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Título: Dialéctica del stalinismo. Por Edward H. Carr (1949). Comentado por Petronivs Arbiter.

Texto del artículo:

Dialéctica del stalinismo. Por Edward H. Carr (1949)

Hola camaradas. Os paso un texto que he transcrito.

Pertenece al volumen “Estudios sobre la Revolución”, publicado en nuestro
idioma por Alianza Editorial, y obra del gran historiador Edward Hallet
Carr, a quien, como quizá sabréis, admiro profundamente. Aprovecho para
incitar a la lectura del volumen que he indicado, pues al colocar el
desarrollo de la teoría y la práctica revolucionaria en el marco de los
acontecimientos históricos, se adquiere una comprensión distinta de la que
nos procura el solo estudio de los textos de nuestros principales autores.

El texto que he escogido para transcribir es el segundo artículo dedicado a
Stalin, el último de este volumen creado sobre la base de unas conferencias
radiofónicas y colaboraciones para prensa, es decir, destinado al gran
público. La razón la podréis apreciar desde el mismo principio, pues está en
el propio título: Dialéctica del stalinismo.

Podréis disfrutar tanto como yo, si así lo deseáis. De una exposición muy
precisa de un problema histórico representable como unidad de contrarios.
Entiendo que esto puede ser de provecho ante los actos de formación
previstos para el 7 y 8 de mayo. Además, es muy ameno, como todo el volumen
del que lo he transcrito. Peca de algunos fallos de traducción, pero que no
perjudican para nada la comprensión, razón por la cual me he abstenido de
reformar el texto.

Por último, las referencias que hace Carr a la biografía de Stalin escrita
por Isaac Deutscher se refieren a “Stalin, biografía política”, que se
publicó en nuestro idioma en México, corriendo el año 1965, por Ediciones
Era. Sucede que el artículo de Carr que sigue, igual que la biografía
escrita por Deutscher, datan de 1949. Es por esto que el conocedor de la
“Historia de la Rusia Soviética” puede percibir pequeñas diferencias de
matiz en el tratamiento.

Sin más, os dejo con el texto de un sabio, que ya lo era incluso en aquellos
años.

Un saludo PETRONIVS.

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Stalin: 2. La dialéctica del stalinismo.

Cualquier biografía de Stalin es necesariamente una “biografía política”;
pues Stalin es un político de los pies ala cabeza, y no hay en él ninguna
otra cualidad por la que los contemporáneos o la posteridad puedan
probablemente interesarse. Lo que Deutscher quiere decir al dar a su
reciente biografía sobre Stalin ese subtítulo es, quizá, no tanto que ha
empleado menos tiempo que los hagiógrafos de Moscú o que los biógrafos
hostiles como Souvarine y Trotski en describir episodios más o menos
míticos, favorables o desfavorables, de la vida juvenil de Stalin, sino más
bien que pretende realizar en el libro un análisis de las actuaciones
políticas de su héroe. En esto, en efecto, consiste la obra; y la intención
ha sido brillantemente realizada. La dificultad usual de las biografías
políticas, la de separar la historia del hombre de la crónica de su tiempo,
casi no se plantea en el caso de Stalin. Después de la muerte de Lenin, la
carrera de Stalin y la historia de la Rusia soviética han sido inseparables.
Nada que pertenezca a una puede considerarse irrelevante para la otra. Una
historia tan dramática no puede ser aburrida. Deutscher no ha olvidado
ningún aspecto y ha escrito un libro que, además de otros méritos, es de
absorbente lectura. Pero es absorbente en parte porque, a pesar del interés
por los detalles externos, nunca ha desviado la vista del tema central: la
naturaleza de las realizaciones de Stalin y su lugar en la historia de la
revolución.



Apenas es necesario decir que, como todo lo que se refiere a Stalin, ese
lugar es tema de grandes controversias. Plantea muchos problemas que, como
la mayoría de los problemas profundos de la historia, no pueden ser
fácilmente respondidos con un sí o con un no ¿Es Stalin un discípulo de Marx
o un déspota oriental? ¿Ha proseguido o ha abandonado la herencia de Lenin?
¿Ha construido “el socialismo en un solo país” o ha arruinado las
perspectivas del socialismo en todo el mundo durante una generación? ¿Ha
europeizado Rusia – segundo Pedro el Grande – o – segundo Gengis Khan –
convertido a Rusia en parte de un vasto imperio asiático? ¿Es un
nacionalista preocupado por aumentar el prestigio y el poder de Rusia o un
internacionalista interesado en el triunfo universal de un credo
revolucionario? Estas preguntas son susceptibles de respuestas muy diversas.
El libro de Deutscher puede capacitar al lector, si no para responderlas, sí
al menos para plantearlas con mayor comprensión.



La historia nunca se detiene; y menos aún en medio de una revolución. Lo que
Lenin creó y Stalin heredó fue una entidad constantemente cambiante, no un
sistema estático sino un proceso en desarrollo. Era un proceso en el que,
para utilizar la jerga hegeliana, la tesis estaba produciendo continuamente
la antítesis; de forma que la pregunta acerca de si Stalin ha continuado o
negado la obra de Lenin puede ser una cuestión de palabras más que de
contenido. Expresado menos abstractamente, lo cierto parece ser que a cada
revolución le sucede su propia reacción y que cuando Lenin desapareció de la
escena, la revolución rusa había entrado ya en el segundo estadio de su
curso. La consigna corriente en otra época, “Stalin es el Lenin de hoy”, no
afirma que Stalin fuese el Lenin de 1917, sino que estaba desempeñando la
función que Lenin habría tenido que desempeñar si hubiera seguido siendo el
dirigente máximo de la revolución diez años después. Aunque esto no sea toda
la verdad, contiene algunos elementos de ella.



Los primeros bolcheviques eran estudiosos de la historia y conocían bien lo
que acontece a las revoluciones: temían que su propia revolución tuviera
también su termidor. Pero el recuerdo de Bonaparte les hizo sospechar que la
fuente de peligro era un dictador de brillante armadura. Fue esa sospecha la
que resultó fatal para Trotski y allanó el camino hacia el poder de Stalin.
En palabras de Deutscher:



“Se había admitido siempre que la historia se repite, y que un directorio o
un usurpador individual podían trepar al poder sobre las espaldas de la
revolución. Se daba por supuesto que el usurpador ruso tendría, como su
prototipo francés, una personalidad rodeada de fama brillante y legendaria
ganada en las batallas. La máscara de Napoleón le cuadraba demasiado bien a
Trotski. En realidad, le habría cuadrado a cualquier personalidad antes que
a Stalin. En esto se asienta parte de su fuerza.”



Así fue como Stalin llegó a ser, si no el “Lenin de hoy”, sí el Bonaparte de
hoy, el heredero de Lenin como Bonaparte fue el heredero de Robespierre, el
hombre que encadenó y disciplinó la revolución, consolidó su realización,
falsificó sus doctrinas, la desposó con un gran poder nacional y extendió su
influencia por el mundo.



Pero tampoco esto es toda la verdad. Pues, aunque la historia algunas veces
se repite bajo disfraces inesperados, cada situación histórica es, sin
embargo, única. Lo extraño es que Stalin, imprevisiblemente y al parecer a
pesar de sí mismo, llegó a ser, a diferencia de Bonaparte, un revolucionario
por derecho propio. Más de diez años después de la revolución de Lenin,
Stalin hizo una segunda revolución sin la cual la revolución de Lenin habría
necesariamente encallado. En este sentido Stalin continuó y realizó el
leninismo, aunque el lema “socialismo en un solo país” con el que Stalin
hizo su revolución, constituyera la negación de todo aquello en lo que Lenin
creía (los esfuerzos de los teóricos de Stalin para convertir a Lenin en
padre de esa doctrina eran puerilmente falsos) y aunque Lenin hubiera
retrocedido horrorizado ante algunos de los métodos con lso que se hizo la
segunda revolución.



Intelectualmente, como Deutscher subraya, “el socialismo en un solo país” no
fue una aportación nueva y original a la doctrina. Ni siquiera era
coherente, ya que el propio Stalin, que se empeñaba en seguir usando los
ropajes del marxismo ortodoxo aunque le ajustaran mal, admitió que el
socialismo nunca se realizaría de forma completa y segura en un país aislado
rodeado de un mundo capitalista. Pero psicológica y políticamente fue un
brillante descubrimiento; y no disminuye seriamente el talento político de
Stalin decir que, como otros grandes descubrimientos, su autor lo encontró
inadvertidamente. Esto sucedió en 1924, el año en que murió Lenin, en el
punto culminante de la controversia con Trotski y entre las dos ediciones de
la obra de Stalin “*Fundamentos de leninismo”*. La primera edición contenía
un pasaje que parecía en gran medida un refrendo de la “revolución
permanente” de Trotski. En la segunda edición, fue sustituido por una clara
e inequívoca declaración de que el socialismo podía ser construido en un
solo país, aunque fuera la Rusia campesina y atrasada.



Cuando Lenin murió el bolchevismo ortodoxo había llegado a un callejón sin
salida. Todos coincidían en que el primer objetivo de 1917 había sido dar
cima a la incompleta revolución burguesa rusa; y esto ya había sido
realizado. Todos los bolcheviques estaban de acuerdo (como en los tiempos de
la polémica con los mencheviques) en que, al completar la revolución
burguesa, pasarían directamente al estadio de la revolución socialista; esto
también había sucedido. Pero en este punto todos los bolcheviques, empezando
por Lenin, habían confiado en que la antorcha encendida en Rusia prendería
la revolución socialista en Europa, y en que el proletariado europeo
asumiría la tarea de completar la revolución socialista y construir una
sociedad socialista. Esta tarea – Lenin lo había dicho en muchas ocasiones –
era demasiado pesada como para que una Rusia atrasada pudiera realizarla
sola.



Desafortunadamente el programa no se realizó. La revolución en Europa, que
parecía segura en 1919 e inminente en 1920 cuando el Ejército Rojo estaba en
las afueras de Varsovia, sin embargo se detuvo inexplicablemente. En el
otoño de 1923, cuando el proletariado alemán por tercera o cuarta vez desde
1918 sufría una derrota aplastante (las recriminaciones sobre quien fue
responsable poco importan ahora), empezó a comprenderse en Moscú que la
revolución europea tenía todavía un largo camino por recorrer. Pero, ¿cuál
era, según esta nueva hipótesis, el papel de los bolcheviques rusos? Nadie
negó, es verdad, que uno de sus objetivos fuera proseguir la construcción
del socialismo en Rusia: Trotski abogó por la planificación e
industrialización intensivas mucho antes de que Stalin lo hiciera. Pero, no
obstante, puesto que parecía seguirse de la doctrina ortodoxa que no era
posible ir muy lejos en Rusia si no se producía la revolución en otra parte,
debía evitarse una sensación de irrealidad y frustración. Los afiliados, si
no la *inteliguentsia* del partido, necesitaban el estímulo de un objetivo
limitado que no se asentara en un futuro demasiado remoto y que dependiera
para su realización no de sucesos incalculables en la Europa lejana sino de
sus propios esfuerzos.



Esta necesidad la satisfizo brillantemente “el socialismo en un solo país”.
La reconstrucción imaginativa de Deutscher de lo que la nueva consigna
significó para los seguidores de Stalin es inmejorable.



“Por supuesto, estamos luchando por la revolución internacional. Por
supuesto, hemos sido educados en la escuela del marxismo; y sabemos que las
luchas sociales y políticas contemporáneas son, por su propia naturaleza,
internacionales. Por supuesto, seguimos creyendo que la victoria del
proletariado en Occidente está cerca; y estamos obligados por honor a hacer
lo que podamos para acelerarla. Pero – y éste era un “pero” muy grave y
significativo – no nos preocupemos demasiado por la revolución
internacional. Aunque se retrase indefinidamente, aunque no se produzca
nunca, nosotros somos capaces de desarrollar plenamente en este país una
sociedad sin clases. Concentrémonos, por consiguiente, en nuestra gran tarea
constructiva.”



Un empirista inglés hubiera dicho: “Dejemos a la teoría que se cuide de sí
misma, y sigamos con nuestro trabajo”. Stalin, como marxista, tenía que
envolver esa idea con tediosos adornos doctrinales; pero en el fondo venía a
decir lo mismo.



Con la consigna de “el socialismo en un solo país” Stalin se afianzó en el
poder; y llegó a ser prisionero de los espíritus que había conjurado.
Resultó que el marxismo más viejo, más prudente y menos empírico de la
anterior generación, a pesar de los muchos inconvenientes que su aplicación
tendría en la Rusia de la década de los veinte, también tenía algo que
decir. La realidad que explicaba la división de Europa en Este y en Oeste
era la frontera trazable desde Danzig a Trieste, la frontera entre la Europa
capitalista desarrollada, donde le proletariado era ya una fuerza, y la
Europa campesina subdesarrollada, donde el poder del feudalismo apenas había
sido todavía roto. Quizá, después de todo, Lenin y Trotski – y el propio
Stalin hasta el otoño de 1924 – estaban en lo cierto cuando argumentaban que
la victoria del socialismo no podía realizarse en la atrasada Rusia sin una
revolución socialista en las naciones con proletariado de Europa occidental.
Quizá hasta los mencheviques – aunque nadie se atrevió a insinuarlo en Rusia
– no habían estado tan errados al mantener que no era posible pasar
directamente del estadio burgués al socialista de la revolución y que el
socialismo solo podía construirse sobre los fundamentos establecidos por le
capitalismo burgués.



Naturalmente, las respuestas a estas preguntas giran parcialmente acerca de
lo que se entienda por socialismo. Stalin había intentado realizar “el
socialismo en un solo país”. Sea lo que fuere, el producto puede denominarse
inequívocamente socialismo. Además, el plan quinquenal y la colectivización
de la agricultura constituían partes indiscutibles de un programa
revolucionario socialista. Sin embargo, sería una equivocación afirmar que
tales medidas le fueran impuestas a Stalin, o impuestas por Stalin a Rusia,
en función de una consigna o un programa, fuera éste “el socialismo en un
solo país” o cualquier otro; fueron impuestas por la situación objetiva a la
que la Unión Soviética tenía que hacer frente al fin de la década de los 20.



Para esta época la revolución leninista había seguido su curso. Las
industrias clave habían sido nacionalizadas y, de manera superficial y
fragmentaria, “planificadas”, pero no ajustadas dentro de una economía
concebida como una unidad. La tierra había sido entregada a los campesinos.
Se habían empleado todos los procedimientos para incrementar la producción
agrícola, clave de toda la estructura. Los kulaks habían sido primero
aterrorizados en beneficio de los campesinos pobres, y luego incitados a
valerse por sí mismos bajo la NEP; Bujarin les había llegado incluso a decir
que, al enriquecerse, estaban realizando los más elevados designios del
socialismo. Pero esos métodos tuvieron sólo un éxito momentáneo. Puesto que
una ayuda sustancial de las naciones capitalistas debía descartarse, la
economía no podía avanzar en la dirección socialista, ni en ninguna otra
dirección, sin un aumento de la producción agrícola; y esto sólo era posible
a través de la restauración de las grandes fincas y la introducción de la
mecanización. Aparte de una vuelta a condiciones más primitivas que las
destruidas por la revolución, o de una capitulación incondicional frente al
capitalismo extranjero – y ninguna de las dos eran soluciones concebibles –,
no había más salida que el duro camino que Rusia iba a recorrer bajo la
dirección de Stalin y la bandera de “la revolución en un solo país”.



El rasgo más desconcertante de la carrera de Stalin es que llevó hacia
delante una revolución no menos trascendental que la Revolución de 1917 (y
en muchos sentidos su consumación lógica y necesaria), en un tiempo en que
la marea popular del entusiasmo revolucionario estaba en reflujo y con el
acompañamiento de muchos síntomas propios de la contrarrevolución
“termidoriana”. De esta forma Trotski pudo encontrar motivos para denunciar
a Stalin como contrarrevolucionario y como destructor de la revolución.
Deutscher resume la diferencia entre la revolución leninista y la stalinista
llamando a la primera una revolución “desde abajo” y a la segunda una
revolución “desde arriba”. La distinción no debe llevarse demasiado lejos.
Lenin rechazó específicamente la idea de que las revoluciones las hacía el
entusiasmo espontáneo de las masas; creía en la rígida disciplina
revolucionaria, y la imponía. Stalin, cuyas teorías a este respecto no
difieren de las de Lenin, no habría llevado a cabo su colosal tarea a menos
de contar con una amplia base de apoyo popular. Sin embargo, es palmario que
Stalin tuvo que enfrentarse con una mucho mayor apatía y desilusión de las
masas y con una mucho mayor oposición e intriga de al élite del partido de
las que Lenin había conocido, y que se vio empujado a aplicar en
correspondencia medidas de disciplina más rigurosas y despiadadas. Es
también significativo que muchas de las ideas mediante las que Stalin
justificó su revolución fueran lo contrario de ideas revolucionarias: la ley
y el orden, la santidad de la familia, la defensa del suelo patrio y la
bondad de cultivar el propio huerto. Así fue como Trotski, incansable
revolucionario internacional, hombre que no se preocupaba por su propio
país, campeón de “la revolución permanente”, fue llevado a la picota.



Así, pues, Stalin presenta al mundo dos rostros – el de marxista
revolucionario y el de nacionalista ruso –, dos aspectos que son
parcialmente opuestos y parcialmente complementarios. Y si la gradación
desde la revolución leninista a la stalinista se expresa en esos términos,
puede quizá decirse que una fue concebida esencialmente como una revolución
internacional que se producía en Rusia y que en tal medida tenía que
adaptarse a las condiciones rusas; y la otra como una revolución nacional
que, aunque indudablemente llevara consigo exigencias internacionales e
implicaciones internacionales, estaba, sin embargo, principalmente
interesada en afirmarse. Deutscher cita en algún lugar la respuesta del Gran
Inquisidor de Dostoievski a Cristo: “Hemos corregido tus obras”. Una de las
maneras como Stalin corrigió las obras de Lenin fue enraizándolas firme y
tenazmente en el suelo nacional. Este fue, después de todo, el dogma central
de la filosofía de Stalin. Creía, cosa que Lenin dudaba o rechazaba, que el
socialismo podía construirse en un estado ruso asilado.



El maridaje de los ideales internacionales de la revolución con el
sentimiento nacional era algo que tenía que suceder. Había acontecido ya en
la Revolución Francesa. Y había comenzado a producirse en la Rusia soviética
mucho antes de que Stalin se hiciera cargo de sus destinos: la primera
ocasión en que los sentimientos revolucionarios y patrióticos fueron
conscientemente coordinados y entrelazados fue la guerra contra Polonia en
1920. El largo aislamiento de la Rusia soviética y la persistente hostilidad
de la mayor parte del mundo capitalista se unieron para reforzar la
tendencia. Cuando Stalin en 1924 proclamó la posibilidad del “socialismo en
un solo país” estaba, sin saberlo, apelando a las profundas corrientes de un
orgullo nacional que durante diez años había estado no solo muerto sino
condenado. Stalin estaba diciendo a sus seguidores que los rusos podían
hacer precisamente aquello para lo que Lenin y los restantes bolcheviques
les habían considerado hasta entonces incapaces. “Rusia lo hará por si
misma”, pudo haber dicho parodiando a Cavour. Lo planes quinquenales fueron
acometidos bajo el lema de “alcanzar” y “superar” a los países capitalistas,
de vencerlos en su propio terreno.



Fue así como Stalin se convirtió en el reavivador del patriotismo ruso, en
el primer dirigente que invirtió explícitamente la actitud internacional o
antinacional que había dominado las primeras etapas de la revolución. Los
primeros historiadores bolcheviques habían pintado la historia rusa anterior
a la revolución principalmente como una larga serie de barbaries y
escándalos. “Atrasada” fue el calificativo normal que se aplicaba al nombre
de “Rusia”. Stalin lo cambió todo. Liquidó a la escuela “marxista” de
historiadores encabezados por Pokrovski (al que Lenin había alabado y
valorado) y rehabilitó el pasado ruso. Se requería un nuevo impulso, en
lugar del ardor revolucionario ya enfriado, para hacer tolerables las
penalidades de la industrialización y para fortalecer la resistencia frente
a enemigos potenciales. Stalin lo encontró en el nacionalismo. Los
entusiasmos de reciente cuño siempre tienden a la exageración; y la victoria
sobre Hitler fue una hazaña embriagadora. El nacionalismo soviético ha
tomado después de al guerra algunas formas que los observadores occidentales
han considerado siniestras, y otras que han considerado absurdas. Pero tales
formas, quizá, no difieren tanto como a veces se ha supuesto de las de las
otras grandes potencias en el momento de su elevación a la grandeza.



Otros aspectos de la vuelta de Stalin a una tradición nacional pueden pesar
más gravemente contra él en la balanza de la historia. La mayor acusación
contra el stalinismo es que ha abandonado los provechosos elementos de al
tradición occidental que estaban incorporados la marxismo original, y los ha
sustituido por elementos retrógrados y opresivos extraídos de la tradición
rusa. El marxismo nació sobre las espaldas de la democracia burguesa liberal
de Occidente y, aunque finalmente la rechazó, asumió y adoptó muchas de sus
realizaciones. Este es el significado de la insistencia del *Manifiesto
Comunista* en que la democracia burguesa había sido en su día una fuerza
progresiva liberadora y que la revolución proletaria llegaría sólo como una
segunda etapa después de la consumación de la revolución burguesa; y muchos
de los primeros actos legislativos y declaraciones del régimen soviético en
Rusia estuvieron inspirados tanto por los ideales de la democracia burguesa
como por los del socialismo. Cuando llegara el momento de pasar a la
realización del socialismo, esto significaría, no que los ideales
democráticos deberían ser abandonados, sino que deberían ser totalmente
realizados, en un momento en que las democracias burguesas degeneradas de
Occidente no eran ya capaces de hacerlo.



Tal fue el sueño de Lenin en 1917. Pero constituyó una anomalía desde el
punto de vista marxista, y una tragedia desde el punto de vista del
socialismo, que la primera revolución socialista victoriosa se produjera en
la más atrasada, social, económica y políticamente, de todas las grandes
naciones de Europa. Los trabajadores que fueron convocados a construir el
primer orden socialista habían sido durante generaciones víctimas de una
pobreza económica, desigualdad social y represión política más extremas que
las existentes en cualquier otra gran nación. El orden socialista en Rusia
no podía aprovecharse ni de las riquezas creadas por la empresa capitalista
ni de la experiencia política fomentada por la democracia burguesa. Al fin
de su vida Lenin comenzó a darse plenamente cuenta de la cantidad de
impedimentos que tal carencia engendraba. Un pasaje, citado por Deutscher,
de su discurso al último Congreso del partido al que asistió penetra en las
raíces del stalinismo.



“Si la nación conquistadora es más culta que la nación vencida, la primera
impone su cultura a la segunda; pero si sucede lo contrario, la nación
vencida impone su cultura a la vencedora.”



Algo semejante, continuaba Lenin, puede suceder entre las clases. EN la
República Socialista Soviética Federalista Rusa, la cultura de la clase
vencida, “por miserable y baja que sea, es mayor que la de nuestros
administradores comunistas responsables”; la vieja burocracia rusa, en
virtud de su relativo alto nivel de cultura, estaba derrotando a los
comunistas, victoriosos pero ignorantes e inexperimentados.



Era ese el peligro que Lenin, con la clarividencia del genio, diagnosticó al
quinto años de revolución. Estaba implícito en el continuado aislamiento de
la Rusia socialista del resto del mundo y en la necesidad de construir “el
socialismo en un solo país”. El marxismo internacional y el socialismo
internacional, implantados en suelo ruso y abandonados a sí mismos,
encontraron que su carácter internacional estaba expuesto a la continua
labor de zapa de la tradición nacional rusa, ala que supuestamente había
vencido en 1917. Diez años después, muerto ya Lenin, los dirigentes que más
visiblemente representaban los elementos internacionales y occidentales en
el bolchevismo – Trotski, Zinóviev y Kámenev, para no mencionar figuras
menores como Radek, Krasin y Rakovski – habían desaparecido, siguiéndoles
poco después el flexible y acomodable Bujarin. Las fuerzas ocultas del
pasado ruso – autocracia, burocracia, conformismo político y cultural –
tomaron la revancha, no destruyendo la revolución, sino poniéndola a su
servicio y realizándola en un estrecho marco nacional. Esas fuerzas llevaron
a Stalin al poder y le hicieron permanecer en él como enigmático
protagonista de una revolución internacional y de una tradición nacional.



El lector de la biografía de Stalin, reteniendo este hilo en su memoria,
podrá seguir el camino a través de un laberinto a primera vista
infinitamente intrincado, pero cuyo esquema general se revela gradualmente
por sí mismo. No es quizá un tema que se preste provechosamente a discusión
en términos de alabanza y censura. El aislamiento empujó a la revolución
rusa a confiar en sus propios recursos; al volver las espaldas al mundo
exterior, aumentó su propio aislamiento. Cada paso empujó a Rusia más atrás
en su pasado. Cuando Stalin decidió llevar la revolución a su conclusión
lógica, cualquiera que fuese su costo, mediante la industrialización y al
colectivización, los observadores menos imaginativos se acordaron de Pedro
el Grande; y cuando decidió protegerse a sí mismo contra los potenciales
peligros de traición en el caso de un ataque exterior eliminando a todo
posible rival, recordaron a Iván el Terrible. La ortodoxia del partido vino
a jugar el mismo papel constructivo que la ortodoxia eclesiástica jugó en la
Rusia medieval, con su pretensión de monopolio sobre la filosofía, la
literatura y el arte. Sin embargo, sería incorrecto suponer que Stalin buscó
deliberada y conscientemente el asilamiento. Muchas veces hizo ademanes de
aproximación al mundo occidental; pero solo bajo la tensión de la guerra las
barreras pudieron ser salvadas. Una vez terminada la guerra, el Telón de
Acero se bajó otra vez. La brecha entre la Revolución Rusa y el Occidente
era demasiado ancha para ser salvada.



A finales de 1949 Stalin ha celebrado su setenta aniversario. Ha conducido a
su país victoriosamente en la guerra más grande que Rusia ha librado, y
remontado las dificultades inmediatas de la desmovilización y la
reconstrucción más fácilmente que cualquier otro país beligerante. Según
todas las apariencias, su poder personal y el de su nación se encuentran en
la cima. A pesar del mandamiento familiar de no llamar a un hombre feliz
hasta que no haya muerto, es grande la tentación de afirmar que la hechura
de la vida de Stalin está fijada y no será ya sustancialmente modificada.
Incluso si esta suposición es correcta, sin embargo, esto no significa que
le lugar de Stalin en la historia esté ya fijado ahora o para una generación
posterior. Todavía solo podemos comenzar a ver “a través de un cristal,
oscuramente”, lo que se ha logrado en estos últimos treinta años. Percibimos
oscuramente que la Revolución de 1917, producto del cataclismo de 1914, fue
un momento crucial en la historia del mundo, realmente comparable en
magnitud con la Revolución Francesa, unos ciento treinta años anterior, y
quizá superior a ella. La significación de la obra de Lenin sólo ahora está
empezando a comprenderse.



Pero es todavía demasiado pronto para hablar de Stalin; la obra de Stalin
está sujeta todavía evidentemente a las lentes deformadoras de la proximidad
excesiva ¿Hasta qué punto ha generalizado la experiencia de la Revolución de
1917 y hasta qué punto la ha particularizado? ¿La ha llevado adelante hacia
su conclusión triunfante, la ha destruido para siempre, o simplemente la ha
deformado? La respuesta – una respuesta que en cierta medida da por sabido
lo que se discute – puede por el momento sólo expresarse en los términos con
que termina la biografía de Deutscher.



“Es seguro que al mejor parte de la obra de Stalin sobrevivirá a éste, de la
misma manera que las mejores partes de la obra de Cromwell y Napoleón
sobrevivieron a sus creadores. Pero, a fin de salvarla para el futuro y
darle su pleno valor, la historia todavía tendrá que depurar y reformar la
obra de Stalin, con el mismo rigor con que depuró y reformó la obra de la
Revolución Inglesa después de Cromwell y de la Revolución Francesa después
de Napoleón”.

Petronivs Arbiter.

Artículo de www.profesionalespcm.org insertado por: El administrador web - Fecha: 04/05/2010 - Modificar

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