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Título: ABSORCIÓN DEL MOVIMIENTO OBRERO POR EL ESTADO III, parte 2. Por Petronivs Arbiter: Selección de ideología: Socialliberalismo en EE.UU. y Europa Occidental- Enlace 1 - Enlace 2 - Enlace 3 - Enlace 4

Texto del artículo:

ABSORCIÓN DEL MOVIMIENTO OBRERO POR EL ESTADO III: SELECCIÓN DE IDEOLOGÍA.
SEGUNDO APARTADO DE TRES: SELECCIÓN DEL SOCIAL LIBERALISMO EN ESTADOS UNIDOS Y EUROPA OCCIDENTAL. LOS ABANDONOS DEL MARXISMO.



Por Petronivs Arbiter.
Marzo de 2009
pmgf1234@gmail.com

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ABSORCIÓN DEL MOVIMIENTO OBRERO POR EL ESTADO III: SELECCIÓN DE IDEOLOGÍA.
SEGUNDO APARTADO DE TRES: SELECCIÓN DEL SOCIAL LIBERALISMO EN ESTADOS UNIDOS Y EUROPA OCCIDENTAL. LOS ABANDONOS DEL MARXISMO.


Hillquit: Sí, y cuando se obtengan esas condiciones…
Gompers: (interrumpiéndole) Entonces buscamos otras mejores.
Hillquit: (continuando) ¿Lucharéis por conseguir otras mejores?
Gompers: Sí.
Hillquit: Mi pregunta siguiente es ésta: ¿este esfuerzo por parte de las organizaciones laborales no se detendrá hasta que se hayan conseguido todas las recompensas debidas al trabajo?
Gompers: Nunca se detendrá.

Hillquit: Entonces, el objetivo del sindicalismo ¿reside en obtener una completa justicia para los afiliados, sus mujeres y sus hijos?
Gompers: Es el esfuerzo por conseguir una vida mejor cada día.
Hillquit: Cada día y siempre…
Gompers: Cada día. No hay límites.
Hillquit: Hasta el momento que…
Gompers: Hasta ningún momento.
Hillquit: En otras palabras…
Gompers: (interrumpiéndole) En otras palabras, nosotros vamos mucho más lejos que vosotros (Risas y aplausos entre el público). Vosotros tenéis un fin, nosotros no.

Discusión entre Morris Hillquit, del Partido Socialista de América, y Samuel Gompers, jefe de la Federación Americana del Trabajo, en la Comisión de Relaciones Industriales. Año 1914.


Este texto describe la negativa de la AFL a subordinar su estrategia sindical a una política de alcance. Recuerda los sapos de A. Gutiérrez contra J. Anguita desde 1992 hasta la conversión de nuestro partido por el Pacto con Almunia, solo que Gompers, menos preocupado por su futuro personal, era más fino. Las relaciones entre políticos y sindicalistas, cuyos intereses no coinciden necesariamente, son un continuo tira y afloja. Ponte cómodo, que empezamos un viaje algo más largo que el de Absorción II.


Primer caso: Selección del Social Liberalismo en los Estados Unidos.
1. La estrategia de la AFL.
La Guerra de Secesión supuso una notable destrucción de fuerzas productivas, pero al permitir la definición de gran parte de las relaciones sociales a satisfacción de los capitanes de industria, suministró la base de un periodo de expansión imponente a la vez que lleno de desequilibrios graves, por lo que hacia 1880 la Lucha de Clases llena la escena. En cuanto sigue, recuerda que el Potencial de crecimiento de las fuerzas productivas es muy elevado allí por aquel tiempo. Ofrezco una exposición de los motivos en el apartado III.3 de Sobre Imperio…
El crecimiento de la industria es el de las ciudades, en gran medida gobernadas por los grandes empresarios directa o indirectamente. Fuera de ellas, el control de la vida del obrero por su aprovisionamiento y vivienda se conoció por doquier, afectando especialmente a los mineros y asalariados del campo. Finos ejemplos pueden hallarse por doquier. La violencia de la Guardia Civil en España tiene contrapartida en las sevicias de la Guardia Nacional y de los mozos de Pinkerton, menos frecuentes que aquí pues el mayor Potencial las hacía menos necesarias. La extensión y profundidad del control, la manera en que se ejerce, es un factor importante para decidir que estrategia obrera reúne mejor saldo de ventajas e inconvenientes a corto plazo para quienes la escogen y despliegan. Insisto en que el Tamaño y Potencial son datos fundamentales para examinar las relaciones; el alcance y los procedimientos de dominación, lo que afecta simétricamente a la estrategia obrera, y así a las relaciones. Sigamos.
Los obreros se organizaron, librando rudas batallas por varios objetivos, destacando la conquista del reconocimiento de los sindicatos como interlocutores válidos ante los capitalistas. La respuesta del Estado fue en general la imputación de fines subversivos a la asociación obrera, y esta es una de las causas iniciales del persistente rasgo apolítico que impregnó el movimiento de nuestra Clase por décadas en todas partes. También como en Europa, la Lucha de Clases tenía por objeto la contratación colectiva, y conforme se produjo la expansión de las fuerzas productivas, conforme los costes de la Lucha representaron un despilfarro para los capitalistas, los trabajadores especializados, menos reemplazables, se encuadraron en una potente unión sindical, la AFL (Federación Americana del Trabajo) que se reveló eficaz. Otra organización, La Noble Orden de los Caballeros del Trabajo, intentó forjar la unidad de la Clase en torno a una práctica romántica, de fines compatibles con los intereses de los pequeños empresarios y los granjeros, lo que ofrecía las ventajas propias de un frente amplio a la vez que reducía las resistencias inherentes a la asunción de un programa revolucionario. Sin embargo, esta estrategia acabó en un rotundo fracaso, y la razón profunda, la Fractura campo ciudad, se expondrá en el punto siguiente.
A finales del siglo XIX, la AFL organizaba a los trabajadores por oficios, no por empresas o ramas. Este es un rasgo de los orígenes del sindicalismo, pues en general las uniones y confederaciones se formaron por agregación o captación de sociedades obreras de oficios, y las federaciones por rama o empresa son creaciones propias de las centrales consolidadas, que responden a la necesidad de una mayor coordinación del movimiento obrero en crecimiento, sea para luchar, sea para participar en el Estado como Sujeto de Consenso. La primacía de la organización por oficios a principios del siglo XX ofrecía ventajas a una organización con las finalidades encarnadas por Gompers, en la que el peso de los especializados era tan alto. Si un conflicto a gran escala sucedía en una rama o empresa, la AFL podía negociar su final a cambio de concesiones para los menos reemplazables. Las grandes luchas del ferrocarril, que tanto dieron que hablar, se resolvieron con el logro de ventajas para los especialistas, que sufrían una explotación durísima.
Otro rasgo del sindicalismo de la AFL en este periodo fue la oposición a la intervención gubernamental en las relaciones entre el sindicato y los capitalistas. Conviene reparar en que el marco legal era favorable a los capitanes de industria, y además, una prioridad de cohesión social como móvil de intervención gubernativa probablemente significaría la anulación de la estrategia de la AFL.
El momento era propicio para el éxito de este planteamiento. Amén del notable descontento entre grandes capas de población, que motivaba un especial cuidado de los patronos con los imprescindibles cualificados, difícilmente reemplazables, la expansión de las fuerzas productivas proporcionaba posibilidades reales de ascenso social pese a las frecuentes recesiones. Se calcula que un 25% de la mano de obra cualificada y de los empleados de “cuello blanco” ascendieron entre 1890 y 1914, si bien del orden de un 10% a un 15% vieron empeorar su situación. El saldo mínimo de movilidad ascendente es pues del 10%, en línea con la tasa de crecimiento y más que suficiente como para hacer atractiva la adhesión al sistema. Sabemos que una delegación de sindicatos británicos hizo un viaje a los grandes centros industriales norteamericanos, volviendo a su país absolutamente encantada con lo que vio.
La Competición por el ascenso entre obreros se nos muestra relevante en la Fractura implícita. Un indicio es que hasta los años 30, la afiliación crecía en los periodos expansivos y disminuía en las recesiones, momento en que la patronal no estaba dispuesta a hacer concesiones para mantener la producción. La sindicación servía más para progresar que para evitar retrocesos. Además, el sindicato no es solo una relación de Cooperación entre trabajadores. También puede serlo de Competición, cosa que se aprecia en el estudio del paso de la organización por oficios a la de ramas y empresas. Los vínculos entre sociedades y federaciones de oficios a través de federaciones locales o de la central son muy diferentes de los que se dan entre una central, sus federaciones de rama y el interior de las secciones de empresa, que engloban varios oficios. Nada ilustra esto mejor que las diferencias para la competición por el ascenso en la cúpula debidas al cambio organizativo.
Ninguna armonía de intereses es natural, por lo que la Fractura es posible, y con ella el Consenso y el Estado. Las luchas de facciones de clientes agrupados bajo diversos patrones dentro de los aparatos paraestatales se nos muestran como causa y efecto de la Fractura.

2. Fracturas entre campo e industria, y entre especializados y no especializados.
En una economía con Patrón Oro, si la producción crece por encima de la disponibilidad de metal los precios nominales de las mercancías tienden a la baja. Si algo caracteriza las recesiones de 1870 a 1914 es el hundimiento de los precios. Eso lo sabían muy bien los granjeros norteamericanos. Las uniones que constituyeron para luchar por sus intereses reivindicaban, amén de controles sobre las tarifas de los ferrocarriles e incluso su nacionalización, medidas como la libre acuñación de moneda de plata. Esto es lógico. El saldo pendiente de un crédito en dólares oro aumenta de valor en estas condiciones respecto del que supondría una suma igual cuando se contrató el préstamo, pero el deudor está obligado a pagar el montante del crédito contratado más los intereses aunque las mercancías que produzca caigan de precio por los avances de la mecanización, perjudicando a quienes no obtengan en su explotación aumentos de productividad iguales o superiores a la general. Más crédito en mejores condiciones, más medios de pago, eran objetivos del movimiento agrario.
Las uniones de granjeros proporcionaron el núcleo de un frustrado tercer partido, el populista. Y se frustró al ser asimilado por el Partido Demócrata, que hacia 1896 dio un giro espectacular a sus planteamientos, del liberalismo puro y duro del presidente Cleveland a una política de protección a los intereses de capas medias a partir de tal fecha, oferta ventajosa frente al sostenimiento de un partido separado. Esta capacidad del sistema político norteamericano para asimilar y rechazar elementos de la Sociedad era ya notoria en esta época. En su prólogo a la edición de 1891 del Manifiesto de la Internacional sobre la Comuna de París, que no tiene desperdicio, Engels señala la situación estadounidense, por la cual el sistema político absorbía una parte de los intereses en juego en detrimento de otros. Fracturando las clases, los profesionales de la mediación representativa de los dos partidos mantenían su rol de vertebradores de la sociedad eliminando a la competencia, impidiendo la formación de partidos por los intereses, y asimilando a éstos como lobbies. El alto Potencial de crecimiento hacía posible este comportamiento que arranca con la revolución jacksoniana en 1830, y las esperanzas de Engels de formación de un tercer partido no se cumplieron.
Pese a que fue el republicano McKinley el vencedor de las elecciones de 1896, y no el demócrata populista Bryan, el camino para la asimilación de los granjeros del Oeste quedó abierto. El también republicano T. Roosevelt intensificó lo expuesto con la legislación de regulación de los ferrocarriles y la habilitación de una comisión permanente que siguiese su cumplimiento, eliminando así la presión por la nacionalización del sector. Su programa New Nationalism incluyó medidas ventajosas para los granjeros. Al situarse como partido de los intereses del Sur y el Oeste, los demócratas forzaron a los republicanos a tener en cuenta los mismos en su desempeño de conservación de la primacía de los industriales. Pero hay más…
Las propias uniones de granjeros estaban condenadas a no poder formar su propio partido por ser uniones de propietarios de diferente porte. Invocar la solidaridad es una cosa, y dar trigo otra. En nada se ve esto mejor que en la negativa de las uniones a apoyar las alzas salariales a los jornaleros negros. Ciertamente, un éxito de las administraciones de 1890 en adelante fue quebrar la unidad de intereses agrarios entre el Oeste y el Sur, con la famosa sentencia “Separado pero igual” del Tribunal Supremo, que consagrando la segregación racial, suministró mano de obra barata en los campos y eliminó la competencia de los negros en las industrias de los estados meridionales, que crecieron mucho con base en la abundancia de recursos y la mayor baratura de los salarios.
Gompers entendió tanto como sus cuadros que el interés de sus representados no coincidía con el de los granjeros. No había posibilidad alguna de unidad entre interés agrario e industrial, clave de la victoria revolucionaria en un país en proceso de industrialización, y de ahí nuestra bandera. La mecanización y concentración capitalista de la explotación agraria, tan amplia y acelerada en Estados Unidos, era ventajosa para los obreros urbanos, interesados en que la comida fuese barata. El acierto de esta apreciación de la AFL se prueba por la derrota de los Caballeros del Trabajo, que junto a los inicios del Progresismo y la asimilación de los populistas por el Partido Demócrata, nos da un cuadro completo de este fenómeno de Absorción, de expansión del Consenso junto a su Fractura implícita a caballo del alto Potencial.
Y esta fue otra poderosa razón por la cual el Partido Socialista, pese al descontento de los trabajadores poco o nada cualificados, pese a sus éxitos iniciales que le sacaron de ser un grupo marginal presente entre inmigrantes de habla alemana, llegando a alcanzar presencia en la Cámara de Representantes y en gobiernos municipales, no pudo convertirse en un tercer partido. Negado por la AFL el acceso a los trabajadores especializados, y siendo quimérica la unidad de interés obrero y campesino, la progresiva impotencia de los no especializados significó que todo laborismo fuese descartado, pues los no reemplazables eran bastante numerosos para suministrar base al Estado, y disfrutaban de unas perspectivas alentadoras que desaconsejaban la ligadura con los prescindibles y sus complicaciones. La imponente competitividad de la sociedad estadounidense engarza con lo expuesto, y así el Consenso era suficiente, pues su Fractura implícita resultaba compatible. El social liberalismo, “libre mercado” con intervención estatal bajo demanda, especialmente mediante la legislación, se fue perfilando ventajoso frente a la socialdemocracia. Y lo expuesto es la verdadera razón de Gompers para burlarse de Hillquit.
Significativamente, el periodo de crecimiento del marxismo en Estados Unidos coincide con movimientos de reivindicación de justicia social desde los púlpitos de toda clase de confesiones, con las marchas y repartos del Ejército de Salvación, con el hartazgo por las pésimas condiciones de higiene en las ciudades que hacen importante la lucha obrera en el plano político local, y con la creación por importantes capitalistas de una comisión de estudio de las relaciones industriales, entre Capital y Trabajo, en la que Gompers ostentó la vicepresidencia. La concertación social por comisiones paritarias da sus primeros balbuceos años antes de la Primera Guerra Mundial, y la burla de Gompers a Hillquit, aplaudida por los risueños señores de la Comisión, muestra que el juicio sobre sus posibilidades de éxito era positivo.

3. Imperialismo.
Si algo traía de cráneo a los hombres poderosos de Estados Unidos era la percepción del riesgo de crisis de sobreproducción. Esto estuvo muy presente en las decisiones de política exterior que se tomaron desde 1898 hasta 1917, de la instauración de un virtual protectorado sobre Cuba mediante la Enmienda Platt a la participación en la Primera Guerra Mundial. Conscientes de su superior productividad del trabajo, los imperialistas norteamericanos no demandaron colonias, sino posiciones que garantizasen un control suficiente del tráfico marítimo, y la promoción de la política de “Puertas Abiertas”, es decir, la denuncia de las esferas de influencia y dominaciones coloniales de las demás potencias que cerraban el paso de sus mercancías en los mercados mundiales.
Como control, observemos que después de 1918, Gran Bretaña reconoció como estados soberanos a Iraq y Transjordania, si bien no apoyó la formación del Califato Hachem, que recibió la puntilla tras la conquista de La Meca por los Al Saud. Por el contrario, la más débil Francia hubo de forzar el control político de Siria llegando a desgajar de la misma El Líbano. Similarmente, Rusia optó por la adquisición de territorios a costa de China durante el siglo XIX, pues las esferas de influencia no hubiesen sido provechosas para tan pobre potencia comercial. Es un hecho lógico y probado que las buenas maneras son prerrogativa de los amos ricos. Los amos pobres recurren a la estaca con aun mayor frecuencia y descaro.
Cuando Wilson decidió en 1917, contra la generalizada opinión de sus conciudadanos, meter a su país en el avispero europeo, estaba haciendo lo que tenía que hacer desde el punto de vista del Poder. Solo una victoria de la Entente en breve plazo permitiría a los ricos hombres de empresa norteamericanos y al gobierno del país recuperar los créditos concedidos y abrir de par en par las puertas del mundo a sus exportaciones, pero la Revolución en Rusia iba a liberar a un millón de soldados alemanes en poco tiempo. Wilson revistió su política de infinidad de buenos propósitos, especialmente en punto al derecho de autodeterminación, garantía excelente de éxito para la política de “Puertas Abiertas”. Independientemente de que creyese o no sinceramente en la viabilidad y moralidad de su política exterior, ésta se adaptaba al interés nacional norteamericano, bien entendido que en cualquier lugar y época es el gobierno y los hombres con poder para influir en el mismo, Sujetos de Consenso pues, quienes deciden en que consiste el interés nacional, y por ende la nación misma. Además, no conviene despreciar el efecto sobre la identidad nacional que tiene la práctica exitosa del imperialismo, si no cuesta cara. El patriotismo ofrece un excelente entorno moral para perseguir las disidencias.
El balón de oxígeno que desde 1898 a 1914 dio a Estados Unidos el imperialismo sobre nuestras patrias hermanas y China resultó provechoso, pero insuficiente, pues por mucho que se abaratasen las materias primas, la demanda mundial de mercancías norteamericanas no crecía en proporción. Fueron pues de máxima importancia las alzas salariales de los especialistas y empleados, y el propio crecimiento demográfico, que pese a lo insalubre de las viviendas urbanas, ya que las ciudades se expandieron sin alcantarillado adecuado, estaba entre las tasas más altas del Mundo. La ciudad es la verdadera “frontera” industrial, pues motiva la explotación de los campos, posibilita el aumento de su productividad y absorbe el excedente de población…
Fue el estallido de la Primera Guerra Mundial y la intervención en la misma lo que colocó a Estados Unidos como primera potencia mundial, dando así una posición a su industria y finanza que reforzaba a la demanda interna. El problema de la Escala quedaba satisfactoriamente resuelto, dándose las premisas de la suficiente paz social, si bien incluso los vencedores europeos en la Gran Guerra habían sufrido un menoscabo de tal porte que la expansión estadounidense en los mercados mundiales tendría serios límites y gran dependencia del crédito. La quiebra de Wall Street supondría el fin de ese crédito, desencadenando la más famosa Crisis General de la historia del capitalismo, por el momento.
De todas formas, los años 20 serían felices para quienes ya sabemos.

4. La víspera de La Gran Depresión.
Fuera de la Guerra de Secesión, no hay experiencia más traumática para los norteamericanos que la famosa Crisis del 29. Ni las guerras mundiales, la derrota en Vietnam o sus fútiles aventuras en Iraq y Afganistán pueden compararse por su impacto.
Los años 20 fueron testigos de una notable ola de conservadurismo, de intensificación de la represión sobre los movimientos revolucionarios o simplemente reivindicativos, que fueron víctimas de todo el puñetero peso de la Ley so capa de la unidad patriótica ante la Guerra Mundial y la Revolución Proletaria. Significativamente, viendo que su Absorción era imposible por no ser deseada por los capitalistas y gobernantes, y que la unidad de la clase obrera era una quimera por no ser deseada por los especialistas sindicados en una fase de gran crecimiento, los movimientos de trabajadores fácilmente reemplazables fueron proclives a prácticas semejantes a las del anarcosindicalismo ya antes de la guerra. Aunque no llegase a cuajar como movimiento de masas, la IWW (Trabajadores Industriales del Mundo) planteó un desafío basado en una práctica revolucionaria, donde la autoayuda, formación de lazos de cooperación fuera del control enemigo, era un elemento central. Además, el Partido Comunista local se destacó por una combatividad sorprendente dados sus medios escasos y entorno adverso. En estos movimientos revolucionarios empieza a contestarse en serio el racismo.
Efectivamente, la AFL no admitía negros en sus filas. Es más, manifestaba propensión a excluir inmigrantes por sus procedencias. En el nativismo se ocultaba el temor bien fundado de que la sobrepoblación relativa deprimiese los salarios, más elevados que los europeos. El rechazo a los italianos, griegos y balcánicos, tan “inasimilables” en contraste con ingleses y germánicos, estaba a la orden del día, y hombres como Al Capone no surgieron del vacío.
Como vimos, el periodo anterior a la Primera Guerra Mundial estuvo marcado por el temor a la crisis de sobreproducción, y es por esto que amén de la búsqueda de mercados exteriores, hubo una preocupación considerable por mantener y ampliar la demanda interna. “Servimos coches de cualquier color mientras sea negro” decía H. Ford. Mientras las fuerzas productivas crecieron y la demanda pudo absorber la producción no hubo particular problema. La promoción en el segmento de los trabajadores especializados nos informa del aumento de la productividad, y la Gran Depresión solo se superó cuando el avance técnico volvió a elevar el Potencial significativamente. El crecimiento de los salarios de los especialistas y empleados fue lógica respuesta a la estrategia de la AFL por la conveniencia de mantener la industria ajena a conflictos en tiempo de bonanza y por los temores de formación de una subversiva alianza de clase que diese potencia a los marginados del Consenso. Muchos elementos fundamentales de la Sociedad de Consumo están presentes antes de la Gran Depresión. Faltaba dar un paso, el New Deal. Pero antes, recapitulemos desde el punto de vista de la selección de ideología.

5. Caracterización del Social Liberalismo. La formación del pensamiento progresista.
En las cruciales elecciones de 1896, el Partido Demócrata se situó fuera del laissez faire. Para representar los intereses que agregaba como lobbies, ofreció un programa de protección pública a los mismos. El punto de partida era el liberalismo de la época, profundamente marcado por la concepción pseudodarwinista: la supervivencia del más apto es el progreso de la humanidad. Sobre todo en punto a aplicarla en las relaciones internacionales, esta idea estaba sumamente difundida y contaba con gran prestigio en todas las naciones desarrolladas, pues proporcionaba el mejor fundamento moral al imperialismo. Pero se trata de un discurso inadecuado para justificar las relaciones en el propio país por razones evidentes.
El pseudodarwinismo propone que el más apto es el que mejor se adapta a un medio social dado. Intuitivamente, el “medio social” se compone de relaciones sociales, y éstas pueden regularse por ley. Luego es inmediato que modificando la ley, modificamos las relaciones sociales, el “medio social”, creando un ambiente en el que el más apto es ¡Oh, casualidad! uno mismo. La impresión que el hombre moderno tiene sobre la posibilidad de forzar la Historia tiene aquí una raíz. El Partido Demócrata, proponiendo la creación de un medio social que convierte en los más aptos a quienes les promuevan al gobierno, forzó la asunción de tal idea por el Partido Republicano. La segregación de los negros fue la puesta a prueba de tan excelsa doctrina, su medida primera y principalísima.
La idea de la “Adaptación del Medio Social al Hombre” es en resumen la proposición del progresismo estadounidense, primera formulación del Social Liberalismo: introducción de la intervención gubernamental reglada y legalizada en una economía de mercado en beneficio de la suficiente adhesión de las masas a los fines nacionales, lo que da a la plutocracia una legitimidad mesocrática, que es lo que viene en llamarse democracia, identificando al Pueblo con el “hombre medio” y la “clase media”.

6. El Nuevo Consenso.
La Gran Depresión puso todo patas arriba. No se trataba de una recesión larga, como otras anteriores, sino de algo mucho peor. Franklin D., sobrino del imperialista T. Roosevelt, accedió a la jefatura del Estado en unas condiciones que, de prolongarse, harían que la posibilidad de revolución no fuese precisamente una tontería.
Es importante señalar que la experiencia histórica norteamericana es favorable a la opinión que cuando las cosas se tuercen, podrán arreglase antes o después, que las situaciones difíciles crean a los hombres capaces de resolverlas y otros tópicos semejantes, propios de una industrialización de marcado carácter civil y liberal en un entorno muy competitivo dado por el elevado Potencial. Es frecuente que un norteamericano piense que no vive en una sociedad clasista, toda vez que es posible para cualquiera alcanzar cualquier posición, lo que convierte al individuo en culpable de su “fracaso”, y en corresponsable de su éxito al lado del “sistema”, leyenda que el Estado se cuida de alimentar. La inteligente apreciación de Santayana, “El norteamericano es un idealista que trabaja con la materia”, es un resultado lógico de la historia estadounidense, tan constante que llega a ser en si mismo un elemento causal, dependiente a largo plazo de las condiciones materiales que lo posibilitan, claro está. La larga espera de los trabajadores en los años 30, aderezada con algún porrazo y mucha ideología patriótica y progresista, contrasta con la reacción de nuestro pueblo en 1934, tras que el gobierno del Bienio Negro enviase al infierno las esperanzas que el advenimiento de la II República despertó, o con la que últimamente se ha verificado en Grecia por el deterioro de la situación debido a la Crisis General en curso. Como podemos ver, la percepción de la situación, que es un elemento de vital importancia para definir el propósito de los actores, por ejemplo el sentido y magnitud de la movilización obrera, depende en gran medida de lo que la experiencia nos muestra. Una Crisis de gran magnitud tiene distintos efectos en naciones de experiencias distintas, es decir, de distinto Potencial de crecimiento de las fuerzas productivas. Que los humanos aprendemos es un supuesto fundamental de un determinismo válido, y la tercera de las Tesis sobre Feuerbach es la mejor expresión de esto. Volvamos a lo que nos ocupa.
El Sur, menos desarrollado que el Oeste, amenazaba la suficiencia del Consenso en el plano territorial, pues una condición de compatibilidad de una Fractura implícita con su Consenso es la suficiente homogeneidad de la desigualdad que la Fractura introduce, especialmente si siendo el Potencial elevado y el Tamaño suficiente, no es menester el mamporro para conservar la Jerarquía. Esto último complementa la proposición por la cual, cuanto mayor es el Potencial, más lugares sociales y más segmentos por Clase son posibles, siendo entonces más fácil practicar Fractura por simple inducción de Competición, más económica que el uso de violencia, y hasta es posible reproducir separadamente los segmentos resultantes merced a las políticas asistenciales, de lo que resulta la segura conservación de la desigualdad deseada. Es sencillo deducir esto del mecanismo de ocho proposiciones expuesto en Absorción I y Sobre Imperio... Nota que estoy afirmando que el objetivo de las políticas de igualdad y cohesión territorial es la uniforme distribución y conservación de la desigualdad.
Es trivial que nada hay menos subversivo que una “multitud” en un “espacio liso”.
En resumen, que todo un territorio de un estado quede descolgado encierra peligros, y eso se puede comprobar en cualquier lugar en los últimos siglos, desde nuestro problema de nacionalidades actual hasta las quiebras Norte Sur de Italia y México. Es por eso que la acción gubernamental durante la Gran Depresión en Estados Unidos se dirigió con preferencia hacia la modernización del Sur mediante una planificación de signo socialista encarnada en el famoso Tennessee Valley Authority, que resultó en un aumento de monta en la capacidad de producción, por ejemplo de energía eléctrica por medio de embalses. Esta política aceleró la mecanización de la agricultura, empujando tras 1945 a la población negra a emigrar a las ciudades del norte y de las costas, con lo que la segregación de derecho se acabaría haciendo insostenible por la amplitud que la lucha de los negros por su absorción habría de alcanzar.
Redefinir la Fractura del Proletariado, reconciliarla con un Consenso nuevo y suficiente, fue la verdadera prioridad del New Deal. F. D. Roosevelt ofreció a los sindicalistas su sueño dorado: una legislación por la cual la patronal de una empresa estaría legalmente obligada a aceptar como interlocutor válido al sindicato en que los trabajadores de la empresa depositasen su confianza, si bien esta concesión conllevaba la constitución de órganos permanentes de negociación por sectores en que patronal y sindicatos participarían... bajo el derecho de arbitraje del gobierno. La AFL reaccionó con escepticismo a estas proposiciones, que significaban el abandono de una estrategia que les había brindado buenos rendimientos. Los jefes de algunas uniones de la federación, entre las que se contaban las más avanzadas, como construcción aeronáutica, que no podían acusar daños del cambio de la estructura por oficios a la de ramas, veían con buenos ojos una política gubernamental que aseguraba la posición de los sindicatos y sus afiliados en un tiempo de incertidumbre, y propusieron su aceptación y la consiguiente modificación organizativa, por empresas y ramas, para el diálogo social permanente. Estas posiciones resultaron derrotadas. Los minoritarios abandonaron la AFL formando otra unión, la Comisión de Organizaciones Industriales (CIO). En poco tiempo, la afiliación a la CIO igualó a la de la AFL, que se vio así forzada a aceptar el Nuevo Consenso patrocinado por el gobierno. La prueba a favor de esta interpretación es que la afiliación a los sindicatos creció espectacularmente en plena recesión, fenómeno antes no visto, porque ahora sindicarse tenía sentido en tiempos duros.
La Competición sirve al gobierno sobre las relaciones humanas, pero no es productiva salvo en la medida en que favorece un sobreesfuerzo aprovechable. Al contrario, pese a servir al gobierno de las relaciones humanas, puede ser perjudicial para la imprescindible Cooperación. Los gobiernos sensatos restringen la Competición si la necesidad de crecer inmediatamente se impone, y por eso la planificación es muy ventajosa para acometer la industrialización. La contratación colectiva generalizada supone entre otras cosas que el empresario pierde libertad de acción para afrontar sus problemas con la competencia, pues nivela los costes salariales en cada rama, ya que los convenios de empresa solo pueden mejorar las condiciones de los sectoriales.
Una parte muy significativa de la patronal se opuso con fuerza a ésta y otras medidas del New Deal, y de hecho lograron tumbar parte de la política del presidente en el Tribunal Supremo, órgano poderoso de conformación del statu quo. No olvides que la segregación de los negros cobró su forma legal por una sentencia de este tribunal. Sin embargo, la reelección de Roosevelt en 1936 y la impopularidad de la revocación de la legislación que había promovido llevaron a la aprobación de leyes semejantes a las derogadas por el tribunal, de manera que en 1938 el Nuevo Consenso estaba instituido. La derrota del Supremo ante el Presidente fue un hecho de notables consecuencias que no abordaré para no extenderme todavía más. Lo más importante para nuestro tema es que en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, los sindicatos se convirtieron en grandes organizaciones que entendían en los asuntos de muchos millones de trabajadores, estando su posición legalmente garantizada.
Tras 1945, y en paralelo a la ayuda a la reconstrucción europea, Truman prosiguió la política rooseveltiana. Se habilitaron grandes programas de ayuda y concesión de créditos a los veteranos de guerra que les permitirían establecerse como pequeños empresarios en una economía en plena expansión, que tenía que atender gran parte de la demanda mundial de productos industriales a la vez que la interna en crecimiento. La “clase media” norteamericana actual, en la que los trabajadores especializados se consideran incluidos, tiene su origen en esta política gubernamental. Los famosos barrios residenciales suburbanos, por los que la reproducción separada de la Clase se intensificó, son la marca característica de la profundización de la Absorción del Movimiento Obrero y de la parte especializada de la Clase, saludada con la reunificación de las uniones en la AFL - CIO. Por supuesto, todo esto reforzó el patriotismo en una época en que Estados Unidos heredó los compromisos del Imperio Británico y algunos más.
Baste este vistazo para ver como se forjó el social liberalismo estadounidense, y por qué fue seleccionado por el Movimiento Obrero. La aspiración a la contratación colectiva lleva a los sindicatos estadounidenses a ser grandes organizaciones de masas que gestionan relaciones laborales con los capitalistas en un marco jurídico definido, en un sistema de concertación social en el que el gobierno se reserva un derecho de intervención. En otras palabras, convierte el Movimiento Obrero en un aparato paraestatal, y a los profesionales del sindicalismo en agentes del Estado, en agentes de la Absorción de la Clase por el Estado, en vanguardia de la Absorción misma. No olvides que la Absorción es, precisamente, dar forma de leyes a los vínculos en expansión que componen las relaciones humanas.
Y esto es lo que ha determinado la selección del Social Liberalismo en Europa occidental a partir de los años 50, conforme se asegura la Sociedad de Consumo: la aceptación de la Fractura entre especializados y no especializados como ingrediente principal del guiso. No se puede aceptar esa Absorción y a la vez pretender la Lucha de Clases generalizada.
Esta política tiene por defecto la dificultad de vincular al Consenso a los reemplazables, que aumentan si los progresos de la industria no alcanzan a desarrollar actividades sobre bases técnicas tan nuevas que una formación compleja y costosa del trabajador sea imprescindible. Así, la informatización de los 80 supuso salarios altos para los programadores por largos años, pero los perfeccionamientos en el ramo han reducido los salarios, pues hoy no se presume necesaria una formación sólida en lógica. Es un programa el que determina si el ensamblaje de los algoritmos predefinidos es correcto, y se supone que el trabajador se limita a montar piezas. Por supuesto, este procedimiento de cadena de montaje no resuelve todo, ni mucho menos, y el resultado es que la tarea sale a costa de interminables horas no retribuidas, pues se fijan de antemano los objetivos. Notemos que últimamente las empresas del ramo están dando categoría ejecutiva a los cuadros de producción. Estoy hablando de Patronazgo Directo, que nos ocupará en Absorción IV.
En resumen, como la tendencia a la proletarización que Marx señalaba es verdadera, y dado que un Consenso que grita a los súbditos “Os comeremos” no sirve para que el Estado pueda enfrentarse a las complicaciones de la competición internacional, los gobiernos tienen un problema. Para resolver esto, el lógico complemento de la estrategia progresista es insistir en la formación, que se supone proveerá igualdad de oportunidades, y en los programas de vivienda o de ayuda social. El Estado Asistencial, que puede emplearse en procura de una Fractura más homogénea y a la reproducción separada de los segmentos resultantes de su práctica, está forzosamente limitado por los muy elevados gastos militares que el obrero norteamericano soporta, y la inseguridad y violencia debidas a la delincuencia es un precio que pagan por tan costosa política exterior, por la insuficiente uniformidad de la distribución de la desigualdad. Libres de semejante servidumbre, los europeos seguirán a una escala mayor esta senda, pero la Crisis General de los 70 pondrá en solfa este vínculo entre Pueblo y Estado, cambiando los términos del problema de Consenso y Fractura. Tatcher y Reagan acabaron llegando con unas escobas nuevecitas, pero esa es otra historia.
Entendido el caso norteamericano, observemos la Absorción en Europa tras 1945.




Yo creo que el sufragio universal, si es sincero, si da un verdadero voto en la gobernación del país a la muchedumbre, no solo indocta, que eso sería casi lo de menos, sino la muchedumbre miserable y mendiga, de ser sincero, sería el triunfo del comunismo y la ruina del principio de propiedad; y si no es sincero el sufragio universal porque está influido y conducido, como en este caso estaría, por la gran propiedad o por el capital, representaría […] el menos digno de todos los procedimientos políticos para obtener la expresión de la voluntad del país.

Cánovas del Castillo, contra la instauración del sufragio universal en España, 1890.

Esta declaración del artífice de la Restauración es la mejor perla que puedo ofrecer para condensar parte de las razones de los socialdemócratas en general y de Pablo Iglesias en particular, para su exasperante “prudencia” en la Lucha de Clases: aspiración a un marco legal seguro de existencia de partido y sindicatos. El estudio en detalle de la selección de la socialdemocracia queda para el próximo apartado, en paralelo con la del anarquismo y el comunismo. Seguiremos pues con la Selección del Social Liberalismo, es decir, los abandonos del marxismo por los socialdemócratas y los comunistas.

Segundo caso: selección del Social Liberalismo por los socialdemócratas.
1. Caracterización de la Socialdemocracia.
El marxismo no es una ideología, sino un sistema teórico que ofrece un marco insuperable a la Lucha de Clases, muy aprovechable con fines de selección ideológica. Al proponer que las Clases generadas por el modo de producción son los actores de la Historia, justifica el protagonismo de las organizaciones, potenciales Sujetos identificados con las clases mismas. Al proponer que el producto excedente corresponde al proletariado, pues solo el trabajo vivo produce nuevo valor, la apropiación de la plusvalía por los capitalistas se representa como un acto de expropiación que justifica la Lucha. Al proponer la inevitabilidad del Socialismo por la acción del Proletariado en crecimiento necesario, marca una línea que une lo inmediato a lo remoto, confiriendo a la acción orientada a la mejora de las condiciones laborales y su consolidación legal por la vía política un propósito noble. Nota que este último rasgo es susceptible de interpretación, pues declarando el Socialismo inevitable puede sostenerse que la Revolución es innecesaria. Basta la falacia consistente en sacar la voluntad humana de la Historia, del conjunto de las causas del cambio. La socialdemocracia es así un fatalismo.
La socialdemocracia fue eficaz para motivar la unidad de clase, especialmente para ligar, mediante vínculos políticos, amplias capas de trabajadores reemplazables a los sindicatos de especialistas menos reemplazables, cuyos obreros podían desafiar al capitalista mediante la huelga con posibilidades de éxito, a condición de que el Estado no interviniese en fuerza para reprimirla. Para contrarrestar esta respuesta, la solidaridad general de la Clase, a través del duelo en el plano político y el apoyo o incluso la participación en la huelga, es una baza excelente, y el avance de los obreros de la gran industria es figurable como punta de lanza de la mejora general de las condiciones para toda la Clase.
En su selección por los socialdemócratas antes de 1914, el marxismo justifica la unidad de los distintos sindicatos, identificada como unidad de Clase, en un programa común propuesto por el partido socialista. La lucha por ese programa se representaba acertadamente como Lucha de Clases, y la perspectiva del Estado Obrero se relegaba a un futuro en el que el proletariado estaría “maduro” para la toma del poder. Conviene recordar que en 1910 el camarada Lenin atribuyó a la insuficiente industrialización nuestra derrota de 1871 en Francia, idea errónea como prueba su propia experiencia. Antes de Octubre, tal era un lugar común que reflejaba la clara conciencia del bajo Potencial de Europa en comparación con los Estados Unidos por los problemas encerrados en la insuficiencia de la Escala, que impidiendo el camino hacia la Sociedad de Consumo fue un factor del imperialismo exacerbado y de las guerras mundiales. Tal es la escena caracterizada por la aprensión que los dirigentes obreros sentían, y siguen sintiendo, al reflexionar en su posición ante los poderes del Estado. En la definición socialdemócrata, la finalidad de la unidad de clase es defensiva y el programa del partido la ligazón, el cuerpo de dicha unidad, sin la cual los sindicatos, incluso los de la industria pesada, perderían capacidad.
La ficción de la identidad partido, sindicatos, clase responde a una necesidad, pues al igual que ahora, los intereses de los sindicatos y de sus afiliados no eran naturalmente coincidentes en muchos aspectos, y solo la convergencia programática justificada por el marxismo podía proporcionar la unidad necesaria para obtener un mínimo de eficacia. Las propuestas nos informan del propósito: la Absorción de la Clase Obrera como Objeto de Consenso por el logro de diversos derechos, en materias como protección social, salario mínimo, limitación de jornadas o derechos de huelga y sufragio, a través del reconocimiento legal del Movimiento Obrero como interlocutor, lo que equivale a admitir a los sindicatos y su partido como Sujeto de Consenso, es decir aparatos paraestatales, y a sus dirigentes como agentes del Estado. Sobre esto no se engañaba Engels, que en el mismo prólogo de 1891 al Manifiesto sobre la Comuna antes indicado, se lamenta de la atracción que la consideración por el Estado ejerce sobre los filisteos socialdemócratas alemanes.
Como vimos en Absorción II, las condiciones de Absorción atendieron al interés del Movimiento Obrero en tanto éste atendió al interés nacional decidido por el gobierno, pero solo en la medida en que la burguesía y la nobleza, Sujetos de Consenso, acordaron aceptarlo. Los gobernantes europeos jugaron un gioco piano según sus necesidades, que fueron maximizadas ante el suceso de una guerra de gran calibre. La oportunidad estaba servida, y donde las fuerzas productivas eran tan grandes que las promesas de Absorción para la posguerra resultaban creíbles, el grueso del Movimiento Obrero se puso al servicio del gobierno confirmando el éxito de la Nacionalización de la Clase que había comenzado en vida de Marx. Donde el Potencial era tan débil que las promesas gubernamentales no tenían valor, el grueso del Movimiento Obrero se opuso simétricamente a la carnicería. Los aliadófilos en esos países, que aspiraban servir al Estado para mejorar su posición, estaban fuera de juego, y Mussolini fue uno de muchos casos, cuya fama se debe a su aventura posterior.
Caracterizamos pues la Socialdemocracia como una selección que persigue la unidad de la clase obrera en torno a un programa con vistas a conseguir que el Movimiento Obrero sea reconocido como Sujeto de Consenso. Éste es su verdadero Propósito, al que se subordina todo. El marxismo proporciona un marco teórico para esta selección ideológica, nada más.
Notemos que la única respuesta afirmativa que el Estado y las clases patronales pueden dar a esta demanda de Absorción es el Social Liberalismo, caso que el Potencial posibilite la Sociedad de Consumo, que es su premisa. Por eso observamos que si el Potencial es elevado, la socialdemocracia converge al social liberalismo.

2. La formación de las sociedades de consumo en la posguerra.
Dos guerras mundiales significaron la liquidación de la nobleza como clase, colocando a la burguesía a merced del Estado y a los gobiernos europeos occidentales a merced del crédito estadounidense. La reconstrucción que siguió a 1945 dio sus frutos en los años 50, como se prueba en el logro de la mutua convertibilidad de las divisas europeas, con reservas para la lira italiana. La reindustrialización sobre nuevas bases tecnológicas y la expansión de los sectores de Química, Automoción y Electrónica, llevaron a una composición de la clase obrera cada vez más especializada. En Alemania y Holanda, este suceso se dio rápidamente. Además, las naciones del noroeste europeo estaban en buena posición, una vez que lo esencial de la producción y transportes fuese reconstruido, para acrecentar la productividad agraria con rapidez y sin especiales traumas por movimientos de población sin empleo.
Para finales de los años 50, casi todas las socialdemocracias habían abandonado el marxismo para asumir la economía social de mercado y el interclasismo, es decir el social liberalismo. Significativamente, los partidos socialistas de las naciones mediterráneas, en ruda competición con los comunistas, tardarían algo más en dar abiertamente ese paso.
La razón del abandono del marxismo es clara. Los sindicatos de trabajadores especializados eran ya lo bastante grandes y significados como para no tener que asumir un engorroso y poco creíble compromiso con un segmento del proletariado que, por otra parte, gozaba de una situación de virtual pleno empleo y tendencia de los salarios al alza por encima de los precios. Se podía sostener razonablemente que la concertación social beneficiaba a los obreros no cualificados tanto como a los de la gran industria. Además, una parte no despreciable de la mano de obra no especializada era inmigrante, procedente de España, Italia, Turquía o Yugoslavia, y otros empleos empezaban a cubrirse cada vez más con mujeres casadas, que en no pocas ocasiones juzgaban esta entrada en el trabajo asalariado como algo ocasional ya criados los hijos o para hacer frente a las letras de compras a plazos o a la carga de adquisición de vivienda. Es la Gran Inflación vinculada a la Crisis General de los 70 la que hizo permanente la incorporación de la mujer casada a la mano de obra asalariada. Amén de esto, la política social del Estado Asistencial proporcionaba una cobertura creciente en materias como Sanidad, Educación y Vivienda. Sumemos a esto el efecto debido al aumento de empleados públicos que supone lo expuesto, así como la propia expansión del gobierno debido a su descentralización. Se podía pues defender que el Nuevo Consenso era bueno para todos, y de ahí su legitimidad.
No es de despreciar el impacto de las guerras mundiales en la moral general, suscitando el deseo universal de romper con un pasado que había llevado a Europa horrores inconcebibles. El programa laborista de 1945 en Gran Bretaña lo prueba tanto como la legislación alemana de protección social en los años 50. En Gran Bretaña muchos recordaban las grandes oleadas de huelgas de los años 20 y el crecimiento del comunismo entre los sindicatos, con el consiguiente acceso a los Comunes a través del Partido Laborista. Las andanzas de Sir Oswald Mosley, jefe del Partido Fascista Británico, son menos significativas que las simpatías de Sir Winston Churchill por Benito Mussolini, en aquellos mismos días en que soñaba, en sus discursos a los parlamentarios, una unidad estratégica permanente entre Estados Unidos y el Imperio Británico. La amenaza alemana acabó con las fantásticas perspectivas de sires y lores, que veían claramente el fin del Imperio y de su posición, pero el precedente no era para tomarlo a risa.
Las realizaciones en vivienda, la instauración de la sanidad pública y la reglamentación fiscal que gravaba los beneficios y rentas altas tanto como en Estados Unidos son logros del momento, muy valiosos para la población dado el menor gasto militar que suponía la protección norteamericana y el fin del Imperio. Estos progresos resultaron de la posibilidad de ofrecerlos en razón del crecimiento de las fuerzas productivas, pero también de la necesidad de ofrecerlos para lograr un mínimo Consenso suficiente, máxime considerando que los políticos ingleses no habían renunciado a un papel destacado en la escena internacional, como prueban sus fuerzas nucleares. El caso británico ilustra la preocupación por la contención del descontento ante las grandes dificultades que se avecinaban para el país, menoscabado por las dos guerras y en una posición difícil en los mercados mundiales, y aunque gran parte de las nacionalizaciones de la industria fueron efímeras, lo esencial de la responsabilidad estatal en el bienestar público permaneció como elemento relevante hasta 1979, habiéndose tenido que restaurar una buena parte tras su conculcación por las reformas de Tatcher.
El caso alemán es la adopción de un modelo social liberal de inspiración norteamericana, es decir, en el que se descarta en principio la intervención a través de empresas públicas con excepciones, como es el caso de la participación de los gobiernos de los estados federados en algunas grandes empresas. A esto se une una cobertura social universal de un calibre que en España no podemos ni soñar. A muchas razones responde la promoción de este Consenso, como la zozobra que las potencias ocupantes aliadas y los líderes democristianos, encabezados por Adenauer, sentían ante la proximidad de las fuerzas soviéticas. El giro de la política norteamericana en Japón, con la liquidación del Protectorado MacArthur al prolongarse la Guerra de Corea, confirma la corrección de esta interpretación.
Veamos por qué esta Absorción era adecuada a los intereses del Estado, de los capitalistas y los gobiernos, dejando de lado las incertidumbres dadas por la confrontación con la URSS y su posible secuela revolucionaria, motivo sin duda poderoso pero que no requiere especial comentario, pues es claro que la competición internacional aconseja a los gobiernos la búsqueda de la mayor adhesión posible de la población al Estado, dando fundamento material al patriotismo. Los gobiernos de Europa noroccidental podían ofrecer ese fundamento.
Consideremos que la orientación en Europa a la expansión de la demanda interna era clara una vez que las economías se reactivaron lo suficiente como para afrontar los pagos de los créditos norteamericanos. Incluso el grueso de las exportaciones de los seis países de la CEE a la sazón se efectuaba entre sus miembros sin graves desequilibrios en las balanzas de pagos como muestra el éxito de la convertibilidad de divisas, con lo que una parte grande y creciente de las exportaciones cabe ser considerada como absorbida por la demanda interna. También era relevante el crecimiento de la demanda interna en Gran Bretaña, si bien su comercio exterior se resentía del menor valor de los intercambios de la EFTA y la Commonwealth. En este marco, el orden y tranquilidad en los sectores industriales en expansión podía lograrse en Europa occidental consagrando el modelo de Consenso social liberal: concertación laboral y gasto asistencial. El entorno moral del momento justificaba la lucha obrera en caso de que los capitalistas se opusiesen, siendo propicio a la promulgación de la legislación pertinente. Todo cuanto fomentase el aumento de la demanda interna favorecía el aumento de la capacidad productiva. La Sociedad de Consumo era una realidad en ambos lados del Atlántico. Si sumamos a esto el crédito de los sindicatos entre los trabajadores, con notable capacidad de convocatoria de huelga cuando llegaron los tiempos de bonanza, lo hecho representó la decisión más ventajosa para las clases dominantes pese a los altos impuestos que tanto les disgustan, y de los que se irían librando poco a poco.

3. El abandono del marxismo.
Para los partidos socialistas, quedar confinados a la representación de los sindicatos significaba desventajas electorales, pues aunque éstos habían consolidado jurídicamente una posición de poder, representaban un electorado insuficiente para tener opciones de gobierno. Amargarse eternamente en un escaño de la oposición no es el sueño de un político, y solo la confianza, sin estados de falsa conciencia, en estar haciendo algo con sentido a la vez que noble permite sobrellevarlo por años. Para los partidos socialdemócratas era necesaria la búsqueda de representación de nuevos intereses: profesionales no sindicados, partes del empresariado o los propietarios agrarios, cuyo poder electoral es deliberadamente sobredimensionado por los sistemas de circunscripción. El interclasismo supuso la asunción del social liberalismo, el abandono del marxismo.
Si la selección del marxismo por los socialdemócratas significó la búsqueda de la mínima Fractura de la Clase para obtener la mejor posición posible frente al problema de Absorción, su abandono representa la aceptación de la Fractura entre especializados y no especializados, ya antigua en Estados Unidos, como precio a pagar por la expansión del influjo de los sindicatos de trabajadores especializados y de su partido político en un entorno en que la industrialización de la agricultura había reducido al mínimo la Fractura campo ciudad y posibilitado, como antes en Estados Unidos, una estrategia de crecimiento de las fuerzas productivas centrada en el aumento de la demanda interna.
Lejos de ser un freno a la Absorción, la consagración, mediante el sistema de concertación social, de la Fractura entre especialistas y no cualificados como elemento imprescindible del Consenso vigente es una profundización de la Absorción, y más en un momento de enorme crecimiento económico en que el precio que habría de pagarse no podía importar lo más mínimo, pues la mano de obra especializada aumentaba en tamaño gracias a la modernización de la economía, a su crecimiento en magnitud y variedad. Estamos hablando de un periodo en que hasta se soñaba con una situación de boom permanente, en que se constataba el hecho de que muchos trabajadores prosperaban, ascendían socialmente. La Crisis General pondría pronto las cosas en su sitio, pero esa vuelva a ser otra historia.


En diez años a lo sumo hemos de salvar la distancia que nos separa de las naciones avanzadas de Occidente.
Camarada Stalin, en el lanzamiento del Primer Plan Quinquenal.

Tercer caso: Selección del Social Liberalismo por los comunistas.
1. Una caracterización del Comunismo.
Las ventajas del Socialismo para acometer la industrialización son inmensas. La reducción de la Competición en la esfera de producción de valor por la restricción o supresión de las relaciones de mercado supone que los recursos pueden asignarse de un modo y con unos fines que de ninguna manera entrarían en las prioridades de una burguesía en una economía de mercado. Es la persecución del Socialismo como modo de producción lo que da sentido al Comunismo, y por esto el Comunismo no es solo un resultado de la Industrialización. Es también un instrumento. Es este último hecho el que más determina el Propósito de su selección, y con ello, la caracterización ideológica.
Un comunismo se distingue por la presencia de dos proposiciones: la Dictadura del Proletariado y la Revolución Permanente. Estos dos rasgos pueden redefinirse bajo otros términos, como Hegemonía Proletaria y Democracia Radical si se prefiere, pero prefiero usar las viejas palabras. La Prioridad del Interés de Clase interpretado por ella misma (Dictadura o Hegemonía del Proletariado), y la necesidad de una forma de ejercicio del poder político que impida la consolidación de una clase diferenciada de la nuestra en su desempeño (Revolución Permanente, Democracia Radical), son fundamentales, y en caso de fallar la segunda, la Dictadura del Proletariado degenera en ficción jurídica, como lo es aquí y ahora el Estado de Derecho. El Comunismo es la Selección orientada a la creación de la República Socialista, pues tal es su Propósito, que nace de la necesidad del modo de producción socialista para acometer la industrialización, deseada por las masas obreras y campesinas que protagonizando la lucha revolucionaria, encarnan el futuro perseguido. En naciones grandes, que de por sí tienen potencialmente resuelto el problema de la Escala, el Comunismo se bastará a sí mismo. En otro caso, si no se renuncia en la práctica al objetivo de industrialización, habrá de sufrir hibridación con una ideología destinada a fundar una nueva identidad nacional a partir de algunas preexistentes, con riesgo de disolverse en ella, pues los países integrantes, por lo expuesto, son de débil Potencial y en consecuencia los mandos militares estarán en una posición de poder notable, pudiendo cabalgar la revolución y prevenir su suceso. El nacionalismo puede acabar reemplazando al comunismo, y el caso de Nasser y la RAU ilustra lo expuesto.
Se deduce inmediatamente que el Socialismo en Un Solo País es la única proposición de Comunismo dotada de sentido, pues si no existe, el País ha de ser creado a partir de otros.
La acepción original de Revolución Permanente significa la asunción por el proletariado de la misión histórica de la burguesía, dadas las esperanzas de revolución en Alemania que Marx albergaba a mediados del siglo XIX. Si los obreros hemos de realizar la revolución burguesa, pero queremos acometer la proletaria, forzosamente hemos de instaurar un control suficiente de la república resultante de la primera revolución. El comunismo, tal como lo he caracterizado, cobraba cuerpo con esta noción.
Notemos que solo a través del Comunismo puede ser enfrentada la contradicción entre Socialismo y Estado, haciendo inteligibles las decisiones necesarias para ello. El Socialismo es un modo de producción no jerárquico por orientar sus relaciones a la producción de valor solo de uso, cuyo resultado no tiene sentido apropiarse en forma alguna, mientras que el Estado es y solo puede ser una relación jerárquica, pues un Estado sin gobierno es imposible, y éste despliega su gobernación mediante una jerarquía de agentes. Dictadura del Proletariado y Revolución Permanente suponen una situación de continua Lucha de Clases frente a políticos y expertos que lleve al Proletariado a obtener y conservar continuamente el control efectivo de la producción, es decir, a pugnar por absorber el gobierno a la par que conquista su fiscalización, constantemente. Luego, las dos proposiciones son suficientes para definir un Comunismo.
A diferencia de la Socialdemocracia, el Comunismo no sirve para proponer la Absorción en el Consenso burgués. La irrelevancia en la socialdemocracia de los rasgos propios del comunismo demuestra la diferencia de propósito, cosa confirmada por la proposición de evolución natural del estado burgués y del capitalismo al socialismo según madura el proletariado. Para ir del comunismo al social liberalismo conviene una etapa socialdemócrata.
Como curiosidad, repara en que la Dictadura del Proletariado es el Consenso de un Estado Socialista, y la Revolución Permanente su Fractura implícita. Esto no cambia si siendo la Dictadura del Proletariado una ficción jurídica cobra el Estado una constitución de sabor monárquico. Dando a la Revolución Permanente forma de purga, se cumplen los requisitos de la caracterización, sin perjuicio de que tal solución sea insostenible a largo plazo, especialmente si creciendo las fuerzas productivas, resulta una sociedad más compleja y difícil de vertebrar, lo que se muestra en la adopción de la república oligárquica y del principado colectivo. Luego, es cierto que la Dictadura del Proletariado, si no es ficción jurídica, es equivalente a la Hegemonía del Proletariado. El fallo es que dicha Hegemonía supone un Proletariado grande y diverso, es decir, un Potencial alto. En tal caso, la industrialización ha sido un éxito, y la Revolución puede ser descartada al ser posible un Consenso suficiente con Fractura implícita compatible con base en el modo de producción capitalista. Tal es el caso que vamos a tratar.

2. Selección del Comunismo en la Europa mediterránea. El punto de partida.
La actividad de nuestros camaradas durante los años 20 y 30 del siglo XX colocó a nuestro partido en una posición ventajosa. En muchos casos, la conciencia del atraso técnico e industrial resultaba patente, y la Economía Planificada suscitó una atracción inmensa en plena Crisis General. Los planes quinquenales convirtieron a la URSS en una potencia, en una amenaza para los imperialistas británicos y los generales alemanes, y con ello el Comunismo fue un programa practicable. Los partidos en armas que vencieron después de 1945 no admiraban tanto a la gloriosa y miserable Rusia de la Democracia Obrera como a la poderosa Unión Soviética capaz de batir a los ejércitos del Tercer Imperio Alemán.
La guerra de Hitler puso de manifiesto la debilidad de las oligarquías, colocadas en una situación imposible conforme perdían la asistencia alemana. Por activa o pasiva, la nobleza desapareció como Sujeto de Consenso. Tras 1945, los comunistas obtuvimos una posición fuerte en el seno de los sindicatos en reconstrucción de las naciones mediterráneas, menos desarrolladas industrialmente, y nuestro prestigio fue una baza de valor incalculable. Los socialistas quedaron a remolque, tanto que los mediterráneos fueron los últimos partidos de la Segunda Internacional en eliminar el marxismo de su definición ideológica, pues pese al fuerte deseo de convertirse abiertamente al Social Liberalismo, como preconizaba en Francia León Blum antes de Bad Godesberg, era necesario conservar posiciones en los sindicatos.
Pero una cosa es explicar por qué el Comunismo fue seleccionado en Francia e Italia por el movimiento obrero después de 1945, y otra por qué mantuvo esa selección durante muchos años, sin mudarla. El estudio del Problema de Absorción nos será utilísimo.
La reindustrialización en la Europa occidental mediterránea presenta semejanzas entre los distintos países. Señalemos dos.
Un sector agrario muy grande y poco eficaz, que frisaba el 40% de los efectivos en Francia y superaba el 55% en Italia hasta muy entrados los años 50. La atomización de la propiedad del suelo o la escasez de capitales obstaculizaban la modernización. Por ejemplo, el Primer Plan francés ofreció 50 mil tractores que los campesinos no podían usar eficazmente por la dispersión de las parcelas. Esto se tradujo, andando el tiempo, en una migración del campo a la ciudad, que en los casos italiano y español supusieron un aporte de mano de obra poco cualificada a la industria y la construcción, que acabó por traducirse en un cierto desempleo paliado por el turismo y la emigración. Fue el desarrollo urbano por el crecimiento fabril el que, absorbiendo población, permitió la concentración de la propiedad y la industrialización agraria, en una verdadera inversión del esquema de las naciones más desarrolladas. Base de todo despegue y consolidación industrial, la menor eficacia en la producción alimentaria se acompañaba de la mayor dificultad para emplear la mano de obra excedente y de redes de distribución ineficaces, basadas en pequeños tenderos. Todo esto halló su contrapartida en una tendencia de los precios más inflacionista que en el noroeste europeo, factores que junto a la insuficiencia de la vivienda, la salud y la educación, y una urbanización a menudo deplorable, darán parte del telón de fondo del descontento obrero en la explosión de 1968.
Una importancia inmensa de las nacionalizaciones en la industria. Los planificadores franceses, Monnet, Hirsch y Massé, acometieron una obra prodigiosa de avances. Solo podían alcanzar sus objetivos orientando a los industriales privados hacia los planes de producción e inversión, para lo que se sirvieron de la nacionalización de las industrias clave, lo que además de garantizar la permanencia y viabilidad de las mismas orientaría por su demanda el resto de la producción, fomentando a su vez la concentración del capital para atender a dicha demanda a los precios requeridos. Esto dio una posición sindical fuerte en las empresas nacionalizadas, que se extendería a las grandes, de propiedad privada, resultantes de la concentración o de la inversión norteamericana. En Italia el escenario es similar pese al carácter privado de FIAT.
Cuanto he

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