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Secciones: Marxismo -  Antiglobalización -  Economía

Título: Crisis capitalistas, por Xabier Arrizabalo y Jesús de Blas- Enlace 1

Texto del artículo:

Crisis capitalistas, por Xabier Arrizabalo y Jesús de Blas

Xabier Arrizabalo es profesor titular de Estructura económica de la UCM y Jesús de Blas es doctor en Economía por la UCM.

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Documento repartido en la Conferencia que tuvo lugar en la FIM el 21/11/08


Anticipo del texto:

Crisis capitalistas
Xabier Arrizabalo y Jesús de Blas


El desarrollo histórico del capitalismo nunca ha
sido regular, sino que siempre ha estado sometido a
fluctuaciones cuya principal expresión son las crisis. Este
fenómeno se vincula directamente con el descenso
tendencial de la tasa de ganancia inherente al propio proceso
de acumulación capitalista, como se explica más adelante. Y
se relaciona también con otros rasgos característicos de este
proceso como son la concentración y centralización del
capital, la creciente internacionalización y el desarrollo
desigual.
El proceso de acumulación capitalista tiene como
objetivo la valorización del capital, es decir, el aumento de
valor del capital. Esta valorización tiene lugar al completarse
el circuito que va desde el capital adelantado o inversión
inicial hasta la obtención de ganancia (parte de la cual es
eventualmente capitalizada –o reinvertida- en un nuevo
proceso). En términos del análisis marxista a este circuito se
le conoce como D→M...P...M’→D’; donde D=dinero;
M=mercancías y P=producción, siendo D’>D y M’>M; de
ahí surge la plusvalía, PV, definida precisamente como la
diferencia entre D’ y D; y a su vez la tasa de ganancia que
mide la rentabilidad definida como la relación entre la
plusvalía y el capital adelantado, g’=PV/D.
Pues bien, una crisis es esencialmente una
interrupción –o al menos una ralentización- del proceso de
acumulación que, como tal, deriva de las dificultades de
rentabilidad que impiden llevar a cabo de manera fluida la
valorización del capital que da sentido a la acumulación.
Bajo el modo de producción capitalista las crisis
son inherentes al propio sistema. En efecto, en el propio
proceso de la acumulación capitalista se produce una
contradicción crucial: la sustitución por medios de
producción de la fuerza de trabajo (única fuente creadora de
valor, es decir, productora de plusvalía), tiende a socavar la
base misma de la ganancia. Por consiguiente, es
precisamente el propio funcionamiento del capitalismo el
que genera una creciente presión a la baja de la tasa de
ganancia, su leit motiv. Lo que se puede ilustrar de la
siguiente manera (siguiendo con la terminología analítica
marxista). Sea C=capital constante (medios de producción);
V=capital variable (salarios) y PV=plusvalía, quedando
definida la tasa de ganancia, g’, como PV/(C+V).
Dividiendo todos los componentes de esta expresión por V
tenemos (PV/V)/[(C/V)+(V/V)], es decir, g’= p’/(o’+1);
donde p’= tasa de plusvalía (o grado de explotación,
proporción de trabajo no pagado) y o’= composición
orgánica del capital (relación que define precisamente la
tendencia creciente a ser sustituida la fuerza de trabajo, V,
por medios de producción, C); de modo que se deriva una
relación inversa entre o’ y g’. Y por tanto, una presión a la
baja de la tasa de ganancia debida al aumento de o’ por la
sustitución de V por C (hipotéticamente esta presión puede
contrarrestarse mediante un aumento de la tasa de plusvalía;
pero en todo caso esto se dificulta de forma exponencial por
el menor peso relativo de la mercancía que crea valor, de la
fuerza de trabajo). En ciertos momentos, esta tendencia se
materializa en una caída efectiva y, por consiguiente, en una
interrupción del proceso de acumulación (o al menos en una
ralentización de su ritmo previo).



Pero al mismo tiempo, las crisis llevan a cabo una
función indispensable en relación al proceso de producción
capitalista. Al destruir los valores menos rentables (por
ejemplo, despidiendo trabajadores), las crisis posibilitan la
restauración de un umbral de rentabilidad suficiente para el
capital (pues los salarios caen). En la medida en que esto
ocurre, las crisis ayudan de forma efectiva a la reanudación
del ritmo de acumulación. Es decir, desde esta óptica las
crisis desempeñarían una cierta función, aunque no con
carácter automático, de saneamiento para el capital (con
gran influencia en su proceso de centralización). De manera
que las crisis, cuyo origen se encuentra en una insuficiente
valorización del capital, pueden desempeñar una labor que
ayude al restablecimiento de las condiciones de valorización
del capital (pese a que, como se verá, cada vez de forma más
limitada).
Ahora bien, la identificación de las crisis con la
interrupción, al menos parcial, del proceso de acumulación
estructurado en torno al circuito completo D-M...P...M’-D’,
admite diversas interpretaciones respecto a su origen.
Una primera interpretación se basa en el análisis de
un hecho elemental: en las economías capitalistas la
producción de mercancías, M’, no garantiza su venta, el
paso de M’ a D’ (salvo excepcionalmente como en la
compra de armamento por el Estado). Esta separación entre
el primer acto (desde D hasta M’, producción) y el segundo
acto (desde M’ hasta D’, venta) abre la vía a las llamadas
crisis de realización, de desproporcionalidad y/o de
subconsumo, esto es, a las dificultades para realizar la
plusvalía haciendo efectiva la venta (logrando el paso de M’
a D’). La desproporcionalidad se refiere al desequilibrio
entre la producción y el consumo intersectorial. El
subconsumo, caso particular de desproporcionalidad, es la
insuficiente demanda total de bienes de consumo respecto a
su producción total.
Sin embargo, los problemas de realización no son
hechos excepcionales o desajustes coyunturales, sino que
tienen un carácter permanente. Como no podría ser de otra
manera en un tipo de organización social en la que tanto el
reparto del trabajo social (la asignación de recursos) como el
reparto del resultado del proceso de producción (los bienes y
servicios) se llevan a cabo sin planificación ni programación
social alguna, sino mediante la simple agregación a través
del mercado de múltiples decisiones individuales.
Pero además, el subconsumo es una condición
necesaria para la acumulación y, simultáneamente, una
fuente de problemas para ella. Esto se explica por el doble
carácter del trabajo asalariado como productor de plusvalía y
como consumidor (como factor de demanda). En tanto que
productor de plusvalía, un salario relativamente bajo es una
exigencia del capital en el proceso de acumulación (puesto
que debe dejar margen suficiente para una tasa de ganancia
atractiva). En tanto que consumidor, una determinada
magnitud del salario es necesaria para garantizar la venta de
los productos y, por tanto, para completar el circuito
capitalista con la fase M’-D’, de realización de la plusvalía
que abre la vía a la continuación de la acumulación. En
definitiva, aunque el subconsumo o la desproporcionalidad
provoquen constantes distorsiones, de ello no se desprende
que puedan ser identificados como las causas profundas de
las crisis.
De hecho, si realmente fuera así, toda crisis sería

fácilmente superable puesto que estos desequilibrios de



mercado podrían resolverse mediante un simple reajuste
que reestableciera las proporciones intersectoriales. O que
restableciera el equilibrio entre la oferta y la demanda de
bienes de consumo en las crisis de subconsumo. En este
caso una respuesta coherente podría ser por ejemplo una
subida generalizada de sueldos y salarios para aumentar la
demanda. Sin embargo, resulta evidente que el capital
rechazaría una medida de ese tipo pues afectaría de
lleno a su rentabilidad, lo que pone en evidencia que el
verdadero trasfondo de la crisis, aunque se manifieste
como un desequilibrio de mercado, es antes que nada
un problema de rentabilidad, de dificultad para la
valorización del capital.
Otra interpretación sitúa el origen de las crisis en
las dificultades de valorización, derivadas de una
insuficiente producción de plusvalía para garantizar la
suficiente rentabilidad. Es decir, las crisis se explican por la
periódica materialización de la baja tendencial de la tasa de
ganancia en una caída efectiva, tal y como se ha expuesto
anteriormente. O dicho de otro modo, pese a expresarse en
la superficie como un mero desajuste de mercado, su causa
principal, latente, hay que buscarla en las propias
condiciones de valorización del capital, esto es, en la
necesidad de producir una cantidad de plusvalía suficiente
para que la tasa de ganancia que ésta nutre estimule
efectivamente una acumulación acrecentada. Esta
interpretación, que no niega la realidad de los problemas de
subconsumo o desproporcionalidad sino que los integra,
aporta un punto de vista más sólido sobre las causas reales
de las crisis.
Por tanto, la verdadera y profunda desproporción
que está en el origen de las crisis (entendidas en un
sentido estructural y no meramente coyuntural) no se
encuentra en el mercado sino en el proceso mismo de
producción, en la relación entre plusvalía y salarios (o
plustrabajo y trabajo necesario). Esto es, en la tasa de
plusvalía, en la proporción entre el trabajo no pagado y el
pagado; de manera que el principal reto para la superación
de las crisis es precisamente el aumento de la tasa de
plusvalía.
Sin embargo, el carácter de las crisis, y la propia
función de saneamiento antes descrita, han experimentado
un cambio transcendental en el transcurso de la evolución
histórica del capitalismo.
Hasta el comienzo del siglo XX, el modo de
producción capitalista conoce una fase de desarrollo en la
que puede ser caracterizado como capitalismo ascendente o
competitivo. Como tal, hace posible, pese a su esencia
explotadora, un gigantesco desarrollo de las fuerzas
productivas, entendiendo por ello no sólo el espectacular
desarrollo de la producción fabril, sino también del
proletariado como clase y de las grandes aglomeraciones
urbanas, que dan lugar a un enorme desarrollo de la
construcción, los transportes y las comunicaciones. Las
relaciones económicas internacionales van adquiriendo una
importancia creciente fruto de la propia extensión del
capitalismo, pero aún predomina en ellas la exportación de
mercancías. Esto explica que no se pueda caracterizar
todavía una economía mundial configurada como tal, lo que
por otra parte se constata en la existencia de territorios cuya
vinculación con la lógica capitalista es prácticamente
inexistente.
Sin embargo, durante los últimos cien años, el
capitalismo, que conoce una fase de desarrollo que se podría
caracterizar como imperialista o monopólica, experimenta
cambios muy importantes. Las relaciones económicas
internacionales, dominadas por el surgimiento del capital
financiero -fruto de la fusión del capital industrial y el
capital bancario-, se concentran de forma creciente en la
exportación de capitales. Esto constituye un factor de primer
orden para la consolidación de una sola economía mundial
regida por la acción de la ley del valor a escala planetaria,
cuya materialización más inequívoca es la pugna por el
reparto del mundo entre las grandes potencias y entre los que
se van configurando como grandes capitales oligopólicos
trasnacionales (debe precisarse que la lucha interimperialista
por la hegemonía no quedó completamente resuelta tras la
Primera Guerra Mundial, lo que precisamente está en el
origen de la Segunda Guerra Mundial que sí la zanjará de
forma inequívoca a favor de Estados Unidos).
Vinculado a todo lo anterior hay una última
característica, crucial, de esta etapa: la agudización de las
dificultades de valorización que se expresan en el estallido
de virulentas crisis (piénsese en las de los años treinta o
setenta, mal llamadas “del 29” y “del 73” porque van mucho
más allá de los detonantes acaecidos en esos precisos
momentos), para las que, como se va a explicar a
continuación, el ‘otrora’ mecanismo saneador de la crisis se
muestra incapaz como tal de restablecer las condiciones de
valorización. La consecuencia de esta incapacidad se
concreta en la necesidad de masivos procesos de destrucción
de fuerzas productivas como requisito para la reanudación
de la acumulación.
En relación con la crisis de los treinta, la
recuperación sólo acabará siendo posible tras la brutal
destrucción económica y social de la Segunda Guerra
Mundial y el posterior marco internacional consensuado en
los acuerdos de Yalta y Potsdam entre EEUU, Gran Bretaña
y la URSS. Respecto a la de los setenta, ni siquiera la
posterior imposición permanente del brutal ajuste
fondomonetarista (con su corolario en términos de intensa
desvalorización de la fuerza de trabajo y de liquidación de
conquistas sociales) ha permitido una recuperación
generalizada y sostenida que justifique hablar de una nueva
etapa de crecimiento a la manera de los años cincuenta y
sesenta (y en todo caso, los acotados episodios de
crecimiento habidos se vinculan directamente a una
regresión social de carácter histórico como ejemplifica de
forma paradigmática la economía estadounidense durante
los años noventa). Piénsese, en fin, en el papel que
desempeña la economía del armamento a lo largo de toda la
segunda mitad del siglo XX. Y, especialmente en el periodo
más reciente, la economía de la droga y la criminalidad
financiero-especulativa.
Las condiciones fundamentales que caracterizan
al capitalismo desde entonces se siguen manteniendo y
tienen consecuencias graves desde el punto de vista de las
crisis. Además de las dificultades crecientes para
contrarrestar la tendencia declinante de la tasa de
ganancia, el lugar predominante que adquiere el capital
financiero implica una paradoja. Si bien resulta crucial su
función estimuladora del crecimiento y del proceso de
concentración y centralización del capital, así como su
papel en la configuración de la economía mundial como
tal, su orientación fuertemente especuladora, parasitaria,
le hace provocar continuos estallidos de crisis muy graves
en plazos de tiempo cada vez más cortos. Que, a todas
luces, se muestran incapaces para llevar efectivamente a
cabo la tradicional función de saneamiento necesaria para
la reanudación de la acumulación.
Éste fue el caso de la crisis de los años treinta,
cuya resolución final requirió también la intervención
masiva de los Estados hasta la propia guerra, dando lugar
así al auge del keynesianismo como principal referente
teórico inspirador de las políticas económicas (aunque la
intervención estatal de las décadas posteriores fuera
mucho más allá de los planteamientos acotados,
básicamente anticíclicos, de Keynes). Sin embargo, el
fracaso de esta orientación “keynesiana” para hacer frente
a los crecientes problemas de valorización inherentes al
desarrollo capitalista, se pone de manifiesto, de forma
muy virulenta, a principios de los años setenta con el
estallido de la crisis. El regreso al predominio de las
políticas de inspiración liberal desde los años ochenta no
puede tener resultados frente a los problemas de
valorización mencionados, sino de forma muy limitada y
coyuntural.


A modo de conclusión puede señalarse por tanto
que las crisis capitalistas no son accidentes de carácter
coyuntural, ni exógeno, ni aleatorio. Ni siquiera puede
atribuirse exclusiva o principalmente su origen a
determinada formas de gestionar la política económica,
pese a que éstas puedan atenuarlas o agravarlas. Por el
contrario, las crisis son inherentes al funcionamiento del
modo de producción capitalista. Y en el marco de la
economía capitalista mundial actual, es decir, en el marco
del imperialismo, su profundidad plantea ineludiblemente
la discusión sobre el carácter histórico limitado de este
modo de producción, desenmascarando con ello la falacia
del “fin de la historia”.

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