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Sección: Literatura y otras Artes

Título: La miseria de los zapatos, de H.G.Wells- Enlace 1 - Enlace 2

Texto del artículo:

REGALO DE MARX MADERA

30 de Diciembre de 2009, 12:40 am

Querid@ amig@ y compa:


Marx Madera tiene el placer
de hacerte un pequeño regalito:

"La miseria de los zapatos"
escrito por H.G.Wells.


Esperamos tengas oportunidad de leerlo y disfrutar en tu merecido descanso de la
compañía de este fantástico autor de múltiples obras, entre las que, por su
interés de actualidad, destaca el texto que te enviamos en adjunto

Cuando empiece el nuevo año, elegiremos un día para convocar en Marx Madera una
lectura colectiva y así poder poner en común las dudas, comentarios y
observaciones que tengamos sobre el texto que os enviamos.

Recibe un cordial saludo.

TE DESEAMOS SALUD SIEMPRE.

www.marxmadera.org

MARX MADERA

ENLACE 1 al documento PDF de 12 páginas con reseña biográfica del autor y texto de la mencionada obra. 190 Kbytes de tamaño.
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Adelanto del texto:

“LA MISERIA DE LOS ZAPATOS”
Herbert George Wells
BIOGRAFIA:
Herbert George Wells, también conocido como
H.G.Wells (n. 21 de septiembre 1866 en Bromley, Kent,
Inglaterra, † 13 de agosto 1946 en Londres), fue un escritor
inglés, notable novelista y filósofo británico, famoso por
sus novelas de ciencia ficción, de la que es considerado,
junto a Julio Verne, uno de sus precursores. Desempeñó
varios oficios (aprendiz, contable, tutor y periodista) hasta
1895, antes de obtener una beca para estudiar Ciencias
Naturales en el Royal College of Science de Londres.
Después enseñó en el University Correspondence College
de Cambridge. Su relación con Rebecca West, que duró
diez años, dio por fruto un hijo, Anthony West, nacido en
1914.
Al contraer tuberculosis abandonó todo para dedicarse a escribir, llegando a completar más de cien
obras. Se le considera uno de los precursores de la ciencia-ficción y sus primeras obras tuvieron ya
por tema la fantasía científica, descripciones proféticas de los triunfos de la tecnología y comentarios
sobre los horrores de las guerras del siglo XX: `The Time Machine` (La máquina del tiempo) (1895),
su primera novela, de éxito inmediato, en la que se entrelazaban la ciencia, la aventura y la política,
`The Invisible Man` (El hombre invisible) (1897), `The War of the Worlds` (La guerra de los
mundos) (1898), y `The First Men in the Moon` (1901). Muchas de ellas dieron origen a varias
películas.
A la vez se interesó por la realidad sociológica del momento, especialmente por la de las clases
medias, defendiendo los derechos de los marginados y luchando contra la hipocresía imperante, que
dibujó con cariño, compasión y sentido del humor en novelas como `Love and Mr. Lewisham`
(1900), `Kipps, the Story of a Simple Soul` (1905) y `Mr. Polly` (1910), novela de extenso retrato de
los personajes en la que, como en `Kipps`, describe con fina ironía el fracaso de las aspiraciones
sociales de sus protagonistas.
La gran mayoría de sus restantes libros pueden clasificarse como novelas sociales. Entre ellas se
encuentran `Ann Veronica` (1909), en la que defiende los derechos de las mujeres, `Tono Bungay`
(1909), un ataque al capitalismo irresponsable, y `Mr. Britling va hasta el fondo` (1916), que
describe la reacción del inglés medio ante la guerra.
Después de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), redactó la historia de la humanidad en tres
partes, `Outline of History` (1920), en la que colaboró Julian Huxley.
A lo largo de toda su vida Wells se preocupó, y dejó amplia constancia de ello, de la pervivencia de
la sociedad contemporánea. Durante un breve periodo de tiempo fue miembro de la Sociedad
Fabiana. Aunque creyó firmemente en la utopía según la cual las vastas y terroríficas fuerzas
materiales puestas a disposición del ser humano podían ser controladas por la razón y utilizadas para
el progreso y la igualdad entre los habitantes del mundo, poco a poco fue volviéndose más pesimista
y cesó su pertenencia a dicha sociedad. Así dedicó su obra `42 to 44` (1944) a la crítica de muchos de
los líderes mundiales del tiempo. Por otro lado, en `El destino del homo sapiens` (1945) expresaba
las dudas acerca de la posibilidad de supervivencia de la raza humana. Escribió asimismo
`Experimento en Autobiografía` (1934) antes de su muerte acaecida el 13 de agosto de 1946, en
Londres.
Presentación
La miseria de los zapatos, "This misery of boots", es un breve folleto de H.G. Wells que, publicado en 1907,
conoció un gran éxito. Fue editado muchas veces y constituyó una de sus contribuciones más influyentes a la
difusión del socialismo, que él concebía como una sociedad bien ordenada que pondría fin a despilfarros y
desgastes inútiles y a los fracasos del hombre corriente y desgraciado, por el que sentía una gran simpatía.
Herbert George Wells (1866-1946), conocido fundamentalmente como novelista, aunque también tuvo
importancia en los primeros años del siglo XX como divulgador de las ideas socialistas. Como novelista,
sobresalió principalmente al describir, a partir de su experiencia personal, la vida y el pensamiento de las
gentes nacidas en la clase media inferior, de la cual el procedia, y especialmente de los que se abrieron
camino en la enseñanza superior. Muestra de su talante notable para la novela son sus obras "El hombre
invisible" (The invisible man") y "El alimento de los dioses" (The Food the Gods"), cuyo tema central era una
maravilla científica. Su entusiasmo por la instrucción popular se manifiesta en obras como "La Ciencia de la
Vida" (The Science of life") y "El esquema de la Historia" (The Outline of History"). Su posición era la de
mostrar el papel de una orden de dirigentes, organizadores y educadores devotos, que enderezaría al
mundo no a través de una dictadura, sino haciéndolo un lugar más agradable para el hombre corriente, con
todos sus caprichos y rarezas que él podía describir con amenidad y comprensión. A pesar de la abundancia
de obras de formación socialista científica, que datan casi todas de principio de siglo -"Anticipations";
Mankind in the Making" ("La Humanidad en la tarea"), "A modern utopía" ("Una utopía moderna") y la
fundamental "New World for Old" ("Nuevos Mundo para el Viejo"), con el presente folleto-, no fue nunca
capaz de colaborar con regularidad con ningún grupo ni comprendió realmente al movimiento obrero y la
lucha sindical. La influencia de Wells fue sobre todo importante entre los jóvenes de la clase media que se
iban inclinando hacia el socialismo como consecuencia de la difusión de la enseñanza superior.
“Miseria de los zapatos”
Herbert George Wells
No tiene sentido, decía uno de mis amigos, reflexionar
sobre los zapatos". A mí, sin embargo, siempre me ha gustado
mirarlos y reflexionar sobre ellos. Tengo la extraña idea de que las cuestiones más complejas se podrían
comparar con los zapatos, y quizás por esto los zapateros son tan a menudo filósofos. Quizás el destino me
ha dado esta convicción. Gran parte de mi infancia la he pasado en la cocina de un sótano; la ventana daba a
un pasillo encajonado y cerrado por un enrejado, delante de la ventana de la tienda de mi padre. De manera
que cuando miraba por la ventana, en lugar de ver -como los niños de una educación superior- la cabeza y el
cuerpo de la gente, veía su base. Y conocí a toda clase de tipos sociales, simplemente como zapatos y, más
exactamente, como suelas de zapatos. No fue sino más tarde, y no sin estudio, que ajusté a estas bases
cabezas, cuerpos y piernas.
Se paraban junto a la tienda botines y zapatos (sin duda alguna con la gente encima): finos y
pretenciosos botines de mujer: buenos o malos, unos nuevos y en buen estado, otros desgastados por la
marcha, compuestos o para componer; calzados de hombres, bastos o finos, zapatos de goma, de tenis,
zuecos. No vi zapatos amarillos, no estaban de moda aún; pero vi almadreñas. Los zapatos venían y
convergían en la ventana, y el desarrollo emocional de estos duos se expresaba por la agitación continua o
por los puntapiés.
... Esto puede, en cierto modo, explicar que me preocupe de los zapatos.
Pero mi amigo creía que no había por qué pensar en los zapatos.
Mi amigo era un novelista realista, y un hombre al que había abandonado toda esperanza. No sé cómo
la esperanza había salido de su vida; alguna enfermedad sutil del alma había terminado por quitarle toda
iniciativa y la fe en el porvenir, y ahora intentaba vivir los años de ocaso que se abrían delante de él, en una
especie de confort libresco, rodeado de cosas que parecían apacibles y bellas, cuando no pensaba en las que
son penosas y crueles. Nos cruzó un vagabundo que arrastraba su pierna por el camino.
"Talón torcido", dije cuando le hubimos pasado; "por estas carreteras mal empedradas nadie va con los
pies descalzos". Mi amigo hizo un gesto hosco y hubo un pequeño silencio entre nosotros. Los dos
pensábamos; después de un rato cuando comenzamos a hablar de nuevo, y hasta que se hartó, hicimos el
recuento de la miseria de los zapatos.
Estábamos de acuerdo en que para la mayor parte de la gente de este país, los zapatos son
constantemente una fuente de aflicción, una causa de sufrimiento de malestar, de disgusto, de inquietud.
Para hacernos una idea concreta de la cosa, intentamos estadísticas arriesgadas. "A esta hora". dije, "una
persona de cada diez en estas islas sufre por sus zapatos".
Mi amigo pensó que más bien era una de cada cinco.
"En la vida de un hombre pobre o de la mujer de éste y más todavía en la vida de sus hijos, esta miseria de
los zapatos se presenta y se repite de año en año y de día en día".
Hicimos una especie de clasificación de estos males. Hay el mal de los zapatos nuevos.
Están hechos de materiales malos, impermeables al aire y, como suele decirse, "pesan en lo pies".
No están hechos a la medida. Mucha gente se compra zapatos hechos; no pueden pagarse otros, y con
la dócil filosofía de la pobreza, los llevan para "hacerse a ellos". Tienen el pulgar y el dedo pequeño
apretados, el empeine del pie oprimido e inflado; y como una especie de acompañamiento crónico de estas
presiones, los callos y todas sus miserias. Los pies de los niños están verdaderamente torcidos por este
método de adaptar al ser humano a la cosa; y como consecuencia de todo esto, a mucha gente le da
vergüenza dejarse ver con los pies descalzos. (Yo tenía la costumbre de invitar a la gente que venía a verme
en los días calurosos a jugar al tenis sobre hierba con los pies descalzos -una cosa deliciosa-, pero me di
cuenta que muchos estaban molestos al pensar que tenían que exponer dedos torcidos y callos, y otras
desgracias de este género).
El tercer mal de los zapatos nuevos es que están mal hechos y con malos materiales, crujen y hacen un
insolente comentario sobre el paso de la gente. Pero estos males son pequeños al lado de los que aparecen
cuando los zapatos han sido usados. Es entonces cuando aprietan seriamente. De estos males de los zapatos
pasados, mi amigo y yo , antes de que él abandonase la partida, habíamos contado tres clases principales:
Existen las diversas clases de irritaciones debidas al roce: la peor, sin duda alguna, es la del talón, cuando
algo va mal en la caña, cerca del talón. Cuando era un chiquillo, he tenido que soportar eso días y días, pues
no había otros zapatos para mí. Después está la irritación que se produce cuando la plantilla interior del
zapato se pliega, muy parecida a la que conocen los pobres por los calcetines zurcidos a menudo y a la ligera.
Y después tenemos la irritación de los zapatos hechos que se han comprado un poco anchos o un poco
largos, para evitar las apretaduras y los callos. Al cabo de poco tiempo se hace un pliegue a lo ancho de la
parte vacía en la parte de delante, y cuando el zapato se acartona por la humedad o por alguna otra causa, la
base de los dedos se pellizca. Así, por más que haga, no se librará de ello. Tengo también un recuerdo muy
vivo del roce de los nudos que se hacen para arreglar los cordones que se rompen -pues no siempre se
pueden comprar cordones nuevos- y que se notan por dentro. Y finalmente el roce de la lengüeta que se
pliega.
Después están los miserias que proceden del desgaste de la suela. Está la torcedura del tobillo porque ya
no hay tacón y la sensación de que no se está seguro: igualmente la desagradable sensación de que no se
tiene buena presencia de espaldas, que mucha gente debe soportar.
Me es casi siempre penoso andar detrás de las chicas jóvenes que van a su trabajo, que tienen que andar
mucho para ir y volver y usan mucho sus zapatos, porque sus tacones parecen estar siempre torcidos. Las
jóvenes deberían estar siempre bonitas; y la mayor parte podrían estarlo si no fuese por sus pobres pies
torcidos, la gracia de sus andares echados a perder y esa especie de desviación de columna vertebral, todo lo
cual me afecta y hace que me ponga furioso con un mundo que las trata así. Y después están los clavos que
salen, los clavos de los zapatos. Se esfuerza uno en marchar valientemente, con la esperanza de encontrar
pronto un rincón tranquilo y un momento favorable para remachar su clavo. En tercer lugar coloco en este
capítulo la suela que golpea. Mis zapatos terminaban siempre por ahí; gastaba primero la delantera y la
suela se volvía de delante hacia atrás. Cuando se anda se pone a raspar el suelo. Se dan pasos fantásticos
para evitar esto; uno se siente horriblemente avergonzado. Al final hay que sentarse descaradamente en el
borde del camino y cortar lo que sale.
Nuestra tercera clase de miseria fue la de las grietas y vías de agua. Sobre todo son sufrimientos
morales, la humillación de ver esta horrible abertura entre la parte que cubre los dedos y lo alto de los
zapatos, por ejemplo; pero además hay que relacionarlo con los enfriamientos, los catarros, y una larga serie
de consecuencias desagradables.
Hablamos también de la miseria de sentarse a su trabajo (como lo hacen tantos escolares en Londres
todos los días de lluvia) con la suela de los zapatos gastada y agujereada, que ha cogido agua, y de
constiparse...
Y de estos ejemplos, mi pensamiento iba a otros. Hice un descubrimiento. Siempre había censurado a la
gran masa de pobres londinenses por no pasar los domingos y días de fiesta en hacer buenas marchas, el
mejor de los ejercicios. Me había permitido decir un día a Margate: "¡Qué idiotas son todos estos jóvenes
que no paran de dar vueltas alrededor de los quioscos de música, en lugar de corretear por las colinas de
Kent!". Pero me he arrepentido de estas palabras. ¡Grandes correrías!. Sus zapatos le hubieran hecho daño.
Sus zapatos no hubieran resistido. Lo comprendí todo.
Pero mis palabras iban más lejos. Ex pede Herculem, dije: estas miserias de los zapatos no son más que
un ejemplo. Los vestidos que lleva la gente no son mejores que sus zapatos, y las casas donde viven son
muchos peores, ¡Y pensar en el triste almacén de ideas, con errores y prejuicios, donde sus pobres espíritus
han sido ahogados por su educación!. ¡Piense en la manera que esto les abruma y les irrita!. Si alguien
expusiera la miseria de estas cosas... Piense un momento en los resultados de una alimentación pobre,
malsana, mala; en los ojos, en las orejas, en los dientes mal cuidados!. ¡Piense en la cantidad de dolores de
muelas
"¡ Le digo que no hay que pensar en esas cosas!", gemía mi amigo, con acento de desesperación; y no
quiso oír nada más a ningún precio...
¡Y pensar que en otro tiempo había escrito libros llenos de estas mismas preguntas, antes de que la
desesperación le hubiese hundido!
Conozco una persona, otro de mis amigos, que puede atestiguarlo, que ha conocido todas las miserias de
los zapatos y que, ahora, las ha superado, pero no las ha olvidado. Una buena oportunidad, puede que
ayudada de una cierta habilidad por su parte, le ha elevado de la clase donde uno se compra sus zapatos y
sus trajes de lo que queda de 280 pesetas por semana, a aquella donde se gastan de 30.000 a 40.000 pesetas
al año (1) en vestirse a veces se los manda hacer a medida, los guarda en un armario conveniente y tiene
gran cuidado con ellos; de manera que sus botines, sus zapatos, sus zapatillas no rozan, ni aprietan, ni
crujen, ni le hacen daño ni le incomodan, ni le molestan nunca, y cuando extiende sus pies delante del fuego
no le recuerdan que es un pobre diablo, buscando su endeble vida en las sobras del mundo. Se imaginarán
que tiene todas las razones posibles para felicitarse y ser dichoso, viendo que han llegado los días buenos
después de los malos. Pero, tal es la rareza del corazón humano, no está contento en absoluto. El
pensamiento de que tantos están peor que él en esta cuestión del calzado no le da ninguna satisfacción. Sus
zapatos le hacen daño por mandato.
La cólera que ha conocido otras veces, sufriendo él mismo, cuando arrastraba tristemente los pies a
través de la animación alegre de los barrios elegantes de Londres, metidos en zapatos que le hacían daño, la
siente igualmente viva ahora que anda bien a gusto, per entre gente de la que sabe, con una inexorable
clarividencia, que sufren de una manera casi intolerable. No tiene la optimista ilusión de que las cosas van
bien para ellos. La gente estúpida que ha estado siempre acomodada, que ha tenido siempre buenos
zapatos, pueden pensar así, pero él no. En cierto sentido el pensamiento de los zapatos le enoja más que
antes. Antes estaba descontento de su suerte, pero descontento sin esperanza; pensaba que los zapatos
malos, los vestidos feos y modestos, las casas enmohecidas, formaban parte de la naturaleza de las cosas.
Ahora, si ve a un niño que llora o refunfuña y tropieza en el pavimento, o a una vieja campesina arrastrarse
penosamente a lo largo de un sendero, no ve ya en ello la garra del Destino. Su cólera está iluminada por el
pensamiento de que hay locos en este mundo que hubieran debido prever e impedir esto. No maldice más el
destino, sino la imbecilidad de los hombres de Estado y de la gente poderosa y responsable, que no han
tenido ni el coraje ni la valentía ni la intención de cambiar la mala organización que nos da estas cosas.
No crean que insisto sin razón sobre la buena suerte de mi segundo amigo, si les digo que antes estaba
siempre fastidiado y con el ánimo triste, que cogía resfriados a causa de sus malos trajes, sentía vergüenza
de su apariencia sórdida, que sufría con sus dientes mal cuidados y con una alimentación mediocre, tomada
a malas horas, con la casa fea y malsana de donde vivía y con el aire corrompido de ese barrio de Londres,
con cosas que en verdad, están muy por encima del poder de un pobre hombre sobrecargado de trabajo el
poder remediarlas, si no se le ayuda... Y ahora todas estas cosas enojosas han salido de su vida; ha
consultado dentistas y médicos, no tiene casi días ensombrecidos por resfriados, no tiene absolutamente
ningún dolor de muelas ni indigestiones.
Mi intención, al contar la buena suerte de este hombre afortunado, no es otra que demostrar que esta
miseria de los zapatos no es una maldición inevitable lanzada sobre la humanidad. Si puede escapar uno, los
demás también. Sería completamente abolida, si se considerara con interés. Si usted sufre, o, lo que es más
importante para la mayor parte de los hombres, si alguien a quien usted quiere o sufre por los zapatos,
porque le hacen daño o porque son muy feos y no puede hacer nada para remediarlo, es simplemente que le
ha tocado el lado malo de un mundo mal gobernado. No todos están en el mismo caso.
Y esto que he dicho de los zapatos es verdad respecto a todas las otras pequeñas cosas de la vida. Si su
mujer coge un resfriado fuerte porque sus zapatos son demasiados finos para la estación, o no tiene ganas
de salir porque está muy mal vestida; si sus hijos están afeados por bultos, o por trajes sucios, viejos y que
no son de sus talla; si es taciturno y dispuesto a pelearse con cualquiera no acepte creer la pesada broma de
que ese es el triste destino de la humanidad. Esas gentes que usted quiere viven en un mundo mal repartido
del que solo conocen el lado malo, y todas esas desgracias son la demostración cotidiana.
Y no diga: "Es la vida". No crea que esas miserias son el resultado de una maldición inevitable. La prueba
de lo contrario la vemos claramente Hay gentes, no más merecedoras que otras, que no sufren ninguna de
estas cosas. Puede tener la idea de que usted no merece más que una vida miserable y pobre en la que sus
zapatos le harán siempre daño; pero ¿es que los niños, las jóvenes y toda la multitud de pobres y honestas
gentes no merecen nada mejor?
Una posible discusión
Ahora, supongamos que alguien discute lo que estoy diciendo. Espero que nadie me negará que gran
parte del sufrimiento de nuestro mundo civilizado (no digo todo, sino solamente una gran parte) proviene
del conjunto de miserables insuficiencias de las que he cogido el más simple ejemplo en esta miseria de los
zapatos. Pero creo que mucha gente estará dispuesta a asegurar que estos sufrimientos sean inevitables.
Dirá que es imposible que todo el mundo tenga lo mejor; que de todas las buenas cosas, comprendido el
buen cuero y los buenos zapatos, no hay bastante para todo el mundo: que la gente de clase baja no debería
quejarse de su vida miserable e incómoda, sino considerarse dichoso por vivir, teniendo en cuenta lo que
son, y que no es bueno enfrentarse contra cosas que no pueden cambiar ni volverse mejores. Estos
argumentos no pueden ser desechados sin más; es muy cierto que todo el mundo no puede tener lo mejor; y
está dentro de la naturaleza de las cosas que ciertos zapatos sean mejores y otros peores. A algunas
personas -sea por pura casualidad o por la fuerza de su poder- les caerán en suerte los zapatos superiores, el
cuero más fino y el corte más elegante. Nunca he negado eso. Nadie sueña con un tiempo donde todos
tendrán exactamente zapatos igual de buenos; no predico una igualdad tan infantil, tan imposible. Pero va
mucha distancia de reconocer la necesidad de una cierta vanidad pintoresca e interesante en esta cuestión
de calzado, a admitir que la mayor parte de la gente no puede esperar nada mejor que estar calzados de una
manera a menudo penosa, incómoda, malsana o muy fea de ver. Es algo que me rehuso por completo a
aceptar. Hay el suficiente buen cuero en el mundo para hacer buenos y bonitos zapatos y calzado para todos
los que tengan necesidad, bastantes hombres desocupados, y bastante fuerza y máquinas para hacer todo el
trabajo requerido; bastantes inteligencias sin empleo para organizar la fabricación de zapatos y su
distribución a todo el mundo. ¿Dónde está el obstacúlo?
Hagamos la pregunta de otra manera, Vemos por un lado -puede juzgar por sí mismo, en cualquier lugar
"chic" de Gran Bretaña- gente mal calzada, incómoda y penosamente, zapatos viejos, podridos, horribles;
por otro lado, vastas extensiones de terreno en el mundo, con posibilidades ilimitadas de ganado y de cuero,
y mucha gente que, sea por fortuna, sea efecto de una crisis en los negocios, están sin hacer nada. Y nos
preguntamos: "¿Por qué no poner esta gente a la obra para hacer y distribuir los zapatos?
Imagine que usted mismo intenta organizar algo de esta especie de Empresa de Zapatos gratuitos, y
considere qué dificultades encontrará primero. Primero tiene que buscar el cuero. Imagínese partiendo
hacia América del Sur. Por ejemplo, para buscar el cuero: para comenzar por el principio, se pone a matar y a
desollar un rebaño de ganado. Enseguida es interrumpido. Su primer obstáculo se presenta en la persona de
un hombre que les dice que el ganado y el cuero son suyos. Usted explica que tiene necesidad de cuero para
la gente que no tiene zapatos convenientes en Inglaterra. Le responderá que le importa un rábano lo que
usted quiere hacer con ello: antes de cogerlo, tiene que comprarlo; este cuero es de su propiedad privada, el
ganado y el suelo donde pasta el ganado. Si le pregunta que cuánto quiere por su cuero, le dirá francamente
que todo lo que pueda sacarle. Si por azar, es una persona de una bondad de carácter completamente
excepcional, podrá quizás discutir con él. Podrá exponerle que este proyecto de dar a la gente excelentes
zapatos era magnífico y pondría fin a muchas de las miserias humanas. Hasta puede ocurrir que simpatice
con su generoso entusiasmo, pero creo que le encontrará de piedra, en su resolución de sacar por su cuero
todo lo que pueda pagarle, haciendo el máximo esfuerzo. Supongamos que ahora le dice: "Pero, ¿cómo ha
llegado a poseer este suelo y este ganado, de manera que esté entre ellos y la gente que los necesita,
sacándoles este provecho?". O bien comenzará a contarle una larga serie de desatinos, lo que es más
probable, se enfadará y rehusará responder. Siguiendo sus dudas en cuanto a la justicia de su propiedad
sobre estas cosas, podrá admitir que merece un salario razonable por el cuidado que ha tenido del terreno y
del rebaño. Pero los ganaderos son una raza violenta y brutal, y es dudoso que pudiese ir lejos con su
proposición de un salario razonable. Tendrá que comprar el cuero de este propietario a buen precio -
dejándole que saque todo lo que pueda- si quiere continuar su proyecto.
Bien; entonces tendría que traer este cuero hasta aquí, y para ello le haría falta expedirlo por ferrocarril
o por barco, y de nuevo se encontraría con gente sin deseo ni voluntad de ayudarle en su proyecto,
obstruyendo su camino, resueltos a sacar de usted hasta el último céntimo en el curso de su negocio de
proveer a todo el mundo de buenos zapatos. Vería que el ferrocarril es una propiedad privada, de uno o
varios empresarios, y que cada uno de ellos no estaría satisfecho con un simple salario en relación con sus
servicios. También ellos estarán decididos a exigir de usted hasta el último céntimo. Si hiciese encuestas
sobre la cuestión, probablemente encontraría que los verdaderos propietarios del ferrocarril y del barco son
compañías de accionistas, y que el interés obtenido en esta etapa sobre los zapatos del mundo pobre va a
llenar los bolsillos de ancianas señoras en Torquay, de pródigos en París, de "gentlemen" bien calzados en los
clubs de Londres, todos ellos gentes distinguida.
Bueno; por fin su cuero está en Inglaterra; ahora quiere hacer los zapatos, Lo lleva hasta un centro de
población, invita a los obreros a venir, instala talleres y máquinas en un terreno inocupado, y se lanza en un
furor de industria generosa, a hacer zapatos... ¿Me comprende usted?. He aquí que un propietario se
adelanta, reclama este terreno como su propiedad, pide un alquiler, una suma enorme. Y descubre que sus
obreros no pueden tener una casa a menos de pagar también un alquiler -cada pulgada del país es
propiedad de alguien, y un hombre no puede cerrar los ojos durante una hora sin el consentimiento de algún
propietario-. Y el alimento que comen, sus zapateros, los vestidos que llevan, han pagado todos por ello
tributo y beneficio a propietarios de tierras, de coches, de casas, tributo sin fin, más allá del justo salario del
trabajo que ha sido realizado por ellos...
Podríamos continuar así. Pero usted comienza ahora a ver una parte al menos de las razones por las
cuales todos no tenemos buenos y cómodos zapatos. Habría bastante cuero, y ciertamente hay bastante
trabajo y suficientes inteligencias en el mundo para organizar esto y una infinidad de otras cosas buenas.
Pero la institución de la propiedad privada de la tierra y de productos naturales, el obstáculo de esas
reclamaciones que le impiden utilizar el suelo, o de desplazar los materiales, y que es necesario comprar a
precios exorbitantes, he aquí lo que obstaculiza el camino. Todos estos propietarios se pegan como parásitos
a su negocio y a cada nueva etapa; y cuando tenga estos buenos zapatos en Inglaterra se dará cuenta de que
cuestan alrededor de 25 francos el par, un precio fuera de los medios de la mayoría de la gente, Y no le
parecerá mi imaginación demasiado extravagante, si le confieso que cuando pienso en todo esto, y miro en
la calle los zapatos de los pobres, y los veo cortados, deformes y muy feos, veo también muchos pequeños
fantasmas del suelo, propietarios de todas clases, pululando como sanguijuelas bajos sus pobres pies heridos
y cansados, cogiendo mucho y no dando nada, y que son única causa verdadera de todas estas miserias.
Y pensamos, ¿es eso una cosa necesaria e inevitable?. He aquí la pregunta clave. No hay ningún otro
medio de arreglar las cosas que dejar a estos empresarios exigir lo que reclaman, y chupar de la vida del
pueblo común el confort, la fortaleza de ánimo, la dicha. Porque naturalmente no se contentan con que los
zapatos sean insuficientes y malos. Las exigencias y los beneficios de los propietarios del suelo y de los
inmuebles, son las que hacen nuestras casas tan pesadas, sórdidas y caras, que hacen que nuestras
carreteras y nuestros ferrocarriles tan molestos e incómodos, que roen nuestras escuelas, nuestros vestidos,
nuestra comida: los zapatos no han sido más que un ejemplo de un mal universal.
Ante esto, mucha gente dice que hay cosas más interesantes que hacer, y que el mundo podría ser
infinitamente mejor en todos estos aspectos, más feliz y mejor que nunca ha sido, negando que existe la
propiedad privada en todas estas cosas universalmente necesarias. Dicen que es posible que el suelo sea
puesto en explotación, y que las cosas comunes y necesarias, como el cuero y los zapatos hechos, sean
surtidas, y realizados una serie infinita de otros servicios de interés general, no para el provecho de unos
individuos sino para el bien de todos. Proponen que el Estado tome el suelo, los ferrocarriles, los barcos y
otras muchas empresas a sus empresarios que no las usan más que para usurpar al pueblo medio para sus
estériles gastos privados, y deberían por el contrario administrar estas cosas generosa y esforzadamente, no
para la ganancia sino para el servicio. Consideran que la verdadera raíz del mal es esta idea de lucro. Esta
penosa aflicción por los zapatos no es más que un símbolo típico para los socialistas y para la gente que tiene
la esperanza de llegar a un cambio en el mal estado de las cosas actualmente.
¿El socialismo es posible?
No pretenderé ser imparcial en esta materia y discutir como si mi opinión no estuviese fundada sobre la
cuestión de saber si el mundo sería mejor, suponiendo que se pudiese abolir la propiedad privada respecto
al suelo y a muchas otras cosas de utilidad general. Creo que la propiedad privada de estas cosas no es más
necesaria e inevitable que la propiedad privada de nuestros semejantes, o de los puentes y carreteras.
La idea de que todas las cosas puedan ser reclamadas como propiedad privada pertenece a las edades
sombrías de la humanidad, y no es solamente una monstruosa injusticia, sino un inconveniente todavía más
monstruoso. Supongamos que todavía admitimos la propiedad privada de las carreteras, y que todo aquél
que posee un pedazo quiere negociar con nosotros antes de que podamos pasar en coche. Diría usted que la
vida no se podría soportar. Pero realmente, es un poco de esto lo que pasa hoy día cuando tomamos el tren,
y es completamente así para aquellos que tienen necesidad de un trozo de tierra donde vivir. No veo que
haya más dificultad en organizar el cultivo del suelo, las fábricas y demás cosas de este género, para el bien
general público, que las carreteras y los puentes, el correo y la policía. No veo ninguna imposibilidad al
socialismo dentro de estos límites.
Abolir la propiedad privada de estas cosas sería abolir toda esta nube de parásitos cuya ansia de
beneficios y dividendos es un obstáculo para una gran cantidad de útiles o seductoras empresas y hace que
sean costosas e imposibles. Supondría esto abolirlas; ¿pero sería esto un mal?
¿Y por qué no coger esta especie de propiedad a los que poseen?. Antiguamente, no solamente los
esclavos han sido explotados por sus amos, sin compensación o casi sin ella, sino que la historia de la
humanidad por horrible que parezca, presenta incontables casos de amos de esclavos renunciando ellos
mismos a sus derechos humanos. Quizás piense que es una injusticia y un robo apropiarse de la gente. ¿Pero
no es éste el caso?. Suponga que viese muchos niños en una guardería infantil, tristes y desgraciados, porque
uno de ellos, que ha sido muy mimado, ha cogido todos los juguetes y pretende guardarlos y no dejar
ninguno a los otros... ¿Es que no deposeería a este niño, por muy sinceramente convencido que estuviese de
que su manera de obrar era justa?. De hecho, es esta la posición del propietario hoy día. Pensaré quizás que
los propietarios, del suelo por ejemplo, deberían ser pagados y no despojados, Pero como encontrar el
dinero para pagarlos quiere decir poner un impuesto sobre la propiedad de alguien, cuyos derechos son
quizás mejores, no logro ver dónde está la honestidad de este proceder. No se puede dar propiedad por
propiedad más que comprando y vendiendo; y si la propiedad privada no es un robo, entonces es no
solamente el socialismo, sino el impuesto ordinario el que lo es. Pero si el impuesto es un procedimiento
justificable, si pueden tasarme (como lo estoy) por los servicios públicos a razón de una peseta y más por
cada veinticinco que gano (2), no sé por qué no se le pone un impuesto al propietario del suelo, de la mitad,
de las dos terceras partes o de todo su terreno si hace falta, o al accionista del ferrocarril de diez o quince
francos sobre veinticinco de obligaciones.
En todo cambio es necesario que alguien salga perdiendo; cada progreso en las máquinas y en la
organización industrial priva a pobres gentes de su renta, y no veo por qué tenemos que ser tan
singularmente solícitos con los ricos con los que no han producido nada en toda su vida, cuando son
obstáculo para el bien general. Y aunque niego el derecho a la compensación, no niego que se llegue a él
probablemente. Cuando se trata de método, se puede muy concebir que nosotros podamos dar al
propietario compensaciones parciales y hacer toda clase de concesiones para evitar ser crueles a su manera
de ver, en nuestro esfuerzo de poner fin a las mayores crueldades de hoy.
Pero, una vez puesta aparte la justicia de la causa, mucha gente parece considerar el socialismo como
una vana quimera, porque dicen que "va contra la naturaleza humana". Se nos dice que todos aquellos que
poseen una pizca de propiedad, en tierras o en acciones, o en alguna otra cosa, se opondrían vivamente al
advenimiento del socialismo, y como esta gente tiene todo el tiempo y toda la industria del mundo, y toda la
gente capaz y enérgica tiende naturalmente a entrar en esta clase, no habrá nunca una fuerza eficaz que
instale el socialismo, Pero esto refleja una concepción muy pobre de la naturaleza humana. Hay sin duda
muchos ricos de alma oscura y baja que odian y temen el socialismo por razones puramente egoístas; pero
sin embargo es muy posible ser propietario y al mismo tiempo desear ver al socialismo establecido.
Por ejemplo, el hombre de mundo cuyos negocios privados conozco mejor que nadie, el segundo amigo
de que he hablado, el propietario de todo ese buen calzado, da tiempo, fuerza y dinero por acelerar esta
esperanza de socialismo, a pesar de que paga un impuesto sobre al renta de 1200 francos por año y posee
títulos y tierras por varios millones de libras. Y esto no lo hace por espíritu de sacrificio. Cree que viviría feliz,
y más agusto en una organización socialista, donde no le sería necesario agarrarse a este salvavidas de la
propiedad individual. Encuentra -y mucha gente de su posición piensa de la misma manera- que es una
recriminación perpetua de una vida de confort y de agradables ocupaciones, el ver tanta gente, que podrían
ser para él amigos o simpáticos socios, detestablemente mal educados, alojados, con los zapatos y los
vestidos más abominables, y con el espíritu tan detestablemente falseado, que no quieren tratarlo como a
un igual. Le parece que es el niño mimado de la guardería; se siente avergonzado y menospreciado, y como
la caridad individual no parece que empeora las cosas, está dispuesto a dar gran parte de su vida y a perder
si hace falta su pequeña posesión alegremente, para cambiar el estado de cosas actual de una manera
inteligente.
Estoy convencido de que hay mucha más gente mucho más rica e influyente que piensa del mismo
modo. Lo que me parece un obstáculo grande para el socialismo, es la ignorancia, la falta de valor, la
estúpida falta de imaginación de la gente pobre, demasiado tímida y demasiado vergonzosa y torpe, para
considerar algún cambio que les salve. Pero a pesar de esto la educación popular prosigue y estoy casi
seguro que en las próximas generaciones encontraremos socialistas hasta en los suburbios (Slums) (3).
La gente desprovista de imaginación que posee algún trozo de propiedad, algunas hectáreas de terreno
o algunos miles de francos en la Caja Postal de Ahorros, opondrán sin duda la resistencia pasiva más tenaz, y
son, me temo, junto con los ricos insensibles, con los que tendremos que contar como nuestros enemigos
irreconciliables, y que constituyen los pilares inconmovibles del orden actual.
Los elementos bajos y perezosos de la "naturaleza humana" están y estarán, lo admito, contra el
socialismo, pero no son toda la "naturaleza humana", ni siquiera la mitad. ¿Y cuándo, a lo largo de la historia
del mundo, la bajeza y el miedo han ganado una batalla?. Es la pasión, el entusiasmo; la indignación los que
forman el mundo según su voluntad, y no me explico como alguien puede recorrer las calles apartadas de
Londres o de cualquier otra gran ciudad de Inglaterra, sin llenarse de vergüenza y resolverse a poner fin al
estado de cosas bajo y horrendo que esto deja ver.
Y no creo que sea sostenible el argumento de "la naturaleza humana" contra el socialismo.
Socialismo significa revolución
Entendámonos bien sobre este punto: Socialismo significa revolución, cambio en el curso de la vida
cotidiana. El cambio puede ser muy gradual, pero será muy completo. No se puede cambiar el mundo y al
mismo tiempo no cambiarlo, Encontraréis socialistas a medias, o al menos gente que se dice socialista, que
dicen que no, y que juran que algún extraño cambalache a propósito del gas municipal y del agua es el
socialismo, y que acuerdos celebrados en los pasillos de la Cámara entre conservadores y liberales son el
medio de abrir la era de la salvación. ¡Es como denominar a la lámpara del techo de una sala de conferencias
la gloria de Dios en el cielo!. El socialismo quiere cambiar, no solamente los zapatos que lleva la gente en los
pies, sino también los trajes que tienen, las casas que habitan, el trabajo que hacen, la educación que
reciben, su posición, sus honores y todo lo que poseen. El socialismo quiere hacer un mundo nuevo del viejo.
Este mundo no puede ser establecido más que por la resolución manifiesta, inteligente y valerosa de una
gran multitud de hombres y mujeres. Es necesario ver claramente que el socialismo significa un cambio
completo, una ruptura con la historia, con muchas cosas pintorescas; desaparecerán clases enteras. El
mundo será otro completamente, con otras casas y otras gentes. Todos los oficios, todas las industrias
cambiarán, la medicina se practicará en otras condiciones; las profesiones del ingeniero, del sabio, del actor ,
del sacerdote, las escuelas, los hoteles, tendrán que experimentar un cambio interno tan completo, como el
de una oruga que se vuelve mariposa.
Si esto les da miedo, más vale que sea ahora que más tarde. Es necesario cambiar el sistema entero si
queremos terminar con estas miserias horribles que hacen que nuestro estado actual sea detestable para
todo hombre y mujer dotados de inteligencia.
Es este, y no menos, el fin de todos los socialistas sinceros, el establecimiento de una organización nueva
y mejor, por la abolición de la propiedad privada del suelo, de los productos naturales y de su explotación,
un cambio tan profundo como hubiese sido la abolición de la propiedad privada de los esclavos en la Roma o
Atenas antiguas. Si pedís menos que esto, si no estáis dispuestos a luchar por esto, no sois verdaderamente
socialistas. Si tenéis miedo de todo esto, tendréis entonces que acomodar vuestra vida a una especie de
felicidad personal y egoísta, dejando las cosas como están, y concluir con mi otro amigo que no hay que
reflexionar acerca del calzado. La idea dominante sobre la que debemos insistir es que el socialismo es un
proyecto práctico o de sentido común, para cambiar nuestra idea convencional sobre lo que es o no es
propiedad, y para reorganizar el mundo una vez revisados estos conceptos. Unas cuantas personas,
encontrando que es demasiado claro y directo, se han esforzado en exponerlo de una manera magnífica y
oscura; le dirán que la base del socialismo es la filosofía de Hegel, o que se confunda en una teoría de la
renta, o que es algo que hay que hacer con una especie de hombre intratable que se llama el Superhombre,
y toda clase de cosas brillantes, absurdas y molestas.
En lo que respecta al pueblo inglés, parece que la teoría del socialismo se ha subido a las nubes, y que su
práctica ha descendido a las alcantarillas, y es conveniente advertir a la gente que intente informarse que ni
las fórmulas de arriba, ni la tarea de abajo, son otra cosa que accidentales acompañamientos del socialismo.
El socialismo es un gran proyecto, pero simple, claro y humano; sus fines no serán alcanzados por el hombre
culto ni por la habilidad, sino por la resolución clara, la abnegación, el entusiasmo y la colaboración leal de
grandes masas de gente.
Lo importante es, en consecuencia, sacar a las grandes masas de su confusión intelectual y de la
indecisión de hoy. Supongamos que usted simpatiza con lo dicho en este folleto, y que, como mi segundo
amigo, encuentra que la penosa indigencia, la grave miseria de gran parte de los hombres de nuestro mundo
vuelven casi intolerable la vida en las condiciones presentes, y que es en el sentido del socialismo donde está
la sola esperanza de un serio remedio.
¿Qué tenemos que hacer?. Evidentemente esforzarnos lo más posible en hacer de los demás socialistas;
organizarnos nosotros mismos con los demás socialistas sin pararnos a mirar cuestiones de clase o pequeños
detalles de doctrina: hacermos oír, dejarnos ver, como socialistas efectivos, donde y cuando podamos
hacerlo. Tenemos que pensar en el socialismo, leer y discutir sobre él. Tenemos que confesar nuestra fe
abierta y francamente. Debemos rehusar ser llamados liberales o conservadores, republicanos o
democrátas, o cualquier otra apelación ambigua. Debemos crear y unir por todos los lados una organización
socialista, un club, un grupo, sea lo que sea, de manera que nos hagamos notar. Para nosotros, como para
los primeros cristianos, predicar nuestro evangelio es nuestra suprema esperanza. Hasta que los socialistas
pueden ser contados por millones, no habrá gran cosa de lograrlo. Cuando estén ahí, un nuevo mundo será
nuestro.
Ante todo, si tuviera un consejo que dar a un camarada socialista, le diría: "Aférrate a la idea simple y
esencial del socialismo, que es la abolición de la propiedad privada en todo aquello que no sea lo que un
hombre ha ganado o fabricado, No compliques tu causa con sistemas. Y ten presente en tu mente, si es
posible, una especie de talismán que te mantenga en este evangelio esencial, fuera de la turbación y de las
luchas que suscitan las discusiones cotidianas”. Por mi parte, tengo como he dicho al principio, un interés
especial en el calzado, y he aquí mi talismán: la imagen de una niña de diez a once años, mal alimentada,
pero más bien guapa, sucia, y con las manos endurecidas por rudos trabajos, su pobre cuerpo gracioso de
niña cubierto de malos harapos, y en los pies gruesos zapatos usados que la hacen daño. Y en particular
pienso en sus pobres tobillos delgados y en sus pies que arrastra, y todos esos fantasmas de poseedores y de
accionistas de los que he hablado acompañando su martirio, con sanguijuelas pegadas a sus pies.
Deseo ver cambiar en el mundo la causa de este estado de cosas y no me preocupo de los obstáculos
que se presentan en el camino ¿Y usted? He aquí un sencillo ejemplo brutal para ilustrar lo que he dicho. Es
un extracto de una carta de un obrero a mi amigo, Sr. Chiozza Money, uno de los escritores mejor
informados acerca de los problemas de trabajo en Inglaterra:
"Soy bracero, y gano regularmente 30 chelines por semana (425 pesetas). Soy el feliz (¿) padre de seis
hijos que están bien. El año pasado compré veinte pares de zapatos. Este año, hasta hoy, he comprado diez
pares, por dos libras (340 pesetas), y, sin embargo, mi mujer y cinco de los niños no tienen más que un par.
Yo tengo dos pares, y los dos calan; pero ahora no veo la ocasión de comprar nuevos. Debo decir además
que mi mujer es una excelente ama de casa, y que yo mismo soy un hombre de lo más sobrio. Tanto es así,
que si pusiese a un lado lo que gasto de superfluo en un año, no tendría para comprarme un par de zapatos
con ellos. Pero he aquí lo que quería decir: "En 1903, mi salario era de 25 s/l. D. por semana, y tenía
entonces ya mis seis hijos. Mi vecino de descansillo hacía y remendaba zapatos. No tenía trabajo, y esto
duraba meses. Durante este tiempo los zapatos de mis hijos necesitan repararse, y yo necesitaba
remendarlos tal cual. Un día pensé que estaba remendando zapatos de un lado de un muro, y que mi vecino
no tenía trabajo del otro lado, y hubiera tenido necesidad de la obra que estaba obligado a hacer yo mismo".
El muro era una organización comercial de la sociedad basada en la propiedad individual del suelo y de los
productos naturales. Estos dos hombres estaban forzados a trabajar para propietarios, o de ningún modo. La
comida primero, más el alquiler, y los zapatos, si puede, cuando todos los propietarios están pagados...
Notas
(1) Cálculo a partir de datos actualizados. Es más significativo relacionarlo con el nivel español de la época.
(2) Impuesto sobre rendimientos del trabajo personal. El IRTT es actualmente de cerca del 14% sin mínimo
exento.
(3) El libro está escrito en la Inglaterra de principios de siglo.

Artículo de www.profesionalespcm.org insertado por: El administrador web - Fecha: 06/01/2010 - Modificar

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