Viardot, un escritor francés que era veinte años mayor que ella. Su carrera la llevó a ser considerada una de las sopranos más importantes del XIX, y frecuentó a Rossini, Gounod, Chopin, Saint-Saëns, Liszt (con quien tuvo una relación amorosa imposible), Musset, Delacroix, George Sand (a quien inspiró para su novela Consuelo), Flaubert, y su fama de mujer fascinante hizo que la frecuentasen todo tipo de personajes, pero fue Turguénev quien quedó atrapado para siempre, hasta el punto de que su decisión de instalarse en Bougival obedeció a su deseo de estar junto a ella, en una relación equívoca y abierta que conocía perfectamente Louis Viardot, un hombre tolerante y liberal, que no puso el menor impedimento a su relación, hasta el punto de que Pauline y Turguénev tuvieron dos hijos, sin que ella se privase de mantener otras relaciones amorosas, que también conocieron su marido y su amante ruso.

Pese a la claridad que entra por las ventanas, el sombrío despacho, opresivo y rojizo, llena de melancolía y soledad los años acumulados entre las paredes de esta casa de Bougival. Husmeo el libro de Gil Blas de Santillana, que Turguénev le cogió a Pauline, y vuelvo a mirar el samovar sobre la mesita y el medallón con sus iniciales entrelazadas y una pequeña foto de Pauline. Después, como si los administradores de la casa quisieran remarcar nuestras vidas efímeras, el visitante tropieza con la máscara mortuoria del escritor. Al lado, su dormitorio; una cama con dosel, chaise-longue azul a los pies del lecho, chimenea con un gran espejo, y una pequeña librería con sus obras. Aquí murió Turguénev en 1883, en brazos de Pauline.

* * *

Turguénev nació en 1818, en Oriol, como Leskov y Bajtín, y murió en esa casa de Bougival sesenta y cinco años después. Conocemos su vida con detalle, gracias a sus Páginas autobiográficas, a las biografías que escribieron André Maurois y Henri Troyat, a la Correspondencia de Flaubert y Turguénev, a las cartas que envió a Pauline, que fueron publicadas en París en 1907, así como la que cruzaron Pauline Viardot y George Sand, incluso por la publicación de las Lettres inédites de Tourguénev a Pauline Viardot et a sa famille, que aparecieron más de un siglo después de haber sido escritas. En una época de torrencial correspondencia, se publicaron después sus cartas con Gonchárov, Dostoievski, Písariev.

Su padre fue un teniente coronel de coraceros del zar, que procedía de una familia aristócrata de origen tártaro, que se había arruinado, y su madre descendía de una familia burguesa lituana que poseía una notable fortuna. Pese al autoritarismo de su madre, Turguénev tuvo una infancia privilegiada, que le permitió conocer varios países europeos siendo aún un niño, contar con la biblioteca familiar y aprender francés y alemán. Estudió en las universidades de Moscú y San Petersburgo, y también en Berlín, circunstancia que despertó su inclinación occidentalista, frente a las tendencias eslavistas de otros contemporáneos rusos. Empezó una carrera en la burocracia del Estado, pero estaba más interesado en la literatura y abandonó el servicio al zar. Nacido poco antes de la revuelta decembrista, su vida adulta recorre el reinado de Nicolás I, la crisis abierta tras la guerra de Crimea, y la corona del segundo Alejandro, que firmaría la ley de emancipación de los siervos. La derrota de los decembristas en 1825 había significado un duro golpe para las esperanzas de reforma en Rusia, cuyos sectores más progresistas se desesperaban ante la evidencia de que el país se arrastraba en una decadencia y una agonía vital que parecía no tener salida. La insurrección polaca o la guerra con Turquía eran la evidencia de que nada había cambiado.

En 1833, ingresa en la Universidad de Moscú, que tiene gran inclinación por la cultura alemana. En 1838 y 1839 vive en Berlín, donde trata a Bakunin, y después pasa unos meses en Italia antes de retornar a Alemania. Hacia 1841, de vuelta en Rusia, Turguénev mantiene relaciones con una costurera, con quien tendrá una hija: Pelagia, aunque después fue conocida como Pauline, incluso, Paulinette. Poco tiempo después, en 1843, conoce en San Petersburgo a Pauline Viardot, una cantante de ópera que le atrae irresistiblemente, pese a que ella, en el inicio de sus relaciones, menosprecia su talento literario. A partir de entonces, Turguénev la seguirá allá donde vaya, hasta terminar en Bougival. En ese mismo año, publica el poema Parasha, su primera obra. En 1845, renuncia a su trabajo en la administración rusa, seguro de que su vida es la literatura. En esa época, comparte muchas cosas con los románticos y con los hegelianos de izquierda rusos, y, hacia 1843, Turguénev conoce al más influyente crítico literario de la época, Visarión Belinski, un hombre que había ayudado a Gógol a publicar Almas muertas, y que se convierte en una referencia intelectual para Turguénev en sus años de juventud, además de convertirse en amigo suyo. También conoce a Herzen. Turguénev ha adoptado ideas renovadoras, progresistas, y entrega tierras gratuitamente a sus campesinos.

Antes de la publicación de Diario de un hombre superfluo, Turguénev escribe poemas, cuentos, algunos de los cuales recogerá en Relatos de un cazador, y, después, obras como Rudin, que plasma esa figura del hombre incapaz para la acción. En 1850, publica ese Diario de un hombre superfluo (libro que, incomprensiblemente, no se tradujo al castellano en España hasta 2005, gracias a Agata Orzeszek, siglo y medio después), una obra cuyo título cambió la comprensión histórica de la literatura rusa, y con cuya figura principal el escritor muestra los recursos para el pensamiento y la retórica y la incapacidad para la acción de tantos hombres del momento: la cara del atraso ruso de la época. Ese personaje ya estaba presente en su obra anterior: era el hombre “insignificante”, “vacío”, “inútil”, que aparece en El Hamlet de la comarca de Schigrov, pero que adquiere consistencia con el Chulkaturin que describe su existencia a lo largo de los últimos diez días de su vida, confesando “he sido un hombre del todo superfluo en este mundo”, sumergido en un pesimismo vital que habla de la condición de muchos individuos de la propia Rusia de mediados del siglo XIX. Esa figura, atractiva e inútil, es distinta de las que marcan otras literaturas europeas, como los prisioneros del deleite artístico intrascendente, Moreau o Swann; los señalados por la ambición, como Lucien de Rubempré, o los que viven en la depravación, como Dorian Gray.

En 1852, Turguénev colabora con Herzen, que se encontraba en Londres exiliado, y publica los cuentos de Relatos de un cazador, que fueron calificados de subversivos y que le costaron un mes de cárcel. El libro reúne cuentos sobre el campo ruso, que había empezado a publicar en revistas, y al que fue añadiendo nuevos textos durante años. A la muerte de Gógol, escribe un artículo necrológico que es censurado, y Nicolás I ordena su detención, incidente que junto a la trascendencia de su propia obra, hace que sea enviado por las autoridades zarisas a Spasskoie-Lutovinovo donde vivirá a lo largo de 1852 y 1853, desterrado, en esa casa que hoy es otro museo a su memoria. Después, vive en San Petersburgo. Publica Rudin en 1856, desarrollando un primer texto que había escrito el año anterior que se centraba en la crítica a la figura de Bakunin, en sus rasgos egoístas e intransigentes, aunque el texto definitivo le hará cambiar las características del personaje Rudin tras el desastre de Crimea y la detención de Bakunin, configurando un protagonista que ya no se basará en el teórico anarquista. Chernyshevski elogia la obra y califica a Turguénev como el escritor más relevante de la Rusia contemporánea, aunque cuando publica Asia en 1858 el revolucionario naródnik escribe un feroz texto sobre el personaje “débil”, incapaz, “el más abyecto de los canallas”, lamentando que ese hombre sea el reflejo de Rusia, mientras exige que los hombres conscientes se sumen al movimiento social-revolucionario para contribuir a la reconstrucción de Rusia. 

  En 1857, Turguénev viaja a Inglaterra y Alemania, cuya vida contrasta con la de esa vieja Rusia que, en palabras del ministro de Instrucción de Nicolás I, el conde Serguéi Uvárov, es un país “autocrático, ortodoxo y popular”, pese a que en los medios intelectuales y en los círculos revolucionarios se discute apasionadamente sobre la emancipación de los campesinos, sobre la corrupción del zarismo, incluso sobre la liberación de la mujer, y, por eso, muchas de las obras escritas en Rusia durante esas décadas se convierten casi en programas políticos reformistas que aspiran a cambiar el país. En 1860, publica En vísperas, una novela donde refleja el movimiento de liberación nacional búlgaro, y que, según sus propias palabras, lleva un título que recuerda que estaba a punto de empezar una nueva época en Rusia, aunque entonces no podía saberlo, nuevos tiempos reflejados en sus personajes Insárov y Elena, una de las mujeres literarias que hicieron reflexionar a Tolstói: “Tal vez no hubiese mujeres como las que él pintó, pero, después de que lo hiciese, aparecieron”. Sin embargo, el crítico demócrata revolucionario Dobroliúbov que no encuentra “hombres de acción” en la novela, se pregunta, inquieto, “¿cuándo llegará el día?” de que Rusia rompa con el pasado, crítica que lleva a Turguénev a reaccionar con exaltación, casi con violencia, pese a que, en su siguiente novela, Padres e hijos, recogerá las pretensiones de Dobroliúbov. No en vano, esa época rusa está llena de impaciencia, de exigencias torrenciales que, muchas veces, se agotan en sí mismas, repleta de obras que se interrogan: ¿De quién es la culpa?, ¿Cuándo llegará el día?, ¿Quién vive bien en Rusia?, ¿Qué hacer?, libros y panfletos inquietos por el futuro de Rusia, en una tradición que llegará hasta principios del siglo XX, con el bolchevismo y Lenin, quien escribe su propio ¿Qué hacer?

En 1861, la ley de emancipación de los siervos, que tanto habían reclamado muchos intelectuales rusos, cambia el panorama político y social, y la literatura rusa recoge los nuevos personajes que aparecen, los “hombres de acción” y los “nihilistas”, expresión ésta que hará fortuna y cuya invención se otorga siempre a Turguénev, sin que fuera cierto, aunque sí que será el responsable de la popularización del término. Después de los “hombres superfluos”, los hombres “nihilistas”. En el verano de ese año, Turguénev mantiene una disputa con León Tolstói a propósito de la occidentalización de Rusia, asunto recurrente en las discusiones intelectuales y literarias, y contienda que acaba en un reto a duelo, que será postergado durante años, hasta la reconciliación entre ambos casi veinte años después. Sus relaciones fueron siempre difíciles: en 1857, Tolstói había enviado una de sus frecuentes cartas a Turguénev: “Acabo de pasar un mes y medio en Sodoma y hay mucha mugre acumulada en mi alma: dos rameras, la guillotina, el ocio, la vulgaridad; usted es un inmoral, aunque lleve una vida más moral que la mía, pero en el transcurso de seis meses también usted debe de haber acumulado muchas, muchas cosas que no compaginan con su alma”. La convención nos muestra a Tolstói y Dostoievski como eslavófilos y a Turguénev como europeísta, aunque esas fronteras dejen muchas cosas sin explicar, entre otras sus peculiares relaciones personales, que llevaron a Turguénev a prestar dinero a ambos, y a manifestar cierto menosprecio hacia Dostoievski, a quien consideraba un enfermo por su epilepsia.

Padres e hijos, una de sus más famosas novelas, aparece en 1862, y Turguénez dibuja el perfil del “nihilista”, y que hará del protagonista, Bazárov, el personaje que “no se doblega ante ninguna autoridad, que no acepta ningún principio como artículo de fe, por grande que sea el respeto que se dé a este principio”; es un nihilista de las ideas, que impugna todas las razones de sus mayores, pero que no pasa aún a la acción, aunque la sociedad rusa empieza a estar en efervescencia, con organizaciones clandestinas, sabotajes, atentados y manifiestos. La novela desató una gran polémica, pero el siguiente paso ya casi estaba anunciado: Turguénev recogerá esa figura nueva que aparece en la literatura rusa, que actúa, en su Nezhdánov, el revolucionario de Tierras vírgenes. Mientras tanto, su vida personal sigue dependiendo de Pauline Viardot. En 1863, Turguénev vive en Baden-Baden, cerca de Pauline, aunque cuando estalla la guerra franco-prusiana, Turguénev sigue a la familia Viardot, que abandona Baden-Baden y se marcha a Londres y, después, a París. En esa ciudad-balneario alemana, sitúa su novela Humo. En la capital francesa, mantiene contactos políticos con el exilio ruso, con revolucionarios, y ayuda a los compatriotas que tienen dificultades.

En 1874, compra esa casa en Bougival, mientras su hija Pelagia vive con la familia Viardot. Frecuenta a Flaubert, a quien visita casi todos los domingos y que se convierte en su mejor amigo. Entre 1874 y 1880, formó parte del grupo de los Cinco: Flaubert, E. Goncourt, Daudet, Zola y Turguénev, que se reunían para comer y conversar, creando fuertes vínculos entre ellos: Zola le guardará siempre gratitud a Turguénev y a Rusia. Durante todos esos años trata y conoce a Dostoievski, Gonchárov, Tolstói, Sainte-Beuve, Mérimée, Dumas, George Sand, incluso Henry James. Vuelve a Rusia, en su último viaje, en 1880, para honrar a Pushkin. En Bougival, escribe, se dedica a cazar en Saint-Germain-en-Laye, conversa con sus amigos, con el escritor y alto funcionario ruso Saltikov-Shchedrin, con el conde Vladímir Sollogub, también escritor; con el artista Vasili Vereshchaguin (¡que llegó a ser pintor oficial del ejército ruso!), con el también pintor Alexei Jarlamov, Michel M. Stassioulévitch (que había fundado en 1865 el Messager de l’Europe), y recibe a Henry James, a Hugo, Flaubert, Maupassant, Zola. En 1877, publica Tierras vírgenes, su última novela, donde aparece la figura del estudiante revolucionario. Viaja todos los años a Rusia, donde visita a Tolstói. En la primavera de 1882 se manifiesta su enfermedad, que le mantendrá postrado hasta su muerte en septiembre de 1883. En el final, confiesa que le gustaría ser enterrado en el cementerio de Volkov, en San Petersburgo, “al lado de mi amigo Belinski”. Su funeral tuvo lugar en la catedral ortodoxa de Alexander Nevski, junto al parque Monceau de París; su féretro es trasladado en tren hasta San Petersburgo, y honrado en todas las paradas del camino.

Partidario de reformas sociales y de la abolición de la servidumbre, Turguénev se sentía atraído por las ideas progresistas, por el universo de los campesinos pobres, y la vida oscura y las manos atormentadas de la Rusia zarista, hundida en la impotencia, en la inacción, se encuentran siempre en sus páginas. La expresión que acuñó y que definió a tantos rusos del XIX, lishni chelovek, el hombre superfluo, no sólo cambió la visión de la literatura rusa, sino que atrapó a todos sus contemporáneos. Tal vez, ay, ese hombre superfluo que malgasta sus energías en la inanidad, en la abulia, en la incapacidad para actuar y cambiar su destino, sigue estando presente entre nosotros. Chulkaturin, el hombre superfluo, escribe, consciente, el último día de su vida: “Se acabó” […] Seguro que me moriré hoy. […] Muriéndome, dejo de ser superfluo… ¡Cómo deslumbra el sol! Sus poderosos rayos exhalan eternidad…” Iván S. Turguénev tenía inclinación por las descripciones de los inmensos campos rusos, llenos de “artemisa, ajenjo y serbal”, por la estepa desnuda y los grandes abedules, prisionero de la nostalgia de Rusia, pero estaba atrapado en Bougival, donde estaba la luz que iluminó su vida.



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