Marxismo

El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo

La enfermedad infantil del "izquierdismo" en el comunismo  V. I. LENIN

I N D I C E

I.

 

¿EN QUE SENTIDO SE PUEDE HABLAR DE LA SIGNIFI CACION INTERNACIONAL DE LA REVOLUCION RUSA?

1

II.

 

UNA DE LAS CONDICIONES FUNDAMENTALES DEL

EXITO DE LOS BOLCHEVIQUES

5

III.

 

LAS PRINCIPALES ETAPAS EN LA HISTORIA DEL

BOLCHEVISMO

9

IV.

 

 

¿EN LUCHA CON QUE ENEMIGOS EN EL SENO DEL MOVI-

MIENTO OBRERO HA PODIDO CRECER, FORTALECERSE Y

TEMPLARSE EL BOLCHEVISMO?

 

15

V.

 

EL COMUNISMO "DE IZQUIERDA" EN ALEMANIA. JEFES,

PARTIDO, CLASE, MASA

26

VI.

 

¿DEBEN ACTUAR LOS REVOLUCIONARIOS EN LOS SIN-

DICATOS REACCIONARIOS?

36

VII.

 

¿DEBE PARTICIPARSE EN LOS PARLAMENTOS BUR-

GUESES?

49

VIII.

¿NINGUN COMPROMISO?

63

IX.

EL COMUNISMO "DE IZQUIERDA" EN INGLATERRA

77

X.

ALGUNAS CONCLUSIONES

95

 

Apéndice

115

I.

LA ESCISION DE LOS COMUNISTAS ALEMANES

115

II.

COMUNISTAS E INDEPENDIENTES EN ALEMANIA

118

III.

TURATI Y COMPAÑIA EN ITALIA

121

IV.

CONCLUSIONES FALSAS DE PREMISAS JUSTAS

123

V.

129

CARTA DE WIJNKOOP

130

 

NOTAS

131

 

 

 

 

 

 

 

LA ENFERMEDAD INFANTIL DEL

"IZQUIERDISMO" EN EL COMUNISMO[1]

 

I

EN QUE SENTIDO SE PUEDE HABLAR DE

LA SIGNIFICACION INTERNACIONAL DE

LA REVOLUCION RUSA?

En los primeros meses que siguieron a la conquista del Poder político por

el proletariado en Rusia (25. X.-7. XI. 1917), podía parecer que, a

consecuencia de las enormes diferencias existentes entre la Rusia atrasada y

los países avanzados de la Europa occidental, la revolución del proletariado

en estos últimos se parecería muy poco a la nuestra. En la actualidad contamos

ya con una experiencia internacional más que regular, que demuestra con

absoluta claridad que algunos de los rasgos fundamentales de nuestra

revolución tienen una significación no solamente local, particularmente

nacional, rusa, sino también internacional. Y hablo de la significación internacional no en el sentido amplio de la palabra: no son sólo algunos, sino todos los rasgos fundamentales, y muchos

secundarios, de nuestra revolución, los que tienen una significación

internacional, desde el punto de vista de la influencia de dicha revolución

sobre todos los países. No, hablo en el sentido más estrecho de la palabra, es

decir, entendiendo por significación internacional su importancia

internacional o la inevitabilidad histórica de la repetición en escala

internacional de lo que ocurrió en nuestro país, esta significación debe ser

reconocida en algunos de los rasgos fundamentales de nuestra revolución.

Naturalmente, sería un tremendo error exagerar esta verdad extendiéndola

más allá de algunos rasgos fundamentales de nuestra revolución. Asimismo,

sería un error perder de vista que después de la victoria de la revolución

proletaria, aunque no sea más que en uno de los países avanzados, se producirá

seguramente un cambio radical, es decir: Rusia será, poco después de esto, no

un país modelo, sino de nuevo un país atrasado (en el sentido "soviético" y

socialista).

Pero en este momento histórico se trata precisamente de que el ejemplo

ruso muestra a todos los países algo, y algo muy sustancial, de su futuro

próximo e inevitable. Los obreros avanzados de todos los países hace ya tiempo

que lo han comprendido y, más que comprenderlo, lo han percibido, lo han

sentido con su instinto revolucionario de clase.

De aquí la "significación" internacional (en el sentido estrecho de la

palabra) del Poder soviético y de los fundamentos de la teoría y de la táctica

bolchevique. Esto no lo han comprendido los jefes "revolucionarios" de la II

Internacional, como Kautsky en Alemania, Otto Bauer y Federico Adler en

Austria, que se convirtieron por esto en reaccionarios, en defensores del peor

de los oportunismos y de la

 

social-traición. Digamos de paso que el folleto-anónimo "La Revolución

Mundial" ["Weltrevolution"], aparecido en 1919 en Viena (Sozialistische

Bucherei, Heft 11; Ignaz Brand[2]) muestra con una elocuencia particular toda

la contextura ideológica y todo el circulo de ideas, más exactamente, todo el

abismo de incomprensión, pedanteria, vileza y traición a los intereses de la

clase obrera, sazonado, además, con la "defensa" de la idea de la "revolución

mundial".

Pero nos detendremos detalladamente en este folleto en otra ocasión.

Consignemos aquí únicamente lo siguiente: en los tiempos, ya bien lejanos, en

que Kautsky era todavía un marxista y no un renegado, al examinar la cuestión

como historiador, preveía la posibilidad del advenimiento de una situación,

como consecuencia de la cual el revolucionarismo del proletariado ruso se

convertiría en un modelo para la Europa occidental. Esto era en 1902, cuando

Kautsky escribió en la "Iskra" revolucionaria el artículo "Los eslavos y la

revolución". He aquí lo que decía en este artículo:

"En la actualidad" (al contrario que en 1848) "se puede creer que no sólo

se han incorporado los eslavos a las filas de los pueblos revolucionarios,

sino que el centro de gravedad del pensamiento y de la obra revolucionarios se

desplaza cada día más hacia los eslavos. El centro revolucionario va

desplazándose del Occidente al Oriente. En la primera mitad del siglo XIX se

hallaba en Francia, en algunos momentos en Inglaterra En 1848, Alemania entró

en las filas de las naciones revolucionarias. . . El nuevo siglo empieza con

acontecimientos que sugieren la idea de que nos hallamos en presencia de un

nuevo desplazamiento del centro revolucionario, concretamente: de su traslado

a Rusia. . . Rusia, que se ha asimilado tanta

 

iniciativa revolucionaria de Occidente, es posible que en la actualidad se

halle presta, ella misma, a servir de fuente de energía revolucionaria para

este último. El movimiento revolucionario ruso, cacla día más encendido,

resultará acaso el medio más poderoso para sacudir ese espíritu de filisteísmo

fofo y de politiquería moderada que empieza a difundirse en nuestras filais y

hará surgir de nuevo la llama viva del anhelo de lucha y de fidelidad

apasionada a nuestros grandes ideales. Rusia hace ya tiempo que ha dejado de

ser, para la Europa occidental, un simple reducto de la reacción y del

absolutismo. En la actualidad, ocurre quizás todo lo contrario. La Europa

occidental se convierte en el reducto de la reacción y del absolutismo de

Rusia. . . Los revolucionarios rusos, es posible, se hubieran librado hace ya

mucho tiempo del zar, si no tuviesen que luchar al mismo tiempo contra el

aliado de este último, el capital europeo. Esperemos que esta vez conseguirán

librarse de ambos enemigos y que la nueva "santa alianza" se derrumbará más

pronto aún que sus predecesoras. Pero sea cual fuere el resultado de la lucha

actual en Rusia, la sangre y los sufrimientos de los mártires, que esta lucha

engendra por desgracia más de lo necesario, no serán vanos, sino que

fertilizarán el terreno para la revolución social en todo el mundo civilizado

e impulsarán de un modo más esplendoroso y rápido su florecimiento. En 1848,

eran los eslavos helada horrible que mataba las flores de la primavera

popular. Es posible que ahora estén llamados a ser la tormenta que romperá el

hielo de la reacción y que traerá irresistiblemente consigo una nueva y feliz

primavera para los pueblos" (C. Kautsky, "Los eslavos y la revolución",

artículo en la "Iskra", periódico revolu-

 

cionario de la socialdemocracia rusa, núm. 18, 10 de marzo de 1902).

¡No escribía mal Carlos Kautsky hace 18 años!

 

II

UNA DE LAS CONDICIONES FUNDAMENTALES

DEL EXITO DE LOS BOLCHEVIQUES

Seguramente que hoy casi todo el mundo ve ya que los bolcheviques no se

hubieran mantenido en el Poder, no dos años y medio, sino ni siquiera dos

meses y medio, sin la disciplina severísima, verdaderamente férrea, dentro de

nuestro Partido, sin el apoyo más completo y abnegado prestado a éste por toda

la masa de la clase obrera, esto es, por todo lo que ella tiene de consciente,

honrado, abnegado, influyente y capaz de conducir consigo o de atraerse a las

capas atrasadas.

La dictadura del proletariado es la guerra más abnegada y más implacable

de la nueva clase contra un enemigo más poderoso, contra la burguesía, cuya

resistencia se halla decuplicada por su derrocamiento (aunque no sea más que

en un solo país) y cuya potencia consiste, no sólo en la fuerza del capital

internacional, en la fuerza y la solidez de las rela ciones internacionales de

la burguesía, sino, además, en la fuerza de la costumbre, en la fuerza de la

pequeña producción. Pues, por desgracia, ha quedado todavía en el mundo mucha

y mucha pequeña producción y ésta engendra al capitalismo y a la burguesía

constantemente, cada día, cada hora, por un proceso espontáneo y en masa. Por

todos estos mo-

 

tivos, la dictadura del proletariado es necesaria, y la victoria sobre la

burguesía es imposible sin una lucha prolongada, tenaz, desesperada, a muerte,

una lucha que exige serenidad, disciplina, firmeza, inflexibilidad y una

voluntad única.

Lo repito, la experiencia de la dictadura triunfante del proletariado en

Rusia ha mostrado de un modo palpable al que no sabe pensar o al que no ha

tenido la ocasion de reflexionar sobre esta cuestión, que la centralización

incondicional y la disciplina más severa del proletariado constituyen una de

las condiciones fundamentales de la victoria sobre la burguesía.

De esto se habla a menudo. Pero no se reflexiona suficientemente sobre lo

que esto significa, en qué condiciones es posiUe ¿No convendría que las

salutaciones entusiastas al Poder de los Soviets y a los bolcheviques se

vieran acompañadas con más frecuencia de un análisis serio de las causas que

han permitido a los bolcheviques forjar la disciplina necesaria para el

proletariado revolucionario?

El bolchevismo existe, como corriente del pensamiento político y como

partido político, desde 1903. Sólo la historia del bolchevismo, en todo el

periodo de su existencia, puede explicar de un modo satisfactorio por qué el

bolchevismo pudo forjar y mantener, en las condiciones más difíciles, la

disciplina férrea necesaria para la victoria del proletariado.

La primera pregunta que surge es la siguiente: ¿cómo se mantiene la

disciplina del partido revolucionario del proletariado? ¿Cómo se controla?

¿Cómo se refuerza? Primero por la conciencia de la vanguardia proletaria y por

su fidelidad a la revolución, por su firmeza, por su espíritu de sacrificio,

por su heroísmo. Segundo, por su capacidad de vincularse, aproximarse y hasta

cierto punto, si queréis, fundirse con las más grandes masas trabajadoras, en

primer

 

término con la masa proletaria, pero también con la masa trabajadora no

protetaria. Tercero, por lo acertado de la dirección política que lleva a cabo

esta vanguardia; por lo acertado de su estrategia y de su táctica políticas, a

condición de que las masas más extensas se convenzan de ello por experiencia

propia. Sin estas condiciones, no es posible la disciplina en un partido

revolucionario, verdaderamente apto para ser el partido de la clase avanzada,

llamada a derrocar a la burguesía y a transformar toda la sociedad. Sin estas

condiciones, los intentos de implantar una disciplina se convierten,

inevitablemente, en una ficción, en una frase, en gestos grotescos. Pero, por

otra parte, estas condiciones no pueden brotar de golpe. Van formándose

solamente á través de una labor prolongada, a través de una dura experiencia;

su formación se facilita a través de una acertada teoría revolucionaria, que,

a su vez, no es ningún dogma, sino que sólo se forma definitivamente en

estrecha relación con la práctica de un movimiento que sea verdaderamente de

masas y verdaderamente revolucionario.

Si el bolchevismo pudo elaborar y llevar a la práctica con éxito en los

años 1917-1920, en condiciones de una gravedad inaudita, la centralización más

severa y una disciplina férrea, se debe sencillamente a una serie de

particularidades históricas de Rusia.

De una parte, el bolchevismo surgió en 1903, sobre la más sólida base de

la teoría del marxismo. Y que esta teoría revolucionaria es justa -- y que es

la única justa -- ha sido demostrado, no sólo por la experiencia internacional

de todo el siglo XIX, sino también, en particular, por la experiencia de las

desviaciones, los titubeos, los errores y los desengaños del pensamiento

revolucionario en Rusia. En el transcurso de casi medio siglo, aproximadamente

de 1840 a 1890, el

 

pensamiento avanzado en Rusia, bajo el yugo del despotismo inaudito del

zarismo salvaje y reaccionario, buscaba ávidamente una teoría revolucionaria

justa, siguiendo con un celo y una atención admirables cada "última palabra"

de Europa y América en este terreno. Rusia hizo suya la única teoría

revolucionaria justa, el marxismo, en medio siglo de torturas y de sacrificios

inauditos, de heroísmo revolucionario nunca visto, de energía increíble y de

investigadón abnegada, de estudio, de experimentación en la práctica, de

desengaños, de comprobación, de comparación con la experiencia de Europa.

Gracias a la emigración provocada por el zarismo, la Ru6ia revolucionaria de

la segunda mitad del siglo XIX contaba con una riqueza de relaciones

internacionales, con un conocimiento tan excelente de todas las formas y

teorías del movimiento revolucionario mundial como ningún otro país del mundo.

De otra parte, el bolchevismo, surgido sobre esta base teórica granítica,

tuvo una historia práctica de quince años (1903-1917) que, por la riqueza de

la experiencia que representa, no puede ser comparada a ninguna otra en el

mundo. Pues ningún país, en el transcurso de estos quince años, pasó ni

aproximadamente por una experiencia revolucionaria tan Aca, por una rapidez y

una variedad tales de la sucesión de las distintas formas del movimiento,

legal e ilegal, pacífico y tormentoso, clandestino y abierto, de propaganda en

los círculos y de propaganda entre las masas, parlamentario y terrorista En

ningún país estuvo concentrada en un período de tiempo tan breve una tal

riqueza de formas, de matices, de métodos de lucha de todas las clases de la

sociedad con temporánea, lucha que, además, como consecuencia del atraso del

país y del peso del yugo del zarismo, maduraba con particular rapidez y

asimilaba con particular avidez y eficacia

 

la "última palabra" correspondiente de la experiencia política americana y

europea.

 

III

LAS PRINCIPALES ETAPAS EN LA HISTORIA

DEL BOLCHEVISMO

Años de preparación de la revolución (1903-1905). Presagios de gran

tormenta por todas partes, fermentación y preparación en todas las clases. En

el extranjero, la prensa de la emigración plantea teóricamente todas las

cuestiones esenciales de la revolución. Los representantes de las tres clases

fundamentales, de las tres tendencias políticas prin cipales: la

liberal-burguesa, la democrático-pequeñoburguesa (cubierta bajo la etiqueta de

las corrientes "socialdernócrata" y "socialrevolucionaria") y la proletaria

revolucionaria, mediante una lucha encarnizada de concepciones programáticas y

tácticas, anuncian y preparan la futura lucha abierta de clases. Todas las

cuestiones por las cuales las masas tomaron las armas en 1905-1907 y en

1917-1920, pueden (y deben) verse, en forma embrionaria, en la prensa de

aquella época. Naturalmente, entre estas tres tendencias principales hay todas

las formaciones intermedias, transitorias, híbridas, que se quiera. Más

exactamente: en la lucha entre los órganos de prensa, los partidos, las

fracciones, los grupos, van cristalizándose las tendencias ideológicas y

políticas realmente de clase; las clases se forjan un arma ideológico-política

adecuada para los combates futuros.

Años de revolución (1905-1907). Todas las clases entran abiertamente en

acción. Todas las concepciones programáticas

 

y tácticas son comprobadas por medio de la acción de las masas. Lucha

huelguística nunca vista en el mundo, por su amplitud y su carácter agudo.

Transformación de la huelga económica en política y de la huelga política en

insurrección. Comprobación práctica de las relaciones existentes entre el

proletariado dirigente y los campesinos dirigidos, vacilantes, dudosos.

Nacimiento, en el desarrollo espontáneo de la lucha, de la forma soviética de

organización. Los debates de aquel entonces sobre el papel de los Soviets son

una anticipación de la gran lucha de 1917-1920. La sucesión de los métodos de

lucha parlamentarios y no parlamentarios, de la táctica de boicot del

parlamento y de participación en el mismo, de las formas legales e ilegales de

lucha, así como sus relaciones recíprocas y los vínculos existentes entre

ellos, todo esto se distingue por una asombrosa riqueza de contenido. Cada mes

de este período vale, desde el punto de vista del aprendizaje de los

fundamentos de la ciencia política -- para las masas y los jefes, para las

clases y los partidos --, por un año de desenvolvimiento "pacífico" y

"constitucional". Sin el "ensayo general" de 1905, la victoria de la

Revolución de Octubre en 1917 hubiera sido imposible.

Años de reacción (1907-1910). El zarismo ha triunfado. Han sido aplastados

todos los partidos revolucionarios y de oposición. Desaliento,

desmoralización, escisiones, dispersión, traiciones, pornografía en vez de

política. Reforzamiento de las tendencias al idealismo filosófico; misticismo,

como disfraz de un estado de espíritu contrarrevolucionario. Pero al mismo

tiempo esta gran derrota da a los partidos revolucionarios y a la clase

revolucionaria una verdadera lección sumamente saludable, una lección de

dialéctica histórica, una lección de inteligencia, de destreza y arte para

conducir la

 

lucha política. Los amigos se conocen en la desgracia. Los ejércitos

derrotados se instruyen celosamente.

El zarismo victorioso se ve obligado a destruir precipitadamente los

residuos del régimen de vida preburgués, patriarcal en Rusia. El

desenvolvimiento burgués del país progresa con rapidez notable. Las ilusiones

situadas al margen de las clases, por encima de ellas, ilusiones sobre la

posibilidad de evitar el capitalismo, caen hechas polvo. Entra en escena la

lucha de clases de un modo absolutamente nuevo y con mayor relieve.

Los partidos revolucionarios deben completar su instrucción Han aprendido

a atacar. Ahora, deben comprender que esta ciencia tiene que estar completada

por la de saber replegarse con el mayor acierto. Hay que comprender -- y la

clase revolucionaria aprende a comprenderlo por su propia y amarga experiencia

-- que no se puede triunfar sin aprender a tomar la ofensiva y a llevar a cabo

la retirada con acierto. De todos los partidos revolucionarios y de oposición

derrotados, fueron los bolcheviques quienes retrocedieron con más orden, con

menos quebranto de su "ejército"; con una conservación mejor de su núcleo

central, con las escisiones menos profundas e irreparables, con menos

desmoralización, con más capacidad para reanudar la acción de un modo más

amplio, acertado y enérgico. Y si los bolcheviques obtuvieron este resultado,

fue exclusivamente porque desenmascararon y expulsaron sin piedad a los

revolucionarios de palabra, obstinados en no comprender que hay que

retroceder, que hay que saber retroceder, que es obligatorio aprender a actuar

legalmente en los parlamentos más reaccionarios, en las organizaciones

sindicales, en las cooperativas, en las mutualidades y otras organizaciones

semejantes, por más reaccionarias que sean.

 

Años de ascenso (1910-1914). Al principio, el ascenso fue de una lentitud

inverosímil; luego, después de los sucesos del Lena, en 1912, un poco más

rápido. Venciendo dificultades enormes, los bolcheviques eliminaron a los

mencheviques, cuyo papel, como agentes burgueses en el movimiento obrero, fue

admirablemente comprendido por toda la burguesía después de 1905 y a los

cuales, por este motivo, esta última sostenía de mil maneras contra los

bolcheviques. Pero éstos no hubieran llegado nunca a semejante resultado, si

no hubiesen aplicado una táctica acertada, combinando la actuación ilegal con

la utilización obligatoria de las "posibilidades legales" En la más

reaccionaria de las Dumas, los bolcheviques conquistaron toda la curia obrera.

Primera guerra imperialista mundial (1914-1917). El parlamentarismo legal,

con un "parlamento" ultrarreaccionario, presta los más grandes servicios al

partido del proletariado revolucionario, a los bolcheviques. Los diputados

bolcheviques van a Siberia. En la prensa de la emigración hallan plena

expresión todos los matices del socialimperialismo, del socialchovinismo, del

socialpatriotismo, del internacionalismo inconsecuente y consecuente, del

pacifismo y de la negación revolucionaria de las ilusiones pacifistas. Las

eminencias estúpidas y los vejestorios de la II Internacional, que fruncían el

ceño con desdén y soberbia ante la abundancia de "fracciones" del socialismo

ruso y la lucha encarnizada de éstas entre sí, fueron incapaces, en el momento

en que la guerra suprimió en todos los países adelantados la cacareada

"legalidad", de organizar, aunque no fuera más que aproximadamente, un libre

(ilegal) intercambio de ideas y una libre (ilegal) elaboración de concepciones

justas, semejantes a las que los revolucionarios rusos organizaron en Suiza y

otros países. Ha sido precisamente por esto por lo que los social-

 

patriotas descarados y los "kautskistas" de todos los países han resultado los

peores traidores del proletariado. Y si el bolchevismo pudo triunfar en

1917-1920, una de las causas fundamentales de semejante victoria se debe a que

desde finales de 1914 desenmascaró sin piedad la villanía, la infamia, la

abyección del socialchovinismo y del "kautskismo" (al cual corresponde el

longuetismo[3] en Francia, las ideas de los jefes del Partido Obrero

Independiente[4] y de los fabianos[5] en Inglaterra, de Turati en Italia,

etc.) y a que las masas se han convencido más y más, por experiencia propia,

de que las concepciones de los bolcheviques eran justas.

Segunda revolución rusa (febrero-octubre, 1917). El grado de decrepitud

inverosímil y de caducidad del zarismo (con ayuda de los reveses y

sufrimientos de una guerra infinitamente penosa) suscitaron contra él una

fuerza extraordinaria de destrucción. En pocos días Rusia se vio convertida en

una república democrático-burguesa más libre, en las condiciones de la guerra,

que cualquier otro país del mundo. El gobierno fue constituido por los jefes

de los partidos de oposición y revolucionarios, como en las repúblicas del más

"puro parlamentarismo", pues el título de jefe de un partido de oposición en

el parlamento, hasta en el más reaccionario, ha facilitado siempre el papel

futuro de este jefe en la revolución.

En pocas semanas los mencheviques y los "socialrevolucionarios" se

asimilaron perfectamente todos los procedimientos y modales, argumentos y

sofismas de los héroes europeos de la II Internacional, de los

ministerialistas y de toda la canalla oportunista. Todo lo que leemos hoy

sobre los Scheidemann y Noske, sobre Kautsky y Hilferding, Renner y

Austerlitz, Otto Bauer y Fritz Adler, Turati y Longuet, sobre los fabianos y

los jefes del Partido Obrero Indepen-

 

diente de Inglaterra, todo nos parece (y lo es en realidad) una aburricla

repetición de un motivo antiguo y conocido. Todo ello lo habíamos visto ya en

los mencheviques. La historia les ha hecho una mala jugada, obligando a los

oportunistas de un país atrasado a adelantarse a los oportunistas de una serie

de países avanzados.

Si todos los héroes de la II Internacional han fracasado, si se han

cubierto de oprobio en la cuestión de la función y la importancia de los

Soviets y del Poder soviético, si se han cubierto de ignominia de un modo

particularmente "relevante" y han incurrido en toda clase de contradicciones

en esta cuestión los jefes de los tres grandes partidos que se han separado

actualmente de la II Internacional (el Partido Socialdemócrata Independiente

de Alemania[6], el Partido longuetista de Francia y el Partido Obrero

Independiente de Inglaterra), si todos han resultado esclavos de los

prejuicios de la democracia pequeñoburguesa (exactamente al modo de los

pequeños burgueses de 1848, que se llamaban "socialdemócratas"), también es

cierto que ya hemos visto todo esto en el ejemplo de los mencheviques. La

historia ha hecho esta jugarreta: los Soviets nacieron en Rusia en 1905,

fueron falsificados en febrero-octubre de 1917 por los mencheviques, quienes

fracasaron por no haber comprendido su papel y su importancia, y hoy ha

surgido en el mundo entero la idea del Poder soviético, idea que se extiende

con rapidez inusitada entre el proletariado de todos los países, mientras

fracasan en todas partes, a su vez, los viejos héroes de la II Internacional,

por no haber sabido comprender, del mismo modo que nuestros mencheviques, el

papel y la importancia de los Soviets. La experiencia ha demostrado que en

algunas cuestiones esenciales de la revolución proletaria todos los

 

países pasarán inevitablemente por lo mismo que ha pasado Rusia.

Los bolcheviques empezaron su lucha victoriosa contra la república

parlamentaria (burguesa de hecho) y contra los mencheviques con suma prudencia

y no la prepararon, ni mucho menos, tan sencillamente como hoy piensan muchos

en Europa y América. En el principio del período mencionado no incitamos a

derribar el gobierno, sino que explicamos la imposibilidad de hacerlo sin

modificar previamente la composición y el estado de espíritu de los Soviets.

No declaramos el boicot al parlamento burgués, a la Asamblea Constituyente,

sino que dijimos, a partir de la Conferencia de nuestro Partido, celebrada en

abril de 1917, dijimos oficialmente, en nombre del Partido, que una república

burguesa, con una Asamblea Constituyente, era preferible a la misma república

sin Constituyente, pero que la república "obrera y campesina" soviética es

mejor que cualquier república democráticoburguesa, parlamentaria. Sin esta

preparación prudente, minuciosa, circunspecta y prolongada, no hubiésemos

podido alcanzar ni consolidar la victoria en octubre de 1917.

 

IV

¿EN LUCHA CON QUE ENEMIGOS EN EL SENO

DEL MOVIMIENTO OBRERO HA PODIDO

CRECER, FORTALECERSE Y TEMPLARSE

EL BOLCHEVISMO?

En primer lugar y sobre todo, en la lucha contra el oportunismo, que en

1914 se transformó definitivamente en so-

 

cialchovinismo y que se ha pasado definitivamente al lado de la burguesía,

contra el proletariado. Este era, naturalmente, el principal enemigo del

bolchevismo en el seno del movimiento obrero y sigue siéndolo en escala

mundial. El bolchevismo le ha prestado y le presta a este enemigo la mayor

atención. Este aspecto de la actividad de los bolcheviques es ya bastante bien

conocido también en el extranjero.

Otra cosa hay que decir de otro enemigo del bolchevismo en el seno del

movimiento obrero. En el extranjero se sabe todavía de un modo muy

insuficiente que el bolchevismo ha crecido, se ha ido formando y se ha

templado en largos años de lucha contra ese revolucionarismo pequeñoburgués

que se parece al anarquismo o que ha tomado algo de él y que se aparta en todo

lo esencial de las condiciones y exigencias de una firme lucha de clases del

proletariado. Para los rnarxistas está plenamente establecido desde el punto

de vista teórico -- y la experiencia de todas las revoluciones y los

movimientos revolucionarios de Europa lo han confirmado enteramente -- que el

pequeño propietario, el pequeño patrón (tipo social que en muchos países

europeos está muy difundido, que abarca masas), que sufre bajo el capitalismo

una presión continua y muy a menudo un empeoramiento increíblemente brusco y

rápido de sus condiciones de existencia y la ruina, adquiere fácilmente una

mentalidad ultrarrevolucionaria, pero que es incapaz de manifestar serenidad,

espíritu de organización, disciplina, firmeza. El pequeñoburgués "enfurecido"

por los horrores del capitalismo es un fenómeno social propio, como el

anarquismo, de todos los países capitalistas. La inconstancia de estas

veleidades revolucionarias, su esterilidad, su facilidad de cambiarse

rápidamente en sumisión, en apatía, en imaginaciones fantásticas, hasta en un

 

entusiasmo "furioso", por tal o cual tendencia burguesa "de moda", son

universalmente conocidas. Pero a un partido revolucionario no le basta en modo

alguno con reconocer teórica, abstractamente, semejantes verdades, para estar

al abrigo de los viejos errores que se producen siempre en ocasiones

inesperadas, con una ligera variación de forma, con una apariencia o un

contorno no vistos antes, en una situación original (más o menos original).

El anarquismo ha sido a menudo una especie de expiación de los pecados

oportunistas del movimiento obrero. Estas dos aberraciones se completaban

mutuamente. Y si el anarquismo no ejerció en Rusia, en las dos revoluciones de

1905 y 1917 y durante su preparación, a pesar de que la población

pequeñoburguesa era aquí más numerosa que en los países europeos, sino una

influencia relativamente insignificante, se debe en parte, indudablemente, al

bolchevismo, que siempre luchó del modo más despiadado e irreconciliable

contra el oportunismo. Y digo "en parte" porque lo que más contribuyó a

debilitar el anarquismo en Rusia fue la posibilidad que tuvo en el pasado (en

los años del 70 del siglo XIX) de adquirir un desarrollo extraordinario y de

revelar hasta el fondo su carácter quimérico, su incapacidad de servir como

teoría dirigente de la clase revolucionaria.

El bolchevismo heredó, al surgir en 1903, la tradición de guerra

despiadada al revolucionarismo pequeñoburgués, semianarquista (o capaz de

coquetear con el anarquismo), tradición que había existido siempre en la

socialdemocracia revolucionaria y que se consolidó particularmente en nuestro

país en 1900-1903, cuando se sentaban los fundamentos del partido de masas del

proletariado revolucionario de Rusia. El bolchevismo asimiló y continuó la

lucha contra el partido que más fielmente expresaba las tendencias del

revoluciona-

 

rismo pequeñoburgués, es decir, el partido "socialrevolucionario", en tres

puntos principales. En primer lugar, este partido, que rechazaba el marxismo,

se obstinaba en no querer comprender (tal vez fuera más justo decir en no

poder comprender) la necesidad de tener en cuenta con estricta objetividad,

antes de emprender una acción política, las fuerzas de clase y sus relaciones

mutuas. En segundo término, este partido veía un signo particular de su

"revolucionarismo" o de su "izquierdismo" en el reconocimiento del terror

individual, de los atentados, que nosotros, los marxistas, rechazábamos

categóricamente. Claro es que nosotros condenábamos el terror individual

únicamente por motivos de conveniencia; pero las gentes capaces de condenar

"en principio" el terror de la Gran Revolución Francesa, o, en general, el

terror ejercido por un partido revolucionario victorioso, asediado por la

burguesía de todo el mundo, esas gentes fueron ya condenadas para siempre al

ridículo y al oprobio en 1900-1903 por Plejánov, cuando éste era marxista y

revolucionario. En tercer lugar, para los "socialrevolucionarios" ser

"izquierdista", consistía en reirse de los pecados oportunistas, relativamente

leves, de la socialdemocracia alemana, mientras imitaban a los

ultraoportunistas de ese mismo partido en cuestiones tales como la agraria o

la de la dictadura del proletariado.

La historia, dicho sea de paso, ha confirmado hoy en gran escala,

histórico-mundial, la opinión que hemos defendido siempre, a saber: que la

socialdemocracia revolucionaria alemana (y téngase en cuenta que ya en

1900-1903 Plejánov reclamaba la expulsión de Bernstein del Partido y que los

bolcheviques, siguiendo siempre esta tradición, desenmascaraban en 1913 toda

la villanía, la bajeza y la traición de Legien), que la socialdemocracia

revolucionaria alemana estaba más

 

cerca que nadie del partido que necesitaba el proletariado revolucionario para

triunfar. Ahora, en 1920, después de todas las quiebras y crisis ignominiosas

de la época de la guerra y de los primeros años que la siguieron, aparece con

evidencia que, de todos los partidos de Occidente, la socialdemocracia

revolucionaria alemana es precisamente la que ha dado los mejores jefes, la

que se ha repuesto, se ha curado y ha recobrado sus fuerzas más rápidamente.

Se advierte esto también en el Partido de los espartaquistas[7] y en el ala

izquierda proletaria del "Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania",

que sostienen una firme lucha contra el oportunismo y la falta de carácter de

los Kautsky, Hilferding, Ledebour y Gispien. Si lanzamos ahora una ojeada al

período histórico que ha llegado a su completo término, que va desde la Comuna

de París a la primera República Socialista Soviética, veremos dibujarse con

relieve absolutamente marcado e indiscutible la posición del marxismo con

respecto al anarquismo. El marxismo ha demostrado al fin tener razón, y si los

anarquistas indicaban con justicia el carácter oportunista de las concepciones

sobre el Estado que imperaban en la mayoría de los partidos socialistas, hay

que advertir, en primer término, que este carácter oportunista obedecía a una

deformación y hasta a una ocultación consciente de las ideas de Marx sobre el

Estado (en mi libro "El Estado y la Revolución" he hecho notar que Bebel

mantuvo en el fondo de un cajón durante 36 años, de 1875 a 1911, la carta en

que Engels denunciaba con un relieve, con un vigor, con una franqueza y

claridad admirables el oportunismo de las concepciones socialdemócratas en

boga sobre el Estado); en segundo lugar, la rectificación de estas ideas

oportunistas, el reconocimiento del Poder soviético y de su superioridad sobre

la democracia parlamentaria burguesa, han partido, con

 

mayor amplitud y rapidez, precisamente de las tendencias más marxistas

existentes en el seno de los partidos socialistas de Europa y América.

Ha habido dos momentos en los cuales la lucha de los bolcheviques contra

las desviaciones de "izquierda" de su propio partido ha adquirido una magnitud

particularmente considerable: en 1908, sobre la cuestión de la participación

en un "parlamento" ultrarreaccionario y en las sociedades obreras legales que

la más reaccionaria de las legislaciones había dejado en pie, y en 1918 (paz

de Brest), sobre la cuestión de la admisibilidad de tal o cual "compromiso".

En 1908, los bolcheviques "de izquierda" fueron expulsados de nuestro

Partido, por su obstinado empeño en no comprender la necesidad de la

participación en un "parlamento" ultrarreaccionario: los "izquierdistas",

entre los que había muchos excelentes revolucionarios que fueron después (y

siguen siendo), honrosamente, miembros del Partido Comunista, se apoyaban

sobre todo en la experiencia favorable del boicot de 1905. Cuando el zar, en

agosto de 1905, anunció la convocatoria de un "parlamento" consultivo, los

bolcheviques, contra todos los partidos de oposición y contra los

mencheviques, declararon el boicot a semejante parlamento, y la revolución de

octubre de 1905 lo barrió en efecto. Entonces el boicot fue justo, no porque

esté bien no participar en general en los parlamentos reaccionarios, sino

porque fue acertadamente tomada en consideración la situación objetiva, que

conducía a la rápida transformación de las huelgas de masas en huelga política

y, sucesivamente, en huelga revolucionaria y en insurrección. Además, el

objeto del debate era, a la sazón, saber si había que dejar en manos del zar

la convocatoria de la primera institución representativa, o si debía

intentarse arrancársela de las manos al antiguo ré-

 

gimen. Por cuanto no había ni podía haber la certeza plena de que la situación

objetiva era análoga y de que su desenvolvimiento se había de realizar en el

mismo sentido y con igual rapidez, el boicot dejaba de ser justo.

El boicot de los bolcheviques contra el "parlamento" en el año 1905

enriqueció al proletariado revolucionario con una experiencia política

extraordinariamente preciosa, haciéndole ver que, en la combinación de las

formas legales e ilegales, de las formas parlamentarias y extraparlamentarias

de lucha, es, a veces, conveniente y hasta obligado saber renunciar a las

formas parlamentarias. Pero transportar ciegamente, por simple imitación, sin

discernimiento, esta experiencia a otras condiciones, a otras coyunturas, es

el mayor de los errores. Lo que constituyó ya un error, aunque no grande y

fácilmente corregible*, fue el boicot de la "Duma" por los bolcheviques en

1906. Fueron errores más serios y difícilmente reparables los boicots de 1907,

1908 y los años siguientes, pues, por una parte, no había que esperar que se

levantara de nuevo rápidamente la ola revolucionaria, ni la transformación de

la misma en insurrección y, por otra, la necesidad de combinar el trabajo

legal con el ilegal nacía del conjunto de la situación histórica ligada a la

renovación de la monarquía burguesa. Hoy, cuando se considera

retrospectivamente este período histórico, que ha llegado a su completo

término y cuyo enlace con los períodos ulteriores se ha manifestado ya

plenamente, se comprende con singular claridad que los bolcheviques no habrian

podido conservar (y no digo ya

 

* De la política y de los partidos se puede decir -- con las variantes

correspondientes -- lo mismo que de los individuos. No es inteligente quien no

comete errores. Hombres que no cometan errores, no los hay ni puede haberlos.

Inteligente es quien comete errores que no son muy graves y sabe corregirlos

bien y pronto.

 

afianzar, desarrollar y fortalecer) el núcleo sólido del partido

revolucionario del proletariado durante los años 1908-1914, si no hubiesen

defendido en la lucha más dura la combinación obligatoria de las formas

legales de lucha con las formas ilegales, la participación obligatoria en un

parlamento ultrarreaccionario y en una serie de otras instituciones permitidas

por una legislación reaccionaria (sociedades de socorros mutuos, etc.).

En 1918, las cosas no llegaron hasta la escisión. Los comunistas "de

izquierda" sólo constituyeron entonces un grupo especial o "fracción" en el

interior de nuestro Partido, y no por mucho tiempo. En el mismo 1918, los

representantes más señalados del "comunismo de izquierda", Rádek y Bujarin,

por ejemplo, reconocieron abiertamente su error. Les parecía que la paz de

Brest era un compromiso con los imperialistas, inaceptable en principio y

funesto para el partido del proletariado revolucionario. Se trataba, en

efecto, de un compromiso con los imperialistas; pero precisamente un

compromiso tal y en unas circunstancias tales, que era obligatorio.

Actualmente, cuando oigo, por ejemplo, a los "socialrevolucionarios"

atacar la táctica seguida por nosotros al firmar la paz de Brest, o una

advertencia como la que me hizo el camarada Landsbury en el curso de una

conversación: "Los jefes de nuestras tradeuniones inglesas dicen que también

pueden permitirse un compromiso, puesto que los bolcheviques se lo han

permitido", respondo habitualmente ante todo con una comparación sencilla y

"popular":

Figuraos que el automóvil en que vais es detenido por unos bandidos

armados. Les dais el dinero, el pasaporte, el revólver, el automóvil, mas, a

cambio de esto, os veis desembarazados de la agradable vecindad de los

bandidos. Se

 

trata, evidentemente, de un compromiso. Do ut des ("te doy" mi dinero, mis

armas, mi automóvil, "para que me des" la posibilidad de marcharme en paz).

Pero difícilmente se encontraría un hombre que no esté loco y que declarase

que semejante compromiso es "inadmisible en principio" y denunciase al que lo

ha concertado como cómplice de los bandidos (aunque éstos, una vez dueños del

auto y de las armas, los utilicen para nuevos pillajes). Nuestro compromiso

con los bandidos del imperialismo alemán fue análogo a éste.

Pero cuando los mencheviques y los socialrevolucionarios en Rusia, los

partidarios de Scheidemann (y, en gran parte, los kautskianos) en Alemania,

Otto Bauer y Friedrich Adler (sin hablar de los señores Renner y compañía) en

Austria, los Renaudel, Longuet y compañía en Francia, los fabianos,

"independientes" y "laboristas"[8] en Inglaterra concertaron, en 1914-1918 y

en 1918-1920, con los bandidos de su propia burguesía y a veces de la

burguesía "aliada", compromisos dirigidos contra el proletariado

revolucionario de su propio país, entonces esos señores obraron como cómplices

de los bandidos.

La conclusión es clara: rechazar los compromisos "en principio", negar la

legitimidad de todo compromiso en general, es una puerilidad que es difícil

tomar en serio. Un hombre político que quiera ser útil al proletariado

revolucionario, debe saber distinguir los casos concretos de compromiso que

son precisamente inadmisibles, que son una expresión de oportunismo y de

traición, y dirigir contra t a l e s compromisos c o n c r e t o s toda la

fuerza de su crítica, todo el filo de un desenmascaramiento implacable y de

una guerra sin cuartel, no permitiendo a los socialistas, con su gran

experiencia de "maniobreros", y a los jesuítas parlamentarios escurrir el

bulto, eludir la responsabilidad, por medio de disquisi-

 

ciones sobre los "compromisos en general". Los señores "jefes" de las

tradeuniones inglesas, lo mismo que los de la Sociedad Fabiana y del Partido

Obrero "Independiente", pretenden eludir precisamente así la responsabilidad

por la traición que han cometido, por haber concertado semejante compromiso

que no es en realidad más que oportunismo, defección y traíción de la peor

especie.

Hay compromisos y compromisos. Es preciso saber analizar la situación y

las circunstancias concretas de cada compromiso o de cada variedad de

compromiso. Debe aprenderse a distinguir al hombre que ha entregado a los

bandidos su bolsa y sus armas, con el fin de disminuir el mal causado por

ellos y facilitar su captura y ejecución, del que da a los bandidos su bolsa y

sus armas para participar en el reparto del botín. En política esto dista

mucho de ser tan fácil como en este ejemplito de una simplicidad infantil.

Pero el que pretendiera imaginar una receta para los obreros, que señalase por

adelantado soluciones adecuadas para todas las circunstancias de la vida o

prometiera que en la política del proletariado revolucionario no se

encontrarán nunca dificultades ni situaciones embrolladas, sería sencillamente

un charlatán.

Para no dejar lugar a ninguna interpretación falsa, intentaré esbozar,

aunque sólo sea brevemente, algunas tesis fundamentales para el análisis de

los casos concretos de compromiso.

El partido que concertó con el imperialismo alemán el compromiso

consistente en firmar la paz de Brest, había empezado a elaborar prácticamente

su internacionalismo a fines de 1914. Dicho partido no temía proclamar la

derrota de la monarquía zarista y estigmatizar la "defensa de la patria" en la

guerra entre dos imperialismos voraces. Los diputados de

 

dicho partido en el parlamento fueron a Siberia, en vez de seguir el fácil

camino que conduce a las carteras ministeriales en un gobierno burgués. La

revolución, al derribar el zarismo y crear la república democrática, sometió a

este partido a una nueva y gran prueba: no contrajo ningún compromiso con los

imperialistas de "su" país, sino que preparó su derrumbamiento y los derrumbó.

Este mismo partido, una vez dueño del Poder político, no ha dejado piedra

sobre piedra ni de la propiedad agraria de la nobleza ni de la propiedad

capitalista. Después de haber publicado y hecho añicos los tratados secretos

de los imperialistas, propuso la paz a todos los pueblos y sólo cedió ante la

violencia de los bandidos de Brest, cuando los imperialistas anglo-franceses

hicieron fracasar sus proposiciones de paz y después que los bolcheviques

hubieron hecho todo lo humanamente posible para acelerar la revolución en

Alemania y en otros países. La plena legitimidad de semejante compromiso,

contraído por tal partido en tales circunstancias, se hace cada día más clara

y evidente para todos.

Los mencheviques y socialrevolucionarios de Rusia (como todos los jefes de

la II Internacional en el mundo entero, en 1914-1920) empezaron por la

traición, justificando, directa o indirectamente, la "defensa de la patria",

es decir, la defensa de su burguesía ávida de conquistas, y persistieron en su

traición coligándose con la burguesía de su país y luchando a su lado contra

el proletariado revolucionario de su propio país. Su bloque con Kerenski y los

kadetes primero, con Kolchak y Denikin después, en Rusia, así como el bloque

de sus correligionarios extranjeros con la burguesía de sus propios países fue

una deserción al campo de la burguesía contra el proletariado. Su compromiso

con los bandidos del im-

 

perialismo consistió desde el principio hasta el fin en hacerse los cómplices

del bandolerismo imperialista.

 

V

EL COMUNISMO "DE IZQUIERDA" EN

ALEMANIA. JEFES, PARTIDO, CLASE, MASA

Los comunistas alemanes, de quienes debemos hablar ahora, no se llaman

"izquierdistas", sino "oposición de principio", si no me equivoco. Pero que

tienen todos los síntomas de la "enfermedad infantil del izquierdismo", se

verá por lo que sigue.

El folleto titulado "Una escisión en el Partido Comunista de Alemania

(Liga de los espartaquistas)", que refleja e] punto de vista de esta oposición

y ha sido editado por el "Grupo local de Francfort del Meno", expone con sumo

relieve, exactitud, claridad y concisión la esencia de los puntos de vista de

esta oposición. Algunas citas serán suficientes para dar a conocer al lector

dicha esencia:

"El Partido Comunista es el partido de la lucha de clases más decidida. .

."

". . . Desde el punto de vista político este período de transición" (entre

el capitalismo y el socialismo) "es el período de la dictadura del

proletariado. . ."

". . . Se plantea la cuestión: ¿quién debe ejercer la dicta dura, e l P a

r t i d o C o m u n i s t a o l a c l a s e p r o I e t a r i a ? . . .

En principio ¿debe tenderse a la dictadura

 

del Partido Comunista o a la dictadura de la clase proletaria?!!" (Las

palabras subrayadas lo están también en el original).

Más adelante, el Comité Central del Partido Comunista de Alemania es

acusado por el autor del folleto de buscar una coalición con el Partido

Socialdemócrata Independiente de Alemania, de que "la cuestión del

reconocimiento, en principio, de todos los medios políticos " de lucha, entre

ellos el parlamentarismo, ha sido planteada por este Comité Central sólo para

ocultar sus intenciones verdaderas y esenciales de realizar una coalición con

los independientes. Y el folleto continúa:

"La oposición ha elegido otra senda. Sostiene la opinión de que la

cuestión de la hegemonía del Partido Comunista y de la dictadura del mismo no

es más que una cuestión de táctica. En todo caso, la hegemonia del Partido

Comunista es la forma última de toda hegemonía de partido. En principio, debe

tenderse a la dictadura de la clase proletaria. Y todas las medidas del

Partido, su organización, sus formas de lucha, su estrategia y su táctica

deben ser adaptadas a este fin. Hay que rechazar, por consiguiente, del moclo

más categórico, todo compromiso con los demás partidos, todo retorno a los

métodos de lucha parlamentarios, los cuales han caducado ya histórica y

políticamente, toda política de maniobra y conciliación". "Los métodos

especificamente proletarios de lucha revolucionaria deben ser subrayados

enérgicamente. Y para abarcar a los más amplios círculos y capas proletarias,

que deben emprender la lucha revolucionaria bajo la dirección del Partido

Comunista, hay que crear nuevas

 

formas de organización sobre la base más amplia y con los más amplios marcos.

Este lugar de agrupamiento de todos los elementos revolucionarios es la Unión

Obrera constituida sobre la base de las organizaciones de fábrica. La Unión

debe agrupar a todos los obreros fieles al lema: ifuera de los sindicatos! Es

ahí donde se forma el proletariado militante en las más vastas filas

combativas. Para ser admitido basta el reconocimiento de la lucha de clases,

el sistema de los Soviets y la dictadura. La educación política ulterior de

las masas militantes y la orientación política de las mismas en la lucha es

misión del Partido Comunista, que se halla fuera de la Unión Obrera. . ."

". . . Hay, por consiguiente, ahora, dos partidos comunistas, uno enfrente

de otro:

"U n o, e l p a r t i d o d e l o s j e f e s, que quiere organizar y

dirigir la lucha revolucionaria desde arriba aceptando los compromisos y el

parlamentarismo, con el fin de crear situaciones que permitan a estos jefes

entrar en un gobierno de coalición en cuyas manos se halle la dictadura.

"O t r o, e l p a r t i d o d e l a s m a s a s, que espera de abajo

el impulso de la lucha revolucionaria, y no conoce ni aplica para esta lucha

otro método que el que conduce claramente al fin, rechazando todos los

procedimientos parlamentarios y oportunistas; ese método único es el

derrocamiento incondicional de la burguesía para implantar después la

dictadura de ciase del proletariado con el fin de instaurar el socialismo. .

."

". . . ¡De un lado la dictadura de los jefes, de otro la dictadura de las

masas! Tal es nuestra consigna".

 

Tales son las tesis esenciales que caracterizan el punto de vista de la

oposición en el Partido Comunista Alemán.

Todo bolchevique que haya contribuido conscientemente al desarrollo del

bolchevismo desde 1903 o lo haya observado de cerca, no podrá menos de

exclamar, inmediatamente después de haber leído estos razonamientos: "¡Qué

antiguallas tan conocidas! ¡Qué infantilismo de 'izquierda'!"

Pero examinemos más de cerca estos razonamientos.

El solo hecho de preguntar: "¿dictadura del partido o b i e n dictadura de

clase?, ¿dictadura (partido) de los jefes o b i e n dictadura (partido) de las

masas?" acredita la más increíble e irremediable confusión de ideas. Hay

gentes que se esfuerzan por inventar algo enteramente original y no consiguen

más, en su afán de sabiduría, que caer en el ridículo. De todos es sabido que

las masas se dividen en clases, que oponer las masas a las clases no puede

permitirse más que en un sentido, si se opone una mayoría aplastante, en su

totalidad, sin distinguirse las posiciones ocupadas con relación al régimen

social de la producción, a categorías que ocupan una posición especial en este

régimen; que las clases están generalmente, en la mayoría de los casos, por lo

menos en los países civilizados modernos, dirigidas por partidos políticos;

que los partidos políticos están dirigidos, por regla general, por grupos más

o menos estables de las personas más autorizadas, influyentes, expertas,

elegidas para los cargos más responsables y que se llaman jefes. Todo esto es

el abecé, todo esto es sencillo y claro. ¿Qué necesidad había de poner en su

lugar no sé qué galimatías, no sé qué nuevo "volapuk"[9]? Por un lado, estas

gentes, por lo visto, se han desorientado, cayendo en una situación difícil,

cuando la sucesión rápida de la vida legal e ilegal del partido altera las

 

relaciones ordinarias, normales y simples entre los jefes, los partidos y las

clases. En Alemania, como en los demás países europeos, se está excesivamente

habituado a la legalidad, a la elección libre y regular de los "jefes" por los

congresos reglamentarios del Partido, a la comprobación cómoda de la

composición de clase de este último por medio de elecciones al parlamento, los

mítines, la prensa, el estado de espíritu de los sindicatos y otras

asociaciones, etc. Cuando ha sido preciso, en virtud de la marcha borrascosa

de la revolución y el desenvolvimiento de la guerra civil, pasar rápidamente

de esta rutina a la sucesión, a la combinación de la legalidad y la

ilegalidad, a los procedimientos "poco cómodos", "no democráticos", para

designar, formar o conservar los "grupos de dirigentes", la gente ha perdido

la cabeza y ha empezado a inventar un monstruoso absurdo. Por lo visto, los

"tribunistas" holandeses[10], que han tenido la desgracia de nacer en un país

pequeño con una tradición de situación legal privilegiada y particularmente

estable y que jamás han visto la sucesión de las situaciones legales e

ilegales, se han embrollado y han perdido la cabeza, favoreciendo las

invenciones más absurdas.

Por otra parte, salta a la vista el uso irreflexivo y arbitrario de

algunas palabras "de moda" en nuestra época, como "la masa", "los jefes". La

gente ha oído muchos ataques contra los "jefes" y se los ha aprendido de

memoria, ha oido cómo les oponian a la "masa", pero no se ha tomado el trabajo

de reflexionar acerca del sentido de todo esto.

Al final de la guerra imperialista y después de ella, es cuando con más

vivacidad y relieve se ha manifestado el divorcio entre "los jefes" y "la

masa" en todos los países. La causa principal de este fenómeno ha sido

explicada mu-

 

chas veces por Marx y Engels, de 1852 a 1892, tomando el ejemplo de

Inglaterra. La situación monopolista de dicho país dio origen al nacimiento de

una "aristocracia obrera" oportunista, semipequeñoburguesa, salida de la

"masa". Los jefes de esta aristocracia obrera se pasaban constantemente al

campo de la burguesia y eran mantenidos por ella directa o indirectamente.

Marx mereció el odio, que le honra, de estos canallas, porque les tildó

públicamente de traidores. El imperialismo moderno (del siglo XX) ha creado

también en favor de algunos países adelantados una situación privilegiada,

monopolista, y sobre este terreno ha surgido en todas partes, dentro de la II

Internacional, ese tipo de jefestraidores, oportunistas, socialchovinistas,

que defienden los intereses de su corporación, de su reducida capa de

aristocracia obrera. Estos partidos oportunistas se han separado de las

"masas", es decir, de los sectores más vastos de trabajadores, de la mayoría

de los mismos, de los obreros peor retribuidos. La victoria del proletariado

revolucionario es imposible si no se lucha contra semejante mal, si no se

desenmascara, si no se afrenta, si no se expulsa a los jefes oportunistas

socialtraidores; tal es la política que ha llevado a la práctica la III

Internacional.

Pero llegar con este pretexto a contraponer, e n t é r m i n o s g e n e

r a l e s, la dictadura de las masas a la dictadura de los jefes, es un

absurdo ridículo y una imbecilidad. Lo más divertido es que, de hecho, en el

lugar de los antiguos jefes que se atenian a las ideas comunes sobre las cosas

simples, se destacan (encubriéndolo con la consigna de "abajo los jefes")

jefes nuevos que dicen tonterias y disparates que escapan a todo calificativo.

Tales son, en Alemania: Laufenberg, Wolf Heim, Horner[11], Karl Schroder,

Friedrich

 

Wendell, Karl Erler[*]. Las tentativas de este último para "profundizar" la

cuestión y proclamar de un modo general la inutilidad y el "burguesismo" de

los partidos políticos son tales columnas de Hércules de la estupidez, que le

dejan a uno patidifuso. Cuán cierto es que de un pequeño error se puede

siempre hacer uno monstruosamente grande, si se insiste sobre él, si se

profundiza para encontrarle razones y si se quiere "llevarlo hasta las últimas

consecuencias".

Negar la necesidad del partido y de la disciplina del partido, he aquí el

resultado a que ha llegado la oposición. Y esto equivale a desarmar

completamente al proletariado en provecho de la burguesía. Esto da por

resultado los vicios pequeñoburgueses: dispersión, inconstancia, falta de

capacidad para el dominio de sí mismo, para la unión de los esfuerzos, para la

acción organizada que producen inevitablemente, si se es indulgente con ellos,

la ruina de todo movimiento revolucionario del proletariado. Negar, desde el

punto de vista comunista, la necesidad del partido, es dar un salto desde la

víspera de la quiebra del capitalismo (en Alemania), no hasta la fase inferior

o media, sino hasta la fase superior

 

* En el Diario Obrero Comunista [12] (N.ƒ 32, Hamburgo, 7 de febrero de

1920), Karl Erler dice en un artículo titulado La disolución del Partido : "La

dase obrera no puede destruir el Estado burgués sin aniquilar la democracia

burguesa, y no puede aniquilar la democracia burguesa sin destruir los

partidos".

Las cabezas más confusas de los sindicalistas y anarquistas latinos pueden

sentirse "satisfechas": algunos alemanes de peso que, por lo visto, se

consideran marxistas (con sus artículos en el citado periódico, K. Erler y K.

Horner demuestran con aplomo que se consideran marxistas sólidos, aunque dicen

de un modo singularmente ridículo tonterías inverosímiles, manifestando así no

comprender el abecé del marxismo) llegan a afirmar cosas absurdas por

completo. El reconocimiento del marxismo no preserva por sí solo de los

errores. Los rusos saben bien esto, porque el marxismo ha estado "de moda" con

harta frecuencia en nuestro país.

 

del comunismo. En Rusia (tres anos después de haber derribado a la burguesía)

estamos dando todavía los primeros pasos desde el capitalismo al socialismo, o

fase inferior del comunismo. Las clases han quedado y subsistirán en todas

partes durante años después de la conquista del Poder por el proletariado. Es

posible que en Inglaterra, donde no hay campesinos (¡aunque, en cambio, no

faltan los pequeños patronos!) este plazo sea más breve. Suprimir las clases

no consiste únicamente en expulsar a los terratenientes y a los capitalistas

-- esto lo hemos hecho nosotros con relativa facilidad --, sino también en

suprimir los pequeños productores de mercancías. Pero a éstos e s i m p o s i

b I e e x p u l s a r l o s, es imposible aplastarlos; hay que entenderse con

ellos, se les puede (y se les debe) transformar, reeducar tan sólo mediante

una labor de organización muy larga, lenta y cautelosa. Estos pequeños

productores cercan al proletariado por todas partes del elemento

pequeñoburgués, lo impregnan de este elemento, lo desmoralizan con él,

provocan constantemente en el seno del proletariado recaídas de pusilanimidad

pequeñoburguesa, de atomización, de individualismo, de oscilaciones entre la

exaltación y el abatimiento. Son necesarias una centralización y una

disciplina ¢everísimas en el partido político del proletariado para hacer

frente a eso, para permitir que el proletariado ejerza acertada, eficaz y

victoriosamente su función organizadora (que es su función principal -- ). La

dictadura del proletariado es una lucha tenaz, cruenta e incruenta, violenta y

pacífica, militar y económica, pedagógica y administrativa, contra las fuerzas

y las tradiciones de la vieja sociedad. La fuerza de la costumbre de millones

y decenas de millones de hombres, es la fuerza más terrible. Sin un partido

férreo y templado en la lucha, sin un partido que goce de la confianza de todo

lo que haya de

 

honrado dentro de la clase, sin un partido que sepa pulsar el estado de

espíritu de las masas e influir sobre él, es imposible llevar a cabo con éxito

esta lucha. Es mil veces más fácil vencer a la gran burguesía centralizada,

que "vencer" a millones y millones de pequeños patronos, estos últimos, con su

actividad corruptora invisible, inaprehensible, de todos los días, producen

los mismos resultados que la burguesía necesita, que determinan la

restauración de la misma. El que debilita, por poco que sea, la disciplina

férrea del partido del proletariado (sobre todo en la época de su dictadura)

ayuda de hecho a la burguesía contra el proletariado.

Al lado de la cuestión sobre los jefes, el partido, la clase, la masa, hay

que plantear la cuestión sobre los sindicatos "reaccionarios". Pero antes me

permitiré hacer, a modo de conclusión, algunas advertencias fundadas en la

experiencia de nuestro Partido. En éste siempre han existido los ataques

contra la "dictadura de los jefes". La primera vez, que yo recuerde, fue en

1895, época en que nuestro Partido no existía aún formalmente, pero en que ya

empezaba a constituirse en Petersburgo el grupo central que debía hacerse

cargo de la dirección de los grupos regionales. En el IX Congreso de nuestro

Partido (en abril de 1920), hubo una pequeña oposición, que se declaró

asimismo contra la "dictadura de los jefes", la "oligarquía", etc. No hay,

pues, nada de sorprendente, nada nuevo, nada alarmante en la "enfermedad

infantil" del "comunismo de izquierda" de los alemanes. Esta enfermedad

transcurre sin consecuencias y hasta, una vez pasada, deja más vigoroso el

organismo. Por otra parte, la rápida sucesión del trabajo legal e ilegal, con

la necesidad de "ocultar", de rodear sobre todo de secreto precisamente al

Estado Mayor, a los jefes, motivó, en nuestro país, fenómenos profundamente

peligrosos. El peor fue la entrada en

 

el Comité Central de los bolcheviques, en 1912, de un agente provocador,

Malinovski. Este causó la pérdida de decenas y decenas de los más excelentes y

abnegados camaradas, llevándoles a los trabajos forzados y acelerando la

muerte de muchos de ellos. Si no causó más daño fue porque habíamos

establecido adecuadamente la relación entre el trabajo legal y el ilegal. Para

ganar nuestra confianza, Malinovski, como miembro del Comité Central del

Partido y diputado en la Duma, tuvo que ayudarnos a organizar la publicación

de periódicos diarios legales, que supieron, aun bajo el zarismo, llevar a

cabo la lucha contra el oportunismo de los mencheviques y predicar los

principios fundamentales del bolchevismo, con el necesario disimulo. Con una

mano Malinovski mandaba al presidio y a la muerte a decenas de los mejores

combatientes del bolchevismo, pero con la otra se veía obligado a contribuir a

la educación de decenas y decenas de millares de nuevos bolcheviques por medio

de la prensa legal. Este es un hecho en el que deberían reflexionar

detenidamente los camaraclas alemanes (y también los ingleses, los americanos,

los franceses y los italianos), ante los cuales se presenta el problema de

aprender a realizar una labor revolucionaria en los sindicatos reaccionarios*.

 

 

* Malinovski estuvo prisionero en Alemania. Cuando regresó a Rusia, ya

bajo el gobierno bolchevique, fue inmediatamente entregado a los tribunales y

fusilado por nuestros obreros. Los mencheviques nos han reprochado con

especial acritud nuestro error, consistente en haber tenido un provocador en

el Comité Central de nuestro Partido Pero cuando bajo Kerenski exigimos que

fuera detenido y juzgado el Presidente de la Duma, Rodzianko, que desde antes

de la guerra sabía que Malinovski era un provocador y no lo había comunicado a

los diputados de los grupos de "trudoviques" [laboristas] y obreros en la

Duma, ni los mencheviques ni los socialrevolucionarios, que formaban parte del

gobierno junto con Kerenski, apoyaron nuestra demanda, y Rodzianko quedó en

libertad y pudo largarse libremente a la zona ocupada por Denikin.

 

En muchos países, incluso en los más adelantados, la burguesía, sin duda

alguna, envía y seguirá enviando provocadores a los partidos comunistas. Uno

de los medios de luchar contra este peligro, es el de saber combinar como es

debido el trabajo ilegal con el legal.

 

VI

¿DEBEN ACTUAR LOS REVOLUCIONARTOS

EN LOS SINDICATOS REACCIONARIOS?

Los comunistas "de izquierda" alemanes creen que pueden responder

resueltamente a esta cuestión con la negativa. En su opinión el vocerío y los

gritos de cólera contra los sindicatos "reaccionarios" y

"contrarrevolucionarios" (esto lo hace K. Horner con un "aplomo" y una necedad

especialísimos) bastan para "demostrar" la inutilidad y hasta la

inadmisibilidad de la labor de los revolucionarios, de los comunistas, en los

sindicatos amarillos, socialchovinistas, conciliadores, en los sindicatos

contrarrevolucionarios de los Legien.

Pero por convencidos que estén los comunistas "de izquierda" alemanes del

carácter revolucionario de semejante táctica, ésta es radicalmente errónea y

no contiene más que frases vacías.

Para aclararlo, partiré de nuestra propia experiencia conforme al plan

general del presente folleto, que tiene por objeto aplicar a la Europa

occidental lo que la historia y la táctica actual del bolchevismo contienen de

aplicable, importante y obligatorio en todas partes.

 

La relación entre jefes, partido, clase y masas, y, al mismo tiempo, la de

la dictacdura del proletariado y su par tido con respecto a los sindicatos, se

presenta actualmente entre nosotros en la forma concreta siguiente: la

dictadura la lleva a cabo el proletariado organizado en Soviets, dirigido por

el Partido Comunista bolchevique, que, según los datos del último Congreso

(abril de 1920), cuenta con 611.000 miembros. El número de sus afiliados ha

oscilado mucho tanto antes como después de la Revolución de Octubre, e incluso

en 1918-1919[13] fue mucho menos considerable. Tememos ensanchar excesivamente

el Partido, porque los arrivistas y caballeros de industria, que no merecen

más que ser fusilados, tienden inevitablemente a infiltrarse en un partido que

se halla en el Poder. Ultimamente abrimos de par en par las puertas del

Partido -- sólo para los obreros y campesinos --, en los días (invierno de

1919) en que Yudénich estaba a algunas verstas de Petrogrado y Denikin en Orel

(a unas trescientas cincuenta verstas de Moscú), es decir, cuando la República

Soviética se veía ante un peligro terrible, ante un peligro mortal, y los

aventureros, los arrivistas, los caballeros de industria y, en general, los

cobardes, no podían contar con hacer una carrera ventajosa (sino más bien con

la horca y las torturas) de adherirse a los comunistas. Un Comité Central de

19 miembros, elegido en el Congreso, dirige el Partido, que reúne congresos

anuales (en el último, la representación era de un delegado por cada mil

miembros) y la gestión de los asuntos corrientes la llevan en Moscú dos burós,

aun más restringidos, denominados "Buró de Organización" y "Buró Político",

elegidos en asambleas plenarias del Comité Central y compuestos cada uno de

ellos por cinco miembros del C.C. Nos hallamos, por consiguiente, en presencia

de una verdadera "oligarquía". No hay cues-

 

tión importante, política o de organización, que sea resuelta por cualquier

institución estatal de nuestra República, sin que el Comité Central del

Partido haya dado sus normas directivas.

El Partido se apoya directamente, para su labor, en los sindicatos, que

cuentan ahora, según los datos del último Congreso (abril de 1920), más de

cuatro millones de afiliados, y que en el aspecto formal son sin partido. De

hecho, todas las instituciones directoras de la enorme mayoría de los

sindicatos, y sobre todo, naturalmente, la central o Buró sindical (Consejo

Central de los Sindicatos de Rusia) se componen de comunistas y aplican todas

las directivas del Partido. Se obtiene, en conjunto, un aparato proletario,

formalmente no comunista, flexible y relativamente amplio, potentísimo, por

medio del cual el Partido está estrechamente vinculado a la clase y a la masa

y por medio del cual se lleva a cabo la dictadura de clase, bajo la dirección

del Partido. Nos hubiera sido naturalmente imposible, no ya dos años, ni

siquiera dos meses gobernar el país y sostener la dictadura, sin la más

estrecha unión con los sindicatos, sin su apoyo entusiasta, sin su

colaboración abnegada, no sólo en el terreno de la construcción económica,

sino también en el militar. Se comprende que esta estrecha unión significa, en

la práctica, una labor de propaganda, de agitación complejísima y variada,

oportunas y frecuentes conferencias, no sólo con los dirigentes, sino con los

militantes que, en general, tienen influencia en los sindicatos, una lucha

decidida contra los mencheviques, que han conservado hasta hoy cierto número

de partidarios -- muy pequeño en verdad --, a los que inician en todas las

malas artes de la contrarrevolución, que, empezando por la defensa ideológica

de la democracia (burguesa ) y pasando por la prédica de la

 

"independencia" de los sindicatos (independencia. . . ¡del Poder gubernamental

proletario!), llegan hasta el sabotaje de la disciplina proletaria, etc., etc.

Reconocemos que para el mantenimiento del contacto con las "masas" son

insuficientes los sindicatos. En el curso de la revolución se ha creado en

Rusia una práctica que procuramos por todos los medios mantener, desarrollar,

extender: las conferencias de obreros y campesinos sin partido, que nos

permiten observar el estado de espíritu de las masas, acercarnos a ellas,

responder a sus anhelos, elevar a los puestos gubernamentales a sus mejores

elementos, etc. Por un decreto reciente sobre la organización del Comisariado

del Pueblo de Control del Estado, que se convierte en "Inspección Obrera y

Campesina", se concede a estas conferencias sin partido el derecho a elegir

miembros del Control del Estado encargados de las funciones más diversas de

revisión, etc.

Naturalmente, toda la labor del Partido se realiza, además, a través de

los Soviets, que unifican a las masas trabajadoras, sin distinción de oficios.

Los congresos de distrito de los Soviets representan una institución

democrática, como jamás se ha visto en las mejores repúblicas democráticas del

mundo burgués, y por medio de estos congresos (cuya labor sigue el Partido con

toda la atención posible), así como por la designación constante de los

obreros más conscientes para los cargos en las poblaciones rurales, el

proletariado desempeña su función directora con respecto a la clase campesina,

se realiza la dictadura del proletariado de las ciudades, la lucha sistemática

contra los campesinos ricos, burgueses, explotadores y especuladores, etc.

Tal es el mecanismo general del Poder estatal proletario examinado "desde

arriba", desde el punto de vista de la

 

realización práctica de la dictadura. Es de esperar que el lector comprenderá

por qué el bolchevique ruso, que conoce de cerca este mecanismo y lo ha visto

nacer de los pequeños círculos ilegales y clandestinos en el curso de 25 años,

no puede por menos de hallar ridículas, pueriles y absurdas todas las

discusiones sobre la dictadura "desde arriba" o "desde abajo", la dictadura de

los jefes o la dictadura de las masas, etc., como lo sería una disputa acerca

de la utilidad mayor o menor para el hombre de la pierna izquierda o del brazo

derecho.

Tampoco pueden no parecernos ridículas, pueriles y absurdas las muy

sabias, importantes y terriblemente revolucionarias disquisiciones de los

comunistas de izquierda alemanes sobre este tema, a saber: que los comunistas

no pueden ni deben militar en los sindicatos reaccionarios, que es lícito

renunciar a semejante acción, que hay que salir de los sindicatos y organizar

sin falta "uniones obreras" nuevecitas, completamente puras, inventadas por

comunistas muy simpáticos (y en la mayoría de los casos, probablemente muy

jóvenes), etc., etc.

El capitalismo lega inevitablemente al socialismo, de una parte, las

viejas distinciones profesionales y corporativas que se han formado en el

transcurso de los siglos entre los obreros, y, de otra, los sindicatos, que no

pueden desarrollarse sino muy lentamente en el curso de los años y que se

transformarán con el tiempo en sindicatos de industria más amplios, menos

corporativos (que engloban a industrias enteras, y no sólo a corporaciones,

oficios y profesiones). Después, por mediación de estos sindicatos de

industria, se pasará a la supresión de la división del trabajo entre los

hombres, a la educación, la instrucción y la formación de hombres

universalmente desarrollados y universalmente pre-

 

parados, hombres que lo sabrán hacer todo. En este sentido se orienta, debe

orientarse y a esto llegará el comunismo aunque dentro de muchos años.

Intentar llevar actualmente a la práctica ese resultado futuro de un comunismo

llegado al término de su completo desarrollo, solidez y formación, de su

íntegra realización y de su madurez, es lo mismo que querer enseñar

matemáticas superiores a un niño de cuatro años.

Podemos (y debemos) emprender la construcción del socialismo, no con un

material humano fantástico, especialmente creado por nosotros, sino con el que

nos ha dejado como herencia el capitalismo. Ni que decir tiene que esto es muy

"difícil", pero cualquier otro modo de abordar el problema es tan poco serio,

que ni siquiera merece ser mencionado.

Los sindicatos representaban un progreso gigantesco de la clase obrera en

los primeros tiempos del desarrollo del capitalismo, por cuanto significaban

el paso de la división y de la impotencia de los obreros a los embriones de

unión de clase. Cuando empezó a desarrollarse la forma superior de unión de

clase de los proletarios, el partido revolucionario del proletariado (que no

merecerá este nombre mientras no sepa ligar a los líderes con la clase y las

masas en un todo único, indisoluble), los sindicatos empezaron a manifestar

fatalmente ciertos rasgos reaccionarios, cierta estrechez corporativa, cierta

tendencia al apoliticismo, cierto espíritu rutinario, etc. Pero el desarrollo

del proletariado no se ha efectuado ni ha podido efectuarse en ningún país de

otro modo que por los sindicatos y por su acción concertada con el partido de

la clase obrera. La conquista del Poder político por el proletariado es un

progreso gigantesco de este último considerado como clase; y el partido se

encuentra en

 

la obligación de consagrarse mas, y de un modo nuevo y no por los

procedimientos antiguos, a la educación de los sindicatos, a dirigirlos, sin

olvidar al mismo tiempo que éstos son y serán todavía bastante tiempo una

"escuela de comunismo" necesaria, la escuela preparatoria de los proletarios

para la realización de su dictadura, la asociación indispensable de los

obreros para el paso progresivo de la dirección de toda la economía del país,

primero a manos de la clase obrera (y no de profesiones aisladas) y después a

manos de todos los trabajadores.

Bajo la dictadura del proletariado, es inevitable cierto "espíritu

reaccionario" de los sindicatos en el sentido indicado. No comprenderlo

significa dar pruebas de una incomprensión total de las condiciones

fundamentales de la transición del capitalismo al socialismo. Temer este

"espíritu reaccionario", esforzarse por prescindir de él, por saltar por

encima de él, es una inmensa tontería, pues equivale a temer el papel de

vanguardia del proletariado, que consiste en educar, instruir, preparar, traer

a una vida nueva a los sectores más atrasados de las masas obreras y

campesinas. Por otro lado, aplazar la dictadura del proletariado hasta que no

quedase ni un solo obrero de estrecho espíritu sindical, un solo obrero que

tuviese prejuicios tradeunionistas y corporativos, sería un error todavía más

profundo. El arte del político (y la comprensión acertada de sus deberes en el

comunista) consiste precisamente en saber apreciar con exactitud las

condiciones y el momento en que la vanguardia del proletariado puede tomar

victoriosamente el Poder, en que puede, durante la toma del Poder y después de

ella, obtener un apoyo suficiente de sectores suficientemente amplios de la

clase obrera y de las masas laboriosas no proletarias, en que

 

puede, después de la toma del Poder, mantener, afianzar, ensanchar su dominio,

educando, instruyendo, atrayéndose a masas cada vez más amplias de

trabajadores.

Más aun. En los países más adelantados que Rusia, se ha hecho sentir y

debía hacerse sentir un cierto espíritu reaccionario de los sindicatos,

indudablemente más acentuado que en nuestro país. Aquí los mencheviques

hallaban (y en parte hallan todavía en un pequeño número de sindicatos) un

apoyo entre los sindicatos, precisamente gracias a esa estrechez corporativa,

a ese egoísmo profesional y al oportunismo. Los mencheviques de Occidente se

han "fortificado" mucho más sólidamente en los sindicatos, allí ha surgido una

capa mucho más fuerte de "aristocracia obrera " profesional, mezquina,

egoísta, desalmada, ávida, pequeñoburguesa, de espíritu imperialista, comprada

y corrompida por el imperialismo. Esto es indiscutible. La lucha contra los

Gompers, contra los señores Jouhaux, los Henderson, Merrheim, Legien y Cía. en

la Europa occidental, es mucho más difícil que la lucha contra nuestros

mencheviques, que representan un tipo social y político completamente

homogéneo. Es preciso sostener esta lucha implacablemente y continuarla como

hemos hecho nosotros hasta cubrir de oprobio y arrojar de los sindicatos a

todos los jefes incorregibles del oportunismo y del socialchovinismo. Es

imposible conquistar el Poder político (y no debe intentarse tomar el Poder

político) mientras esta lucha no haya alcanzado cierto grado; este "cierto

grado" no es idéntico en todos los países y en todas condiciones, y sólo

dirigentes políticos reflexivos, experimentados y competentes del proletariado

pueden determinarlo con acierto en cada país. (En Rusia nos dieron la medida

del éxito en nuestra lucha, entre otras cosas, las

 

elecciones a la Asamblea Constituyente en noviembre de 1917, unos días después

de la revolución proletaria del 25 de octubre de 1917. En dichas elecciones,

los mencheviques fueron literalmente aplastados, obteniendo 0,7 millones de

votos -- 1,4 millones, contando los de Transcaucasia -- contra nueve millones

alcanzados por los bolcheviques. Véase mi artículo "Las elecciones a la

Asamblea Constituyente y la dictadura del proletariado", en el número 7-8 de

"La Internacional Comunista".)

Pero la lucha contra ia "aristocracia obrera" la sostenemos en nombre de

la masa obrera y para ponerla de nuestra parte; la lucha contra los jefes

oportunistas y socialchovinistas la llevamos a cabo para conquistar a la clase

obrera. Sería necio olvidar esta verdad elementalísima y más que evidente. Y

tal es precisamente la necedad que cometen los comunistas alemanes "de

izquierda", los cuales deducen del carácter reaccionario y

contrarrevolucionario de los cabecillas de los sindicatos la conclusión de la

necesidad de. . . ¡¡salir de los sindicatos!!, de ¡¡renunciar a trabajar en

los mismos!! y de ¡¡crear nuevas formas de organización obrera i n v e n t a d

a s por ellos!! Es ésta una estupidez tan imperdonable que equivale al mejor

servicio prestado a la burguesía por los comunistas. Porque nuestros

mencheviques, como todos los líderes sindicales oportunistas,

socialchovinistas y kautskianos, no son más que "agentes de la burguesía en el

movimiento obrero" (como hemos dicho siempre refiriéndonos a los mencheviques)

o en otros términos, los "lugartenientes obreros de la clase de los

capitalistas" [labor lieutenants of the capitalist class], según la magnífica

expresión, profundamente exacta, de los discípulos de Daniel de León en los

Estados Unidos. No actuar en el seno

 

de los sindicatos reaccionarios, significa abandonar a las masas obreras

insuficientemente desarrolladas o atrasadas, a la influencia de los líderes

reaccionarios, de los agentes de la burguesía, de los obreros aristócratas u

"obreros aburguesados" (sobre este punto véase la carta de 1858 de Engels a

Marx acerca de los obreros ingleses).

Precisamente la absurda "teoría" de la no participación de los comunistas

en los sindicatos reaccionarios demuestra con la mayor evidencia con qué

ligereza estos comunistas "de izquierda" consideran la cuestión de la

influencia sobre las "masas" y de qué modo abusan de su griterío acerca de las

"masas". Para saber ayudar a la "masa", para adquirir su simpatía, su adhesión

y su apoyo, no hay que temer las dificultades, las zancadillas, los insultos,

los ataques, las persecuciones de los "jefes" (que, siendo oportunistas y

socialchovinistas, están en la mayor parte de los casos en relación directa o

indirecta con la burguesía y la policía) y trabajar sin falta allí donde estén

las masas. Hay que saber hacer toda clase de sacrificios, vencer los mayores

obstáculos para entregarse a una propaganda y agitación sistemática, tenaz,

perseverante, paciente, precisamente en las instituciones, sociedades,

sindicatos, por reaccionarios que sean, donde se halle la masa proletaria o

semiproletaria. Y los sindicatos y las cooperativas obreras (estas últimas,

por lo menos, en algunos casos) son precisamente las organizaciones donde

están las masas. En Inglaterra, según los datos publicados por el periódico

sueco "Folkets Dagblad Politiken"[14] del 10 de marzo de 1920, el número de

miembros de las tradeuniones se ha elevado, desde fines de 1917 a últimos de

1918, de 5,5 millones a 6,6 millones, es decir que ha aumentado en el 19 por

ciento. A fines de 1919, los efecti-

 

vos ascendían a 7 millones y medio. No tengo a mano las cifras

correspondientes a Francia y Alemania, pero algunos hechos, enteramente

indiscutibles y conocidos de todo el mundo, atestiguan el considerable

crecimiento del número de miembros de los sindicatos también en estos países.

Estos hechos manifiestan con entera claridad lo que otros mil síntomas

confirman: los progresos de la conciencia y de los anhelos de organización

precisamente en las masas proletarias, en los sectores más "bajos" de ellas,

en los más atrasados. Millones de obreros en IngLaterra, en Francia, en

Alemania pasan por primera vez de la inorganización completa a la forma más

elemental y rudimentaria, más simple y más accesible (para los que se hallan

todavía de lleno impregnados de prejuicios democráticoburgueses) de

organización: precisamente los sindicatos; y los comunistas de izquierda,

revolucionarios, pero irreflexivos, quedan al lado y gritan: "¡Masa!",

"¡Masa!" y ¡¡se niegan a trabajar en los s i n d i c a t o s!! ¡¡so pretexto

de su "espíritu reaccionario"!! e inventan una "Unión Obrera" nuevecita, pura,

limpia de todo prejuicio democráticoburgués y de todo pecado de estrechez

corporativa y profesional, "Unión Obrera" que será (¡que será!) -- dicen --

muy amplia y para la admisión en la cual se exige solamente (¡solamente!) ¡¡el

"reconocimiento del sistema de los Soviets y de la dictadura" (sobre esto

véase la cita transcrita más arriba)!!

No se puede concebir mayor insensatez, un daño mayor causado a la

revolución por los revolucionarios "de izquierda". Si hoy en Rusia, después de

dos años y medio de triunfos sin precedentes sobre la burguesía rusa y la de

la Entente, estableciéramos como condición precisa para el ingreso en los

sindicatos el "reconocimiento de la dictadura",

 

cometeríamos una tontería, quebrantaríamos nuestra influencia sobre las masas,

ayudaríamos a los mencheviques. Porque toda la tarea de los comunistas

consiste en saber convencer a los elementos atrasados, en saber trabajar entre

ellos y no en aislarse de ellos mediante fantásticas consignas infantilmente

"izquierdistas".

Es indudable que los señores Gompers, Henderson, Jouhaux, Legien están muy

reconocidos a esos revolucionarios "de izquierda" que, como los de la

oposición "de principio" alemana (¡el cielo nos preserve de semejantes

"principios"!) o de algunos revolucionarios de "Los Trabajadores Industriales

del Mundo"[15] en los Estados Unidos, predican la salida de los sindicatos

reaccionarios y la renuncia a trabajar en los mismos. No dudamos de que los

señores "jefes" del oportunismo recurrirán a todos los procedimientos de la

diplomacia burguesa, al concurso de los gobiernos burgueses, de los curas, de

la policía, de los tribunales, para impedir la entrada de los comunistas en

los sindicatos, para expulsarles de ellos por todos los medios posibles, para

hacer su labor en los sindicatos lo más desagradable posible, para ofenderles,

acosarles y perseguirles. Hay que saber resistir a todo esto, disponerse a

todos los sacrificios, emplear incluso, en caso de necesidad, todas las

estratagemas, todas las astucias, los procedimientos ilegales, silenciar y

ocultar la verdad con objeto de penetrar en los sindicatos, permanecer en

ellos y realizar allí, cueste lo que cueste, una labor comunista. Bajo el

régimen zarista, hasta 1905, no tuvimos ninguna "posibilidad legal", pero

cuando el policía Subátov organizó sus asambleas, sus asociaciones obreras

reaccionarias, con objeto de cazar a los revolucionarios y luchar con ellos,

enviamos allí miembros de nuestro Partido (recuerdo

 

entre ellos al camarada Bábushkin, un destacacdo obrero petersburgués,

fusilado en 1906 por los generales zaristas), los cuales establecieron el

contacto con la masa, consiguieron realizar su agitación y sustraer a los

obreros a la influencia de las gentes de Subátov[*]. Actuar así, naturalmente,

es más difícil en los países de la Europa occidental, especialmente

impregnados de prejuicios legalistas, constitucionales, democrático-burgueses,

particularmente arraigados. Pero se puede y se debe hacer, procediendo

sistemáticamente.

El Comité Ejecutivo de la III Internacional debe, a mi juicio, condenar

abiertamente y proponer al próximo Congreso de la Internacional Comunista que

condene tanto la política de no participación en los sindicatos reaccionarios

(motivando detalladamente la insensatez de esta no participación y el grave

daño que se hace a la causa de la revolución proletaria con semejante actitud)

y, de un modo particular, la línea de conducta de algunos miembros del Partido

Comunista Holandés, los cuales (directa o indirectamente, abierta o

encubiertamente, general o parcialmente, lo mismo da), han sostenido esta

política errónea. La III Internacional debe romper con la táctica de la

Segunda y no eludir las cuestiones escabrosas, no ocultarlas, sino plantearlas

a rajatabla. Hemos dicho cara a cara la verdad a los "independientes" (Partido

Socialdemócrata Independiente de Alemania); del mismo modo hay que decir toda

la verdad cara a cara a los comunistas "de izquierda".

 

* Los Gompers, Henderson, Jouhaux, Legien, no son otra cosa que los

Subátov, que se distinguen del nuestro por su traje europeo, por su porte

elegante, por los refinados medios aparentemente democráticos y civilizados de

realización de su canallesca política.

 

 

VII

¿DEBE PARTICIPARSE EN LOS PARLAMENTOS

BURGUESES?

Los comunistas "de izquierda" alemanes, con el mayor desprecio -- y la

mayor ligereza --, responden a esta pregunta negativamente. ¿Sus argumentos?

En la cita que hemos reproducido más arriba leemos:

". . . rechazar del modo más categórico todo retorno a los métodos de

lucha parlamentarios, los cuales han caducado ya histórica y políticamente. .

."

Esto está dicho en un tono ridículo, de puro presuntuoso, y es una

falsedad evidente. ¡"Retorno" al parlamentarismo! ¿Existe ya acaso en Alemania

una República Soviética? Parece ser que no. ¿Cómo puede hablarse entonces de

"retorno"? ¿No es esto una frase vacía?

El parlamentarismo "ha caducado históricamente". Esto es cierto desde el

punto de vista de la propaganda. Pero nadie ignora que de ahí a su superación

práctica hay una distancia inmensa. Hace ya algunas décadas que podía decirse,

con entera justicia, que el capitalismo había "caducado históricamente", lo

cual no impide, ni mucho menos, que nos veamos precisados a sostener una lucha

muy prolongada y muy tenaz sobre el terreno del capitalismo. El

parlamentarismo "ha caducado históricamente" desde un punto de vista histórico

universal, es decir, la época del parlamentarismo burgués ha terminado, la

época de la dictadura del proletariado ha empezado. Esto es indiscutible, pero

en la historia universal se cuenta por décadas. Aquí

 

diez o veinte años más o menos no tienen importancia, desde el punto de vista

de la historia universal son una pequeñez, imposible de apreciar ni

aproximadamente. Pero, precisamente por eso, remitirse en una cuestión de

política práctica a la escala de la historia universal, es la aberración

teórica más escandalosa.

¿Ha "caducado políticamente" el parlamentarismo? Esto es ya otra cuestión.

Si fuese cierto, la posición de los "izquierdistas" sería sólida. Pero hay que

probarlo por medio de un análisis serio, y los "izquierdistas" ni siquiera

saben abordarlo. El análisis contenido en las "Tesis sobre el

parlamentarismo", publicadas en el número 1 del "Boletín de la Oficina

Provisional de Amsterdam de la Internacional Comunista" ("Bulletin of the

Provisional Bureau in Amsterdam of the Communist International", February[16]

1920), y que expresan claramente las tendencias específicamente izquierdistas

de los holandeses o las tendencias de izquierda específicamente holandesas,

como veremos, no vale tampoco un comino.

En primer lugar, los comunistas "de izquierda" alemanes, como se sabe, ya

en enero de 1919 consideraban el parlamentarismo como "políticamente caduco",

contra la opinión de dirigentes políticos tan eminentes como Rosa Luxemburgo y

Carlos Liebknecht. Como es sabido, los "izquierdistas" se equivocaron. Este

hecho basta para destruir de golpe y radicalmente la tesis según la cual el

parlamentarismo "ha caducado políticamente". Los "izquierdistas" tienen el

deber de demostrar por qué ese error indiscutible de entonces ha dejado de

serlo hoy. Pero no aportan la menor sombra de prueba, ni pueden aportarla. La

actitud de un partido político ante sus errores es una de las pruebas más

importantes y más fieles de la seriedad de ese partido y del

 

cumplimiento efectivo de sus deberes hacia su clase y hacia las masas

trabajadoras. Reconocer abiertamente los errores, poner al descubierto sus

causas, analizar la situación que los ha engendrado y examinar atentamente los

medios de corre girlos: esto es lo que caracteriza a un partido serio, en esto

es en lo que consiste el cumplimiento de sus deberes, esto es educar e

instruir a la clase, primero, y, después, a las masas. Como no cumplen esa

obligación suya, como no ponen toda la atención, todo el celo y cuidados

necesarios para estudiar su error manifiesto, los "izquierdistas" de Alemania

(y de Holanda) muestran que no son el partido de una clase, sino un círculo,

que no son el partido de las masas, sino un grupo de intelectuales y un

reducido número de obreros que imitan los peores rasgos de los

intelectualoides.

En segundo lugar, en el mismo folleto del grupo "de izquierda" de

Francfort, del que hemos dado citas detalladas más arriba, leemos:

". . . los millones de obreros que siguen todavía la política del centro"

(del Partido Católico del "Centro") "son contrarrevolucionarios. Los

proletarios del campo forman las legiones de los ejércitos

contrarrevolucionarios" ( del folleto citado).

Como se ve, todo esto está dicho con un énfasis y una exageración

excesivos. Pero el hecho fundamental aquí referido es indiscutible, y su

reconocimiento por los "izquierdistas" atestigua con particular evidencia su

error. En efecto, ¡¿cómo se puede decir que el "parlamentarismo ha caducado

políticamente", si "millones" y "legiones" de proletarios son todavía, no sólo

partidarios del parlamentarismo en general, sino hasta francamente

"contrarrevolucionarios"?!

 

Es evidente que el parlamentarismo en Alemania no ha caducado aún

políticamente. Es evidente que los "izquierdistas" de Alemania han tomado su

deseo, su ideal político por una realidad objetiva. Este es el más peligroso

de los errores para los revolucionarios. En Rusia, donde el yugo profundamente

salvaje y cruel del zarismo engendró, durante un período sumamente prolongado

y en formas particularmente variadas, revolucionarios de todos los matices,

revolucionarios de una abnegación, de un entusiasmo, de un heroísmo, de una

fuerza de voluntad asombrosos, en Rusia, hemos podido observar muy de cerca,

estudiar con mucha atención, conocer a la perfección este error de los

revolucionarios, y por esto lo apreciamos con especial claridad en los demás.

Naturalmente, para los comunistas de Alemania el parlamentarismo "ha caducado

políticamente", pero se trata precisamente de no creer que lo que ha caducado

para nosotros haya caducado para la clase, para la masa. Una vez más, vemos

aquí que los "izquierdistas" no saben razonar, no saben conducirse como

partido de clase, como partido de masas. Vuestro deber consiste en no

descender hasta el nivel de las masas, hasta el nivel de los sectores

atrasados de la clase. Esto es indiscutible. Tenéis el deber de de cirles la

amarga verdad, de decirles que sus prejuicios democrático-burgueses y

parlamentarios son eso, prejuicios, pero al mismo tiempo, debéis observar

serenamente el estado real de conciencia y de preparación de la clase entera

(y no sólo de su vanguardia comunista), de toda la masa trabajadora entera (y

no sólo de sus individuos avanzados).

Aunque no fuesen "millones" y "legiones", sino una simple minoría bastante

importante de obreros industriales, la que siguiese a los curas católicos, y

de obreros agrícolas, la que siguiera a los terratenientes y campesinos ricos

(Gross-

 

bauern ), podría asegurarse ya sin dudar que el parlamentarismo en Alemania no

había caducado todavía políticamente, que la participación en las elecciones

parlamentarias y la lucha en la tribuna parlamentaria es obligatoria para el

partido del proletariado revolucionario, precisamente para educar a los

elementos atrasados de su clase, precisamente para despertar e ilustrar a la

masa aldeana analfabeta, ignorante y embrutecida. Mientras no tengáis fuerza

para disolver el parlamento burgués y cualquiera otra institución

reaccionaria, estáis obligados a trabajar en el interior de dichas

instituciones, precisamente porque hay todavía en ellas obreros idiotizados

por el clero y por la vida en los rincones más perdidos del campo. De lo

contrario, corréis el riesgo de convertiros en simples charlatanes.

En tercer lugar, los comunistas "de izquierda" nos colman de elogios a

nosotros, los bolcheviques. A veces dan ganas de decirles: ¡alabadnos menos,

pero compenetraos más con nuestra táctica, familiarizaos más con ella!

Participamos, de septiembre a noviembre de 1917, en las elecciones al

parlamento burgués de Rusia, a la Asamblea Constituyente. ¿Era acertada

nuestra táctica o no? Si no lo era, hay que decirlo claramente y demostrarlo:

es indispensable para elaborar la táctica justa del comunismo internacional.

Si lo era, deben sacarse de ello las conclusiones que se imponen.

Naturalmente, no se trata, ni mucho menos, de equiparar las condiciones de

Rusia a las de la Europa occidental. Pero especialmente con respecto al

significado de la idea de que el "parlamentarismo ha caducado políticamente",

hay que tener cuidadosamente en cuenta nuestra experiencia, pues si no se toma

en consideración una experiencia concreta, estas ideas se convierten con

excesiva facilidad en frases vacías. ¿Acaso no teníamos nosotros, los

bolcheviques ru-

 

sos, en aquel período, de septiembre a noviembre de 1917, más derecho que

cualesquiera otros comunistas de Occidente a considerar que el parlamentarismo

había caducado políticamente en Rusia? Lo teníamos, naturalmente, pues no se

trata de si los parlamentos burgueses llevan mucho tiempo de existencia o

existen desde hace poco, sino del grado de preparación (ideológica, política,

práctica) de las grandes masas trabajadoras para aceptar el régimen soviético

y disolver o admitir la disolución del parlamento democráticoburgués. Que en

Rusia, de septiembre a noviembre de 1917, la clase obrera de las ciudades, los

soldados y los campesinos estaban, en virtud de una serie de condiciones

específicas, excepcionalmente dispuestos a aceptar el régimen soviético y a

disolver el parlamento burgués más democrático, es un hecho histórico

absolutamente indiscutible y plenamente demostrado. Y no obstante, los

bolcheviques no boicotearon la Asamblea Constituyente, sino que participaron

en las elecciones tanto antes como d e s p u é s de la conquista del Poder

político por el proletariado. Que dichas elecciones han dado resultados

políticos extraordinariamente valiosos (y excepcionalmente útiles para el

proletariado), es un hecho que creo haber demostrado en el artículo citado más

arriba, donde analizo detalladamente los resultados de las elecciones a la

Asamblea Constituyente de Rusia.

La conclusión que de ello se deriva es absolutamente indiscutible: está

probado que, aun unas semanas antes del triunfo de la República Soviética, aun

después de este triunfo, la participación en un parlamento democráticoburgués,

no sólo no perjudica al proletariado revolucionario, sino que le facilita la

posibilidad de hacer ver a las masas atrasadas por qué semejantes parlamentos

merecen ser disueltos, facilita el éxito de su disolución, facilita la "elimi-

 

nación política" del parlamentarismo burgués. No tener en cuenta esta

experiencia y pretender al mismo tiempo pertenecer a la Internacional

Comunista, que debe elaborar internacionalmente su táctica (no una táctica

estrecha o exclusivamente nacional, sino precisamente una táctica

internacional), significa incurrir en el más profundo de los errores y

precisamente apartarse de hecho del internacionalismo, aunque éste sea

proclamado de palabra.

Consideremos ahora los argumentos "izquierdistas específicamente

holandeses" en favor de la no participación en los parlamentos. He aquí la

tesis 4, una de las más importantes tesis "holandesas" citadas más arriba,

traducida del inglés:

"Cuando el sistema capitalista de producción es destrozado y la sociedad

atraviesa un período revolucionario, la acción parlamentaria pierde poco a

poco su valor, en comparación con la acción de las propias masas. Cuando en

estas condiciones el parlamento se convierte en el centro y el órgano de la

contrarrevolución, y, por otra parte, la clase obrera crea los instrumentos de

su Poder en forma de Soviets, puede resultar incluso necesario renunciar a

toda participación en la acción parlamentaria".

La primera frase es evidentemente falsa, pues la acción de las masas, por

ejemplo, una gran huelga, es siempre más importante que la acción

parlamentaria, y no sólo durante la revolución o en una situación

revolucionaria. Este argumento, de indudable inconsistencia histórica y

políticamente falso, muestra sólo, con particular evidencia, que los autores

no tienen para nada en cuenta ni la experiencia de toda Europa (de Francia en

vísperas de las revoluciones de 1848 y 1870, de Alemania entre 1878 y 1890,

etc.) ni de Rusia (véase más arriba) sobre la importancia de la combinación de

la

 

lucha legal con la ilegal. Esta cuestión tiene una importancia inmensa, tanto

de un modo general como de un modo especial, porque en todos los países

civilizados y adelantados se acerca a grandes pasos la época en que dicha

combinación será -- y lo es ya en parte -- cada vez más obligatoria para el

partido del proletariado revolucionario, a consecuencia de la maduración y de

la proximidad de la guerra civil del proletariado con la burguesía, a

consecuencia de las feroces persecuciones de los comunistas por los gobiernos

republicanos y, en general, por los gobiernos burgueses, que violan

constantemente la legalidad (como ejemplo de ello basta citar a los Estados

Unidos), etc. Esta cuestión esencial es absolutamente incomprendida por los

holandeses y los izquierdistas en general.

La segunda frase es, en primer término, falsa históricamente. Los

bolcheviques hemos actuado en los parlamentos más contrarrevolucionarios, y la

experiencia ha demostrado que semejante participación ha sido, no sólo útil,

sino necesaria para el partido del proletariado revolucionario, precisamente

después de la primera revolución burguesa en Rusia (1905) para preparar la

segunda revolución burguesa (febrero de 1917) y luego la revolución socialista

(octubre de 1917). En segundo lugar, dicha frase es de un ilogismo

sorprendente. De que el parlamento se convierta en el órgano y "centro"

(aunque dicho sea de paso, no ha sido nunca ni ha podido ser en realidad el

"centro") de la contrarrevolución y de que los obreros creen los instrumentos

de su Poder en forma de Soviets, se sigue que los trabajadores deben

prepararse ideológica, política y técnicamente para la lucha de los Soviets

contra el parlamento, para la disolución del parlamento por los Soviets. Pero

de esto no se deduce en modo alguno que semejante disolución sea

obstaculizada, o

 

no sea facilitada por la presencia de una oposición sovietista en el interior

de un parlamento contrarrevolucionario. Jamás hemos notado durante nuestra

lucha victoriosa contra Denikin y Kolchak que la existencia de una oposición

proletaria, sovietista, en sus dominios, haya sido indiferente para nuestros

triunfos. Sabemos perfectamente que la disolución de la Constituyente, llevada

a cabo por nosotros el 5 de enero de 1918, lejos de ser dificultada, fue

facilitada por la presencia dentro de la Constituyente contrarrevolucionaria

que disolvíamos, tanto de una oposición sovietista consecuente, la

bolchevique, como también de una oposición sovietista inconsecuente, la de los

socialrevolucionarios de izquierda. Los autores de la tesis se han embrollado

completamente y han olvidado la experiencia de una serie de revoluciones, si

no de todas, experiencia que acredita los servicios especiales prestados, en

tiempo de revolución, por la combinación de la acción de masas fuera del

parlamento reaccionario y de una oposición simpatizante de la revolución (o

mejor aun, que la defienda francamente) dentro del parlamento. Los holandeses

y los "izquierdistas" en general razonan aquí como unos doctrinarios de la

revolución que nunca han tomado parte en una revolución verdadera, o que jamás

han reflexionado sobre la historia de las revoluciones o que toman

ingenuamente la "negación" subjetiva de una cierta institución reaccionaria,

por su destrucción efectiva mediante el conjunto de fuerzas de una serie de

factores objetivos.

El medio más seguro de desacreditar una nueva idea política (y no

solamente política) y perjudicarla, consiste en llevarla hasta el absurdo, so

pretexto de defenderla. Pues toda verdad, si se la obliga a "sobrepasar los

límites" (como decía Dietzgen padre), si se exagera, si se extiende

 

más allá de los limites dentro de los cuales es realmente aplicable, puede ser

llevada al absurdo, y, en las condiciones señaladas, se convierte

infaliblemente en absurdo. Tal es el mal servicio que prestan los

izquierdistas de Holanda y Alemania a la nueva verdad de la superioridad del

Poder soviético sobre los parlamentos democráticoburgueses. Indudablemente,

quien de un modo general siguiera sosteniendo la vieja afirmación de que

abstenerse de participar en los parlamentos burgueses es inadmisible en todas

las circunstancias, estaria en un error. No puedo intentar formular aquí las

condiciones en que es útil el boicot, porque el objeto de este artículo es más

modesto: se reduce sólo a analizar la experiencia rusa en relación con algunas

cuestiones actuales de táctica comunista internacional. La experiencia rusa

nos da una aplicación feliz y acertada (1905) y otra equivocada (1906) del

boicot por los bolcheviques. Analizando el primer caso, vemos: los

bolcheviques consiguieron impedir la convocatoria del parlamento reaccionario

por el Poder reaccionario, en un momento en que la acción revolucionaria

extraparlamentaria de las masas (particularmente las huelgas) crecía con

excepcional rapidez, en que no había ni un solo sector del proletariado y de

la clase campesina que pudiera sostener de ningún modo el Poder reaccionario,

en que la influencia del proletariado revolucionario sobre la masa atrasada

estaba asegurada por la lucha huelguistica y el movimiento agrario. Es por

completo evidente que esta experiencia es inaplicable a las condiciones

actuales europeas. Y es también evidente -- en virtud de los argumentos

expuestos más arriba -- que la defensa, aunque condicional, de la renuncia a

participar en los parlamentos, hecha por los holandeses y los "izquierdistas",

es radicalmente falsa y nociva para la causa del proletariado revolucionario.

 

En Europa occidental y América, el parlamento se ha hecho

extraordinariamente odioso a la vanguardia revolucionaria de la clase obrera.

Es indiscutible. Y se comprende perfectamente, pues es difícil imaginarse algo

más vil, más abyecto, más traidor que la conducta de la inmensa mayoría de los

diputados socialistas y socialdemócratas en el parlamento durante la guerra y

después de la misma. Pero seria no sólo irrazonable, sino francamente criminal

dejarse llevar por estos sentimientos al decidir la cuestión de cómo se debe

luchar contra el mal universalmente reconocido. En muchos países de la Europa

occidental el sentimiento revolucionario puede decirse que es todavía una

"novedad", una "rareza" esperada demasiado tiempo, en vano, con impaciencia, y

por esto se deja con tanta facilidad que este sentimiento predomine.

Naturalmente, sin un estado de espíritu revolucionario de las masas, sin

condiciones favorables para el desarrollo de dicho estado de espíritu, la

táctica revolucionaria no se trocará en acción; pero a nosotros, en Rusia, una

larga, dura y sangrienta experiencia nos ha convencido de que con el

sentimiento revolucionario solo, es imposible crear una táctica

revolucionaria. La táctica debe ser elaborada teniendo en cuenta, serenamente,

y de un modo estrictamente objetivo, todas las fuerzas de clase del Estado de

que se trate (y de los Estados que le rodean y de todos los Estados en escala

mundial), así como la experiencia de los movimientos revolucionarios.

Manifestar el "espíritu revolucionario" sólo con injurias al oportunismo

parlamentario, únicamente condenando la participación en los parlamentos,

resulta facilísimo; pero precisamente porque es facilísimo no es la solución

de un problema difícil, de un problema dificilísimo. Es mucho más difícil en

los parlamentos occidentales que en Rusia crear una fracción parlamentaria

verdaderamente revolucionaria.

 

Desde luego. Pero esto no es sino un reflejo parcial de la verdad general de

que a Rusia, en la situación histórica concreta, extraordinariamente original

del año 1917, le fue fácil comenzar la revolución socialista; en cambio,

continuarla y llevarla a término, le será a Rusia más difícil que a los países

europeos. Ya a comienzos de 1918 hube de indicar esta circunstancia, y la

experiencia de los dos años transcurridos desde entonces ha venido a confirmar

la exactitud de aquella indicación. Condiciones específicas como fueron: 1) la

posibilidad de hacer coincidir la revolución soviética con la terminación,

gracias a ella, de la guerra imperialista, que había extenuado hasta lo

indecible a los obreros y campesinos; 2) la posibilidad de aprovechar durante

cierto tiempo la lucha a muerte en que estaban enzarzados los dos grupos

mundiales más poderosos de tiburones imperialistas, grupos que no podían

unirse contra el enemigo soviético; 3) la posibilidad de soportar una guerra

civil relativamente larga, en parte por la gigantesca extensión del país y sus

exiguos medios de comunicación; 4) la existencia de un movimiento

revolucionario democráticoburgués de los campesinos, tan profundo, que el

partido del proletariado hizo suyas las reivindicaciones revolucionarias del

partido de los campesinos (del partido socialrevolucionario, profundamente

hostil, en su mayoría, al bolchevismo), realizándolas inmediatamente, gracias

a la conquista del Poder político por el proletariado; condiciones específicas

como éstas no existen ahora en la Europa occidental, y la repetición de estas

condiciones o de condiciones análogas no es muy fácil. He aquí por qué, entre

otras cosas -- pasando por alto una serie de otros motivos -- , le es más

difícil a la Europa occidental que a nosotros comenzar la revolución

socialista. Tratar de "esquivar" esta dificultad, "saltando" por encima del

arduo problema de utilizar los

 

parlamentos reaccionarios para fines revolucionarios, es puro infantilismo.

¿Queréis crear una sociedad nueva? ¡Y teméis la dificultad de crear una buena

fracción parlamentaria de comunistas convencidos, abnegados, heroicos, en un

parlamento reaccionario! ¿Acaso no es esto infantilismo? Si C. Liebknecht en

Alemania y Z. Höglund en Suecia han sabido hasta sin el apoyo de la masa desde

abajo, dar un ejemplo de la utilización realmente revolucionaria de los

parlamentos reaccionarios, ¡¿cómo un partido revolucionario de masas, que

crece rápidamente con las desilusiones y la irritación de estas últimas,

características de la postguerra, no puede forjar una fracción comunista en

los peores parlamentos?! Precisamente porque las masas atrasadas de obreros, y

más aún las de pequeños agricultores, están más imbuidas en Europa occidental

que en Rusia de prejuicios democráticoburgueses y parlamentarios, precisamente

por esto únicamente en el seno de instituciones como los parlamentos burgueses

pueden (y deben) los comunistas sostener una lucha prolongada, tenaz, sin

retroceder ante ninguna dificultad para denunciar, desvanecer y superar dichos

prejuicios.

Los comunistas "de izquierda" de Alemania se quejan de los malos "jefes"

de su partido y caen en la desesperación, llegando hasta incurrir en la

ridiculez de "negar" a los " jefes". Pero en circunstancias que obligan a

menudo a mantener a estos últimos en la clandestinidad, la formación de

"jefes" buenos, seguros, probados, con autoridad, es particularmente difícil y

triunfar de semejantes dificultades es imposible sin la combinación del

trabajo legal con el ilegal, sin hacer pasar a los " jefes ", entre otras

pruebas, también por la del parlamento. La crítica -- la más violenta, más

implacable, más intransigente -- debe dirigirse no contra el parlamentarismo o

la acción parlamentaria, sino contra los jefes que no saben

 

-- y aún más contra los que no quieren -- utilizar las elecciones

parlamentarias y la tribuna parlamentaria a la manera revolucionaria, a la

manera comunista. Sólo esta crítica -- unida, naturalmente, a la expulsión de

los jefes incapaces y a su sustitución por otros más capaces -- constituirá un

trabajo revolucionario útil y fecundo que educará a la vez a los "jefes" para

que sean dignos de la clase obrera y de las masas trabajadoras, y a las masas

para que aprendan a orientarse como es debido en la situación política y a

comprender los problemas, a menudo sumamente complejos y embrollados, que

resultan de semejante situación*.

 

* He tenido demasiado pocas posibilidades de conocer el comunismo "de

izquierda" de Italia. Indudablemente el camarada Bordiga y su fracción de

"comunistas abstencionistas" cometen un error al defender la no participación

en el parlamento. Pero hay un punto en que me parece que tiene razón, por lo

que yo puedo juzgar ateniéndome a dos números de su periódico "Il Soviet"

(núms. 3 y 4 del 18. I. y del 1. II. 1920), a cuatro números de la excelente

revista del camarada Serrati "Comunismo" (núms. 1-4. 1. X. 30. XI. 1919) y a

distintos números de periódicos burgueses italianos que he podido ver.

Precisamente el carnarada Bordiga y su fracción tienen razón cuando atacan a

Turad y sus partidarios, que están en un partido que reconoce el Poder de los

Soviets y la dictadura del proletariado, que siguen siendo miembros del

parlamento y prosiguen su vieja y perjudicial política oportunista. En efecto,

al consentir esto, el camarada Serrati y todo el Partido Socialista

Italiano[17] incurren en un error tan preñado de amenazas y peligros como en

Hungría, donde los señores Turati húngaros sabotearon desde el interior el

Partido y el Poder de los Soviets. Esa actitud errónea. inconsecuente, que se

distingue por su falta de carácter, con respecto a los parlamentarios

oportunistas, de una parte, engendra el comunismo "de izquierda", y de otra,

justtifica basta cierto punto su existencia. El camarada Serrati es evidente

que no tiene razón al acusar de "inconsecuencia" al diputado Turati

("Comunismo", núm. 3), porque el único inconsecuente es el Parddo Socialista

Italiano, que tolera en su seno a oportunistas parlamentarios como Turati y

compañia

 

 

VIII

¿NINGUN COMPROMISO?

Hemos visto en la cita del folleto de Francfort el tono decidido con que

los "izquierdistas" plantean esta consigna. Es triste ver cómo gentes que

evicdentemente se consideran como marxistas y quieren serlo, han olvidado las

verdades fundamentales del marxismo. He aquí lo que en 1874 decia Engels --

que, como Marx, pertenece a esa rarisima categoria de escritores cada una de

cuyas frases de cada uno de sus grandes trabajos tiene una asombrosa

profundidad de contenido --, contra el Manifiesto de los 33 comuneros

blanquistas:

"'. . . Somos comunistas' (decían en su manifiesto los comuneros

blanquistas) 'porque queremos alcanzar nuestro fin, sin detenernos en etapas

intermedias y sin compromisos, que no hacen más que alejar el día de la

victoria y prolongar el periodo de esclavitud'.

Los comunistas alemanes son comunistas porque, a través de todas las

etapas intermedias y de todos los compromisos creados no por ellos, sino por

la marcha del desarrollo histórico, ven claramente y persiguen constantemente

su objetivo final: la supresión de las clases y la creación de un régimen

social en el cual no habrá ya sitio para la propiedad privada de la tierra y

de todos los medios de producción. Los 33 blanquistas son comunistas por

cuanto se figuran que basta su buen deseo de saltar las etapas intermedias y

los compromisos para que la cosa quede ya arreglada, y que si -- ellos lo

creen firmemente -- 'se arma' uno de estos días y el

 

Poder cae en sus manos, el 'comunismo estará implantado' al día siguiente. Por

consiguiente, si no pueden hacer esto inmediatamente, no son comunistas.

¡Qué ingenua puerilidad la de presentar la propia impaciencia como

argumento teórico!" (F. Engels, "Programa de los comuneros blanquistas", en el

periódico socialdemócrata alemán "Volksstaat"[18], 1874, núm. 73).

Engels expresa, en ese mismo artículo, su profundo respeto por Vaillant,

habla de los "méritos indiscutibles" de este último (que fue, como Guesde, uno

de los jefes más eminentes del socialismo internacional, antes de su traición

al socialismo en agosto de 1914). Pero Engels no deja de analizar

minuciosamente su manifiesto error. Naturalmente, los revolucionarios muy

jóvenes e inexperimentados, así como los revolucionarios pequeñoburgueses aun

de edad ya provecta y muy experimentados, consideran extraordinariamente

"peligroso", incomprensible, erróneo, el "autorizar los compromisos". Y muchos

sofistas (que son politicastros ultra o excesivamente "experimentados")

razonan del mismo modo que los jefes del oportunismo inglés mencionados por el

camarada Lansbury: "Si los bolcheviques se permiten tal o cual compromiso,

¿por qué no hemos de permitirnos nosotros cualquier compromiso?" Pero los

proletarios educados por huelgas múltiples (para no considerar más que esta

manifestación de la lucha de clases) se asimilan habitualmente de un modo

admirable la profundísima verdad (filosófica, histórica, política,

psicológica) enunciada por Engels. Todo proletario conoce huelgas, conoce

"compromisos" con los opresores y explotadores odiados, después de los cuales,

los obreros han tenido que volver al trabajo sin haber obtenido nada o

contentándose con una satisfacción parcial de sus deman-

 

das. Todo proletario, gracias al ambiente de lucha de masas y de acentuada

agudización de los antagonismos de clase en que vive, observa la diferencia

que hay entre un compromiso impuesto por condiciones objetivas (los

huelguistas no tienen dinero en su caja, ni cuentan con apoyo alguno, padecen

hambre, están agotados indeciblemente) -- compromiso que en nada disminuye la

abnegación revolucionaria ni el ardor para continuar la lucha de los obreros

que lo han contraído -- y por otro lado un compromiso de traidores que achacan

a causas objetivas su vil egoísmo (¡los rompehuelgas también contraen

"compromisos"!), su cobardía, su deseo de servir a los capitalistas, su falta

de firmeza ante las amenazas, a veces ante las exhortaciones, a veces ante las

limosnas o los halagos de los capitalistas (estos compromisos de traidores son

numerosísimos, particularmente en la historia del movimiento obrero inglés por

parte de los jefes de las tradeuniones, pero, en una u otra forma, casi todos

los obreros de todos los países han podido observar fenómenos análogos).

Evidentemente, se dan casos aislados extraordinariamente difíciles y

complejos, en que sólo mediante los más grandes esfuerzos cabe determinar

exactamente el verdadero carácter de tal o cual "compromiso", del mismo modo

que hay casos de homicidio en que no es fácil decidir si éste era

absolutamente justo, e incluso obligatorio (como, por ejemplo, en caso de

legítima defensa) o bien efecto de un descuido imperdonable o incluso el

resultado de un plan perverso. Es indudable que en política, donde se trata a

veces de relaciones nacionales e internacionales muy complejas entre las

clases y los partidos, se hallarán numerosos casos mucho más difíciles que la

cuestión de saber si un "compromiso" contraído con ocasión de una huelga es

legítimo, o si es más bien la obra traidora de un rompehuelgas, de un jefe

traidor, etc.

 

Preparar una receta o una regla general (¡"ningún compromiso"!) para todos los

casos, es absurdo. Es preciso contar con la propia cabeza para saber

orientarse en cada caso particular. La importancia de poseer una organización

de partido y jefes dignos de este nombre, consiste precisamente, entre otras

cosas, en llegar por medio de un trabajo prolongado, tenaz, múltiple y

variado, de todos los representantes de la clase capaces de pensar[*], a

elaborar los conocimientos necesarios, la experiencia necesaria y además de

los conocimientos y la experiencia, el sentido político preciso para resolver

pronto y bien las cuestiones políticas complejas.

Las gentes ingenuas y totalmente faltas de experiencia se figuran que

basta admitir los compromisos en general, para que desaparezca todo límite

entre el oportunismo, contra el que sostenemos y debemos sostener una lucha

intransigente, y el marxismo revolucionario o comunismo. Pero esas gentes si

todavía no saben que todos los límites, en la naturaleza y en la sociedad, son

variables y hasta cierto punto convencionales, no tienen cura posiUe, como no

sea mediante un estudio prolongado, la educación, la ilustración y la

experiencia política y práctica. En las cuestiones de política práctica que

surgen en cada momento particular o específico de la historia, es importante

saber distinguir aquellas en que se manifiestan los compromisos de la especie

más inadmisible,

 

* Toda clase, aun en el pals más culto, aun la más adelantada, aunque las

circunstancias del momento hayan suscitado en ella un florecimiento

excepcional de todas las fuerzas de espíritu, cuenta y contará,

inevitablemente, mientras las clases subsistan y la sociedad sin clases no

esté completamente afianzada, consolidada y desarrollada sobre sus propios

fundamentos, con representantes de clase que no piensan y que son incapaces de

pensar. El capitalismo no sería el capitalismo opresor de las masas, si no

ocurriese así.

 

los compromisos de traición, que encarnan un oportunismo funesto para la clase

revolucionaria, y consagrar todos los esfuerzos a descubrir su sentido y a

luchar contra ellos. Durante la guerra imperialista de 1914-1918 entre dos

grupos de países igualmente bandidescos y voraces, el principal y fundamental

de los oportunismos ha sido el que adoptó la forma de socialchovinismo, esto

es, el apoyo de la "defensa de la patria", lo que equivalía de hecho, en

aquella guerra, a la defensa de los intereses de rapiña de la burguesía del

"propio" país; después de la guerra, la defensa de la sociedad de bandidos

llamada "Sociedad de Naciones"; defensa de las alianzas francas o indirectas

con la burguesía del propio país, contra el proletariado revolucionario y el

movimiento "soviético"; defensa de la democracia y del parlamentarismo

burgueses contra el "Poder de los Soviets". Estas fueron las manifestaciones

principales de estos compromisos inadmisibles y traidores que, en último

resultado, han terminado en un oportunismo funesto para el proletariado

revolucionario y para su causa.

". . . Rechazar del modo más categórico todo compromiso con los demás

partidos. . . toda política de maniobra y conciliación", dicen los

izquierdistas de Alemania en el folleto de Francfort.

Es sorprendente que, con semejantes ideas, esos izquierdistas no condenen

categóricamente el bolchevismo. No es posible que los izquierdistas alemanes

ignoren que toda la historia del bolchevismo, antes y después de la Revolución

de Octubre, está llena de casos de maniobra, de acuerdos, de compromisos con

otros partidos, ¡sin exceptuar los partidos burgueses!

 

Hacer la guerra para derrumbar a la burguesía internacional, una guerra

cien veces más difícil, prolongada y compleja que la más encarnizada de las

guerras corrientes entre Estados, y renunciar de antemano a toda maniobra, a

toda utilizacion (aunque no sea más que temporal) del antagonismo de intereses

existente entre los enemigos, a los acuerdos y compromisos con posibles

aliados (aunque sean provisionales, inconsistentes, vacilantes,

condicionales), ¿no es esto acaso algo infinitamente ridículo? ¿No se parece

esto al caso del que en una ascensión difícil a una montaña inexplorada, en la

que nadie hubiera puesto la planta todavía, renunciase de antemano a hacer

zigzags, a volver a veces sobre sus pasos, a prescindir de la dirección

elegida al principio y a probar diferentes direcciones? ¡¡Y gentes tan poco

conscientes, tan inexperimentadas (menos mal aun si la causa de ello es la

juventud, porque ésta está autorizada por la providencia a decir semejantes

tonterías durante cierto tiempo) han podido ser sostenidas directa o

indirectamente, franca o encubiertamente, íntegra o parcialmente, poco

importa, por algunos miembros del Partido Comunista Holandés!!

Después de la primera revolución socialista del proletariado, después del

derrumbamiento de la burguesía en un país, el proletariado de este último

sigue siendo durante mucho tiempo aún más débil que la burguesía, debido

simplemente a las inmensas relaciones internacionales de ésta y en virtud de

la restauración espontánea y continua, del renacimiento del capitalismo y de

la burguesía por los pequeños productores de mercancías del país que ha

derrumbado a la burguesía. Obtener la victoria sobre un adversario más

poderoso únicamente es posible poniendo en tensión todas las fuerzas y

utilizando obligatoriamente con solicitud, minucia, prudencia y habilidad, la

menor "grieta" entre los enemigos, toda

 

contradicción de intereses entre la burguesía de los distintos países, entre

los diferentes grupos o diferentes categorías burguesas en el interior de cada

país; hay que aprovechar igualmente las menores posibilidades de obtener un

aliado de masas, aunque sea temporal, vacilante, inestable, poco seguro,

condicional. El que no comprenda esto no comprende ni una palabra de marxismo

ni de socialismo científico contemporáneo, en general. El que no ha demostrado

en la práctica, durante un intervalo de tiempo bastante considerable y en

situaciones políticas bastante variadas, su habilidad para aplicar esta verdad

en la vida, no ha aprendido todavía a ayudar a la clase revolucionaria en su

lucha por librar de la explotación a toda la humanidad trabajadora. Y lo dicho

se aplica tanto al período a n t e r i o r a la conquista del Poder político

por el proletariado, como al p o s t e r i o r.

Nuestra teoría no es un dogma, sino una guía para la acción,[19] han dicho

Marx y Engels, y el gran error, el inmenso crimen de algunos marxistas

"patentados" como Carlos Kautsky, Otto Bauer y otros, consiste en no haber

comprendido esto, en no haber sabido aplicarlo en los momentos más importantes

de la revolución proletaria. "La acción política no se parece en nada a la

acera de la avenida Nevski" (la acera limpia, ancha y lisa de la calle

principal, absolutamente recta, de Petersburgo), decía ya N. G. Chernishevski,

el gran socialista ruso del período premarxista. Los revolucionarios rusos,

desde la época de Chernishevski acá, han pagado con innumerables víctimas su

ignorancia u olvido de esta verdad. Hay que conseguir a toda costa que los

comunistas de izquierda y los revolucionarios de Europa occidental y América

fieles a la clase obrera paguen menos cara que los atrasados rusos la

asimilación de esta verdad.

 

Los socialdemócratas revolucionarios de Rusia aprovecharon antes de la

caída del zarismo frecuentemente la ayuda de los liberales burgueses, es

decir, contrajeron con ellos innumerables compromisos prácticos, y en

1901-1902, aun antes del nacimiento del bolchevismo, la antigua redacción de

"Iskra" (en la que estábamos Plejánov, Axelrod, Sasúlich Mártov, Pótresov y

yo) concertó (no por mucho tiempo, es verdad) una alianza política formal con

Struve, jefe político del liberalismo burgués, sin dejar de sostener al mismo

tiempo la lucha ideológica y política más implacable contra el liberalismo

burgués y las menores manifestaciones de su influencia en el interior del

movimiento obrero. Los bolcheviques siguieron practicando siempre esa misma

política. Desde 1905 defendieron sistemáticamente la alianza de la clase

obrera con los campesinos, contra la burguesía liberal y el zarismo, no

negándose nunca, al mismo tiempo, a apoyar a la burguesía contra el zarismo

(en los empates electorales, por ejemplo); y prosiguiendo asimismo la lucha

ideológica y política más intransigente contra el partido campesino

revolucionario burgués de los "socialrevolucionarios", a los cuales

denunciaban como demócratas pequeñoburgueses que se presentaban &Isamente como

socialistas. En 1907, los bolcheviques constituyeron, por poco tiempo, un

bloque político formal con los "socialrevolucionarios" para las elecciones a

la Duma. Con los mencheviques hemos estado muchos años formalmente, desde 1903

a 1912, en un partido socialdemócrata unido, sin interrumpir nunca la lucha

ideológica y política contra ellos, como contra agentes de la influencia

burguesa en el seno del proletariado y oportunistas. Durante la guerra

concertamos una especie de compromiso con los "kautskianos", los mencheviques

de izquierda (Mártov) y una parte de los "socialrevolucionarios" (Chernov,

Natanson).

 

Asistimos con ellos a las Conferencias de Zimmerwald y Kienthal, lanzamos

manifiestos comunes, pero nunca interrumpimos ni atenuamos ]a lucha política e

ideológica contra los "kautskianos", contra Mártov y Chernov. (Natanson murió

en 1919 siendo un "comunista revolucionario", populista muy afín a nosotros y

casi solidario nuestro). En el mismo momento de la Revolución de Octubre

concertamos una alianza política, no formal, pero muy importante (y muy

eficaz), con la clase campesina pequeñoburguesa, aceptando enteramente, sin la

menor modificación, el programa agrario de los socialrevolucionarios, es

decir, contrajimos indudablemente un compromiso con el fin de probar a los

campesinos que no queríamos imponernos a ellos, sino ir a un acuerdo. Al mismo

tiempo, propusimos (y poco después lo realizábamos) un bloque político formal

con la participación de los "socialrevolucionarios de izquierda" en el

gobierno, bloque que ellos rompieron después de la paz de Brest, llegarldo en

julio de 1918 a la insurrección armada y más tarde a la lucha armada contra

nosotros.

Fácil es concebir, por consiguiente, por qué los ataques de los

izquierdistas alemanes contra el Comité Central del Partido Comunista en

Alemania por admitir este Comité la idea de un bloque con los "independientes"

("Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania", los kautskianos) nos

parecen desprovistos de seriedad y una demostración evidente de la posición

errónea de los "izquierdistas". En Rusia había también mencheviques de derecha

(que entraron en el gobierno de Kerenski), correspondientes a los Scheidemann

de Alemania, y mencheviques de izquierda (Mártov), que se hallaban en

oposición con los mencheviques de derecha y correspondían a los kautskianos

alemanes. En 1917 hemos observado muy claramente cómo las masas obreras

 

pasaban gradualmente de los mencheviques a los bolcheviques. En el I Congreso

de los Soviets de toda Rusia, celebrado en junio de dicho año, teníamos sólo

el 13 por ciento de los votos. La mayoría pertenecía a los

socialrevolucionarios y a los mencheviques. En el II Congreso de los Soviets

(25 de octubre de 1917, según el antiguo calendario,) teníamos el 51 por

ciento de los sufragios. ¿Por qué en Alemania una tendencia igual,

absolutamente idéntica de los obreros a pasar de la derecha a la izquierda ha

conducido, no al fortalecimiento inmediato de los comunistas, sino, en un

comienzo, al del partido intermedio de los "independientes", aunque este

partido no haya tenido nunca ninguna idea política independiente y ninguna

política independiente, ni haya hecho jamás otra cosa que vacilar entre

Scheidemann y los comunistas?

Es indudable que una de las causas ha sido la táctica errónea de los

comunistas alemanes, los cuales deben honradamente y sin temor reconocer su

error y aprender a corregirlo. La equivocación ha consistido en negarse a ir

al parlamento burgués reaccionario y a los sindicatos reaccionarios, el error

ha consistido en múltiples manifestaciones de esta enfermedad infantil del

"izquierdismo" que ahora ha hecho erupción y que gracias a ello será curada

mejor y más pronto, con más provecho para el organismo.

El "Partido Socialdemócrata Independiente" alemán carece visiblemente de

homogeneidad interior: al lado de los antiguos jefes oportunistas (Kautsky,

Hilferding y, por lo que se ve, en gran parte Crispien, Ledebour y otros), que

han dado pruebas de su incapacidad para comprender la significación del Poder

de los Soviets y de la dictadura del proletariado, así como para dirigir la

lucha revolucionaria de este último, se ha formado y crece rápidamente, en

dicho

 

partido, un ala izquierda proletaria. Cientos de miles de miembros del

partido, que, al parecer, cuenta en total unos 750.000, son proletarios que se

alejan de Scheidemann y caminan a grandes pasos hacia el comunismo. Esta ala

proletaria propuso ya en el Congreso de los independientes, celebrado en

Leipzig (en 1919), la adhesión inmediata e incondicional a la III

Internacional. Temer un "compromiso" con esa ala del partido, es sencillamente

ridículo. Al contrario, es un deber de los comunistas buscar y encontrar una

forma adecuada de compromiso con ella, compromiso que permita, por una parte,

facilitar y apresurar la fusión completa y necesaria con ella, y, por otra,

que no cohiba en nada a los comunistas en su lucha ideológica y política

contra el ala derecha oportunista de los "independientes". Es probable que no

sea fácil elaborar una forma adecuada de compromiso, pero sólo un charlatán

podría prometer a los obreros y a los comunistas alemanes un camino "fácil"

para alcanzar la victoria.

El capitalismo dejaría de ser capitalismo, si el proletariado "puro" no

estuviese rodeado de una masa abigarradísima de tipos que señalan la

transición del proletario al semiproletario (el que obtiene en gran parte sus

medios de existencia vendiendo su fuerza de trabajo), del semiproletario al

pequeño campesino (y al pequeño productor, al artesano, al pequeño patrono en

general), del pequeño campesino al campesino medio, etc., y si en el interior

mismo del proletariado no hubiera sectores de un desarrollo mayor o menor,

divisiones según el origen territorial, la profesión, la religión a veces,

etc. De todo esto se desprende imperiosamente la necesidad -- una necesidad

absoluta -- para la vanguardia del proletariado, para su parte consciente,

para el Partido Comunista, de recurrir a la maniobra, a los acuerdos, a los

 

compromisos con los diversos grupos de proletarios, con los diversos partidos

de los obreros y pequeños patronos. Toda la cuestión consiste en saber aplicar

esta táctica para elevar y no para rebajar el nivel general de conciencia, de

espíritu revolucionario, de capacidad de lucha y de victoria del proletariado.

Es preciso anotar, entre otras cosas, que la victoria de los bolcheviques

sobre los mencheviques exigió, no sólo antes de la Revolución de Octubre de

1917, sino aun después de ella la aplicación de una táctica de maniobras, de

acuerdos, de compromisos, aunque de tal naturaleza, claro es, que facilitaban

y apresuraban la victoria de los bolcheviques, los consolidaba y fortalecía a

costa de los mencheviques. Los demócratas pequeñoburgueses (los mencheviques

inclusive) oscilan inevitablemente entre la burguesía y el proletariado, entre

la democracia burguesa y el régimen soviético, entre el reformismo y el

revolucionarismo, entre el amor a los obreros y el miedo a la dictadura del

proletariado, etc. La táctica acertada de los comunistas debe consistir en

utilizar estas vacilaciones y no, en modo alguno, en ignorarlas; esta

utilización exige concesiones a los elementos que se inclinan hacia el

proletariado -- en el caso y en la medida exacta en que lo hacen -- y al mismo

tiempo la lucha contra los elementos que se inclinan hacia la burguesía.

Gracias a la aplicación por nuestra parte de una táctica acertada, el

menchevismo se ha ido descomponiendo cada vez más y sigue descomponiéndose en

nuestro país; dicha táctica ha ido aislando a los jefes obstinados en el

oportunismo y trayendo a nuestro campo a los mejores obreros, a los mejores

elementos de la democracia pequeñoburguesa. Es esto un proceso lento, y las

"soluciones" fulminantes tales como "ningún compromiso, ninguna maniobra" no

hacen más que perjudicar la causa del acreci-

 

miento de la influencia y el aumento de las fuerzas del proletariado

revolucionario.

En fin, uno de los errores indudables de los "izquierdistas" de Alemania

consiste en su intransigencia rectilínea a no reconocer el Tratado de

Versalles. Cuanto más grande es "el aplomo" y "la importancia", cuanto más

"categórico" y sin apelación el tono con que formula este punto de vista, por

ejemplo, K. Horner, menos inteligente resulta. No basta con renegar de las

necedades evidentes del "bolchevismo na cional" (Laufenberg y otros), el cual

ha llegado hasta el extremo de hablar de la formación de un bloque con la

burguesía alemana para la guerra contra la Entente en las condiciones actuales

de la revolución proletaria internacional. Hay que comprender asimismo que es

radicalmente errónea la táctica que niega la obligación para la Alemania

Soviética (si surgiese pronto una República Soviética alemana) de reconocer

por algún tiempo el Tratado de Versalles y someterse a él. De esto no se

deduce que los "independientes" tuvieran razón cuando, cstando los Scheidemann

en el gobierno, cuando no había sido todavía derribado el Poder soviético en

Hungría, cuando todavía no estaba excluida la posibilidad de una ayuda de la

revolución soviética en Viena para apoyar a la Hungría Soviética, cuando, en

esas condiciones, reclamaban la firma del Tratado de Versalles. En aquel

momento, los "independientes" maniobraban muy mal, pues tomaban sobre sí una

responsabilidad mayor o menor por los traidores tipo Scheidemann y se

desviaban más o menos del punto de vista de la guerra de clases implacable (y

fríamente razonada) contra los Scheidemann, para colocarse "fuera" o "por

encima" de esta lucha de clases.

Pero la situación actual es de tal naturaleza, que los comunistas alemanes

no deben atarse las manos y prometer la

 

renuncia obligatoria e indispensable del Tratado de Versalles en caso de

triunfo del comunismo. Esto sería una tontería. Hay que decir: los Scheidemann

y los kautskianos han cometido una serie de traiciones que han dificultado (y

en parte han hecho fracasar) la alianza con la Rusia Soviética, con la Hungría

Soviética. Nosotros, los comunistas, procuraremos por todos los medios

facilitar y preparar esa alianza, y, en cuanto a la paz de Versalles, no

estamos obligados a rechazarla a toda costa y además de un modo inmediato. La

posibilidad de rechazarla eficazmente depende no sólo de los éxitos del

movimiento soviético en Alemania, sino también de sus éxitos internacionales.

Este movimiento ha sido obstaculizado por los Scheidemann y los Kautsky;

nosotros lo favorecemos. Ved dónde está el fondo de la cuestión, en qué

consiste la diferencia radical. Y si nuestros enemigos de clase, los

explotadores y sus lacayos, los Scheidemann y los kautskianos, han dejado

escapar una serie de ocasiones propicias para fortalecer el movimiento

soviético alemán e internacional, a la vez que la revolución soviética alemana

e internacional, la culpa es de ellos. La revolución soviética en Alemania

reforzará el movimiento soviético internacional, que es el reducto más fuerte

(y el único seguro e invencible, de una potencia universal) contra el Tratado

de Versalles, contra el imperialismo internacional en general. Poner

obligatoriamente, a toda costa y en seguida, la liberación del Tratado de

Versalles en el primer plano, antes que le cuestión de la liberación del yugo

imperialista de los demás países oprimidos por el imperialismo, es una

manifestación de nacionalismo pequeñoburgués (digno de los Kautsky,

Hilferding, Otto Bauer y compañía), pero no de internacionalismo

revolucionario. El derrumbamiento de la burguesía en cualquiera de los grandes

países europeos, Alemania inclusive,

 

es un acontecimiento tan favorable para la revolución internacional, que, para

que esto ocurra, se puede y se debe dejar vivir por algún tiempo más el

Tratado de Versalles, si er, necesario. Si Rusia por sí sola ha podido

resistir durante algunos meses con provecho para la revolución el Tratado de

Brest, no es ningún imposible el que la Alemania Soviética, aliada con la

Rusia Soviética, pueda soportar más tiempo, con provecho para la revolución,

el Tratado de Versalles.

Los imperialistas de Francia, Inglaterra, etc., quieren provocar a los

comunistas alemanes, tendiéndoles este lazo: "decid que no firmaréis el

Tratado de Versalles". Y los comunistas "de izquierda" se dejan coger como

niños en el lazo que les han tendido, en vez de maniobrar con destreza contra

un enemigo pérfido, y en el momento actual más fuerte, en vez de decirle:

"ahora firmaremos el Tratado de Versalles". Atarnos de antemano las manos,

declarar francamente al enemigo, actualmente mejor armado que nosotros, si

vamos a luchar con él y en qué momento, es una tontería y no tiene nada de

revolucionario. Aceptar el combate a sabiendas de que ofrece ventaja al

enemigo y no a nosotros, es un crimen, y no sirven para nada los políticos de

la clase revolucionaria que no saben "maniobrar", que no saben proceder "por

acuerdos y compromisos" con el fin de evitar un combate que es desfavorable de

antemano.

 

IX

EL COMUNISMO "DE IZQUIERDA" EN

INGLATERRA

En Inglaterra no existe todavía Partido Comunista, pero entre los obreros

se advierte un movimiento comunista joven,

 

pero extenso, poderoso, que crece rápidamente y autoriza las más radiantes

esperanzas. Hay algunos partidos y organizaciones políticas ("Partido

Socialista Británico"[20], "Partido Socialista Obrero", "Sociedad Socialista

del Sur de Gales", "Federación Socialista Obrera"[21]) que desean crear el

Partido Comunista y llevan ya a cabo negociaciones entre sí con este objeto.

En el periódico "El Dreadnought de los obreros" (t. VI, núm. 48 del 21. II.

1920), órgano semanal de la última de las organizaciones mencionadas, dirigido

por la camarada Sylvia Pankhurst, aparece un artículo de esta última titulado:

"Hacia el Partido Comunista". Se expone en él la marcha de las negociaciones

entre las cuatro organizaciones citadas para la formación de un Partido

Comunista unificado, sobre la base de la adhesión a la III Internacional, del

reconocimiento del sistema soviético en vez del parlamentarismo y del

reconocimiento de la dictadura del proletariado. Resulta que uno de los

principales obstáculos para la formación inmediata de un Partido Comunista

único, es la falta de unanimidad sobre la cuestión de la participación en el

parlamento y de la adhesión del nuevo Partido Comunista al viejo "Partido

Laborista" oportunista, socialchovinista, profesionalista y compuesto

predominantemente por tradeuniones. La "Federación Socialista Obrera" y el

"Partido Socialista Obrero"* se pronuncian contra la participación en las

elecciones y en el parlamento, contra la adhesión al "Partido Laborista", y

sobre este punto están en desacuerdo con todos o la mayoría de los miembros

del Partido Socialista Británico, que constituye a sus ojos "la

 

* Parece que este partido es opuesto a la adhesión al "Partido Laborista",

pero que no todos sus miembros son contrarios a la participación en el

parlamento.

 

derecha de los Partidos Comunistas" en Inglaterra ( del mencionado

artículo de Sylvia Pankhurst).

La división fundamental, pues, es la misma que en Alemania, a pesar de las

enormes diferencias de forma en que se manifiesta la divergencia (en Alemania

esta forma es mucho más parecida "a la rusa" que en Inglaterra) y de otras

muchas circunstancias. Examinemos los argumentos de los "izquierdistas".

Sobre la cuestión de la participación en el parlamento, la camarada Sylvia

Pankhurst alude a una carta a la redacción, del camarada W. Gallacher, que

escribe en nombre del "Soviet Obrero de Escocia", de Glasgow, publicada en el

mismo número:

"Este Soviet -- dice dicho camarada -- es firmemente antiparlamentario y

se halla sostenido por el ala izquierda de varias organizaciones políticas.

Representamos el movimiento revolucionario en Escocia, que aspira a crear una

organización revolucionaria en las industrias (en las diversas ramas de la

producción) y un Partido Comunista, apoyado en Comités sociales en todo el

país. Durante mucho tiempo hemos regañado con los parlamentarios oficiales. No

hemos juzgado necesario declararles abiertamente la guerra, y ellos temen

iniciar el ataque contra nosotros.

"Pero semejante situación no puede prolongarse mucho. Nosotros triunfamos

en toda la línea.

"Los miembros de filas del Partido Obrero Independiente de Escocia sienten

una repugnancia cada vez mayor por la idea del parlamento, y casi todos los

grupos locales son partidarios de los Soviets [en la transcripción inglesa se

emplea el término ruso] o Consejos obreros.

 

Indudablemente esto tiene una importancia enorme para los señores que

consideran la política como un medio de vida (como una profesión) y ponen en

juego todos los procedimientos para persuadir a sus miembros de que vuelvan

atrás, al seno del parlamentarismo. Los camaradas revolucionarios no deben [lo

subrayado es en todas partes del autor] sostener a esta banda. Nuestra lucha

será en este sentido muy difícil. Uno de sus rasgos peores consistirá en la

traición de aquéllos para quienes el interés personal es un motivo de más

fuerza que su interés por la revolución. Defender el parlamentarismo, de

cualquier manera que sea, equivale a preparar la caída del Poder en manos de

nuestros Scheidemann y Noske británicos. Henderson, Clynes y compañía son unos

reaccionarios incurables. El Partido Obrero Independiente oficial cae, cada

vez más, bajo el dominio de los liberales burgueses que han hallado un refugio

espiritual en el campo de los señores MacDonald, Snowden y compañía. El

Partido Obrero independiente oficial es violentamente hostil a la III

Internacional, pero la masa es partidaria de ella. Sostener, sea como sea, a

los parlamentarios oportunistas, significa simplemente hacer el juego a esos

señores.

"El Partido Socialista Británico no significa nada. . . Lo que se necesita

es una buena organización revolucionaria industrial y un Partido Comunista que

actúe sobre bases claras, bien definidas, científicas. Si nuestros camaradas

pueden ayudarnos a crear una y otro, aceptaremos gustosos su concurso; si no

pueden, por Dios, que no se mezclen en ello, si no quieren traicionar la

revolución sosteniendo a los reaccionarios que con tanto celo tratan de

adquirir el 'honorable' (?) [la interrogación es del

 

autor] título de parlamentario y que arden en deseos de demostrar que son

capaces de gobernar tan bien como los mismos 'amos', los políticos de clase".

Esta carta a la redacción expresa admirablemente, en mi opinión, el estado

de espíritu y el punto de vista de los comunistas jóvenes o de los obreros

ligados a las masas, que acaban de llegar al comunismo. Este estado de

espíritu es altamente consolador y valioso; es preciso saber apreciarlo y

sostenerlo, porque sin él habría que desesperar de la victoria de la

revolución proletaria en Inglaterra o en cualquier otro país. Hay que

conservar cuidadosamente y ayudar con toda clase de solicitud a los hombres

que saben reflejar ese estado de espíritu de las masas y suscitarlo (pues muy

a menudo yace oculto, inconsciente, sin despertarse). Pero, al mismo tiempo,

es menester decirles clara y sinceramente que ese espíritu por sí solo es

insuficiente para dirigir a las masas en la gran lucha revolucionaria, y que

estos o los otros errores en que pueden incurrir o en que incurren los hombres

más fieles a la causa revolucionaria, son susceptibles de perjudicarla. La

carta dirigida a la redacción por el camarada Gallacher muestra, en germen, de

un modo indudable todos los errores que cometen los comunistas "de izquierda"

alemanes y en que incurrieron los bolcheviques "de izquierda" rusos en 1908 y

1918.

El autor de la carta está imbuido del más noble odio proletario contra los

"políticos de clase" de la burguesía (odio comprensible y simpático, por otra

parte, no sólo a los proletarios, sino también a todos los trabajadores, a

todas las "pequeñas gentes", para emplear la expresión alemana). Este odio de

un representante de las masas oprimidas y explotadas es, a decir verdad, el

"principio de

 

toda sabiduría", la base de todo movimiento socialista y comunista y de su

éxito. Pero el autor no tiene en cuenta, por lo visto, que la política es una

ciencia y un arte que no cae del cielo, que no se obtiene gratis, y que si el

proletariado quiere vencer a la burguesía, debe formar sus "políticos de

clase", proletarios, y de tal altura, que no sean inferiores a los políticos

burgueses.

El autor ha comprendido admirablemente que no es el parlamento, sino sólo

los Soviets obreros, los que pueden proporcionar al proletariado el

instrumento necesario para conseguir sus objetivos, y, naturalmente, el que

hasta ahora no haya comprendido esto, es el peor de los reaccionarios, aunque

sea el hombre más ilustrado, el más experimentado político, el socialista más

sincero, el marxista más erudito, el ciudadano y padre de familia más honrado.

Pero hay una cuestión que el autor no plantea, que ni siquiera considera

necesario plantear: la de si se puede conducir a los Soviets a la victoria

sobre el parlamento sin hacer que los políticos "soviéticos" entren en este

último, sin descomponer el parlamento desde dentro, sin preparar en el

interior del parlamento el éxito de los Soviets, en el cumplimiento de la

tarea que ante ellos se plantea de acabar con el parlamento. Sin embargo, el

autor expresa una idea absolutamente exacta al decir que el Partido Comunista

inglés debe actuar sobre bases científicas. La ciencia exige, en primer lugar,

que se tenga en cuenta la experiencia de los demás países, sobre todo si estos

países, también capitalistas, pasan o han pasado recientemente por una

experiencia muy parecida; en segundo término, exige que se tengan en cuenta

todas las fuerzas, todos los grupos, partidos, clases y masas, que actúan en

el interior de dichos países, en vez de determinar la política únicamente

conforme a los deseos y opiniones, el grado de

 

conciencia y preparación para la lucha, de un solo grupo o de un solo partido.

Que los Henderson, Clynes, MacDonald, Snowcden son unos reaccionarios

incurables, es cierto. Y no lo es menos que quieren tomar el Poder en sus

manos (prefiriendo, dicho sea de paso, la coalición con la burguesía), que

quieren "gobernar" con las reglas burguesas del buen tiempo viejo y que, una

vez en el Poder, se conducirán inevitablemente como Scheidemann y Noske. Todo

ello es verdad, pero de esto no se deduce, ni mucho menos, que apoyarles

equivalga a traicionar la revolución, sino que, en interés de ésta, los

revolucionarios de la clase obrera deben conceder a estos señores un cierto

apoyo parlamentario. Para aclarar esta idea tomaré dos documentos políticos

ingleses de actualidad: 1) el discurso del primer ministro Lloyd George, del

18 de marzo de 1920 (según el texto del "The Manchester Guardian" del 19 del

mismo mes) y 2) los razonamientos de una comunista "de izquierda", la camarada

Sylvia Pankhurst, en el artículo más arriba citado.

Lloyd George polemiza en su discurso con Asquith (que había sido invitado

especialmente a la reunión, pero que se negó a asistir) y con los liberales

que quieren una aproximación al Partido Laborista y no la coalición con los

conservadores. (En la carta dirigida a la redacción por el camarada Gallacher

hemos visto ya citar el hecho de la entrada de algunos liberales en el Partido

Obrero Independiente). Lloyd George demuestra que es necesaria una coalición

de los liberales con los conservadores, e incluso una coalición estrecha, pues

de otro modo podría alcanzar la victoria el Partido Laborista, que Lloyd

George prefiere llamar "socialista" y que aspira a "la propiedad colectiva" de

los medios de producción. "En Francia esto se llamaba comunismo --

 

explicaba el jefe de la burguesía inglesa a sus auditores, miembros del

Partido Liberal parlamentario que, seguramente, hasta entonces lo ignoraban

--, en Alemania esto se llamaba socialismo; en Rusia esto se llama

bolchevismo". Para los liberales esto es inadmisible en principio -- explicaba

Lloyd George --, pues los liberales son por principio defensores de la

propiedad privada. "La civilización está en peligro" -- declaraba el orador --

y por eso los liberales y conservadores deben unirse. . .

". . . Si vais a los distritos agrícolas -- decía Lloyd George -- veréis,

lo reconozco, conservadas como antes las antiguas divisiones de partido; allí

está lejos el peligro, allí no existe el peligro. Pero, cuando llegue allí,

será tan grande como lo es hoy en algunos distritos industriales. Las cuatro

quintas partes de nuestro país se ocupan en la industria y el comercio; sólo

una quinta parte escasa vive de la agricultura. He aquí una de las

circunstancias que tengo siempre presente cuando reflexiono en los peligros

con que nos amenaza el porvenir. En Francia, la población es agrícola y

constituye por eso una base sólida de determinados puntos de vista, base que

no cambia tan rápidamente y que no es sencillo remover por el movimiento

revolucionario. En nuestro país, la cosa es muy distinta. Nuestro país es más

fácil de transformar que ningún otro en el mundo, y si empieza a vacilar, la

catástrofe será aquí, en virtud de las razones indicadas, más fuerte que en

los demás países".

El lector puede apreciar por estas citas que el señor Lloyd George, no

sólo es un hombre muy inteligente, sino que además ha aprendido mucho de los

marxistas. Tampoco nosotros haríamos mal en aprender de Lloyd George.

 

Es también interesante hacer notar el siguiente episodio de la discusión,

que tuvo lugar después del discurso de Lloyd George:

"G. Wallace : Quisiera preguntar cómo considera el primer ministro los

resultados de su política en los distritos industriales, por lo que se refiere

a los obreros industriales, muchos de los cuales son actualmente liberales y

nos prestan un apoyo tan grande. ¿No se puede prever un resultado que provoque

un aumento enorme de la fuerza del Partido Laborista por parte de estos mismos

obreros que nos apoyan hoy sinceramente?

El primer ministro : Tengo una opinión completamente distinta. El hecho de

que los liberales luchen entre sí empuja indudablemente a un buen número de

los mismos, llevados por la desesperación, hacia las filas del Partido

Laborista, donde hay ya un número considerable de liberales muy capaces que se

ocupan actualmente de desacreditar al gobierno. El resultado, evidentemente,

es un movimiento importante de la opinión pública en favor del Partido

Laborista. La opinión pública se inclina, no a los liberales que están fuera

del Partido Laborista, sino a éste, como lo muestran las elecciones

parciales".

Digamos de paso que estos razonamientos prueban sobre todo hasta qué punto

están desorientados y no pueden dejar de cometer irreparables desatinos los

hombres más inteligentes de la burguesía. Esto es lo que la hará perecer. Los

nuestros pueden incluso cometer necedades (es verdad, a condición de que no

sean muy considerables y sean reparadas a tiempo), y, sin embargo, acabarán

por triunfar.

 

El segundo documento político son las siguientes consideraciones de la

comunista "de izquierda", camarada Sylvia Pankhurst:

". . . El camarada Inkpin (secretario del Partido Socialista Británico)

llama al Partido Laborista 'la organización principal del movimiento de la

clase obrera'. Otro camarada del Partido Socialista Británico ha expresado

todavía con más relieve este punto de vista, en la Conferencia de la III

Internacional: 'Consideramos al Partido Laborista -- ha dicho -- como la clase

obrera organizada'.

"No compartimos esta opinión sobre el Partido Laborista. Este es muy

importante numéricamente, aunque sus miembros son considerablemente inertes y

apáticos; se trata de obreros y obreras que han entrado en las tradeuniones,

porque sus compañeros de taller son tradeunionistas y porque desean recibir

subsidios.

"Pero reconocemos que la importancia numérica del Partido Laborista

obedece también al hecho de que éste representa una manera de pensar cuyos

límites aun no ha sobrepasado la mayoría de la clase obrera británica, aunque

se preparan grandes cambios en el espíritu del pueblo que modificarán muy

pronto semejante situación. . ."

". . . El Partido Laborista Británico, como las organizaciones

socialpatriotas de los demás países, llegará inevitablemente al Poder por el

curso natural del desenvolvimiento social. El deber de los comunistas consiste

en organizar las fuerzas que derribarán a los socialpatriotas, y en nuestro

país no debemos retardar esta acción, ni vacilar.

"No debemos gastar nuestra energía en aumentar las fuerzas del Partido

Laborista; su advenimiento al Poder es

 

inevitable. Debemos concentrar nuestras fuerzas en la creación de un

movimiento comunista que venza a ese partido. Dentro de poco, el Partido

Laborista será gobierno; la oposición revolucionaria debe estar preparada para

emprender el ataque contra él. . ."

Así, pues, la burguesía liberal renuncia al sistema histórico, consagrado

por una experiencia secular y extraordinariamente ventajosa para los

explotadores, el sistema de los "dos partidos" (de los explotadores) por

considerar necesaria la unión de sus fuerzas con objeto de luchar contra el

Partido Laborista. Una parte de los liberales, como ratas de un navío que se

va a pique, corren hacia el Partido Laborista. Los comunistas de izquierda

consideran inevitable el paso del Poder a manos del Partido Laborista, y

reconocen que hoy la mayor parte de los trabajadores está en favor de dicho

partido. De todo esto sacan la extraña conclusión que la camarada Sylvia

Pankhurst formula del siguiente modo:

"El Partido Comunista no debe contraer compromisos. . . Debe conservar

pura su doctrina e inmaculada su independencia frente al reformismo; su misión

es ir adelante, sin detenerse ni desviarse de su camino, avanzar en línea

recta hacia la Revolución Comunista".

Al contrario, del hecho de que la mayoría de los obreros en Inglaterra

siga todavía a los Kerenski o Scheidemann ingleses, de que no haya pasado

todavía por la experiencia de un gobierno formado por esos hombres,

experiencia que ha sido necesaria tanto en Rusia como en Alemania para que los

obreros pasaran en masa al comunismo, se deduce de un modo indudable que los

comunistas ingleses deben parti-

 

cipar en el parlamentarismo, deben desde el interior del parlamento ayudar a

la masa obrera a ver en la práctica los resultados del gobierno de los

Henderson y los Snowden, deben ayudar a los Henderson y a los Snowden a vencer

a la coalición de los Lloyd George y Churchill. Proceder de otro modo

significa obstaculizar la obra de la revolución, pues si no se produce un

cambio en las opiniones de la mayoría de la clase obrera, la revolución es

imposible, y ese cambio se consigue a través de la experiencia política de las

masas, nunca de la propaganda sola. El lema "¡Adelante sin compromisos, sin

apartarse del camino!", es manifiestamente erróneo, si quien habla así es una

minoría evidentemente impotente de obreros que saben (o por lo menos deben

saber) que la mayoría, dentro de poco tiempo, en caso de que los Henderson y

Snowden triunfen sobre Lloyd George y Churchill, perderá la fe en sus jefes y

apoyará al comunismo (o, en todo caso, adoptará una actitud de neutralidad y

en la mayoría de los casos de neutralidad favorable con respecto a los

comunistas). Es lo mismo que si 10.000 soldados se lanzaran al combate contra

50.000 enemigos en el momento en que es preciso "detenerse", "apartarse del

camino" y hasta concertar un "compromiso" aunque no sea más que para esperar

la llegada de un refuerzo prometido de loo.ooo hombres, que no pueden entrar

inmediatamente en acción. Es una puerilidad propia de intelectuales y no una

táctica seria de la clase revolucionaria.

La ley fundamental de la revolución, confirmada por todas ellas, y en

particular por las tres revoluciones rusas del siglo XX, consiste en lo

siguiente: para la revolución no basta con que las masas explotadas y

oprimidas tengan conciencia de la imposibilidad de vivir como antes y reclamen

 

cambios, para la revolución es necesario que los explotadores no puedan vivir

ni gobernar como antes. Sólo cuando las "capas bajas" no quieren lo viejo y

las "capas altas" no pueden sostenerlo al modo antiguo, sólo entonces puede

triunfar la revolución. En otros términos, esta verdad se expresa del modo

siguiente: la revolución es imposible sin una crisis nacional general (que

afecte a explotados y explotadores). Por consiguiente, para la revolución hay

que lograr, primero, que la mayoría de los obreros (o en todo caso, la mayoría

de los obreros conscientes, reflexivos, políticamente activos) comprenda

profundamente la necesidad de la revolución y esté dispuesta a sacrificar la

vida por ella; en segundo lugar, es preciso que las clases gobernantes

atraviesen una crisis gubernamental que arrastre a la política hasta a las

masas más atrasadas (el síntoma de toda revolución verdadera es la

decuplicación o centuplicación del número de hombres aptos para la lucha

política, representantes de la masa trabajadora y oprimida, antes apática),

que reduzca a la impotencia al gobierno y haga posible su derrumbamiento

rápido por los revolucionarios.

En Inglaterra vemos desarrollarse a ojos vistas, y precisamente el

discurso de Lloyd George lo demuestra, los dos factores de una revolución

proletaria victoriosa. Y los errores de los comunistas de izquierda son

especialmente peligrosos en la actualidad, precisamente porque observamos una

actitud poco razonada, poco atenta, poco consciente, poco reflexiva con

respecto a cada uno de estos factores, por parte de algunos revolucionarios.

Si somos el partido de la clase revolucionaria, y no un grupo revolucionario,

si queremos arrastrar a las masas (sin lo cual corremos el riesgo de no pasar

de simples charlatanes) debemos: primero, ayudar a Henderson o a Snowden a

vencer a Lloyd

 

George y Churchill (más exactamente: debemos obligar a los primeros a vencer a

los segundos, ¡pues los primeros tienen miedo de su propia victoria !);

segundo, ayudar a la mayoría de la clase obrera a convencerse por experiencia

propia de la razón que nos asiste, es decir, de la incapacidad completa de los

Henderson y Snowden, de su naturaleza pequeñoburguesa y traidora, de la

inevitabilidad de su bancarrota; y tercero, acercar el momento en que, sobre

la base del desencanto producido por los Henderson en la mayoría de los

obreros, se pueda, con grandes probabilidades de éxito, derribar de un solo

golpe el gobierno de los Henderson, que perderá la cabeza con tanto mayor

motivo si incluso Lloyd George, ese político inteligentísimo y solvente, no

pequeño, sino gran burgués, la pierde también y se debilita (con toda la

burguesía) cada día más, ayer con su "tirantez" con Churchill, hoy con su

"tirantez" con Asquith.

Hablaré de un modo más concreto. Los comunistas ingleses deben, a mi

juicio, reunir sus cuatro partidos y grupos (todos muy débiles y algunos

extraordinariamente débiles) en un Partido Comunista único, sobre la base de

los principios de la III Internacional y la participación obligatoria en el

parlamento. El Partido Comunista propone a los Henderson y Snowden un

"compromiso", una alianza electoral: marchemos juntos contra la coalición de

Lloyd George y los conservadores, repartámonos los puestos en el parlamento en

proporción al número de votos dados por los trabajadores al Partido Laborista

o a los comunistas (no en las elecciones generales, sino en una votación

especial), conservemos la libertad más completa de agitación, de propaganda,

de acción política. Sin esta última condición, naturalmente, es imposible

hacer el bloque, pues sería una traición: los comunistas ingleses deben

reivindicar para ellos

 

y conservar una libertad completa para desenmascarar a los Henderson y los

Snowden, de un modo tan absoluto como lo hicieron (durante 15 años, de 1903 a

1917) los bolcheviques rusos con respecto a los Henderson y Snowden de Rusia,

esto es los mencheviques.

Si los Henderson y Snowden aceptan el bloque en estas condiciones,

habremos ganado, pues lo que nos importa no es ni mucho menos el número de

actas, no es esto lo que perseguimos; en este punto seremos transigentes

(mientras que los Henderson y sobre todo sus nuevos amigos -- o sus nuevos

dueños -- los liberales que han ingresado en el Partido Obrero Independiente

corren más que nada a la caza de actas). Habremos ganado, porque llevaremos

nuestra agitación a las masas en el momento en que las habrá "irritado" Lloyd

George en persona y no sólo contribuiremos a que el Partido Laborista forme

más de prisa su gobierno, sino que ayudaremos a las masas a comprender mejor

toda nuestra propaganda comunista, que realizaremos contra los Henderson sin

ninguna limitación, sin silenciar nada.

Si los Henderson y los Snowden rechazan el bloque con nosotros en estas

condiciones, habremos ganado todavía más, pues habremos mostrado de un solo

golpe a las masas (tened en cuenta que aun en el interior del Partido Obrero

Independiente, puramente menchevique, completamente oportunista, las masas son

partidarias de los Soviets) que los Henderson prefieren su intimidad con los

capitalistas, a la unión de todos los trabajadores. Habremos ganado

inmediatamente ante la masa, la cual, sobre todo después de las explicaciones

brillantísimas, extremadamente acertadas y útiles (para el comunismo) dadas

por Lloyd George, simpatizará con la idea de la unión de todos los obreros

contra la coalición de Lloyd George con los conservadores. Habre-

 

mos ganado desde el primer momento, pues habremos demostrado a las masas que

los Henderson y Snowden tienen miedo de vencer a los Lloyd George, temen tomar

el Poder solos y aspiran a obtener en secreto el apoyo de Lloyd George, el

cual tiende abiertamente la mano a los conservadores contra el Partido

Laborista. Hay que advertir que en Rusia, después de la revolución del 27 de

febrero de 1917 (antiguo calendario), el éxito de la propaganda de los

bolcheviques contra los mencheviques y socialrevolucionarios (es decir, los

Henderson y Snowden rusos) se debió precisamente a las mismas circunstancias.

Nosotros decíamos a los mencheviques y a los socialrevolucionarios: tomad todo

el Poder sin la burguesía, puesto que tenéis la mayoría en los Soviets (en el

I Congreso de los Soviets de toda Rusia, celebrado en junio de 1917, los

bolcheviques no tenían más que el 13 por ciento de los votos). Pero los

Henderson y Snowden rusos tenían miedo de tomar el Poder sin la burguesía, y

cuando ésta aplazaba las elecciones a la Asamblea Constituyente, porque sabía

perfectamente que los socialrevolucionarios y los mencheviques tendrían la

mayoría* (unos y otros formaban un bloque político muy estrecho, representaban

prácticamente a la democracia pequeñoburguesa unida ), los

socialrevolucionarios y los mencheviques no tuvieron fuerza bastante para

luchar enérgicamente y hasta el fin contra estos aplazamientos.

 

* Las elecciones a la Constituyente rusa, en noviembre de 1917, según

informes que se refieren a más de 36 millones de electores, dieron el 25 por

ciento de los votos a los bolcheviques, el 13 por ciento a los distintos

partidos de los terratenientes y de la burguesía, el 62 por ciento a la

democracia pequeñoburguesa, es decir, a los socialrevolucionarios y

mencheviques junto con los pequeños grupos afines a ellos.

 

En caso de que los Henderson y Snowden se negaran a formar un bloque con

los comunistas, éstos saldrían ganando desde el punto de vista de la conquista

de la simpatía de las masas y el descrédito de los Henderson y Snowden. Poco

importaría entonces perder algunas actas por dicha causa. No presentaríamos

candidatos sino en una ínfima minoría de distritos absolutamente seguros; es

decir, donde la presentación de nuestros candidatos no diera la victoria a un

liberal contra un laborista. Realizaríamos nuestra campaña electoral

distribuyendo hojas en favor del comunismo e invitando en todos los distritos

en que no presentáramos candidato a que se votera por el laborista confra el

burgués. Se equivocan los camaradas Sylvia Pankhurst y Gallacher si ven en

esto una traición al comunismo o una renunciación a la lucha contra los

socialtraidores. Al contrario, es indudable que la causa del comunismo saldría

ganando con ello.

A los comunistas ingleses les es hoy frecuentemente muy difícil incluso

acercarse a las masas, hacer que éstas les escuchen. Pero si yo me presento

como comunista, y al mismo tiempo invito a que se vote por Henderson contra

Lloyd George, seguramente se me escuchará. Y podré explicar de modo accesible

a todos, no sólo por qué los Soviets son mejores que el parlamento y la

dictadura del proletariado mejor que la dictadura de Churchill (cubierta por

el pabellón de la "democracia" burguesa), sino también que yo querría apoyar a

Henderson con mi voto del mismo modo que la soga sostiene al ahorcado; que la

aproximación de los Henderson a los puestos de su propio gobierno justificará

mis ideas, atraerá a las masas a mi lado, acelerará la muerte política de los

Henderson y Snowden,

 

tal como sucedió con sus correligionarios en Rusia y en Alemania.

Y si se me objeta que esta táctica es demasiado "astuta" o complicada, que

no la comprenderán las masas, que dispersará y disgregará nuestras fuerzas

impidiendo concentrarlas en la revolución soviética, etc., responderé a mis

contradictores "de izquierda": ¡no hagáis recaer sobre las masas vuestro

propio doctrinarismo! Es de suponer que en Rusia las masas no son más cultas,

sino, por el contrario, menos cultas que en Inglaterra y, sin embargo,

comprendieron a los bolcheviques; y a éstos, lejos de perjudicarles, les

favoreció el hecho de que en vísperas de la revolución soviética en septiembre

de 1917, hubieran compuesto listas de candidatos suyos al parlamento burgués

(a la Asamblea Constituyente) y de que al día siguiente de la revolución

soviética en noviembre de 1917, tomaran parte en las elecciones a esa misma

Constituyente, que fue disuelta por ellos el 5 de enero de 1918.

No puedo detenerme sobre la segunda divergencia entre los comunistas

ingleses, consistente en si deben o no adherirse al Partido Laborista. Poseo

pocos materiales sobre esta cuestión, sumamente compleja, dada la

extraordinaria originalidad del "Partido Laborista" Británico, muy poco

parecido, por su estructura, a los partidos políticos ordinarios del

continente europeo. Pero es indudable, primero, que comete también un error el

que deduce la táctica del proletariado revolucionario de principios como: "el

Partido Comunista debe conservar pura su doctrina e inmaculada su

independencia frente al reformismo, su misión es ir adelante sin detenerse ni

desviarse de su camino, avanzar en línea recta hacia la revolución comunista".

Pues semejantes principios no hacen más que repetir el error de los comuneros

 

blanquistas franceses, que en 1874 propagaban la "negación" de todo compromiso

y toda etapa intermedia. Segundo, en este punto la tarea consiste,

indudablemente, como siempre, en saber aplicar los principios generales y

fundamentales del comunismo a las peculiaridades de las relaciones entre las

clases y los partidos, a las peculiaridades en el desarrollo objetivo hacia el

comunismo, propias de cada país y que hay que saber estudiar, descubrir y

adivinar.

Pero hay que hablar de esto, no sólo en relación con el comunismo inglés,

sino con las conclusiones generales que se refieren al desenvolvimiento del

comunismo en todos los países capitalistas. Este es el tema que vamos a

abordar ahora.

 

X

ALGUNAS CONCLUSIONES

La revolución burguesa rusa de 1905 puso de manifiesto un viraje

extraordinariamente original de la historia universal: en uno de los países

capitalistas más atrasados se desarrollaba, por primera vez en el mundo, un

movimiento huelguístico de una fuerza y amplitud inusitadas. Sólo en el mes de

enero de 1905 el número de huelguistas fue diez veces mayor que el número

anual medio de huelguistas durante los diez años precedentes (1895-1904), y de

enero a octubre de 1905 las huelgas aumentaron constantemente y en

proporciones colosales. La Rusia atrasada, bajo la influencia de una serie de

factores históricos completamente originales, dio al mundo el primer ejemplo,

no sólo de un salto brusco de la actividad espontánea en época de revolución

de las masas oprimidas (cosa que ocurrió en todas las

 

grandes revoluciones), sino también de la significación de un proletariado que

desempeñaba un papel infinitamente superior a su importancia numérica en la

población; mostró por vez primera la combinación de la huelga económica y la

huelga política, con la transformación de ésta en insurrección armada, el

nacimiento de una nueva forma de lucha de masas y organización de las masas de

las clases oprimidas por el capitalismo, los Soviets.

Las revoluciones de febrero y octubre de 1917 determinaron el

desenvolvimiento de los Soviets hasta el punto de extenderse a todo el país,

y, después, su victoria en la revolución proletaria socialista. Menos de dos

años más tarde, se puso de manifiesto el carácter internacional de los

Soviets, la extensión de esta forma de lucha y organización al movimiento

obrero mundial, el destino histórico de los Soviets consistente en ser los

sepultureros, los herederos, los sucesores del parlamentarismo burgués, de la

democracia burguesa en general.

Aun más. La historia del movimiento obrero muestra hoy que éste está

llamado a atravesar en todos los países (y ha comenzado ya a atravesarlo) un

período de lucha del comunismo naciente, cada día más fuerte, que camina hacia

la victoria, ante todo y principalmente contra el "menchevismo" propio de cada

país, es decir, contra el oportunismo y el socialchovinismo, y, de otra parte,

como complemento, por decirlo así, contra el comunismo "de izquierda". La

primera de estas luchas se ha desarrollado en todos los países, sin excepción

al parecer, en forma de lucha entre la II Internacional (hoy prácticamente

muerta) y la Tercera. La segunda lucha se observa tanto en Alemania, como en

Inglaterra, en Italia, en los Estados Unidos (donde una parte al menos de "Los

Trabajadores Industriales del Mundo" y

 

las tendencias anarcosindicalistas sostienen los érrores del comunismo de

izquierda a la vez que reconocen de manera casi general, casi incondicional,

el sistema soviético) y en Francia (actitud de una parte de los

ex-sindicalistas con respecto al partido político y al parlamentarismo,

paralelamente también al reconocimiento del sistema de los Soviets), es decir,

que se observa, indudablemente, en una escala no sólo internacional, sino

universal.

Pero aunque la escuela preparatoria que conduce al movimiento obrero a la

victoria sobre la burguesía sea en todas partes idéntica en el fondo, su

desarrollo se realiza en cada país de un modo original. Los grandes países

capitalistas adelantados avanzan en este camino mucho más rápidamente que el

bolchevismo, el cual obtuvo en la historia un plazo de quince años para

prepararse, como tendencia política organizada, para la victoria. La III

Internacional, en un plazo tan breve como es un año, ha alcanzado un triunfo

decisivo, deshaciendo a la II Internacional, a la Internacional amarilla,

sociakhovinista, que hace unos meses era incomparablemente más fuerte que la

Tercera, parecía sólida y poderosa, y gozaba en todas las formas, directas e

indirectas, materiales (puestos ministeriales, pasaportes, prensa) y morales,

del apoyo de la burguesía mundial.

Lo que importa ahora es que los comunistas de cada país adquieran completa

conciencia, tanto de los principios fundamentales de la lucha contra el

oportunismo y el doctrinarismo "de izquierda", como de las particularidades

concretas que esta lucha toma y debe tomar inevitablemente en cada país

aislado, conforme a los rasgos originales de su economía, de su política, de

su cultura, de su composición nacional (Irlanda, etc.), de sus colonias, de

sus divisiones religiosas, etc., etc. Por todas partes se siente extenderse y

 

crecer el descontento contra la II Internacional por su oportunismo a la par

que por su inhabilidad e incapacidad para crear un núcleo realmente

centralizado y dirigente, apto para orientar la táctica internacional del

proletariado revolucionario, en su lucha por la República soviética universal.

Hay que darse perfectamente cuenta de que dicho centro dirigente no puede, en

ningún caso, ser formado con arreglo a un modelo establecido de una vez para

siempre, por medio de la igualación mecánica o uniformidad de las diversas

reglas tácticas de lucha. Mientras subsistan diferencias nacionales y

estatales entre los pueblos y los países -- y estas diferencias subsistirán

incluso mucho tiempo después de la instauración universal de la dictadura del

proletariado --, la unidad de la táctica internacional del movimiento obrero

comunista de todos los países exige, no la supresión de la variedad, no la

supresión de las particularidades nacionales (lo cual constituye en la

actualidad un sueño absurdo), sino una aplicación tal de los principios

fundamentales del comunismo (Poder de los Soviets y dictadura del

proletariado) que baga variar como es debido estos principios en sus

eplicaciones parciales, que los adapte, que los aplique acertadamente a las

particularidades nacionales y políticas de cada Estado. Investigar, estudiar,

descubrir, adivinar, comprender lo que hay de nacionalmente particular,

nacionalmente específico en la manera como cada país aborda concretamente la

solución de un mismo problema internacional: el triunfo sobre el oportunismo y

el doctrinarismo de izquierda en el seno del movimiento obrero, el

derrocamiento de la burguesía, la instauración de la República Soviética y la

dictadura del proletariado, es el principal problema del período histórico que

atraviesan actualmente todos los países adelantados (y no sólo los

adelantados). Lo principal --

 

naturalmente que no todo ni mucho menos, pero sí lo principal -- ya se ha

hecho para atraer a la vanguardia de la clase obrera, para ponerla al lado del

Poder de los Soviets contra el parlamentarismo, al lado de la dictadura del

proletariado contra la democracia burguesa. Ahora hay que concentrar todas las

fuerzas, toda la atención, en la acción inmediata, que parece ser y es

realmente, hasta cierto punto, menos fundamental, pero que, en cambio, está

prácticamente más cerca de la solución efectiva del problema, a saber: el

descubrimiento de las formas de abordar la revolución proletaria o de pasar a

la misma.

La vanguardia proletaria está conquistada ideológicamente. Esto es lo

principal. Sin ello es imposible dar ni siquiera el primer paso hacia el

triunfo. Pero de esto al triunfo dista todavía bastante. Con sólo la

vanguardia, es imposible triunfar. Lanzar sólo a la vanguardia a la batalla

decisiva, cuando toda la clase, cuando las grandes masas no han adoptado aún

una posición de apoyo directo a esta vanguardia, o al menos de neutralidad

benévola con respecto a ella, que la incapacite por completo para defender al

adversario, sería no sólo una estupidez, sino además un crimen. Y para que en

realidad toda la clase, las grandes masas de los trabajadores y de los

oprimidos por el capital lleguen a ocupar semejante posición, son

insuficientes la propaganda y la agitación solas. Para ello es necesaria la

propia experiencia política de estas masas. Tal es la ley fundamental de todas

las grandes revoluciones, confirmada hoy, con una fuerza y un relieve

sorprendentes, no sólo en Rusia, sino también en Alemania. No sólo las masas

incultas de Rusia, frecuentemente analfabetas, sino también las masas muy

cultas, sin analfabetos, de Alemania, necesitaron experimentar en su propia

pelleja toda la impotencia, toda la falta de carácter,

 

toda la debilidad, todo el servilismo ante la burguesía, toda la infamia del

gobierno de los caballeros de la II Internacional, toda la ineluctabilidad de

la dictadura de los ultrarreaccionarios (Kornílov en Rusia; von Kapp y

compañía en Alemania) como única alternativa frente a la dictadura del

proletariado, para orientarse decididamente hacia el comunismo.

La tarea inmediata de la vanguardia consciente del movimiento obrero

internacional, es decir, de los partidos, grupos y tencdencias comunistas,

consiste en saber llevar a las amplias masas (hoy todavía, en su mayor parte,

soñolientas, apáticas, rutinarias, inertes, adormecidas) a esta nueva posición

suya, o, mejor dicho, en saber dirigir no sólo el propio partido, sino también

a estas masas, en la marcha encaminada a ocupar esa nueva posición. Si la

primera tarea histórica (atraer a la vanguardia consciente del proletariado al

Poder soviético y a la dictadura de la clase obrera) no podía ser resuelta sin

una victoria ideológica y política completa sobre el oportunismo y el

socialchovinismo, la segunda tarea que resulta ahora de actualidad y que

consiste en saber llevar a las masas a esa nueva posición capaz de asegurar el

triunfo de la vanguardia en la revolución, esta segunda tarea no puede ser

resuelta sin liquidar el doctrinarismo de izquierda, sin enmendar por completo

sus errores, sin desembarazarse de ellos.

Mientras se trate (como se trata aún ahora) de atraerse al comunismo a la

vanguardia del proletariado, la propaganda debe ocupar el primer término;

incluso los círculos, con todas las debilidades de la estrechez inherente a

los mismos, son útiles y dan resultados fecundos en este caso. Pero cuando se

trata de la acción práctica de las masas, de poner en orden de batalla -- si

es permitido expresarse así -- al ejército de

 

millones de hombres, de la disposíción de todas las fuerzas de clase de una

sociedad para la lucha final y decisiva, no conseguiréis nada con sólo las

artes de propagandista, con la repetición escueta de las verdades del

comunismo "puro". Y es que en este terreno, la cuenta no se efectúa por miles,

como hace en sustancia el propagandista miembro de un grupo reducido y que no

dirige todavía masas, sino por millones y decenas de millones. En este caso

tenéis que preguntaros no sólo si habéis convencido a la vanguardia de la

clase revolucionaria, sino también si están dispuestas las fuerzas

históricamente activas de todas las clases, obligatoriamente de todas las

clases de la sociedad sin excepción, de manera que la batalla decisiva se

halle completamente en sazón, de manera que 1) todas las fuerzas de clase que

nos son adversas estén suficientemente sumidas en la confusión,

suficientemente enfrentadas entre sí, suficientemente debilitadas por una

lucha superior a sus fuerzas; 2) que todos los elementos vacilantes,

versátiles, inconsistentes, intermedios -- es decir, la pequeña burguesía, la

democracia pequeñoburguesa, a diferencia de la burguesía -- , se hayan puesto

bastante al desnudo ante el pueblo, se hayan cubierto de ignominia por su

bancarrota práctica; 3) que en el proletariado empiece a formarse y a

extenderse con poderoso impulso un estado de espíritu de masas favorable a

apoyar las acciones revolucionarias más resueltas, más valientes y abnegadas

contra la burguesía. He aquí en qué momento está madura la revolución, he aquí

en qué momento nuestra victoria está segura, si hemos calculado bien todas las

condiciones indicadas y esbozadas brevemente más arriba y hemos elegido

acertadamente el momento.

Las divergencias entre los Churchill y los Lloyd George de una parte --

tipos políticos que existen en todos los países,

 

con particularidades nacionales ínfimas -- y entre los Henderson y los Lloyd

George de otra, no tienen absolutamente ninguna importancia, son

insignificantes desde el punto de vista del comunismo puro, esto es,

abstracto, incapaz todavía de acción política práctica, de masas. Pero desde

el punto de vista de esta acción práctica de las masas, estas divergencias son

de una importancia extraordinaria. Saber estimarlas, saber determinar el

momento en que están plenamente en sazón los conflictos inevitables entre esos

"amigos", conflictos que debilitan y hasta desarman a todos los "amigos"

tomados en conjunto, es la obra, es la misión del comunista que desee ser no

sólo un propagandista consciente, convencido e ideológico, sino un dirigente

práctico de las masas en la revolución. Es necesario unir la fidelidad más

abnegada a las ideas comunistas con el arte de admitir todos los compromisos

prácticos necesarios, las maniobras, los acuerdos, los zigzags, las retiradas,

etc., susceptibles de precipitar primero la subida al Poder de los Henderson

(de los héroes de la II Internacional para no citar individuos, de los

representantes de la democracia pequeñoburguesa que se llaman socialistas) y

su bancarrota en el mismo, para acelerar su quiebra inevitable en la práctica,

bancarrota que ilustrará a las masas precisamente en nuestro espíritu y las

orientará precisamente hacia el comunismo; para acelerar la tirantez, las

disputas, los conflictos, la escisión completa inevitables entre los

Henderson-Lloyd George-Churchill (entre los mencheviques y los

socialrevolucionarios -- los kadetes -- los monárquicos ¡ entre Scheidemann --

la burguesía -- los partidarios de von Kapp; etc.) y para elegir acertadamente

el momento en que llega a su grado máximo la disensión entre toclos esos

"pilares de la sacrosanta propiedad privada", a fin de deshacerlos de un

 

golpe, por medio de una ofensiva resuelta del proletariado, y conquistar el

Poder político.

La historia en general, la de las revoluciones en particular, es siempre

más rica de contenido, más variada de formas y aspectos, más viva, más

"astuta" de lo que se imaginan los mejores partidos, las vanguardias más

conscientes de las clases más adelantadas. Se comprende fácilmente, pues las

mejores vanguardias expresan la conciencia, la voluntad, la pasión, la

imaginación de decenas de miles de hombres, mientras que la revolución la

hacen, en momentos de tensión y excitación especiales de todas las facultades

humanas, la conciencia, la voluntad, la pasión, la imaginación de decenas de

millones de hombres aguijados por la lucha de clases más aguda. De aquí se

derivan dos conclusiones prácticas muy importantes: la primera es que la clase

revolucionaria, para realizar su misión, debe saber utilizar todas las formas

y los aspectos, sin la más mínima excepción, de la actividad social (dispuesta

a completar después de la conquista del Poder político, a veces con gran

riesgo e inmenso peligro, lo que no ha terminado antes de esta conquista); la

segunda es que la clase revolucionaria debe hallarse dispuesta a reemplazar de

un modo rápido e inesperado una forma por otra.

Todo el mundo convendrá que sería insensata y hasta criminal la conducta

de un ejército que no se dispusiera a utilizar toda clase de armas, todos los

medios y procedimientos de lucha que posee o puede poseer el enemigo. Pero

esta verdad es todavía más aplicable a la política que al arte militar. En

política se puede aún menos saber de antemano qué método de lucha será

aplicable y ventajoso para nosotros en tales o cuales circunstancias futuras.

Sin dominar todos los medios de lucha, podemos correr el riesgo de sufrir una

enorme derrota, a veces decisiva, si cambios independientes de nuestra

 

voluntad en la situación de las otras clases ponen a la orden del día una

forma de acción en la cual somos particularmente débiles. Si dominamos todos

los medios de lucha, nuestro triunfo es seguro, puesto que representamos los

intereses de la clase realmente avanzada, realmente revolucionaria, aun en el

caso de que las circunstancias no nos permitan hacer uso del arma más

peligrosa para el enemigo, del arma susceptible de asestar con la mayor

rapidez golpes mortales. Los revolucionarios inexperimentados se imaginan a

menudo que los medios legales de lucha son oportunistas, porque en este

terreno (sobre todo en los períodos llamados "pacíficos", en los períodos no

revolucionarios) la burguesía engañaba y embaucaba con una frecuencia

particular a los obreros, y que los procedimientos ilegales son

revolucionarios. Tal afirmación, sin embargo, no es justa. Lo justo es que los

oportunistas y traidores a la clase obrera, son los partidos y jefes que no

saben o no quieren (no digáis nunca: no puedo, sino: no quiero) aplicar los

procedimientos ilegales en una situación como la guerra imperialista de

1914-1918 por ejemplo, en que la burguesía de los países democráticos más

libres engañaba a los obreros con una insolencia y crueldad nunca vistas,

prohibiendo que se dijese la verdad sobre el carácter de rapiña de la guerra.

Pero los revolucionarios que no saben combinar las formas ilegales de lucha

con todas las formas legales son unos malos revolucionarios. No es difícil ser

revolucionario cuando la revolución ha estallado ya y se halla en su apogeo,

cuando todos y cada uno se adhieren a la revolución simplemente por

entusiasmo, por moda y a veces por interés personal de hacer carrera. Al

proletariado le cuesta mucho, le produce duras penalidades, le origina

verdaderos tormentos "deshacerse", después de su triunfo, de estos

"revolucionarios". Es infinitamente más difícil -- y

 

muchísimo más meritorio -- saber ser revolucionario cuando todavía no se dan

las condiciones para la lucha directa, franca, la verdadera lucha de masas, la

verdadera lucha revolucionaria, saber defender los intereses de la revolución

(mediante la propaganda, la agitación, la organización) en instituciones no

revolucionarias y a menudo sencillamente reaccionarias, en la situación no

revolucionaria entre unas masas incapaces de comprender de un modo inmediato

la necesidad de un método revolucionario de acción. Saber encontrar, percibir,

determinar exactamente la marcha concreta o el cambio brusco de los

acontecimientos susceptibles de conducir a las masas a la grande y verdadera

lucha revolucionaria final y decisiva, es en lo que consiste la misión

principal del comunismo contemporáneo en la Europa occidental y en América.

Ejemplo: Inglaterra. No podemos saber -- ni nadie se halla en estado de

determinarlo por anticipado -- cuándo estallará allí la verdadera revolución

proletaria y cuál será el motivo principal que despertará, inflamará, lanzará

a la lucha a las grandes masas, hoy aun adormecidas. Tenemos el deber, por

consiguiente, de realizar todo nuestro trabajo preparatorio teniendo herradas

las cuatro patas (según la expresión favorita del difunto Plejánov cuando

todavía era marxista y revolucionario). Quizá sea una crisis parlamentaria la

que "abra el paso", la que "rompa el hielo"; acaso una crisis que derive de

las contradicciones coloniales e imperialistas irremediablemente complicadas,

cada vez más inextricables y exasperadas; son posibles otras causas. No

hablamos del género de lucha que decidirá la suerte de la revolución

proletaria en Inglaterra (esta cuestión no sugiere duda alguna para ningún

comunista, pues para todos nosotros está firmemente resuelta), pero sí del

motivo que despertará a las

 

masas proletarias adormecidas hoy todavía, las pondrá en movimiento y las

conducirá a la revolución. No olvidemos que, por ejemplo, en la república

burguesa de Francia, en una situación que, tanto desde el punto de vista

internacional como del interior, era cien veces menos revolucionaria que la

actual, bastó una circunstancia tan "inesperada" y tan "mezquina" como el

asunto Dreyfus -- una de las mil hazañas deshonrosas de la banda militarista

reaccionaria -- para conducir al pueblo a dos dedos de la guerra civil.

En Inglaterra, los comunistas deben utilizar constantemente, sin descanso

ni vacilación, las elecciones parlamentarias y todas las peripecias de la

política irlandesa, colonial e imperialista mundial del gobierno británico,

como todos los demás campos, esferas y aspectos de la vida social, trabajando

en ellos con un espíritu nuevo, con el espíritu del comunismo, con el espíritu

de la Tercera, no de la Segunda Internacional. No dispongo de tiempo y espacio

para describir aquí los procedimientos "rusos", "bolcheviques" de

participación en las elecciones y en la lucha parlamentaria; pero puedo

asegurar a los comunistas de los demás países que no se parecían en nada a las

campañas parlamentarias corrientes en la Europa occidental. De aquí se saca a

menudo la siguiente conclusión: "Es que vuestro parlamentarismo no era lo

mismo que el nuestro". La conclusión es falsa. Para ello existen en el mundo

comunistas y partidarios de la III Internacional en todos los países, para

transformar en toda la línea, en todos los dominios de la vida, la vieja labor

socialista, tradeunionista, sindicalista y parlamentaria, en una labor nueva,

comunista. En nuestras elecciones hemos visto también, de sobra, rasgos

puramente burgueses, rasgos de oportunismo, de practicismo vulgar, de engaño

capitalista. Los comunistas de Europa occidental y de América deben

 

aprender a crear un parlamentarismo nuevo, poco comun, no oportunista, que no

tenga nada de arrivista; es necesario que el Partido Comunista lance sus

consignas, que los verdaderos proletarios, con ayuda de la masa de la gente

pobre, inorganizada y aplastada, extiendan y distribuyan octavillas, recorran

las viviendas de los obreros, las chozas de los proletarios del campo y de los

campesinos que viven en los sitios más recónditos (por ventura, en Europa los

hay mucho menos que en Rusia, y en Inglaterra apenas si existen), penetren en

las tabernas más concurridas, se introduzcan en las asociaciones, en las

sociedacdes, en las reuniones fortuitas de los elementos pobres, que hablen al

pueblo con un lenguaje sencillo (y no de un modo muy parlamentario), no

corran, por nada en el mundo, tras un "lugarcito" en los escaños del

parlamento, despierten en todas partes el pensamiento, arrastren a la masa,

cojan a la burguesía por la palabra, utilicen el aparato creado por ella, las

elecciones convocadas por ella, el llamamiento hecho por ella a todo el

pueblo, den a conocer a este último el bolchevismo como nunca habían tenido

ocasión de hacerlo (bajo el dominio burgués), fuera del período electoral (sin

contar, naturalmente, con los momentos de grandes huelgas, cuando ese mismo

aparato de agitación popular funcionaba en nuestro país con más intensidad

aún). Hacer esto en la Europa occidental y en América es muy difícil,

dificilísimo, pero puede y debe hacerse, pues las tareas del comunismo no

pueden cumplirse, en general, sin trabajo, y hay que esforzarse para resolver

los problemas prácticos cada vez más variados, cada vez más ligados a todos

los aspectos de la vida social y que van arrebatándole cada vez más a la

burguesía un sector, un campo de la vida social tras otro.

 

En esa misma Inglaterra es asimismo necesario organizar de un modo nuevo

(no de un modo socialista, sino de un modo comunista; no de un modo

reformista, sino de un modo revolucionario) la labor de propaganda, de

agitación y de organización en el ejército y entre las naciones oprimidas y

las que no gozan de la plenitud de derechos en "su " Estado (Irlanda, las

colonias). Pues todos estos sectores de la vida social, en la época del

imperialismo en general y sobre todo ahora, después de esta guerra que ha

atormentado a los pueblos y que les ha abierto rápidamente los ojos a la

verdad (la verdad de que decenas de millones de hombres han muerto o han sido

mutilados únicamente para decidir si serían los bandidos ingleses o los

bandidos alemanes los que saquearían más países), todos estos sectores de la

vida social se saturan particularmente de materias inflamables y dan origen a

muchos conflictos, a muchas crisis y a la exacerbación de la lucha de clases.

No sabemos ni podemos saber cuál de las chispas que, en enjambre, surgen ahora

por doquier en todos los países bajo la influencia de la crisis económica y

politica mundial, podrá originar el incendio, es decir, despertar de una

manera especial a las masas, y por lo tanto debemos, con nuestros nuevos

principios, nuestros principios comunistas, emprender la "preparación" de

todos los campos, sean de la naturaleza que sean, hasta los más viejos, los

más vetustos, y en apariencia los más estériles, pues en caso contrario no

estaremos a la altura de nuestra misión, faltaremos en algo, no dominaremos

todas las clases de armas, no nos prepararemos ni para la victoria sobre la

burguesia (la cual ha organizado la vida social en todos sus aspectos a la

manera burguesa y ahora la ha desorganizado de ese mismo modo) ni para la

reorganización comunista de toda la vida, que deberemos realizar una vez

obtenida la victoria.

 

Después de la revolución proletaria en Rusia, de las victorias de dicha

revolución en el terreno internacional, inesperadas para la burguesia y los

filisteos, el mundo entero se ha transformado y la burguesia es también en

todas partes otra. La burguesia está asustada por el "bolchevismo", está

irritada contra él casi hasta perder la razón, y precisamente por eso acelera,

por una parte, el desarrollo de los acontecimientos y, por otra, concentra la

atención en el aplastamiento del bolchevismo por la fuerza, debilitando con

ello su posición en otros muchos terrenos. Los comunistas de todos los países

adelantados deben tener en cuenta estas dos circunstancias para su táctica.

Cuando los kadetes rusos y Kerenski emprendieron una persecución furiosa

contra los bolcheviques -- sobre todo después de abril de 1917, y más aun en

junio y julio del mismo año --, "rebasaron los limites". Los millones de

ejemplares de los periódicos burgueses que gritaban en todos los tonos contra

los bolcheviques, nos ayudaron a conseguir que las masas valorasen el

bolchevismo y, aun sin contar con la prensa, toda la vida social, gracias al

"celo" de la burguesía, se impregnó de discusiones sobre el bolchevismo. En el

momento actual, los millonarios de todos los países se conducen de tal modo en

la escala internacional, que debemos estarles reconocidos de todo corazón.

Persiguen al bolchevismo con el mismo celo que lo perseguían antes Kerenski y

compañia, y, como éstos, "rebasan también los límites" y nos ayudan. Cuando la

burguesia francesa convierte al bolchevismo en el punto central de la campaña

electoral, injuriando por su bolchevismo a socialistas relativamente moderados

o vacilantes; cuando la burguesía norteamericana, perdiendo completamente la

cabeza, detiene a miles y miles de inclividuos sospechosos de bolchevismo y

 

crea un ambiente de pánico propagancdo por doquier la nueva de conjuraciones

bolcheviques; cuando la burguesía inglesa, la más "sólida" de todas las

burguesías del mundo, con todo su talento y su experiencia, comete

inverosímiles tonterias, funda riquísimas "sociedades para la lucha contra el

bolchevismo", crea una literatura especial sobre este último, toma a su

servicio, para la lucha contra el bolchevismo, a un personal suplementario de

sabios, de agitadores, de curas, debemos inclinarnos y dar las gracias a los

señores capitalistas. Estos trabajan para nosotros, nos ayudan a interesar a

las masas en la cuestión de la naturaleza y la significación del bolchevismo.

Y no pueden obrar de otro modo, porque ya han fracasado en sus intentos de

"hacer el silencio" alrededor del bolchevismo y ahogarlo.

Pero, al mismo tiempo, la burguesía ve en el bolchevismo casi únicamente

uno de los aspectos de este último: la insurrección, la violencia, el terror;

por esto se prepara particularmente para resistir y rechazar al bolchevismo en

este terreno Es posible que en casos aislados, en algunos países, en tales o

cuales períodos breves lo consiga; hay que contar con esa posibilidad, que no

tiene para nosotros nada de temible. El comunismo "brota", literalmente, en

todos los aspectos de la vida social, se manifiesta decididamente por doquier,

el "contagio" (para emplear la comparación preferida de la burguesía y de la

policía burguesa, y la más "agradable" para ella) ha penetrado muy

profundamente en todos los poros del organismo y lo ha impregnado por

completo. Si se "obtura" con celo particular una de las salidas, el "contagio"

encontrará otra, a veces completamente inesperada; la vida triunfa por encima

de todo. Que la burguesía se sobresalte, se irrite hasta perder la cabeza, que

rebase los límites, que cometa necedades, que se vengue de antemano de los

 

bolcheviques y se esfuerce en aniquilar (en la India, en Hungría, en Alemania,

etc.) a centenares, a miles, a centenares de miles de bolcheviques de mañana o

de ayer ¡ al obrar así procede como han obrado todas las clases condenadas por

la historia a desaparecer. Los comunistas deben saber que, en todo caso, el

porvenir les pertenece, y por esto podemos (y debemos) unir el máximo de

pasión en la gran lucha revolucionaria con la consideración más fría y serena

de las furiosas sacudidas de la burguesía. La revolución rusa fue cruelmente

derrotada en 1905; los bolcheviques rusos fueron aplastados en julio de 1917;

más de 15.000 comunistas alemanes fueron aniquilados por medio de la

provocación artera y de las maniobras hábiles de Scheidemann y Noske, aliados

a la burguesía y los generales monárquicos; en Finlandia y en Hungría hace

estragos el terror blanco, pero en todos los casos y en todos los países, el

comunismo se está templando y crece; sus raíces son tan profundas que las

persecuciones no lo debilitan, no lo desarman, sino que lo refuerzan. Lo único

que hace falta para que marchemos hacia la victoria más firmemente y más

seguros, es que los comunistas de todos los países actuemos en todas partes y

hasta el fin, guiados por la convicción de la necesidad de una flexibilidad

máxima en nuestra táctica. Lo que actualmente hace falta al comunismo, que

crece magníficamente, sobre todo en los países adelantados, es esta conciencia

y el acierto para aplicarla en la práctica.

Podría (y debería) ser una lección útil lo ocurrido con unos eruditos

marxistas y unos jefes de la II Internacional tan fieles al socialismo como

Kautsky, Otto Bauer y otros. Estos tenían perfecta conciencia de la necesidad

de una táctica flexible, habían aprendido y enseñaban a los demás la

dialéctica marxista (y mucho de lo hecho por ellos en este

 

campo, será considerado siempre como una valiosa adquisición de la literatura

socialista); pero al aplicar esta dialéctica, han incurrido en un error de tal

naturaleza, se han mostrado en la práctica tan apartados de la dialéctica, tan

incapaces de tener en cuenta los rápidos cambios de forma y la rápida entrada

de un contenido nuevo en las antiguas formas, que su suerte no es más

envidiable que la de Hyndman, Guesde y Plejánov.

La causa fundamental de su bancarrota consiste en que se han dejado

"encandilar" por una forma determinada de crecimiento del movimiento obrero y

del socialismo, olvidándose de su unilateralidad; han tenido miedo a ver la

brusca ruptura, inevitable por las circunstancias objetivas, y han seguido

repitiendo las simples verdades aprendidas de memoria y a primera vista

indiscutibles: tres son más que dos. Pero la política se parece más al álgebra

que a la aritmética y todavía más a las matemáticas superiores que a las

matemáticas simples. En realidad, todas las formas antiguas del movimiento

socialista se han llenado de un contenido nuevo y un nuevo signo ha aparecido

por lo tanto delante de las cifras, el signo "menos", mientras nuestros sabios

seguían (y siguen) afirmando tenazmente a todo el mundo que "menos tres" es

mayor que "menos dos".

Hay que procurar que los comunistas no repitan el mismo error en el otro

sentido, o mejor dicho, que ese mismo error, cometido, aunque en un sentido

contrario, por los comunistas "de izquierda" sea corregido y curado con el

máximo de rapidez y el mínimo de dolor para el organismo. No sólo el

doctrinarismo de derecha constituye un error, también lo constituye el

doctrinarismo de izquierda. Naturalmente, el error del doctrinarismo de

izquierda en el comunismo es en el momento actual mil veces menos peligroso y

grave que el de

 

derecha (esto es, del socialchovinismo y de los kautskianos); pero esto se

debe únicamente a que el comunismo de izquierda es una tendencia novísima, que

acaba de nacer. Sólo por esto, la enfermedad puede ser, en ciertas

condiciones, fácilmente vencida y es necesario emprender su tratamiento con el

máximo de energía.

Las antiguas formas se han roto, pues ha resultado que su nuevo contenido

-- antiproletario, reaccionario -- ha adquirido un desarrollo inconmensurable.

Desde el punto de vista del desenvolvimiento del comunismo internacional,

poseemos hoy un contenido tan sólido, tan fuerte, tan potente, de nuestra

actividad (por el Poder de los Soviets por la dictadura del proletariado) que

puede y debe manifestarse en cualquier forma tanto antigua como nueva, que

puede y debe transformar, vencer, someter a todas las demás formas, no sólo

nuevas, sino también antiguas, no para conciliarse con ellas, sino a fin de

saber convertirlas todas, las nuevas y las viejas, en un arma para la victoria

completa y definitiva, decisiva e irremisible del comunismo.

Los comunistas deben consagrar todos sus esfuerzos a dirigir el movimiento

obrero y el desarrollo social en general por el camino más recto y rápido

hacia la victoria mundial del Poder soviético y de la dictadura del

proletariado. Es una verdad indiscutible. Pero basta dar un pequeño paso más

allá -- aunque parezca efectuado en la misma dirección --, para que esta

verdad se cambie en error. Basta con que digamos, como hacen los comunistas de

izquierda alemanes e ingleses, que no aceptamos más que un camino, el camino

recto, que no admitimos las maniobras, los acuerdos, los compromisos, para que

sea un error que puede causar, y que ha causado ya en parte y sigue causando,

los más serios perjuicios al comunismo. Los doctrinarios de derecha se han

 

obstinado en no admitir más que las formas antiguas, y han fracasado del modo

más completo por no haberse dado cuenta del nuevo contenido. Los doctrinarios

de izquierda se obstinan en rechazar incondicionalmente determinadas formas

antiguas, sin ver que el contenido nuevo se abre paso a través de toda clase

de formas y que nuestro deber de comunistas consiste en adueñarnos de todas

ellas, en aprender a completar con el máximo de rapidez unas con otras, en

sustituirlas unas por otras, en adaptar nuestra táctica a todo cambio de este

género, suscitado por una clase que no sea la nuestra o por unos esfuerzos que

no sean los nuestros.

La revolución mundial, que ha recibido un impulso tan poderoso y ha sido

tan intensamente acelerada por los horrores, las villanías y las abominaciones

de la guerra imperialista mundial, de la situación sin salida creada por la

misma, esa revolución se extiende y se ahonda con una rapidez tan

extraordinaria, con una riqueza tan magnífica de formas sucesivas, con una

refutación práctica tan edificante de todo doctrinarismo, que tenemos todos

los motivos para creer en una curación rápida y completa del "izquierdismo",

enfermedad infantil en el movimiento comunista internacional.

27 de abril de 1920.

 

 

 

 

 

 

 

 

APENDICE

Mientras las imprentas de nuestro país -- saqueado por los imperialistas

de todo el mundo en venganza por la revolución proletaria y al que siguen

saqueando y blogueando a pesar de todas las promesas dadas a sus obreros --

preparaban la edición de mi libro, han llegado del extranjero materiales

complementarios. Sin otra pretensión que la de trazar unas notas fugitivas de

publicista, trataré brevemente algunos puntos.

 

I

LA ESCISION DE LOS COMUNISTAS

ALEMANES

La escisión de los comunistas en Alemania es un hecho consumado. Los

"izquierdistas" u "oposición de principio" han constituido un "Partido

Comunista Obrero" aparte, opuesto al "Partido Comunista". En Italia, las cosas

conducen también, al parecer, a la escisión; y digo al parecer porque no poseo

más que dos números complementarios (los mú-

 

meros 7 y 8) del periódico de izquierda "Il Soviet", en el cual se discute

abiertamente la posibilidad y la necesidad de la escisión y se habla también

de uú congreso de la fracción de los "abstencionistas" (o boicotistas, es

decir adversarios de la participación en el parlamento), fracción que hasta

ahora forma parte del Partido Socialista Italiano.

Puede temerse que la escisión de los "izquierdistas", de los

antiparlamentarios (en parte también antipolíticos, adversarios de un partido

político y de la acción en los sindicatos) se convierta en un fenómeno

internacional, como la escisión de los "centralistas" (o kautskianos,

longuetistas, "independientes", etc.). Admitamos que sea así. Siempre es

preferible una escisión a una situación confusa que obstaculice el

desenvolvimiento ideológico, teórico y revolucionario del Partido, su

maduración y su trabajo práctico, armónico y realmente organizado, que prepara

realmente la dictadura del proletariado.

Dejemos a los "izquierdistas" que se pongan a prueba prácticamente en el

terreno nacional e internacional, dejémosles en libertad de preparar (y

después realizar) la dictadura del proletariado, sin un partido estrictamente

centralizado que tenga una disciplina férrea, sin saber dominar todos los

sectores, ramos y variedades de la actividad política y cultural. La

experiencia práctica les enseñará rápidamente.

Lo único que hay que hacer es consagrar todos los esfuerzos a que la

escisión de los "izquierdistas" no dificulte, o dificulte lo menos posible, la

fusión necesaria inevitable, en un futuro próximo, en un solo partido de todos

los que toman parte en el movimiento obrero y son partidarios sinceros y de

buena fe del Poder de los Soviets y de la dictadura del proletariado. En Rusia

ha sido una gran dicha para los bolcheviques el

 

que hayan podido disponer de quince años de lucha sistemática y acabada contra

los mencheviques (es decir, los oportunistas y "centristas") y contra los

"izquierdistas" mucho antes de la lucha directa de las masas por la dictadura

del proletariado. En Europa y América este trabajo hay que efectuarlo ahora "a

marchas forzadas". Algunos individuos, sobre todo entre los pretendientes

derrotados al papel de caudillos, pueden (si no tienen bastante espíritu de

disciplina proletaria y "franqueza consigo mismos") obstinarse largo tiempo en

sus errores; pero las masas obreras, cuando llegue el momento, se unirán fácil

y rápidamente y se agruparán con todos los comunistas sinceros en un partido

único, capaz de implantar el régimen de los Soviets y la dictadura del

proletariado*.

 

* Sobre la cuestión de la fusión futura de los comunistas "de izquierda",

de los antiparlamentarios, con los comunistas en general, haré notar lo que

sigue: En la medida en que me ha sido posible leer los periódicos de los

comunistas "de izquierda" y de los comunistas en general en Alemania, los

primeros tienen la ventaja de que saben realizar la agitación entre las masas

mejor que los segundos. Había observado algo análogo -- aunque en menores

proporciones y en algunas organizaciones locales aisladas, y no en todo el

país -- en la historia del Partido bolchevique. Por ejemplo, en 1907-1908 los

bolcheviques "de izquierda" en algunos sitios, a veces, llevaron a cabo su

agitación entre las masas con más éxito que nosotros. Esto se explica en parte

porque con una táctica de "simple" negación es más fácil abordar a las masas

en un momento revolucionario o cuando está todavía vivo el recuerdo de la

revolución. Sin embargo, esto no prueba la justeza de tal táctica. En todo

caso, es indudable que el partido comunista que quiera ser realmente el

destacamento avanzado, la vanguardia de la clase revolucionaria del

proletariado, y que quiera además aprender a dirigir a las amplias masas, no

sólo proletarias sino también no proletarias, a las masas de trabajadores y

explotados, debe saber realizar la propaganda y efectuar la organización y la

agitación del modo más accesible, más comprensible, más claro y vivo, tanto en

las barriadas obreras de las ciudades como en el campo.

 

 

II

COMUNISTAS E INDEPENDIENTES

EN ALEMANIA

He expresado en mi folleto la opinión de que un compromiso entre los

comunistas y el ala izquierda de los independientes es indispensable y útil

para el comunismo, pero que su realización no será fácil. Los periódicos que

he recibido después me han confirmado en estas dos opiniones. El número 32 de

"Bandera Roja", órgano del Comité Central del Partido Comunista de Alemania

("Die Rote Fahne", Zentralorgan der Kommun. Partei Deutschlands,

Spartacusbund,[22] del 26. III. 1920), contiene una "declaración" de dicho

Comité Central sobre la cuestión del "putch" (complot, aventura) militar

Kapp-Luttwitz y sobre el "gobierno socialista" La declaración es completamente

justa, tanto en lo que se refiere a las premisas fundamentales como desde el

punto de vista de las conclusiones prácticas. Las premisas fundamentales se

reducen a afirmar que, en el momento actual, no existe la "base objetiva" para

la dictadura del proletariado, pues la "mayoría de los obreros urbanos" está

por los independientes. Conclusión: promesa de una "oposición leal" (es decir,

renuncia a la preparación del "derrocamiento por la fuerza") al gobierno

"socialista, con exclusión de los partidos capitalistas burgueses".

Esta táctica indudablemente es justa en el fondo. Pero si no hay por qué

detenerse en menudas imprecisiones de fórmula, es imposible, no obstante,

pasar en silencio que no se puede llamar "socialista" (en una declaración

oficial del Partido Comunista) a un gobierno de socialtraidores, que no se

 

puede hablar de la exclusión "de los partidos capitalistas burgueses", cuando

los partidos de los Scheidemann y los Kautsky-Crispien son partidos

democráticos pequeñoburgueses, y en fin, que no hay derecho a escribir cosas

como las que se dicen en el párrafo IV de la declaración mencionada, donde

leemos:

". . . Para conseguir que las masas proletarias se adhieran a la causa del

comunismo es un elemento de importancia inmensa, desde el punto de vista del

desenvolvimiento de la dictadura del proletariado, que pueda ser utilizado

ilimitadamente el estado de cosas creado por la libertad política y que la

democracia burguesa no pueda manifestarse como dictadura del capital. . ."

Semejante estado de cosas es imposible. Los caudillos pequeñoburgueses,

los Henderson (los Scheidemann) y los Snowden (los Crispien) alemanes no salen

ni pueden salirse del marco de la democracia burguesa, la cual, a su vez, no

puede dejar de ser la dictadura del capital. De estas cosas, falsas en

principio y perjudiciales políticamente, no había por qué hablar desde el

punto de vista del resultado práctico que perseguía con toda justeza el Comité

Central del Partido Comunista. Para ello bastaba decir (si se quería emplear

la cortesía parlamentaria): mientras la mayoría de los obreros de las ciudades

siga a los independientes, nosotros, los comunistas, no podemos impedir que

estos obreros se libren de sus últimas ilusiones democráticas y

pequeñoburguesas (es decir, "burguesas-capitalistas" también) a base de la

experiencia de "su" gobierno. Esto es suficiente para justificar el

compromiso, que es realmente necesario y que debe consistir en renunciar por

cierto tiempo a toda tentativa de derribar por la fuerza a un gobierno que

goza de la confianza de la

 

mayoría de los obreros de las ciudades. Pero en la agitación cotidiana entre

las masas, que no tiene por qué hacerse con la cortesía parlamentaria oficial,

se podría, naturalmente, añadir: dejemos que esos canallas como Scheidemann,

esos filisteos como los Kautsky-Crispien pongan de manifiesto con sus obras

hasta qué punto están ellos mismos engañados y engañan a los obreros; su

gobierno "puro" efectuará "mejor que nadie" el trabajo de "limpiar" los

establos de Augias del socialismo, del socialdemocratismo y demás formas de la

socialtraición.

La verdadera naturaleza de los jefes actuales del "Partido Socialista

Independiente de Alemania" (de esos jefes de quienes se dice equivocadamente

que han perdido ya toda influencia, cuando en realidad son aún más peligrosos

para el proletariado que los socialdemócratas húngaros, que habían tomado el

nombre de comunistas y prometido "sostener" la dictadura del proletariado) se

ha puesto de manifiesto una vez más con ocasión de la aventura de los Kornílov

de Alemania, esto es, del golpe de Estado de von Kapp y Luttwitz*. Y tenemos

también una pequeña pero clara prueba de esto en los artículos de C. Kautsky

"Horas decisivas" ["Entscheidende Stunden"] en la "Freiheit" ["La Libertad",

órgano de los independientes] del 30 de marzo de 1920 y de Arturo Crispien:

"Sobre la situación política" (en el mismo periódico del 14 de abril de 1920).

Estos señores no saben en absoluto pensar y razonar como revolucionarios.

 

* Con extraordinaria claridad, concisión y exactitud, a la manera

marxista, se explica esto en el excelente periódico del Partido Comunista

Austríaco, "Bandera Roja", del 28 y 30 de marzo de 1920. ("Die Rote Fahne",

Wien, 1920, núms. 266 y 267; L. L.: "Ein neuer Abschnitt der deutschen

Revolution". ["Una nueva etapa de la revolución alemana" -- N. del R.]).

 

¡Son unos demócratas pequeñoburgueses llorones, mil veces más peligrosos para

el proletariado si se declaran partidarios del Poder de los Soviets y de la

dictadura del proletariado, pues, en realidad, en cada instante difícil y

peligroso cometerán inevitablemente una traición. . . quedando convencidos con

la "mayor sinceridad" de que ayudan al proletariado! Los socialdemócratas de

Hungría, que se bautizaron de comunistas, querían también "ayudar" al

proletariado, cuando, gracias a su cobardía y a su falta de carácter, juzgaron

desesperada la situación del Poder soviético en Hungría y empezaron a

lloriquear ante los agentes de los capitalistas y verdugos de la Entente.

 

III

TURATI Y COMPAÑIA EN ITALIA

Los números del periódico italiano "Il Soviet", que he indicado más

arriba, confirman plenamente lo que he dicho en mi folleto sobre el error del

Partido Socialista Italiano al tolerar en sus filas miembros semejantes y

hasta a un grupo parlamentario compuesto de esa gente. Pero confirma todavía

más eso un testigo tan desinteresado como el corresponsal en Roma del

periódico liberal burgués inglés "The Manchester Guardian", el cual, en el

número del 12 de marzo de 1920, publica una interviú con Turati.

". . . El señor Turati -- dice dicho corresponsal -- estima que el peligro

revolucionario en Italia no es tal que pueda suscitar temores, que carecen de

todo fundamento. Los maximalistas juegan con el fuego de las teorías

soviéticas, sólo para conservar a las masas en un estado de agitación

 

y excitación. En realidad, sin embargo, dichas teorías son concepciones

puramente legendarias, programas no maduros, que no valen para ser aplicados

prácticamente y que no sirven más que para mantener a las clases trabajadoras

en situación expectante. Esos mismos hombres que las emplean como atractivo

para deslumbrar al proletariado, se ven obligados a sostener una lucha diaria

para conquistar algunas mejoras económicas, a menudo insignificantes, a fin de

retardar el momento en que las clases trabajadoras pierdan su fe y sus

ilusiones en sus mitos favoritos. De aquí una larga etapa de huelgas de las

más diversas proporciones, provocadas por los motivos más diversos, hasta

llegar a las últimas de los empleados de correos y ferrocarriles, huelgas que

hacen aún más penosa la situación ya difícil del país.