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Título: ABSORCIÓN DEL MOVIMIENTO OBRERO POR EL ESTADO II, por Petronivs Arbiter: ALGUNOS CASOS EUROPEOS EN LA PRIMERA GLOBALIZACIÓN (1870-1914) Y CONSECUENCIAS EN EL P- Enlace 1 - Enlace 2 - Enlace 3

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ABSORCIÓN DEL MOVIMIENTO OBRERO POR EL ESTADO I: ESBOZO DEL PROBLEMA GENERAL DE ABSORCIÓN.

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ABSORCIÓN DEL MOVIMIENTO OBRERO POR EL ESTADO II, por Petronivs Arbiter: ALGUNOS CASOS EUROPEOS EN LA PRIMERA GLOBALIZACIÓN (1870-1914) Y CONSECUENCIAS EN EL PERIODO DE ENTREGUERRAS.

El Capital es una Relación basada en el derecho a decidir el empleo del producto excedente con base en la posesión legalmente reconocida y garantizada por el Estado del capital, trabajo acumulado, que es parte del producto excedente a su vez. La Globalización es una expansión de alcance mundial de esa Relación. Por tanto es una expansión en extensión, pues más gente, más fuerzas productivas se vinculan entre sí dentro de esa Relación, jerárquica por definición.
Si la expansión en extensión es tan grande, a la fuerza habrá sido precedida de una expansión en profundidad, de suerte que los vínculos que componen la Relación se hayan hecho más numerosos afectando a más aspectos de la vida. Una Relación está hecha de vínculos, jurídicamente regulados en general, no de partícipes ligados por dichos vínculos. Los partícipes hacemos, establecemos las relaciones, pero no somos esas relaciones.
De lo anterior se sigue que la expansión en extensión lo es también en profundidad. Si ésta encuentra sus límites, la expansión en extensión, de ser posible, es la respuesta lógica a la amenaza que el estancamiento supone para un orden jerárquico.
Como la expansión tiene un coste, las fuerzas productivas deben estar en condiciones de crecer. Como la expansión requiere de una mejor y más profunda regulación, pues más asuntos y más vínculos suponen más posibilidad de discordia y de ineficacia de la cooperación, el Estado debe absorber la sociedad involucrada, las relaciones en que se vertebra dicha sociedad.
El Estado es la más importante Relación de Reproducción de la Sociedad Jerárquica, compuesta por el conjunto de Relaciones de Producción de Gobierno legalmente reguladas, por lo que lo expuesto es forzosamente cierto.
Si la posibilidad de aprovechar el Potencial de crecimiento de las fuerzas productivas que se desenvuelven en los vínculos de la cambiante Relación es premisa de lo que llamamos Globalización, basta que se dé la necesidad para que, si la posibilidad existe, se dé el fenómeno. Como la Absorción es un resultado de la expansión en profundidad, la batalla entre elites por el disfrute de la posición de aparatos paraestatales que vertebren la Sociedad en absorción es un rasgo central de la Lucha de Clases restringida, donde por ser posible un consenso suficiente no se da la revolución, limitándose la pugna a la obtención de mejoras de posición de los actores principales, sujetos de Consenso. Y como además la expansión en extensión afecta a las relaciones internacionales, el gobierno ha de perseguir el refuerzo del Estado también por tal causa aumentando la necesidad de la Absorción por la del control del crecimiento que permita la suficiencia presupuestaria. Lo expuesto es un factor vital de victoria y derrota entre las elites, triunfando la más eficaz, que no más servil, para el alcance de los fines estatales. Mucho depende pues de cuales sean y como se entiendan dichos fines estatales, lo que nos llevaría derechos al problema de la Ley vista como contradicción entre Poder y Moralidad.
Si las fuerzas productivas no crecen en medida suficiente habrá jaleo, pues por grande que sea la necesidad, la imposibilidad produce la aparición de la estaca en escena para conservar la jerarquía. Esta conclusión se obtiene de lo visto hasta aquí, verificándose por la Historia.
Por todo esto, es falso que la Globalización sea el debilitamiento del Estado, por cierto que ello sea para algunos estados, y por numerosos que sean los casos. Confundir el Poder del Estado sobre sus ciudadanos y súbditos, y sobre todo la aceptación de grado de dicho poder o conquista de la Legitimidad que es una superación de una contradicción entre poder y moralidad, con la naturaleza de las relaciones internacionales, es un error serio. El poder del Estado para decidir sobre nuestras condiciones de vida no disminuye por la mayor necesidad de tratados permanentes y organismos que los verifiquen para regular las relaciones económicas ante la imposibilidad de un patrón fijo de intercambio, que refuerza la capacidad de intervención del Estado, pues solo por su regulación de la vida económica se pude dar fe de la solvencia de la propia divisa. Menos todavía disminuye el poder del Estado sobre la Sociedad por un cambio en el balance estratégico, por ejemplo del poder nuclear. Creer que una mayor interdependencia de los estados es el debilitamiento del Estado es un fallo muy grave de interpretación de los hechos. Veamos un ejemplo cotidiano.
La regulación legal de las relaciones entre cónyuges, o entre padres e hijos, es hoy más profunda y detallada que en tiempos del Código Napoleón y sus sucesores, que confiaban la familia al patronazgo paterno, cabeza de familia. Otra cosa es si eso es justo o no. Sin duda, es necesario, y como es posible, sucede. La Absorción se profundiza, no se debilita, si el Potencial de crecimiento lo permite y la Relación se adecua a que las fuerzas productivas crezcan en sus vínculos. Así, la incorporación de la mujer casada al trabajo asalariado ha supuesto una mayor relevancia del Estado en la crianza de los niños, que todavía ha de aumentar más.
Vamos a ver ejemplos de Absorción del Movimiento Obrero por el Estado. Pese al interés extraordinario de lo acontecido en otros lugares me limitaré a los casos de las cinco naciones más industrializadas del periodo, pues siendo la documentación más conocida, la crítica de mis posiciones por quienes pudiesen estar interesados en hacerla será más fácil. Los países en cuestión son Estados Unidos, Gran Bretaña, Alemania, Francia e Italia.

De La Comuna a Sarajevo…
En los años transcurridos entre 1870 y 1914 sucedió una expansión imponente de las relaciones de producción capitalistas y del número de estados poderosos, y pueden considerarse como un tiempo de Globalización no menos que nuestra época. Su fundamento fue la extensión de la industrialización basada en los altos hornos y la tecnología del vapor, especialmente el ferrocarril, por Europa y América del Norte a partir de 1830, fecha en que Gran Bretaña ya es deficitaria en la producción agropecuaria. Si la consolidación de la Sociedad de Consumo en vísperas de la Crisis General de los años 70 del siglo XX, así como la Crisis misma que resiguió en gran medida de la imposibilidad de aumentar la productividad a corto plazo, antecedieron a lo que hasta hoy hemos vivido, la expansión en profundidad de 1830 a 1870, con sus conflictos imponentes dentro de cada estado y en las relaciones internacionales, y la crisis dada por la dificultad de hallar demanda a la nueva capacidad productiva, precedieron a la expansión en extensión.
Del monopolio industrial británico se pasó a una situación en que los Estados Unidos y Alemania entraban en la escena como competidores de las mercancías inglesas mientras los franceses trataban de salvar su posición, en declive desde mediados del siglo XVIII, cosa que tuvo una importancia difícil de exagerar en la forma en que se desarrolló la Revolución y su desembocadura en el Primer Imperio. Con la liberación servil Rusia iniciaba su industrialización en las más difíciles condiciones debidas al fracaso del Despotismo Ilustrado ya bajo Pedro el Grande, que tanto contrasta con los éxitos del Rey Sargento en Prusia. El día en que Japón daría al Mundo su primera sorpresa planetaria se perfilaba desde el momento en que los británicos, recelosos del expansionismo ruso, contribuyeron a impedir que dicho país corriese la misma suerte que China, pues no es azar que una flota nipona de construcción nacional, proyectada por ingenieros navales que habían estudiado en Inglaterra, se enfrentase a la escuadra rusa construida en astilleros franceses. Precisamente, la derrota rusa en Tsushima combinada con el creciente poder alemán y la manifiesta debilidad francesa, llevó a los ingleses al cambio de alianzas de 1905 que marcó un jalón del camino a la Guerra de 1914. La búsqueda del poderío marítimo por los gobernantes alemanes hará el resto, y la Primera Guerra Mundial no podría conjurarse, a diferencia de lo sucedido tres décadas antes, cuando el acuerdo anglo germano forzó la renuncia de los rusos a los tratados que habían arrancado a los turcos otomanos. Significativamente, el logro de aquella paz se celebró con un reparto de África entre los europeos oficiado por Bismarck en el Congreso de Berlín de 1885. En aquella fecha la expansión era posible sin guerra, a diferencia del estado de cosas de tres décadas después.
Las relaciones capitalistas conocieron un crecimiento espectacular en México bajo el gobierno de Porfirio Díaz y sus “científicos”, dando inicio a la expansión de los ferrocarriles y el desarrollo de la siderurgia de Monterrey, y en general América meridional quedaba ligada al comercio e intereses del Imperio Británico, situación asegurada por la Guerra de la Triple Alianza contra Paraguay, matanza de proporciones escalofriantes y de consecuencias importantes. De ahí arrancó el aseguramiento de la primacía política de los grandes terratenientes ganaderos en Argentina como solución del problema fundacional entre Buenos Aires y las provincias, tanto como el desarrollo ferroviario del país bajo control británico, orientado precisamente a la explotación de las capacidades del país en el marco de la economía de su Imperio. La Gran Guerra supondrá el reemplazo de los endeudados ingleses por los estadounidenses, cuya pujanza sobre América, anunciada desde tiempo atrás en el área del Caribe, tomó impulso con el Canal de Panamá, obra sangrienta para nuestra Clase por la mortandad debida a las enfermedades tropicales. El presidente T. Roosevelt dejó clara la filosofía del Big Stick: “Al Diablo el Derecho, quiero el Canal”.
Toda esta expansión en extensión lo fue también en profundidad. La industrialización, incluso la más superficial, significa que en cada país el ámbito de las relaciones capitalistas crece a la par que la productividad del trabajo y la variedad de las producciones, y que las vidas quedan más referidas a aspectos de las relaciones en que la producción y el gobierno de la misma sucede, desde la importancia vital del trabajo asalariado y las formas de distribución de lo producido como mercancía, a la posibilidad del recurso al crédito y el derecho al voto.
El sistema de partidos políticos parlamentarios iba ganado extensión hasta el punto de que en el propio Japón Meiji o en la Rusia zarista se instauraban de grado o a regañadientes parlamentos y dumas aunque tuviesen menos relevancia práctica que la Dieta del II Reich por la prerrogativa del Kaiser para nombrar al Canciller. Muchos vieron, tras la victoria japonesa sobre Rusia, que el Constitucionalismo occidental era una fuente de fuerza, de movilización nacional ante el imperialismo. La imbricación entre modernización y tradicionalismo musulmán en Irán data de aquellos años, viéndose reforzada por la adopción en su poderoso vecino del norte de la primera Duma tras la Revolución de 1905 que siguió a la derrota ante Japón, y no es despreciable la idea de considerar su influjo en la famosa declaración de Porfirio Díaz sobre la madurez de México para la democracia.
Un elemento fundamental de esta expansión del capitalismo que estamos tratando es la generalización del Patrón Oro. La city de Londres fue el centro financiero del Planeta en un grado mayor que en los años de su práctico monopolio industrial, de 1815 a 1870. Los efectos sobre el Banco de Inglaterra eran aceptados como oro, y una nación que quisiese un comercio próspero debía adaptar al Patrón su sistema monetario y bancario, de suerte que los pagos en su moneda fuesen fiables. El depósito de oro en las cuentas abiertas en el Banco de Inglaterra o el giro a las mismas de derechos sobre el metal depositado en otros bancos eran formas frecuentes de esa adaptación, problemática por los ajustes de la cantidad de moneda que era lícito emitir y de créditos que se podían conceder en consecuencia, por lo que muchos países intentaron mantener patrones bimetálicos de oro y plata, que les permitían mayor emisión monetaria y menor restricción crediticia, si bien al precio de una baja apreciación exterior de la moneda, razón por la cual intentaron crear áreas de tratado complementarias del sistema del Patrón Oro. Los orígenes de la peseta residen en un acuerdo entre España, Francia e Italia con vistas a mantener un patrón bimetálico en los países signatarios. No salió bien, y las monedas hubieron de referirse al oro exclusivamente.
Una interesante consecuencia del Patrón Oro se puede observar en las recesiones. Atesorar en dinero convertible en oro con equivalencia garantizada era seguro pues el valor del producto excedente bajo forma de dinero no se esfumaba. Si el rendimiento o seguridad de los negocios no era bueno los capitalistas podían esperar tiempos hoy impensables, contribuyendo a que la recesión se maximizase por falta de inversiones de capital, de suerte que se desplomaban los precios de las mercancías sin salida al mercado, pues la prioridad de obtener dinero se imponía por encima de cualquier otra consideración para conservar el valor y precaverse de las pérdidas del mismo que encerraba la posesión del producto excedente bajo forma de stock de mercancías. La combinación de inflación y estancamiento característica de los sistemas fiduciarios a partir de la Crisis General de los 70, con el precedente alemán de 1930, contrasta poderosamente con lo expuesto.
El imponente crecimiento de la producción no puede hacernos olvidar la gran insuficiencia de la demanda interna, incluso en Estados Unidos, para sostener ese crecimiento antes de 1914. En efecto, la exportación de productos manufacturados y maquinarias eran cosas de fundamental importancia para las naciones avanzadas. Su importación contra materias primas y cosechas, la base del desarrollo de las demás y del sostenimiento del nivel de vida y consumo de sus clases privilegiadas, entusiastas consumidoras de la cultura y productos suntuarios franceses a la sazón. Notemos que, a su vez, las limitaciones al crédito y a la masa monetaria impuestas por el Patrón Oro constituían un freno adicional al crecimiento de la demanda interna, lo que reforzaba la primacía de los intereses del comercio internacional. Emitir dinero en tanto es convertible en oro implica que muchas producciones no puedan realizar su valor en el mercado. La necesidad de exportar mucho a corto plazo agudizó la competición internacional.
Este factor de la competición entre capitalistas industriales necesitados del amparo de sus gobiernos no puede ser ignorado, y la vinculación entre la Primera Globalización y el Imperialismo que condujo a la Primera Guerra Mundial se nos ofrece muy claramente en la esfera de la Ideología. Así, si la idea de Armonía Natural de los Intereses de clases y naciones, en línea con el pensamiento de Adam Smith, se sostuvo como forma dominante del Liberalismo durante los años de la primacía inglesa hasta 1870, el imaginario pseudodarwinista de La Supervivencia del Más Apto irá tomando el relevo cada vez de forma más rotunda y descarada, y más en Europa que en Estados Unidos, donde el peso de la demanda interna era muy superior. Hitler no es un fenómeno en el vacío, ni necesariamente exclusivo de la sociedad alemana.
Siendo la guerra un resultado probable de los acontecimientos, y sabiéndose que de ocurrir sería de una escala nunca vista en caso de suceder, el primer objetivo de los gobiernos será obtener la máxima adhesión de las masas al Estado, tanto más buscada cuanto más se redujesen las expectativas de expansión pacífica. Cuanto mayor el Potencial de crecimiento de las fuerzas productivas, tanto más fácil fue lograrla, y cuanto menor, más urgente. El éxito o fracaso de la Absorción del Movimiento Obrero por el Estado es el aspecto que mejor nos informa sobre el estado de las fuerzas productivas en cada país.

Líneas de Fractura.
Todo Consenso, cooperación de la Sociedad con el gobierno que decide los fines del Estado, parte de una Fractura, previamente existente o creada de propósito, que debe reproducir, pues si las clases están unidas, pueden preferir opciones distintas a la cooperación con el gobernante. El éxito del Consenso es el logro de la Absorción, el refuerzo de la identidad nacional, y por lo tanto el logro de la compatibilidad entre el propio Consenso y su Fractura implícita. Observemos que en consecuencia, la Fractura, incluso nula, es parte del Consenso, no una cosa distinta desde el punto de vista de la consistencia lógica, y solo cuando un Consenso es incompatible con su Fractura implícita se demuestra la contradicción inherente a ese Consenso.
Como el máximo peligro para un Consenso proviene de la unión de los poderosos, motivados por su descontento, jamás procede el Gobernante a medidas de Absorción de la plebe que generen entre las clases patronales un temor agudo, universal y prolongado. En general, la Absorción de los trabajadores se define en función de la Absorción de los capitalistas y nobles, caso de haberlos y de ser relevantes. Vamos a la miga.
Dos son las líneas de Fractura fundamentales del periodo.
Una consiste en el enfrentamiento entre obreros de distintas naciones.
La prioridad de las exportaciones, combinada con la vinculación de la prosperidad empresarial con los salarios y mejoras laborales, llevará a los trabajadores al enfrentamiento en defensa de los intereses nacionales. El éxito de la Absorción, del Consenso, supone el aumento de esta Fractura que se expresa en lo exacerbado de la identidad nacional, y de su agudización se parte para reforzar el Consenso, profundizándose la Absorción.
Pero hay otra línea de Fractura de importancia inmensa, la de campo y ciudad.
En Estados Unidos, donde la producción alimenticia era sumamente eficaz, casi se limitó esto al apartheid sobre los negros, de suerte que las filas del proletariado industrial se nutrieron con emigrantes europeos aparte de los blancos de las regiones rurales. La pronta industrialización del campo es la base de la vanguardista condición norteamericana moderna, una condición necesaria de la Sociedad de Consumo, y la prioridad dada por el New Deal al sur agrario en la Crisis de entreguerras tuvo poderosas razones.
Gran Bretaña fue desde 1830 deficitaria en alimentos, de manera que la contraposición campo y ciudad y el problema de la industrialización de la producción agraria pudieron ser obviados. El problema se trasladó a Irlanda o todavía más lejos.
En Alemania, la Fractura entre campo y ciudad fue muy aguda desde el mismo principio del siglo XIX, de suerte que un fenómeno como 1792 en Francia, la Revolución Burguesa amparada en la Revuelta Campesina, no pudo suceder. En Prusia la sujeción del campesinado de los territorios del Este garantizó patatas y trigo baratos a la vez que contribuía a la preeminencia de los junkers, la aristocracia militar y terrateniente. Los efectos del Tratado de Versalles sobre los nobles soldados latifundistas por la restauración de Polonia no se hicieron esperar, y en ese país se ensayó el trato que los nazis darían a los pueblos del Este en su proyectado Imperio.
En Francia, todo el aspecto ideológico de la Tercera República giró en torno al problema planteado por la derrota de La Comuna, aislada de un campesinado propietario beneficiado por la legislación de la Gran Revolución y de los regímenes del Primer y Segundo Imperio, y cuyos intereses se impusieron en el aplastamiento de París. Hasta el lógico final de situar la capital en Vichy durante la ocupación alemana es una consecuencia del duelo entre campo y ciudad, entre intereses proletarios y campesinos, como fundamento de la Fractura del Pueblo implícita en un Consenso asentado en bases materiales demasiado endebles para los propósitos de las clases dominantes en esta época.
Y en Italia, la quiebra entre el Norte y el Sur, el modo en que esto abrió las puertas al Fascismo cerrándolas a la Revolución Proletaria, no puede ser más elocuente.
Como nota para lectores interesados en otros lugares, considera la importancia de esta segunda línea de Fractura y las posibilidades de su resolución en la política de Cárdenas en México que dio las condiciones para el régimen del PRI, o en los orígenes del justicialismo en Argentina. Por supuesto, aquí en España fue un factor fundamental de los acontecimientos que nos llevaron a la Guerra Civil.
Es aprovechando estas dos líneas de Fractura como se consiguió en cada país un mínimo Consenso suficiente, es decir, satisfactorio para las clases patronales. Cuanto menor fuese el coste de la Fractura implícita, cuanto mayor fuese el Tamaño y Potencial, tanto más potente el Consenso resultante, tanto más exitosa la identidad nacional, tanto más amplia y profunda la Absorción de la Sociedad en general y de nuestra Clase, a través de la cooperación del movimiento obrero con el Estado, en particular.
Entramos a los ejemplos. Quise ser breve y no lo he conseguido, claro ¿Sorprendido?
Espero al menos que lo que sigue te resulte ameno y de alguna utilidad.

Las absorciones exitosas.
En los Estados Unidos el Movimiento Obrero descartó la creación de un partido político, optando por ser un grupo de interés organizado vinculado al Partido Demócrata. Las razones de esto son largas de exponer, pero baste apuntar que los trabajadores industriales norteamericanos, durante la aceleración de la industrialización marcada por las eras de los Barones Ladrones y los Capitanes de Industria, disfrutaron un nivel de vida muy superior a lo que soñarse pudiese en la propia Inglaterra. Ningún proletariado blanco estaba a la sazón tan asimilado a la identidad nacional pues no había lugar del mundo donde la comida fuese más barata y el salario cundiese tanto. Pero algo todavía más importante está presente en esta decisión. El sueño americano era en cierto modo real y pocos querían renunciar por completo a verlo cumplido. América, con sus barreras arancelarias y buenas flotas que las hiciesen guardar, era la tierra de las oportunidades, el sueño dorado de los obreros y campesinos europeos. El Happy End es sin duda la fe nacional de los estadounidenses, incluso ahora. No es pues extraño que los obreros industriales, los que hubiesen debido ser la vanguardia del Proletariado, prefiriesen la inmersión en el Sistema que les otorgaba salarios reales siete veces mayores que los de sus homólogos europeos. Si el Sistema no estaba en discusión, el imaginario liberal de Adaptación del Medio Social al Hombre que demandase al Estado medidas determinadas según el caso, combinada con la lucha restringida en el sector de producción, era más que suficiente. No siendo preciso un marco teórico claro para la Lucha de Clases, organizarse como partido se vuelve un sinsentido dada la naturaleza del sistema político estadounidense.
Reparemos en la enorme diferencia del papel de los legisladores en la republicana Norteamérica, donde los partidos se ofrecen a los intereses, y la monárquica Europa, donde son los intereses los que forjan partidos, aunque poco a poco va conociendo esto cambios por el lógico camino de la inserción de representantes de los intereses en las cúpulas de los partidos o en los gabinetes. La preeminencia del sistema de Primer Ministerio en nuestro lado del Atlántico es un factor importante de la composición de las direcciones de los partidos y la naturaleza de su reclutamiento. El sistema de Primer Ministerio es una limitación real a la adopción del modelo estadounidense de partido de lobbies, pues los Parlamentos quedan bajo un efectivo control del Primer Ministro y los jefes de los partidos políticos aliados al suyo, no sirviendo la Cámara más que a la legitimación de las cúpulas efectivamente dedicadas a vertebrar los intereses organizados. El reiterado fracaso de los intentos europeos de introducir sistemas de primarias ilustra esto, y la senda europea será más tecnocrática y centralizada en el futuro que la norteamericana. Ignoro si eso supondrá ventajas o inconvenientes.
Notemos que en Estados Unidos, pionera de la Sociedad de Consumo por la magnitud de su demanda interna y de su capacidad de producción que descansaba en el abaratamiento de la comida, se da una gran diversidad en la producción y sus condiciones, segmentándose la población trabajadora en razón de su especialización y la necesidad que hubiese de la misma. Tan dinámica economía generaba a un ritmo mayor que el europeo todo tipo de innovaciones. La Fractura característica de nuestra Clase en nuestro tiempo, la que segmenta a los trabajadores por su especialización, ya estaba apareciendo antes de la Primera Guerra Mundial.
Por lo demás, el riesgo de que la Fractura campo ciudad fuese incompatible con su Consenso fue conjurado con la renuncia a los objetivos de la Reconstrucción que siguió a la Guerra de Secesión, garantizando por apartheid a las capas medias y masas trabajadoras que no se verían perjudicadas por la irrupción de los negros en la escena, y esto es lo que confinó al Partido Republicano, el de Lincoln, a la representación de los a menudo poco coincidentes intereses del Gran Capital y de los segmentos más conservadores de la sociedad, otorgando al Demócrata, curiosamente, todo ese “Centro” que cabe en el imaginario liberal reinventado en torno a la idea de la adaptación del Medio Social al Hombre, fundamento del Liberalismo de nuestros días. La Fractura implícita en el Consenso fue compatible con éste, con lo que la Absorción sucedió sin dificultades especiales por el Tamaño y Potencial de crecimiento de las fuerzas productivas.

En Gran Bretaña, los sindicatos fundaron en 1900 un Partido Laborista que pronto se decantó por la colaboración con el gobierno en el marco del famoso Pacto Victoriano. Pese a que los sindicatos son el tradicional soporte del izquierdismo en ese partido, la cooperación con el gobierno era y es, en general, deseada por los propios trabajadores tanto como lo es en Estados Unidos la inmersión en el sistema.
Los hombres de negocios eran ya en exceso poderosos para soportar la tutela nobiliaria impuesta por el régimen dieciochesco que siguió a la Segunda Revolución. Era preciso resolver el problema, lo que se hizo dando a los Comunes la primacía a la vez que se ampliaba la representatividad de dicha cámara para que los nobles elegidos en los burgos podridos dejasen de ser el elemento dominante. El desembarco de Manchester ejemplifica a la perfección el asunto. En contrapartida, los lores y demás nobleza obtuvieron los desempeños en la administración del Imperio en crecimiento, conservando su ventajosa posición en los empleos del ejército y la diplomacia. Obviamente, las guerras mundiales serán su fin y el del marco de su estilo de vida tan costoso de mantener, los famosos Parks y palacios al estilo de Castle Howard, donde se rodó buena parte de la excelente versión televisiva de la novela Retorno a Brideshead.
El acuerdo entre capitalistas y nobles fue la base del Pacto Victoriano, pero no todo él.
Conforme nos acercamos a 1914, la mejora de condiciones laborales y la elevación de los salarios y del consumo interno en un número suficiente de sectores daban las bases de la adhesión obrera al régimen y un aumento de eficacia por la elevación de la demanda interna, perfectamente asumible dada la posición británica en la exportación de toda clase de bienes y de capitales. Las decisiones tendentes a la extensión del sufragio que acabase con una composición aristocrática de los Comunes conducían a la adopción inminente del sufragio universal masculino, puerta de entrada del laborismo en la vida parlamentaria. Recordemos que los sindicatos tenían mucho que decir en el seno del laborismo, y en la composición misma de los parlamentarios por dicho partido por su derecho a designar candidatos en las listas. Tanto es así, que fue la designación sindical la que abrió la puerta a la presencia en los Comunes de diputados comunistas en los años 20, en un tiempo en que las direcciones sindicales estaban muy molestas con la persistente inclinación a la conciliación de una dirección política que tenía ya opciones a alcanzar Downing Street. Las condiciones para que los liberales fuesen progresivamente reemplazados por el laborismo a partir de 1918 se habían dado antes de la Primera Guerra Mundial. Por supuesto, en todo esto la lucha obrera que partía de un fermento revolucionario que se remontaba muy atrás fue una pieza fundamental, mas tanto en las direcciones laboristas y sindicales como en las masas obreras, la disposición al acuerdo era muy fuerte, bastando los primeros éxitos del mismo para confirmarla.
A partir de 1876 los rendimientos de la India se vieron multiplicados por la mejora de la administración que supuso el fin del gobierno de la Compañía y la proclamación del Imperio. El control de Suez permitió un comercio con Oriente más intenso y rápido con consecuencias mundiales, especialmente las que afectaban a la disponibilidad de capital dinero. El refuerzo de las posiciones comerciales en América del Sur y China, unido al muy rentable saqueo de ésta, se sumó a lo anterior. Reparemos de paso en la importancia de la proclamación del Imperio en la India, que pasó así de ser una suerte de haz de principados mal hilvanados por una empresa privada a formarse como estado en toda regla, lo que arrojará consecuencias tras 1945.
En la conservación de una demanda mundial suficiente de las mercancías británicas descansó en última instancia la capacidad del estado británico para absorber su sociedad en general y su movimiento obrero en particular. Sin duda, no había en Europa proletariado más asimilado a la identidad nacional ni movimiento obrero más absorbido por el Estado que el británico, y solo el norteamericano y el japonés le aventajaban, cada uno por razones y procedimientos muy distintos.
Si Estados Unidos partió del enorme potencial de crecimiento que supuso la instauración de un mercado unificado sobre un territorio continental, Gran Bretaña contó con una demanda enorme de 1815 a 1914 gracias a su primacía naval que garantizó el crecimiento de su industria, si bien a menor ritmo que el alemán y norteamericano. El estado de las fuerzas productivas facilitó la absorción reforzando el Consenso en ambas potencias: la democracia jacksoniana en Estados Unidos transformada por la experiencia de la Guerra de Secesión, y el Pacto Victoriano en Gran Bretaña, asegurado por el Imperio.
La relegación de los negros y el imperialismo del Gran Bastón en el Caribe fueron de gran importancia para el logro de la Absorción de los obreros por el Estado en Norteamérica. No se desprecie esto último. Baste considerar la multiplicación del Potencial de crecimiento que el Canal de Panamá suponía. Similarmente, el Imperio, la marginación de Irlanda y su recurso como pastizal donde abaratar la comida, se suma a la profundización de una perfeccionada dominación de la India, de consecuencias imposibles de exagerar. No es extraño que Gandhi predicase la independencia vistiendo un taparrabos, como denuncia de la ruina de su muy poblado país por la industria textil inglesa.
Como salida al problema de incompatibilidad entre un Consenso y su Fractura, el imperialismo no tiene rival, pues los costes se pagan fuera, o lo que es lo mismo, se descargan las contradicciones en el exterior. Es por esto que la imposibilidad del Imperio es una de las condiciones necesarias de la Revolución. Eso tendrá su importancia en el próximo caso.

Un éxito a medias...
Ya Luís XIV, en sus sabrosas indicaciones a sus embajadores, veía los potenciales de Prusia, que se recuperaba de las devastaciones de la Guerra de los Treinta Años. En ningún lugar de Europa alcanzaría semejante éxito lo que se viene en llamar Despotismo Ilustrado, una de las variantes primeras de una clase de regímenes como los de Orden y Progreso en América, el Tanzimat turco del siglo XIX, el Meiji japonés, los regímenes kemalista y nasseriano o lo que ahora vemos en la Rusia post socialista. Se trata de regímenes que atienden a la primera necesidad del Consenso en condiciones de insuficiencia de las fuerzas productivas: la posibilidad del acuerdo de los hombres y grupos poderosos con la instauración de un gobierno dotado de gran autoridad sobre ellos. Obviamente, no es gratis.
En Prusia, el logro de una cooperación efectiva de la nobleza con los fines gubernamentales vino de la percepción nítida de necesidad de cohesión para la supervivencia del Estado, condición de la primacía nobiliaria, cosa bien comprendida por quienes se habían beneficiado de la locura de los nobles polacos. La Guerra de los Siete Años primero y la derrota ante Napoleón después, que a punto estuvo de poner el reino bajo el patronazgo ruso, resultaron argumentos muy convincentes en este sentido, y esto despejó el camino a la finalización de la servidumbre y la apertura al establecimiento de relaciones capitalistas, cosas necesarias para el aumento de los ingresos fiscales del Estado. En lo exterior, los prusianos contaban con una cooperación con los ingleses que datando de la Guerra de los Siete Años alcanzó en el siglo XVIII a la represión de la revolución burguesa y patriótica de Holanda y la restauración del Estatúder Guillermo V en 1787, así que en 1815, al temor a Rusia se sumaba al que despertaba el expansionismo francés, y Prusia obtuvo en el Congreso de Viena la burguesa Renania tras la derrota de Napoleón Bonaparte.
La primacía nobiliaria era axioma del estado prusiano, apoyada en varios factores, desde el servicio de la burguesía en el funcionariado que llevó al auge de los estudios de derecho y filosofía por los tiempos del fin del ghetto, y que suponía su encuadramiento al servicio del Estado, hasta la exclusividad práctica de la Iglesia Luterana bajo la directa fiscalización regia. A este respecto, la católica Renania ya había visto el fin de las bases materiales del Patronazgo independiente de la Iglesia Católica en los años de su anexión a Francia, de 1792 a 1815. Es en Baviera donde se forjará un partido burgués sólido, el Zentrum católico. La no existencia al oeste de un aparato paraestatal fuerte del que partir para la forja de un partido, combinada con la eficaz absorción al servicio del Estado en el este, determinó la debilidad política de la burguesía alemana puesta de relieve por las románticas proclamas de la Dieta de Francfort y el fin del jugueteo del rey de Prusia con ella, negándose a recoger “del fango” la corona imperial que se le ofrecía. La Revolución de 1848 acabó como cabía esperar.
El II Reich sería, como Prusia, fruto y marco de la primacía nobiliaria, como la conservación del título real por la Casa de Baviera tras la anexión muestra, y el junker Otto von Bismarck llevará la batuta. El Kaiser será tal por la voluntad de sus iguales, no del fango plebeyo. La nobleza alemana conservó un efectivo control sobre la masa de población a través de su exclusividad en el mando del ejército y las más altas funciones estatales de un lado, y en la conservación de amplias prerrogativas sobre el campesinado libre por procedimientos semejantes a los que se daban en Inglaterra desde la Segunda Revolución. Además, los junkers tenían la máxima autoridad sobre los jornaleros y arrendatarios en sus latifundios polacos.
Alemania es la cuna del Socialismo Nacional de Lassalle, dirigente fundador de la Asociación General de Trabajadores Alemanes, nacida en un entorno en el que la clase obrera empezaba a formarse a partir del campesinado recientemente liberado, pero aun sometido a vínculos muy firmes con los nobles terratenientes, en un escenario en que las prioridades de la industrialización estarán marcadas por el Estado, como muestran las características de la red ferroviaria prusiana, especialmente en Renania, concebida para el rápido despliegue y movilización del ejército, lo que fue, junto con la ventaja técnica en fusilería, una clave de la aplastante victoria sobre el Segundo Imperio Francés en 1870.
La Asociación de Lassalle se destacó por un marcado carácter jerárquico. Su jefe era un JEFE, ni más ni menos, y sus colaboradores no eran sus iguales. Lassalle logró fundar su posición en sus relaciones, muy amplias en diversos sectores de la sociedad, y que le permitían obtener logros materiales reales e inmediatos que le abrían a su vez nuevas relaciones, como la que estableció finalmente con Bismarck. Sabemos que al menos cinco reuniones tuvieron lugar entre el abogado hegeliano metido a dirigente obrero y el Canciller de Hierro antes de la muerte de aquel en 1866, de resultas de las heridas recibidas en un duelo por la mano de una jovencita. Bismarck trató también de atraer a Marx a sus proyectos, mas nuestro fundador se negó a entrevistarse con él.
En suma, la Asociación de Lassalle mediaba el Patronazgo estatal.
La absorción del Movimiento Obrero por el Estado en Alemania se basó en la política del palo y la zanahoria. El palo consistía en las leyes antisocialistas, destinadas a impedir la extensión de la influencia política del movimiento obrero y la negación del axioma de servicio del mismo al interés nacional definido por el gobierno. La zanahoria estaba hecha de pensiones, redes de economatos administrados por los sindicatos y andando el tiempo mayoría parlamentaria del SPD por el sufragio universal masculino, en un estado donde el parlamento no sería demasiado relevante. La suerte del obrero industrial alemán era envidiable para el dependiente de comercio, para el jornalero de Pomerania, para los obreros industriales del resto de la Europa occidental continental, como lo era la suerte del dirigente obrero alemán para sus colegas de los demás países. Otra vez, la Fractura está en la base de la Absorción. Es claro que Lassalle triunfó sobre Marx en Alemania tanto como el reformismo en Gran Bretaña, y 1914 lo prueba definitivamente.
Si la obra de Lassalle fue en apariencia barrida, si el marxismo fue elegido como Ideología, ello se debió a sus ventajas como marco teórico de la lucha de clases, pues con ello el Movimiento Obrero adquiría un aura de independencia útil en las negociaciones que un aparato paraestatal tan obscenamente dependiente del favor gubernativo, próximo a un sindicato vertical fascista, no puede tener, y a eso abocaba la continuación de la línea de Lassalle, cuyos seguidores se impusieron temporalmente con el Programa de Gotha en los tiempos en que la industria alemana todavía no era un competidor temible para la británica. Pareció que en 1891, en unos tiempos en que las exportaciones germanas ya superaban a las inglesas y la cantidad de obreros y el peso de la industria habían crecido considerablemente, esta derivación hacia el Socialismo Nacional quedó conjurada, pero el estallido de la guerra puso las cosas en su sitio.
Solo el marxismo era óptimo para que el SPD y los sindicatos fuesen un aparato paraestatal, en un sentido semejante a la Iglesia Católica, no un aparato casi estatal, vertical, similar a la Iglesia Luterana, que es una posición de muy inferior fortaleza. El objetivo de la Lucha de Clases en Alemania no era la Revolución, sino la obtención de la mejor posición posible a la hora de decidir las condiciones de cooperación, y el crecimiento de la exportación industrial no cambiaba esto. La cooperación era deseada, y Lassalle triunfó en el fondo.
Cuando nuestros camaradas emprendieron en 1917 el intento de la Revolución Proletaria Mundial, los socialistas alemanes, con la honrosa excepción de los camaradas que forjaron el USPD y los que integrarían la Spartacusbund, se destacaron en la condena de Octubre so pretexto de lo prematuro del fenómeno, y Lenin intentó rechazar tal argumento solo con base en la esperanza de la pronta extensión de la Revolución, pues la alegación enemiga tiene fundamento en la Teoría de la Historia tal y como la dejó Marx.
¿Por qué esa insistencia de los marxistas alemanes del SPD por considerar que en Alemania estaban verdes las uvas, independientemente de lo que se pensase sobre Rusia? ¿Por qué rechazaron el esquema de Lenin en 1918? Por dos razones.
Una es la misma por la que votaron los créditos de guerra en 1914. Los jefes obreros, y con ellos una enorme proporción de la Clase, no querían perder lo logrado desde 1870.
Otra es que 1918 dejó intacta la clase dominante alemana y su capacidad para ejercer el mando militar efectivo. Aunque Versalles impusiese un máximo de 100 mil hombres al ejército, muchos más se hallaron encuadrados en cuerpos francos. La ocasión ofrecida por el motín de los marinos en Kiel fue desperdiciada. Sin recurso a la alianza campesina y posibilidad de revuelta, la opción militar era de grandísimo riesgo para el partido revolucionario, lo que menoscabó su atractivo. Pasada la ocasión de 1918, la Revolución fue un suceso cada vez más improbable.
Las dos razones son en realidad una y la misma. La Nacionalización de la Clase Obrera había sido un éxito, que se probaba en la Nacionalización del Movimiento Obrero más influido por el marxismo de toda Europa. La zanahoria de Bismarck había sido lo bastante grande. Liebknecht es la excepción, no la norma. El marxismo en Alemania tuvo su mayor significado en el plano de la ideología, seleccionada por su capacidad de justificación tras ser debidamente interpretado. Lo sucedido allí después de 1918 lo prueba.
Y si en Gran Bretaña y Estados Unidos no hizo falta siquiera la adopción de un ideario definido, distinto del liberalismo dominante o del reformismo, para justificar el movimiento obrero y su participación en la política, se debe a que estas potencias tenían garantizada demanda suficiente a sus producciones, cosa que Alemania tenía que ganarse a pulso. Eso es lo que aumentaba el valor de la adhesión obrera para las clases privilegiadas y para el Estado, de suerte que la elevación del Movimiento Obrero a aparato paraestatal independiente era un precio aceptable. Pero al final, el Potencial en Alemania se vio limitado por la flota británica. Significativamente, la terrible mortandad alemana por el hambre en 1918 resultó del bloqueo naval. Más significativamente, el imperialismo nazi, la construcción de una Monarquía Industrial de base popular y democráticamente legitimada, sería la solución de Absorción escogida por los aristocráticos generales y los magnates capitalistas para resolver el problema de la Escala de su industria, fundamento del poderío del Estado.
La imposibilidad del Imperio es condición de la Revolución.
Y el Imperio era, desgraciadamente, posible.

... un fracaso a medias...
Las tres naciones tratadas hasta ahora tienen una característica en común. Ni un solo motín sucedió en sus ejércitos durante toda la Primera Guerra Mundial, cosa que contrasta con lo ocurrido en las fuerzas armadas de Francia e Italia.
La destrucción de La Comuna fue el acta de nacimiento real de la Tercera República Francesa, sucesora del Segundo Imperio derrotado por su inferioridad técnica e industrial ante las fuerzas prusianas. Precisamente, fue la debilidad industrial y burguesa en un entorno de competición internacional la causa última del éxito de Luís Bonaparte, verdadero precursor del Fascismo, y la explicación de su política exterior y sus ambiciosos proyectos. También esa debilidad técnica e industrial es un factor importante del carácter patriótico de La Comuna, que se niega a aceptar los tratados de paz con Alemania y propone a Francia un programa de inspiración republicana y jacobina orientado a salir del atraso que ponía el país a merced de Alemania o bajo patronazgo británico, anticipando una parte de las causas y formas de las Revoluciones Proletarias del siglo XX, del mismo modo que la inhibición del campesinado francés en 1871 dio la clave del éxito o fracaso militar: sin revuelta agraria, difícil es minar el reclutamiento del bando reaccionario y nutrir las filas del revolucionario.
Una digresión impertinente…
Muchas veces, pensamos que la Revolución Proletaria ha fracasado en tanto que la Burguesa ha vencido, sin reparar en la historia decimonónica. Por excelencia, el ejemplo de triunfo de la Revolución Burguesa es Francia, que conoció muchos cambios violentos de 1789 a 1871 entre los que destacan los regímenes autoritarios como resultado, y que el cimiento de la Tercera República, primer régimen de carácter burgués estable, sea la matanza del pueblo de París tras la rápida derrota ante Prusia no se debe al azar, como no lo es su muerte simétrica en 1940, tras solo seis semanas de deslucido combate frente al ejército alemán, que culmina en la jefatura del Estado por un glorioso mariscal al frente de un régimen particularmente reaccionario. La disposición de la burguesía francesa a aceptar la tutela militar y el Bonapartismo revelan su debilidad no menos que la subordinación al patronazgo nobiliario de los burgueses alemanes que vimos en el punto anterior. El corolario de esa debilidad es la persistencia de la Ley LeChapelier, que desde 1792 prohibía la asociación obrera, y el reiterado recurso a la violencia que la hiciese cumplir. Nuestros clásicos mostraban mucho tino al ver la Francia de su época como el campo de batalla de la Lucha de Clases, con una burguesía acorralada entre los trabajadores y las necesidades de su posición por la insuficiencia de la demanda. La Revolución Burguesa no tuvo más éxito que la Proletaria ¡Al contrario!
Dos guerras mundiales no son una prueba de éxito. El fin de la dominación indiscutida de unas pocas potencias sobre la Humanidad toda sí es una prueba de éxito.
Pero ciñámonos al tema tratado acabando la digresión. Volvamos a Francia.
La Ley LeChapelier no fue derogada hasta 1885, catorce años después de La Comuna. El Movimiento Obrero francés estuvo muy marcado por sus condiciones de formación en un entorno de aislamiento deliberado y clandestinidad en el seno de un estado en que el ideal pequeño burgués marcaba la pauta entre las masas urbanas. Izquierda, cierta tendencia anarquista y jacobinismo van de la mano, y el éxito de Proudhon es en esto revelador.
[La anarquía es] una forma de gobierno o constitución en la que la conciencia pública y privada, formada por el desarrollo de la ciencia y el derecho, se basta a sí misma para mantener el orden y garantizar todas las libertades, y donde consecuentemente, los principios de autoridad, instituciones policíacas, los medios de prevención y represión, burocracia, impuestos, etcétera, se reducen a su expresión más simple.
Veamos otro texto de Proudhon, que no tiene desperdicio...
Comienza tu nueva vida ¡Oh, la primera de las inmortales! ¡Muéstrate en tu belleza, Venus Urania. Esparce tus perfumes, flor de la humanidad! Y la humanidad rejuvenecerá y tú crearás su unidad, porque la unidad del género humano es la unidad de mi patria, como el espíritu del género humano no es otro que el espíritu de mi patria.
El componente patriótico unido a su pretensión universal se muestra en el segundo texto, tanto como el impacto de la concepción sans culotte del Estado en el primero. El movimiento obrero francés da hombres como Proudhon, con admiradores en la izquierda y hasta en la extrema derecha, deseosos de limitar la Absorción de la Sociedad por el Estado en lo que les perjudica, de profundizarla y acelerarla en lo que les beneficia. Y da hombres como Sorel, el impecable ingeniero de caminos que acabó aborreciendo el orden de la Tercera República, inspirando al sindicalismo con su apostolado de violencia y necesidad del mito, denunciando en su magnífico Europa y la Revolución Francesa el imperialismo que se esconde en el manto de la redención de la Humanidad, para acabar en un coqueteo abierto con Peguy y el nacional catolicismo terminando por merecer alabanzas del mismísimo Mussolini.
Hombres de gran inteligencia en el filo del cambio y sus incertidumbres, ambivalentes ante el mismo. Reflejos de cualquiera de nosotros, proyectados a más por su indudable potencia.
Los fenómenos del siempre nebuloso mundo de la Ideología nos orientan sobre el por qué de la falta de consistencia organizativa y programática del Movimiento Obrero. En el caso francés, esto es cierto tanto en la clandestinidad blanquista, despuntando en explosiones ahogadas en sangre, como después de 1885, con la tendencia a la alianza pequeño burguesa expresada en el Partido Radical Socialista, el partido de Clemenceau, Tigre de Francia, mayoritario durante la Tercera República.
La causa es simple. La masa del pueblo francés en general, también los obreros, se muere de ganas de ser absorbida por el Estado. La Sociedad entera, desde la alta burguesía al proletariado más inseguro, desea seguridades que solo el Estado puede dar ¡Ay, pero las fuerzas productivas no bastan por su tamaño, y el potencial de crecimiento es insuficiente! La Fractura implícita en el Consenso ha de ser grande ¿Quién pagará los platos rotos? Todos ven la anhelada Absorción con aprensión, torciendo el gesto como si no les gustase el guiso.
Por eso, la solución solo podía ser una: el imperialismo.
Primero hacia Europa, basado en un mesianismo redentor bonapartista. Después, hacia Asia, África y América (recordemos la aventura de Luís Bonaparte en México, la construcción del Canal de Suez...), para finalmente, asegurar su precaria posición en el seno de la alianza con los británicos, temerosos de que los alemanes forjasen un poder marítimo capaz de contrastarles, y tranquilizados en sus intereses en Suez tras la destrucción de la flota rusa por los japoneses. Tras conceder la cláusula de nación más favorecida a Francia, los fusiles remington dejaron de llegar a los rebeldes de Argelia y Marruecos. Fachoda quedó olvidado.
Para aquellas fechas se fundaba la SFIO.
El atractivo de una absorción fundada en el ideario republicano jacobino fue un factor de peso de la inmensa dificultad encerrada en la fundación en 1905 de la SFIO, Sección Francesa de la Internacional Obrera, a partir de diversos grupos de inspiración marxista, que pese a su pronto origen no contaron con suficiente predicamento en el sindicalismo, legal desde 1885. Ni siquiera la presencia de hombres del calibre de Lafargue, y el factor liderazgo nunca debe ser despreciado en política, pudo acelerar la construcción de un partido marxista dotado de un mínimo de consistencia.
Recordemos que en 1914, aunque se proclamase un primer manifiesto antiimperialista, la SFIO asumió no menos que el SPD o el Laborismo la postura defensista tras el asesinato de Jaurès, su elemento más internacionalista. La Absorción había vencido también aquí, mas la insuficiencia de las fuerzas productivas para asegurarla se revelará en la aprobación, por el grueso de los delegados de la SFIO, de la adhesión a la Comintern después de la Guerra. Por supuesto, la minoría anticomunista logró persistir, constituyendo el núcleo del actual PSF.
El caso que nos ocupa es una pieza de la absorción general de las masas populares urbanas en el programa republicano. Veamos por que procedimientos.
Para empezar, la exclusividad laica en la educación. La Tercera República instaura tal régimen de adoctrinamiento de los súbditos, sin confiar esa tarea a agentes de un aparato paraestatal como la Iglesia siquiera parcialmente. Los señores herederos de Thiers sabían como habían vencido sobre París en 1871, así que era lógico, ya que las fuerzas productivas eran insuficientes para la absorción total, concentrar esfuerzos en las ciudades.
De esto se derivaron dos efectos.
Uno, que la oposición al régimen desde la derecha, especialmente en la pequeña burguesía de las ciudades de provincias y el campo, adoptará un tono marcadamente clerical, desembocando en el nacional catolicismo de Peguy que preludia muchos componentes del Frente Nacional de Le Pen. La Democracia Cristiana no tendrá en Francia el predicamento que alcanzará en Italia y Alemania después de 1945. La importancia del agro conservador, resultante de la política agraria desde la Gran Revolución y continuada por los regímenes de los dos Bonaparte, es muy grande, y el fracaso de La Comuna lo muestra con tanta claridad como el corte del régimen de Vichy.
Otro efecto fue que el republicanismo perdió sus colmillos, para ir degenerando en poco más que un laicismo o anticlericalismo de tono patriótico. La reconciliación del republicanismo francés con el orden capitalista era una prioridad, resultando de todo punto necesario tranquilizar al resto de Europa, harta de exportaciones revolucionarias y fregados napoleónicos. Desde el punto de vista de la motivación de masas a asumir una identidad nacional construida sobre bases materiales endebles, presentable como unidad nacional popular, era conveniente un enemigo, real o supuestamente retrógrado, de suerte que el régimen se identificase con el Progreso, tal como intentaron hacer de diverso modo la Monarquía Orleáns y el Segundo Imperio, tan positivistas en su predicamento como los regímenes de Orden y Progreso en América, pues el positivismo vino a rellenar el hueco de las Luces a la hora de reinventar el Despotismo dieciochesco bajo nuevas condiciones y necesidades.
El otro procedimiento principal de Absorción fue, claro está, el imperialismo. Si España se jugó su última suerte en el Rif, si gran parte de nuestra desgracia nacional del siglo XX ha venido de nuestro vergonzoso imperialismo sobre Marruecos, de Francia se puede decir otro tanto. Me refiero a la política de colonización norteafricana, a la creación de la Argelia blanca.
Ya durante el Segundo Imperio se dio paso al crimen de inducir el hambre, que es la mayor vergüenza para todo Poder. La forma fue la Desamortización, pues el hambre, como no, se impone en nombre del Progreso, Las Luces y El Bienestar Futuro... En África Septentrional, la figura jurídica conocida como waqf en Egipto y el Sudoeste de Asia es denominada habous, una institución fundamental en la construcción de las sociedades musulmanas vertebradas por ulemas, pues la tierra queda a salvo de expropiación, compra venta y división por herencia si sostiene con sus rentas una obra de utilidad pública, generalmente pía, como una escuela coránica. Esta figura de sabor feudal sostenía el cuerpo de ulemas, doctores del derecho musulmán. Pero también proporcionaba el marco adecuado a los cultivos más importantes, pieza clave de la dominación de sultanes y beys que los ulemas servíanse desplegar sobre la población justificándola y limitándola de manera que sirviese a sus intereses propios, como cumple a todo aparato paraestatal, erigido en Patrón protector de sus clientes.
Las tierras habous, las mejores de Argelia, fueron declaradas bienes de manos muertas y entregadas en propiedad o arriendo a los colonos blancos. Entretanto, los vinos franceses fueron ganando fama universal, como toda su producción suntuaria, y el clima de Argelia resultaba propicio al cultivo de la vid dando uva de alta graduación en detrimento de cultivos más necesarios… Pero nada dura para siempre.
La Primera Guerra Mundial supuso para Francia la pérdida de dos millones de hombres aptos para trabajar. La mano de obra argelina tuvo así su primer contacto con la industria avanzada y con el Socialismo. La necesidad de soldados en ambas guerras mundiales, así como en el conflicto de Indochina, donde marroquíes y argelinos sirvieron en las fuerzas francesas, hará el resto, bastando el éxito de Nasser y los recursos de Egipto para desencadenar la Revolución, pues los hombres motivados y con experiencia militar ya estaban. Tanto las guerrillas messalistas como las del FLN tomarán las cepas por primer blanco, arrancándolas a millones. Este aspecto de la guerra rural recuerda al episodio bíblico del endemoniado de Gerasa: el porquerizo al servicio de los gentiles no es judío ni es griego, por lo que está poseído del demonio “Legión”. Tras su reluctancia ante el contacto con la impureza, Jesús acepta exorcizar al porquerizo, y el demonio que tiene por nombre el de la unidad táctica romana se introduce en los cuerpos de los cerdos que se precipitan al mar en regocijante suicidio.
En efecto, la vid en África del Norte, tan extendida, era una abominación no menor que el cerdo en Judea, tan deforestada, dos mil años antes. Por esto, por el arraigo de la población blanca en las mejores tierras de Argelia dedicadas a la vid, la guerra revolucionaria de independencia será el problema máximo para Francia después de la Segunda Guerra Mundial, y no en vano, la subversión militar de la OAS llevó a la liquidación de la IV República y la instauración de un nuevo régimen bajo la presidencia del General de Gaulle.


...y un fracaso total.
Pasemos ahora al último ejemplo, un país a la sazón menos desarrollado que Francia, pues Italia era el de menor industrialización de los cinco casos expuestos.
Por los mismos años en que la élite prusiana dirige la construcción de un estado alemán, Camilo Benso, Conde de Cavour, parte de un Piamonte lo bastante fuerte y desarrollado para realizar la absorción de Italia. Así como los prusianos tenían en el temor a la ruptura del equilibrio continental por Rusia o Francia una baza estupenda en sus relaciones internacionales, así también Piamonte se encuentra en una posición ventajosa, presentando la causa de la expansión como la de la unidad nacional contra los austriacos que dominan la rica Lombardía y el Véneto, y contra el atraso católico y borbónico, nada positivo, de Roma y Nápoles. El expansionismo francés bajo el Segundo Imperio supuso oportunidades, y finalmente riesgos, de manera que la derrota del Sedán despejó el camino, por la evacuación de los contingentes de Luís Bonaparte, para anexionar Roma y completar la unidad nacional.
El Reino de Italia resultante se encontrará en una posición delicada desde el punto de vista del estado de las fuerzas productivas en lo que a su tamaño y potencial se refiere. Difícilmente en un mundo industrial donde la demanda interna es muy insuficiente para resolver el problema de la Escala de la industria en cada nación, podía Italia lograr una cuota de exportaciones muy significada en una amplia gama de mercancías elaboradas y bienes de equipo frente a la competencia francesa, por no hablar de las capacidades alemana, británica y estadounidense. La exportación de trigo y otras materias primas pasó así a tener una importancia extraordinaria, lo que confirmó la conservación en lo que fue el Reino de Nápoles, que incluía la península al sur de Roma y la isla de Sicilia, de un orden social basado en la propiedad latifundista concentrada y la obtención de excedentes mediante el subconsumo campesino, un entorno muy favorable a la persistencia de la Mafia y al abandono por el Estado de la autoridad a los patrones terratenientes, muchos de condición nobiliaria, entre los que se reclutaba parte del generalato. Los beneficios obtenidos por este procedimiento servirían para sostener la industria, protegida por aranceles contra las mercancías extranjeras más baratas en diversos ramos, y sobre la base de la construcción, muy problemática, de una Banca de porte, fue tomando cuerpo el desarrollo de una industria pesada capaz de botar acorazados como el Duilio y el Dandolo por los mismos años en que los ingleses revolucionaban la escena naval con su famosos Dreadnought y Lion.
La Fractura italiana Norte – Sur, que tanto preocupaba a los contemporáneos como Gramsci, fue un procedimiento para desarrollar las fuerzas productivas en orden a satisfacer las exigencias del Estado. Interesaba un agro a la rusa, por así decir. Mas esto no bastó para ofrecer a los obreros industriales un nivel de vida y unas ventajas suficientes como para que, satisfechos, se dedicasen a cantar las glorias patrias mirando a otra parte. La emigración se impuso como salida. El caso de Argentina, que hizo buena la frase “Gobernar es Poblar”, tal vez sea el resultado más significativo del tema tratado.
La incapacidad del Estado para absorber su Sociedad por la insuficiencia de las fuerzas productivas se pondrá en el primer plano en vísperas de la Primera Guerra Mundial. En efecto, en 1912 ningún Movimiento Obrero era tan combativo, tan próximo a la Revolución Proletaria y el Socialismo como Programa. Las oleadas de huelgas se sucedían con crecientes éxitos en participación pese a la represión del Capital y su policía. La dirección del Partido Socialista temía que el problema se saliese de madre y la posibilidad de enfrentarse sin éxito a un masivo empleo de la coerción, cuando se encontró con una sorpresa. La dirección de su órgano de prensa, Avanti, en el marco del seguimiento del movimiento huelguístico, publicó inflamados artículos a favor de los huelguistas animando a la continuación de su lucha. El director se llamaba Benito Mussolini, que se ganó las simpatías de los elementos más revolucionarios.
Por la misma época las facciones expansionistas empujan hacia la anexión de Libia con el respaldo de la Banca, que tenía intereses en créditos a la explotación concedidos a particulares allí afincados. Elementos nacionalistas y románticos empiezan a argumentar en pro de la adquisición imperialista que ofrezca una salida a la emigración, de suerte que los Hijos de la Gran Proletaria se afinquen en suelo nacional. Aquello caló en un momento en que Argentina cerró Buenos Aires a la entrada de italianos. El gobierno se dejó llevar, pues el Ejército, lo que equivale a decir el Rey, inclinó la balanza en pro de la invasión. La combinación de grandes huelgas y presentación popular de la expansión imperialista en vísperas de la Primera Guerra Mundial es de gran interés.
Repasar la entrada en liza en 1915 de Italia a favor de la Entente por el Tratado de Londres, plagado de cláusulas secretas sobre anexiones en el Mediterráneo oriental y los Balcanes, sería tedioso. Baste ver que la presión por la necesidad de expansión para conservar el orden establecido está en la base del triunfo de una política belicista que el país, como bien sabía su Primer Ministro, Giolitti, no se podía permitir. La Guerra tuvo el efecto añadido de expandir bestialmente la deuda externa a la vez que la industria pesada, que después de 1918 no tendría buenas oportunidades de reconvertirse para usos civiles.
Detengámonos en un detalle.
El grueso del Movimiento Obrero italiano, incluyendo a un Partido Socialista muy cortejado por hombres de la SFIO y del SPD para que apoyase la entrada en guerra en pro de uno u otro bando, se declaró contrario a la participación de Italia en el crimen, honrosa excepción a la regla de los casos que llevamos tratados. Pero hubo una salvedad. Precisamente Benito Mussolini, junto a diversos sindicalistas entre los que destacaron los hermanos D´Ambris ¿Por qué tuvo lugar esta posición, y por qué nace entre los elementos dirigentes de las posiciones más radicales de 1912, convergiendo con los románticos partidarios de la expansión imperialista? Juzgo el cierto soborno francés insuficiente motivo. Apunto otro: La insuficiencia de las fuerzas productivas para lograr la Absorción del Movimiento Obrero por el Estado.
No solo el Tamaño es demasiado corto, sino que el Potencial no permite concebir esperanzas de que ello cambie, lo que significa un triste futuro para quienes aspiren a servir al Estado como aparato paraestatal dedicado a la vertebración de nuestra Clase en el seno del Consenso. Esta imposibilidad de la Absorción lleva al artificio político de buscarla desde abajo por la Guerra y financiarla con el botín esperado. Mussolini representa en 1914 el intento de dar valor al Movimiento Obrero para los fines del Estado, poniendo cabeza abajo el enfoque bismarckiano, lo que llevaría en caso de éxito a elevar a los dirigentes de esa política a la posición deseada de autorizados jefes de un aparato paraestatal que “representa” el interés de Clase. La causa del éxito del Fascismo es otra, por supuesto, pero la de su confuso y zigzagueante nacimiento en el seno del Movimiento Obrero es esa. El Fascismo, como el Socialismo Nacional, son respuestas al problema de Absorción en condiciones de insuficiencia de las fuerzas productivas. Toda la Nacionalización de la Clase por la cooperación del Movimiento Obrero con el Estado es un solo problema, y sus manifestaciones, desde el compromiso del Laborismo, la SFIO o el SPD con sus gobiernos, hasta el III Reich o la improvisación de Mussolini, son variaciones en función del estado de las fuerzas productivas.
Bastó que los terratenientes del Sur temieran los movimientos de ocupación de tierras para que tuviese lugar una potente demanda de Orden y Garrotazo. Los industriales, ante el movimiento de ocupación de fábricas que sucedió al fin de la Guerra, estuvieron dispuestos a aceptar una solución. El Ejército, con el rey a la cabeza, promoverá como mejor camino el apoyo a la instauración de un régimen autoritario presentable como movimiento popular, en vez de una rancia dictadura militar de corte tradicional. De 1921, fecha en que el movimiento de ocupación de fábricas, que no el de tierras, empieza a remitir, a 1922, cuando se emprende la Marcha Sobre Rom

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